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GIA
Sigue sin haber señales de Tommy.
Ya he llamado a su mejor amigo y este me prometió preguntar también a sus otros colegas. Pero ninguno ha visto a Tommy. Ha desaparecido. Como si se lo hubiera tragado la tierra.
Estoy a punto de llamar a todos los hospitales de la zona, o a la policía, para averiguar si ha habido accidentes de tráfico en la zona durante las últimas dos horas.
Que Tommy se escape así no es nada propio de él.
Sé que es un chico adolescente y que debo concederle su espacio.
Aun así, entre Tommy y yo hay un acuerdo que establece que siempre me escribirá para decirme que todo está bien y que se encuentra perfectamente. Y también que me informará de antemano si va a quedarse fuera durante la noche.
Esta vez no ha hecho nada de eso.
Son más de las 22 horas. Fuera ya ha oscurecido. Estamos a mitad de semana. Mañana hay clase. Y de Tommy no hay ni rastro.
Esto no solo me pone extremadamente nerviosa, sino también increíblemente furiosa.
No he educado así a mi hijo. Se está comportando de manera imposible desde que se hizo viral ese maldito vídeo de baloncesto.
Entiendo que su sueño es importante para él, pero hay reglas y hay límites. Él ha roto las reglas y ha sobrepasado los límites.
¿Hay mejor prueba de que Tommy aún no es tan adulto y maduro como afirma ser? Creo que su reacción habla a favor de mi deseo de que termine la escuela y sólo después se ocupe de su carrera profesional. Porque con este tipo de comportamiento impulsivo, no llegará lejos ni en el equipo ni en la vida.
Estoy a punto de agarrar el teléfono cuando unos faros iluminan el salón y oigo el ruido de un coche entrando en la calzada.
Inmediatamente corro hacia la puerta principal y la abro de golpe.
Es Tommy.
¡Gracias a Dios!
Respiro aliviada cuando junto a su coche se detiene un segundo vehículo.
Un deportivo Ferrari con una pintura rojo fuego.
Entrecierro los ojos desconcertada para distinguir al conductor tras los cristales tintados, pero cuando la puerta del conductor se abre y Reeve sale despreocupadamente del Ferrari, de repente todo tiene sentido y mi ira, hasta hace un momento medio aplacada, no solo vuelve a borbotear sino que rebosa ruidosamente.
Tommy viene hacia mí caminando despacio, con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros.
Cruzo los brazos enfadada sobre el pecho y le miro severamente.
—¿Dónde estabas?
Tommy encoge los hombros y levanta la mirada consciente de su culpa.
—Con el señor Rockwell —murmura apenas audible.
—¿Y qué querías de él?
Naturalmente, conozco la respuesta a esta pregunta pero quiero oírla de él. Para que lo diga y se dé cuenta de lo inaceptable e irrespetuoso que es su comportamiento.
Pero desafortunadamente Reeve me fastidia los planes, porque se acerca a Tommy, le rodea los hombros con un brazo y me sonríe de lado.
—Hemos estado charlando un poco. De esto y aquello. Nada más.
—Reeve... —siseo en tono de advertencia—. Ambos sabemos...
—Creo que el calor, que hoy tiene a toda Florida bajo su dominio, nos está afectando un poco a todos.
La gente reacciona irritada, está molesta, agotada y de mal humor...
Lo mejor será que todos nos refresquemos un poco primero y luego hablemos mañana, o en los próximos días, con calma. ¿Qué os parece?
Respiro profundamente y dejo escapar el aire siseando. Instintivamente quiero protestar, pero es tarde y estoy realmente cansada, irritada y atormentada por una terrible migraña. De preocupación. Y de tensión.
—Está bien. Hablemos mañana —accedo suspirando—. Gracias por acompañar a Tommy a casa.
—¿Mamá? —pía Tommy en voz baja—. ¿Puedo quizá dormir hoy en casa de Derek?
Derek es el mejor amigo de Tommy y los dos suelen pasar el rato juntos.
Normalmente no apruebo las pernoctaciones entre semana porque suelen quedarse despiertos hasta altas horas de la noche y juegan a videojuegos, ven series o analizan viejos partidos de baloncesto pero puedo sentir que ahora necesita este tiempo libre y la distancia.
Así que se lo permito excepcionalmente, aunque racionalmente debería imponerle una semana de castigo sin salir.
—De acuerdo. Pero no os quedéis otra vez toda la noche despiertos. Mañana hay...
—Clase. Lo sé, mamá. Cómo podría olvidarlo...
Tommy pasa junto a mí para entrar en la casa y buscar sus cosas, así que poco después me quedo sola con Reeve en la puerta.
—Estabas preocupada.
No es una pregunta, sino una constatación, y Reeve me conoce demasiado bien como para que pudiera convencerle de lo contrario.
—No está siendo nada fácil ahora mismo... —empiezo a explicar.
—Lo entiendo. Tommy es un adolescente. Ya no es un niño, pero tampoco es un adulto. Atrapado en un mundo lleno de posibilidades que no comprende, que le asusta y que a veces le sobrepasa.
—¿Tienes hijos? —pregunto sorprendida por este análisis preciso que da en el clavo.
—No, pero soy un hombre y yo también fui joven una vez, aunque haga ya algunos años —sonríe Reeve y me guiña un ojo.
—Es una edad difícil. Además, Tommy es extremadamente temperamental y terco. A veces realmente me vuelve loca. Pero probablemente él diría algo similar sobre mí.
Me obligo a esbozar una pequeña sonrisa y guardo silencio cuando Tommy baja ruidosamente las escaleras desde su habitación y vuelve a la puerta.
—Nos vemos mañana, mamá —se despide y me da un beso fugaz en la mejilla.
Lo miro alejarse con asombro. Que me dé un beso, o me abrace, se ha vuelto poco frecuente desde que entró en la pubertad. Por eso estoy aún más sorprendida de que justo hoy me regale uno de sus escasos besos. Al fin y al cabo, hace poco discutimos y no estamos a solas.
—Le sabe mal —responde Reeve a mi pregunta no formulada, mientras Tommy se sube a su coche y arranca el motor—.
Solo que no puede decírtelo. Todavía no.
Así somos los hombres. Nos cuesta hablar de nuestros sentimientos y admitir que hemos metido la pata.
Por eso nos expresamos de otra manera. Por ejemplo, con... gestos.
Levanto las cejas y sonrío.
—¿Ah, sí? Cuéntame más.
En realidad era solo una pregunta retórica, pero Reeve evidentemente lo toma como una invitación, porque se acerca un paso y se inclina hacia mí, de modo que su intenso aftershave llega a mi nariz.
—Me encantaría. ¿Durante una cena juntos? Con toda esta agitación seguro que aún no has cenado, ¿verdad? Podría invitarte a salir, o cocinarnos algo. ¿Qué preferirías hacer?