44
BILLY
Me cuesta abrir los ojos. Todo está borroso, como si me hubieran metido la cabeza en un cubo de agua sucia.
Me pica la garganta. El costado…, joder, el costado me arde, punzante y sordo a la vez.
Intento moverme, pero un pitido se dispara y algo me aprieta el brazo.
Me quedo quieto. Demasiado cansado para luchar contra nada.
Oigo voces fuera. Una puerta que se abre y se cierra. Pasos suaves.
Sé quién es antes de verla. Lo sé por la forma en que mi cuerpo se relaja, como si un peso invisible se desprendiera de mi pecho.
Parpadeo un par de veces hasta que la imagen se define. Violet está aquí, de pie junto a la cama, con esa mirada suya que no he visto en nadie más. Tan fuerte que duele. Tan rota que quema.
—Hola… —musito. Me cuesta hablar. La lengua me sabe a metal y a sueño. Está pastosa.
—Eh, tranquilo. —Su voz es baja, aterciopelada, como si tuviera miedo de romperme más de lo que ya estoy.
Intento sonreír. Me duele hasta eso.
—¿Me has… traído… café? —bromeo, o lo intento. Suelto un leve jadeo que debería ser una risa, pero no lo es.
Me coge la mano con cuidado, como si temiera que se desmoronase entre las suyas si no lo hace.
—No necesitas café ahora mismo, Billy.
—Siempre… necesito café. —Vuelvo a cerrar los ojos, agotado—. ¿Tú estás… bien?
Noto su silencio. Abro los párpados solo lo justo para verla. Tiene esa expresión que no le he visto nunca delante de nadie más. Vulnerable. Humana.
—Estoy bien —dice al fin, aunque su voz tiemble un poco—. Gracias a ti. Esa bala iba dirigida a mí.
—No… lo sabemos.
—Yo creo que sí.
Quiero decirle que no fue nada, que haría lo que fuera por ella.
Que si tengo que recibir otra bala, lo haría sin pensarlo.
Pero la lengua ya no me responde. Todo se difumina de nuevo, entre la calidez de su mano y el olor de su perfume.
Entre la certeza de que está aquí, y la paz que eso me da, aunque sea por un momento.
Antes de perderme del todo en la neblina de la medicación, siento sus labios rozándome la frente. Es un tacto suave. Casi un susurro.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me duermo sin miedo.
Parpadeo, despacio. Acostumbrándome a la luz.
Han pasado dos días, o eso creo, desde que recibí el balazo y me trajeron aquí.
Me duele menos el costado, aunque sigue cubierto con una venda que me parece enorme. Estoy harto de la cama, de la comida insípida y de que cada vez que intento levantarme, la enfermera me mire como si fuera un niño cabezón que no aprende la lección ni a golpes.
Hoy, al menos, Violet está aquí. Sentada en el sillón de la esquina, con las piernas cruzadas y el móvil en la mano, concentrada en algo que no alcanzo a ver. Lleva el pelo suelto y un jersey negro ancho que casi le llega a medio muslo. Parece tan… normal. Tan lejos de todo lo que representa.
Carraspeo para llamar su atención. Alza la mirada y deja el móvil sobre el regazo.
—¿Qué tal va el dolor? —pregunta con esa voz suya que siempre es calma y filo al mismo tiempo.
—Como si me hubieran disparado —respondo, esbozando una media sonrisa.
Niega con suavidad, pero curva los labios un poco hacia arriba. Se levanta y se acerca a la cama. Me acomoda la almohada detrás de la espalda y luego se sienta en el borde, tan cerca que su perfume me envuelve.
—¿Qué pasa ahí fuera? —Quiero saber. Estoy cansado de que no me cuenten nada—. Con Caruso. Con… Langdon. Con todo.
Se le oscurecen un poco los ojos. Veo la tensión en su mandíbula antes de responder.
—Caruso está detenido. Granger consiguió pruebas suficientes con la intervención en el hangar y con los archivos que le hice llegar. Tráfico de armas, drogas, corrupción, blanqueo… —Hace un gesto con la mano—. Pasará el resto de su vida encerrado.
Suelto un largo suspiro. Es extraño. Durante años trabajé para ese bastardo. O eso creía. Y ahora… se acabó. Gracias a Dios.
Y a la mujer que tengo al lado.
—¿Y Langdon? —insisto, porque su nombre me quema la lengua.
—Langdon… —Entrecierra los ojos—. Está en custodia federal.
Granger quiere asegurarse de que pague por todos sus crímenes, incluidos los que cometió fuera del país.
Pero no te engañes, Billy. Hombres como él nunca caen del todo.
—Hace una pausa y me mira fijamente—. Pero ya no será un problema para mí. Ni para ti.
Asiento, dejando que sus palabras calen en mí. Quiero creerla. Joder, necesito creerla.
—Siento no haberte dicho lo de Dante, pero…
—Tranquila, lo entiendo. Había que mantener su tapadera.
—Gracias.
—¿Y tú? —cuestiono al fin, bajando la voz—. ¿Qué pasará contigo?
Desvía la mirada hacia la ventana, donde la luz de la mañana entra tamizada por las cortinas blancas. Durante un segundo, parece cansada. Tan cansada como yo. O puede que más.
—Seguiré con lo mío. Granger ha cumplido su palabra y, como prometió, se ha hecho a un lado. —Sus ojos vuelven a los míos, y veo que ahí, detrás de la calma, late todavía un fuego que no pienso apagar nunca—. Esto solo acaba de empezar, Billy.
Sonrío, a pesar del dolor en el costado. Porque, por primera vez en mi vida, siento que estoy donde debo estar. Con quien debo estar.
Ella me devuelve la sonrisa, apenas un destello en los labios. Y en ese silencio compartido, con su mano sobre la mía, sé que cuando salga de este hospital, el mundo será distinto.
Y estaremos juntos para verlo.
Permanecemos en silencio unos segundos. Ella, como si dudara si decirme lo que viene a continuación. Yo, esperando a que lo haga. Sus dedos juegan con la pulsera de su muñeca antes de clavar de nuevo los ojos en mí.
—Hablé con Granger esta mañana —suelta al fin.
—¿Con Granger? —repito, intentando incorporarme un poco más. El costado protesta con un dolor punzante, pero me obligo a no apartar la vista de ella.
—Sí. —Inclina la cabeza, y una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios—. Le conté que muchas de las pruebas que tiene en su poder son gracias a ti. Que, sin ti, no habría podido reunirlas a tiempo.
Siento un vuelco en el pecho. Me cuesta tragar saliva.
—¿Y… qué dijo?
—Dijo que pensaba decírselo a los federales.
Que no iba a permitir que un buen policía quedara como un traidor cuando en realidad arriesgó su vida para ayudar.
—Sus ojos brillan, intensos, mientras su voz se vuelve aún más firme—.
Granger va a declarar que estabas infiltrado en la organización de Caruso por orden suya. Y va a pedir que te readmitan.
Parpadeo, mirándola sin entender del todo.
—¿Readmitirme… en la policía? —Mi voz suena ronca, rota. Una carcajada incrédula me sube desde el pecho, mezclada con algo que no sentía desde hacía mucho tiempo: esperanza.
Asiente, y veo cómo su mirada se suaviza al verme así.
—Te lo mereces, Billy. Todo esto… lo hiciste porque eres mejor que ellos. Y es hora de que el mundo lo sepa.
Siento un nudo caliente subirme a la garganta. Aprieto los labios y miro hacia el techo, porque no quiero que me vea con los ojos vidriosos.
«Joder».
Cuando vuelvo a mirarla, me está observando con esa calma suya, como si siempre supiera lo que pienso. Llevo la mano hacia la suya y la aprieto, con cuidado de no tironear el vendaje.
—Gracias —susurro—. Por… todo.
—No me des las gracias —responde, inclinándose hacia mí hasta que su frente roza la mía—. Solo no me falles, ¿vale?
—Nunca.
En ese momento, mientras cierra los ojos y el ritmo de su respiración se mezcla con el mío, siento que esta es la única promesa que quiero cumplir por el resto de mi vida.
Cojo aire.
Sé que debería callarme. Esperar a salir de este hospital. A estar fuerte. A que las cosas se calmen, si es que algún día lo hacen. Pero verla aquí, conmigo, después de haber creído que no salía vivo del hangar, me hace darme cuenta de algo: no quiero morirme sin que sepa lo que siento.
—Violet…
Levanta la mirada, con esa rapidez suya, como si siempre estuviera en guardia. Sus ojos se clavan en los míos, intensos, atentos.
—¿Qué pasa? ¿Te duele algo? —tantea, inclinándose hacia mí.
Niego con cuidado.
—No… no es eso.
La garganta me arde, pero no me importa. Humedezco los labios resecos y le cojo la mano otra vez. Sus dedos tiemblan, pero no se apartan.
—Quería decirte algo —continúo, bajando la voz—. Algo que llevo tiempo guardándome.
No dice nada. Solo me mira. Espera. Siempre sabe esperar.
—Cuando estaba en ese maldito hangar… —Trago saliva, recordando el frío del suelo, el sabor metálico de la sangre en la boca, la certeza de que todo terminaba allí— pensé en ti.
Solo en ti. —Le aprieto la mano—. Pensé en…
en cómo me miras cuando crees que no te estoy viendo.
En lo que siento cada vez que estás cerca.
Pensé… que no quería irme de este mundo sin decírtelo.
Sus labios se entreabren, pero no dice nada. Le brillan los ojos, oscuros, enormes.
—Estoy enamorado de ti, Violet —susurro—. Lo he estado desde el primer maldito momento. Y sé que esto es un puto desastre, que todo lo nuestro es un desastre, pero… no puedo callármelo más. Porque si mañana me despierto y tú no estás, o si no me despierto nunca más, quiero que lo sepas.
—Billy…
No la dejo hablar, de lo contrario, puede que no me atreva a continuar.
—Ese bastardo tenía razón, ¿sabes? Te miraba como un perro hambriento porque te deseaba con locura.
Me hipnotizabas cada vez que iba a esa casa y me cruzaba contigo en los pasillos.
El corazón se me salía del pecho cuando te sentabas frente a mí en la mesa.
Y cuando alguna parte de nuestros cuerpos se rozaba…
El pulso me late tan fuerte que creo que me va a dejar noqueado de un momento a otro. Ella no se mueve. Me mira. Solo me mira. Y en ese silencio suyo, en ese modo en el que sus ojos tiemblan sin que sus labios digan nada, encuentro una respuesta. No necesito más.
—Lo siento si esto complica las cosas —añado, con una media sonrisa cansada—. Pero es la puta verdad.
Parpadea despacio, como si le costara procesar mis palabras. Entonces, inclina la cabeza y me acaricia la mejilla con una suavidad que me rompe entero.
—Billy… —Su voz suena casi rota, apenas un susurro—. No tienes ni idea de lo que acabas de hacerme sentir.
Y ahí, en ese hospital frío y silencioso, por primera vez en mucho tiempo, siento que todo el dolor, la sangre y el miedo han valido la jodida pena.