43
BILLY
Los focos azules y rojos rebotan en las paredes metálicas del hangar.
El eco de las sirenas se mezcla con gritos de órdenes y el chasquido de armas levantándose.
Luca, o Dante, como ha dicho V, apunta aún a Caruso con el arma.
Él parpadea, incrédulo, viendo cómo todo su imperio se desmorona delante de sus narices como si fuera una baraja de naipes.
Yo apenas puedo mantenerme en pie. Ni siquiera sé quién ha cortado las bridas, pero le doy las gracias por ello.
Siento la sangre seca pegada por toda la cara, un zumbido constante en la cabeza.
Aun así, no aparto los ojos de Violet, que se planta frente a Langdon como si pudiera partirlo en dos con una sola palabra.
—¡Al suelo! —ruge uno de los federales.
Elliot Granger aparece entre los haces de luz, con el chaleco antibalas y el rostro duro. El fiscal anticorrupción en carne y hueso.
El caos estalla en cuestión de segundos.
Escucho gritos, seguidos de disparos secos que resuenan en todo el hangar.
Langdon intenta echarse atrás, pero dos agentes lo arrinconan, manos arriba, su soberbia reducida a nada. Caruso, en cambio, se resiste. Saca la mandíbula, mira a V como si todavía pudiera tenerla bajo su lujoso zapato. No se da cuenta de que ya no tiene nada.
—¿Esto era tu plan, zorra? —escupe. Intenta lanzarse hacia ella, pero Dante lo intercepta y lo estampa contra el suelo con un golpe seco. La pistola de Caruso rebota y desaparece bajo una estantería.
Me apoyo en una de las columnas de hierro. Mi respiración sale irregular, pero no puedo apartar la vista. V se agacha junto al Diablo y le dice algo tan bajo que no llego a oírlo, pero veo su sonrisa. Fría. Letal.
Los federales inmovilizan a Langdon y a Caruso casi al mismo tiempo. El fiscal da una señal y otro grupo se dispersa por el hangar, revisando contenedores. Escucho órdenes, radios, perros ladrando.
Un fogonazo ilumina el lateral derecho, donde uno de los hombres de Ray, ese al que llaman Rocco, saca un arma de no sé dónde y dispara a lo loco antes de que los federales lo maten.
No siento el impacto de inmediato. Solo un calor repentino en el costado, como si alguien me hubiera empujado con fuerza.
Bajo la vista y veo la mancha roja extendiéndose por la camisa sucia, tan rápido que me mareo.
Intento dar un paso atrás, pero el suelo se balancea y las piernas me fallan. Me desplomo sobre las rodillas.
—¡Billy! —La voz de Violet atraviesa la niebla que empieza a nublarme la vista.
La escucho de fondo, como si estuviera bajo el agua. Los disparos cesan. Los federales gritan: «¡Arma asegurada!» y «¡Soliciten asistencia médica, YA!». Noto manos firmes sujetándome los hombros; alguien presiona fuerte contra la herida. Duele. Joder, cómo duele.
—Tranquilo, tranquilo… —Es ella. Mi chica valiente. Está aquí, conmigo. Sus manos tiemblan, pero su voz es firme—. Billy, mírame. Quédate conmigo, ¿me oyes?
Siento una mano cálida en la nuca. El sonido de su voz me corta la confusión.
—Ya está. —Su frente roza la mía—. Se acabó.
—¿Lo has conseguido? —le murmuro—. ¿De verdad lo has hecho?
—No, Billy —solloza—. Los dos lo hemos hecho.
Aunque no lo dice, sé que también piensa en Jordan, Gerard, Gül y el resto de personas que trabajan para ella.
—Por favor, no te muevas.
Intento sonreír, pero solo me sale un gesto torcido.
—Siempre quise… una excusa… para… que me cuidaras… —farfullo, sintiendo que la fuerza me abandona.
Se ríe, y es el sonido más bonito del mundo entre tanto alboroto, sirenas y órdenes gritadas.
—Idiota… No te atrevas a cerrar los ojos. No hoy. —Sus palabras tiemblan, y sus dedos se enredan con los míos, manchados de sangre.
La miro con intensidad. Toda la que me deja este maldito dolor.
—Dime… Dime una cosa, Violet.
—Lo que quieras.
—¿Por qué… yo? ¿Por qué me elegiste a mí?
Un torrente de lágrimas deslizándose por esa preciosa cara.
Sorbe por la nariz antes de contestar:
—Porque alguien que me dibujaba como tú lo hacías merecía ser salvado de las manos de Ray Caruso. Cariño, estabas en el bando equivocado. Yo solo te di un pequeño empujón.
«Pequeño los cojones».
—¿Có… cómo…?
—Te seguí varias veces para investigarte y vi el cuaderno. Estabas tan concentrado dibujando mi cara, que ninguna de ellas te diste cuenta de que estaba más cerca de lo que imaginabas.
Quiero reír, pero me duele todo.
Parpadeo con esfuerzo. Las luces azules y rojas se funden en un caleidoscopio delirante. Oigo a Granger dando órdenes, a los agentes asegurando a Langdon y Caruso, los dos en el suelo, esposados, gritándole cosas a V que ya no comprendo. Todo se vuelve confuso.
—No te vayas… —escucho que me susurra, con la voz rota.
Y antes de que todo se vuelva negro, siento sus brazos alrededor de mi cuello. Y pienso que, si este fuera mi final, al menos sería en su abrazo.
V
A lo lejos, Granger nos observa. Sé que pronto vendrán las preguntas, los informes, la prensa. Pero ahora mismo solo me importa Billy, que acaba de perder el conocimiento en mis brazos.
Tengo el corazón desgarrado desde que lo vi deslizarse por la puta columna hasta el suelo.
No quiero perderlo. No puedo…
—¡Rápido, movedlo ya! —grito, mientras los paramédicos corren hacia nosotros con la camilla.
Me aparto solo un segundo para dejarles espacio, pero no le suelto la mano. Está pálido, ceniciento. Tiene los labios manchados de sangre y los párpados cerrados. No me escucha. O quizá sí, pero no puede responderme.
—Está perdiendo mucha sangre. Necesitamos estabilizarlo antes de trasladarlo —dice uno de los sanitarios mientras rasga la camisa empapada en rojo y conecta la vía.
—No aquí. Sacadlo de este maldito hangar. —Mi voz suena más rota de lo que me gustaría, pero no me importa. Solo quiero que se salve.
Siento el pulso en la garganta, retumbándome como un trueno. Todo es ruido a mi alrededor: sirenas, gritos, órdenes de Granger para que los federales aseguren a Caruso y Langdon, esposados y furiosos. Yo solo veo a Billy.
—Venga con nosotros —me indica el paramédico mientras colocan la camilla sobre las ruedas y la empujan hacia la ambulancia.
Corro tras ellos, sin mirar atrás. Jordan grita mi nombre, pero la ignoro. Cuando subo a la ambulancia, el paramédico cierra las puertas de golpe y me veo rodeada de luz blanca, del pitido constante del monitor, del olor metálico de la sangre mezclado con el del desinfectante.
—¿Va a…? —No puedo terminar la frase. Me atraganto con mis propias lágrimas.
—Haremos lo que podamos, pero está consciente. Eso es buena señal. —El chico me lanza una mirada rápida mientras controla la vía y revisa la herida. Billy gime, como si despertara del todo.
Me acerco a su cara. Tiene los ojos entornados, el pulso en el cuello apenas visible.
—Eh… aquí estoy —le susurro, acariciándole el pelo sudado—. No te atrevas a dejarme, ¿me oyes?
Sonríe, apenas un gesto.
—Mucha… orden… para… un solo… día… —musita, con la voz ronca.
Una risa temblorosa se me escapa entre las lágrimas. Le beso la frente con cuidado, ignorando al paramédico que me mira de reojo.
—Idiota… —murmuro contra su piel ardiente.
La ambulancia avanza entre el caos y el ulular de las sirenas. Por la ventanilla trasera, veo el hangar alejándose, rodeado de luces rojas y azules que parpadean en la noche. Allí quedan Caruso y Langdon. Allí queda todo lo que he sido hasta hoy.
Aprieto la mano de Billy con fuerza y decido, mientras las lágrimas me corren por la cara, que no pienso perderlo. Ni a él ni a mí.
En cuestión de minutos estamos en el edificio de urgencias.
Las luces blancas del hospital me hieren los ojos nada más bajar de la ambulancia.
Corro detrás de la camilla mientras dos enfermeros la empujan con fuerza hacia el interior, directos a alguna sala.
El paramédico sigue sujetando la vía, dándoles indicaciones rápidas.
Siento que van a fallarme las piernas, aun así, me obligo a mantenerme firme.
—Señora, tiene que esperar aquí —exclama una enfermera, cortándome el paso antes de la doble puerta.
—No pienso… —empiezo a decir, pero noto la mano de alguien en el brazo, reteniéndome.
Es Jordan.
«¿Jordan? ¿Cuándo ha llegado?».
—Déjalos, V. Déjalos trabajar. —Su voz es suave, pero firme.
La miro y, durante un segundo, me permito quebrarme. Solo un segundo. Asiento despacio y doy un paso atrás mientras las puertas se cierran frente a mí, tragándose a Billy, a su sangre, a su vida.
Gerard llega a mi lado, con paso ágil y la respiración agitada. Se pasa una mano por la frente; parece cansado.
—¿Qué han dicho? —pregunta, mirando la puerta.
—Nada aún. Está consciente… —Carraspeo—. Pero… —Niego con la cabeza y no termino la frase. Porque no puedo. Porque si lo hago, la realidad se hará demasiado grande.
Me dejo caer en una de las sillas de la sala de espera. Jordan se sienta a mi lado, en silencio, la mano sobre mi rodilla, firme. Gerard no se sienta. Se queda de pie, caminando de un lado a otro, como un animal enjaulado.
—Maldito hijo de puta… —masculla—. Maldito Rocco…
—No empieces, Gerard —le advierte Jordan sin mirarlo.
Él resopla, pero no responde. Solo sigue caminando, con los puños cerrados y la mandíbula tensa.
En la sala, el tiempo parece congelado. El reloj marca cada minuto con un tic-tac que me taladra las sienes.
La televisión del rincón vomita noticias y anuncios sin sentido.
Una mujer llora en silencio al otro lado, abrazada a un hombre que no deja de darle palmaditas en la espalda.
Yo solo pienso en Billy. En su piel caliente bajo mis manos, en la sonrisa rota, en la forma en que me miraba como si fuera la única persona en este mundo.
Cierro los ojos y apoyo los codos en las rodillas, cubriéndome la cara con las manos. Respiro hondo, intentando calmar la angustia que me sube por la garganta.
—Va a salir de esta, V —afirma Jordan a mi lado, sin apartar la mano de mí—. Ese hombre ha sobrevivido a cosas peores. No se irá tan fácil.
No contesto. No puedo. Solo asiento, con la respiración temblorosa, mientras rezo por dentro para que tenga razón. Para que no me dejen sola. Para que, por primera vez en mi vida, no me arrebaten aquello que realmente quiero.
Los segundos se convierten en minutos, y estos en horas.
No sé cuánto tiempo ha pasado. Para mí, una eternidad. Siento que el mundo entero se ha reducido al golpeteo de mi corazón y al aire denso de esta puta sala.
Cuando la puerta de urgencias se abre y un médico con bata azul claro y gorro quirúrgico sale al pasillo, me pongo de pie de un salto. Jordan me imita, rápida, mientras Gerard se queda detrás, rígido, conteniendo el aliento.
El médico consulta algo en la tableta antes de alzar la vista hacia mí.
—¿Familiares de William Callaham?
—Aquí. Soy yo —respondo sin pensar. Sé que no soy su familia, pero no me importa.
El médico asiente con un gesto tranquilo.
—Ha tenido suerte. La bala le ha atravesado, evitando órganos vitales y grandes arterias. Ha perdido mucha sangre, pero está estable. Ahora mismo lo estamos trasladando a observación.
Respiro. Es como si mis pulmones volvieran a llenarse de golpe, dolorosamente, recordándome que estaba conteniendo el aire desde hacía demasiado tiempo.
—¿Está despierto? —pregunto, con un hilo de voz.
—Ha estado consciente durante todo el procedimiento, pero le hemos administrado medicación para el dolor y se encuentra adormilado. Pronto podrán verlo, pero solo un par de personas al principio.
—Gracias, doctor —dice Jordan a mi lado, con un leve suspiro de alivio.
El médico asiente y se marcha, dejando tras de sí un silencio cargado de emociones contenidas. Cierro los ojos y noto cómo las lágrimas me escuecen, no obstante, me obligo a tragarlas.
Jordan me abraza por los hombros, suave, y Gerard resopla detrás de nosotras, frotándose la cara con ambas manos.
—Te dije que ese cabronazo era duro de pelar —masculla, con un atisbo de sonrisa temblorosa en los labios.
Asiento, sin decir nada. Porque no puedo.
Porque siento que, si abro la boca, toda la rabia, el miedo y el amor que llevo dentro saldrán disparados como una bala perdida.
Y no puedo permitírmelo. No ahora. No hasta que lo vea con mis propios ojos y pueda decirle, aunque sea en silencio, que no pienso perderle nunca.