Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 41
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V

El plan se ha ido al garete y ha cambiado.

Ahora mismo, mi principal prioridad es salvar a Billy.

Sin embargo, no cejaré en mi empeño de llevarme a todos esos miserables por delante.

Al menos lo intentaré, aunque sea lo último que haga en esta vida.

Apenas tengo unos pocos minutos para hacer algo antes de ponerme en movimiento e ir al hangar a enfrentarme a esos cabrones.

—¿Qué vas a hacer? —Jordan me frena cuando me dirijo a la puerta de la sala de control.

La miro con intensidad.

—Ya sabes lo que voy a hacer, Jordan. Ya lo hice una vez.

—¿Estás segura de ello?

—Sí.

Abro la puerta y salgo al pasillo en penumbra. No dudo a la hora de dirigirme al despacho, coger las llaves que guardo en el primer cajón del armario e ir directa a la caja fuerte donde se guardan todos los documentos importantes. Saco las carpetas de allí y lo dejo todo sobre la mesa.

Enciendo el portátil.

Giro la muñeca.

El reloj marca las 01:15 cuando descuelgo el teléfono fijo. Mis dedos tamborilean en la mesa de acero. Ya no tengo cuarenta y cinco minutos, sino treinta y ocho.

—Fiscal Granger —responde al segundo timbre, con esa voz grave y adormecida que no disimula su irritación.

—Escucha con atención —digo sin saludar.

El silencio al otro lado me confirma que he captado su interés—.

Dentro de tres cuartos de hora, Caruso y Langdon cerrarán un trato de drogas en un hangar del puerto.

Van a descargar los contenedores. Todo está preparado para el intercambio y el envío posterior.

—¿Y por qué me lo cuentas ahora? Hace semanas que espero tu llamada. Llegué a pensar que todo era una broma.

—Nada de bromas. Tienen a uno de los míos —espeto, sin molestarme en disimular el veneno en mis palabras—. Billy Callaham. Detective caído en desgracia, ¿te suena?

—Claro que me suena. Estaba en la lista de pagos de Caruso.

—Pues ahora también está en la mía. —Aprieto los dientes. Mi voz suena más dura de lo que esperaba—. Piensan matarlo esta noche.

Silencio. Puedo imaginarlo frotándose la frente, calculando el alcance judicial, mediático y político de algo así.

—Te estoy enviando ahora mismo los manifiestos falsificados, las matrículas de los camiones, los contactos en aduanas y los datos de las cuentas offshore que usa Langdon para mover el dinero. Todo.

—¿Por qué no vas tú? —cuestiona, directo.

—Iré. Pero tú también debes estar. Necesito que entres con todas las de la ley. Con órdenes, con chalecos, con sirenas. Hazlo grande. Hazlo público.

—¿Y por qué iba a confiar en ti?

—Porque si Billy muere esta noche, tú te quedas sin nada. Si él vive, yo seguiré colaborando con la justicia. Y cuando Caruso caiga, Langdon caerá con él. No tienes ni idea de toda la información que tengo en mi poder, fiscal Granger.

Silencio, otra vez. Luego un suspiro casi inaudible.

—Mándame todo ya. ¿Cuánto tiempo dices que tengo?

Vuelvo a girar la muñeca.

—Treinta minutos. Y Granger… —dudo, los dedos deteniéndose sobre el teclado mientras compilo los archivos—. Si llegas tarde, si él muere…, no volverás a saber de mí.

—Llegaré a tiempo —zanja, con esa seguridad fría que le caracteriza—. Te lo prometo.

Cuelgo. Miro la pantalla del ordenador mientras los archivos se comprimen. El ventilador interno zumba como un animal herido.

Jordan aparece a mi lado, revisando su cargador.

—¿Confías en él? —pregunta.

—No —contesto, cerrando la tapa del portátil y poniéndome en pie—. Pero confío en mí.

—Entonces, ¿qué haremos nosotros?

Clavo los ojos en Gerard.

—Haremos que miren hacia otro lado el tiempo suficiente para entrar y sacar a Billy de allí.

—Hecho. —Su expresión es dura, pero sus ojos reflejan la misma preocupación que siento yo—. ¿Qué harás tú?

—Entrar. Sacarlo de allí. Y si puedo… —añado, dejando la frase en suspense mientras cojo la Glock de la mesa—, dejarle claro a Langdon que no es tan intocable como cree —repito casi las mismas palabras de antes.

Jordan me observa en silencio. Sé lo que está pensando. Sé que está a punto de recordarme que arriesgo demasiado. Sin embargo, no lo hace. Solo vuelve a asentir y coloca una mano sobre la mía.

Nos ponemos en marcha.

Bajamos al túnel y nos subimos al coche.

El rugido del motor llena el silencio entre Jordan y yo. Gerard va al volante, con la vista fija en la carretera mientras las luces naranjas de la ciudad se suceden como fogonazos.

—¿Plan? —pregunta, sin mirarme.

—Entramos por el flanco norte, donde descargan la mercancía. Granger entrará por el frente. —Reviso la pistola por tercera vez. El cargador encaja con un clic seco, familiar—. Quiero verles la cara antes de que caigan.

—¿Y Billy?

Trago saliva. El pecho me pesa más que la Glock. Lo imagino atado a una silla, golpeado, sangrando, intentando mantenerse erguido con esa maldita terquedad suya.

—Está vivo. Tiene que estarlo —musito.

Asiente. Su mano enfundada en guantes de cuero negro.

—Hoy es el día, ¿verdad? —Gira un poco el rostro hacia mí. La luna ilumina sus pómulos afilados, su mirada ardiente y fría a la vez—. Hoy caerán.

—Sí, Jordan, hoy es el día. Y si no salgo de allí… —Le lanzo una mirada—. Si no salgo, termínalo tú por mí. Tienes las claves. Sabes lo que hay que hacer.

—Saldrás —replica, seca.

—Sí —digo, mirándome en el reflejo de la ventanilla. Violet, V, esposa, sombra, líder, hija, todo y nada—. Saldré.

El coche gira hacia la entrada de servicio del puerto. Bajo el asiento llevo dos granadas de humo y un par de cargas de C4. Nada de esto es improvisado. Nada en mi vida lo ha sido desde que me juré que un día me vengaría de todos ellos.

Me vibra el móvil en el bolsillo. Es un mensaje cifrado de Granger:

FG: «En camino. 17 minutos. Procediendo con equipo SWAT».

Bien. Sonrío de medio lado. El reloj en el salpicadero marca las 01:42.

«Billy, aguanta. Ya estoy aquí».

Billy

El frío del cemento me cala los huesos. No sé cuántas horas llevo aquí, atado a esta maldita silla de metal, con las manos dormidas y el labio partido. La sangre seca me tira de la piel de la cara. Cada respiración me duele un jodido mundo.

Escucho voces a mi alrededor, risas graves, pasos apresurados sobre la pasarela de hierro que cruza por encima de los contenedores. El olor pútrido de las algas y el salitre es tan fuerte que me marea.

Caruso está de espaldas, hablando con Langdon.

Puedo distinguirlos entre las sombras: sus siluetas imponentes, elegantes, dos alfas midiendo su territorio antes de repartírselo.

Luca me vigila, apoyado en una columna, revisando su pistola como si deseara usarla ya.

O esa es la impresión que quiere dar. No lo tengo claro.

«Van a matarte, Billy».

No me da miedo morir. No así. Lo que me aterra es no haberle dicho a Violet que… la quiero. Que no es solo una obsesión, ni un ansia de redención. Es ella. V. La mujer que ni siquiera sé si me permitirá quedarme a su lado cuando todo esto acabe.

—¿Sabes qué es lo peor de traicionar a un hombre como Caruso? —pregunta Luca, sacándome de mis pensamientos. Se acerca y me agarra la cara con fuerza, obligándome a mirarle con el ojo menos hinchado—. Que no sirve de nada. —Sonríe, un destello de oro en uno de los dientes—. Él siempre gana.

No contesto.

—Disfruta de tus últimos minutos, poli —escupe, soltándome.

Cierro los ojos y me obligo a respirar hondo. Si muero, que sea sin miedo. Pero, en el fondo, algo me arde con fiereza en el pecho. Un presentimiento. Una certeza.

Ella vendrá.

Sé que lo hará.

Escucho el rugido de un motor acercándose. El hangar entero vibra con un eco metálico. Todos los hombres de Caruso se tensan. Algunos desenfundan sus armas, otros miran hacia la entrada como si esperaran la llegada de un ejército.

Caruso frunce el ceño y alza una mano para que Luca y los demás guarden silencio. El chirrido de la puerta principal abriéndose retumba como un trueno.

Y entonces la veo.

Mi heroína.

Cruza el umbral con paso firme, casi arrogante. El pelo oscuro recogido en un moño bajo impecable, un abrigo negro que le roza las botas. Su expresión es una máscara de calma. Jordan va tras ella, con el porte de guardaespaldas, atenta a cada rincón.

Por un instante, olvido dónde estoy. Olvido el dolor en las costillas, la sangre seca y el miedo que me roe el estómago. Solo puedo mirarla. Es como ver llegar a la muerte… o a la salvación.

Caruso se queda paralizado. Sus hombros se tensan bajo el traje oscuro. Se gira lentamente hacia ella, con una mezcla de sorpresa y fastidio pintada en la cara.

—¿Qué demonios haces aquí? —profiere, con la voz cargada de incredulidad.

Ella se detiene a unos metros de mí, ignorándolo. Sus ojos se clavan en los míos y, por primera vez desde que me trajeron aquí, siento que puedo respirar.

—Ray —dice, por fin, con una serenidad gélida—. Suéltalo.

Él parpadea, como si no hubiera entendido bien. Sus hombres la miran, confusos. Jordan avanza un paso y posa la mano en la cintura, allí donde lleva oculta la pistola.

—Esto no te incumbe, cariño —masculla Caruso, mirándola como si se hubiera vuelto loca—. Vuelve al coche. Ahora.

V ladea la cabeza. Una sonrisa sin rastro de calidez se dibuja en sus labios.

—Te equivocas. Siempre me ha incumbido.

Algo en su voz hace que un escalofrío me recorra la espalda. Porque la conozco. Porque he visto esa mirada antes…, justo antes de que alguien muera.

Langdon, que hasta ahora observaba en silencio, se incorpora en su asiento con gesto interesado, como si acabara de descubrir un espectáculo mucho más entretenido de lo previsto.

Intento moverme, pero las ataduras me lo impiden. El corazón me late con fuerza en la garganta.

Va a hacer algo.

Algo grande.

Algo que cambiará el juego para siempre.

Y yo… solo puedo rezar para no perderla en el proceso.

Caruso parpadea, desconcertado. La mira como si, de repente, no reconociera a la mujer que tiene delante. Ladea la cabeza, y sus labios se tuercen en una mueca de incredulidad.

—¿Pero qué coño dices, Violet? —Su tono se vuelve duro, casi frío, con ese veneno que siempre se escurre entre sus palabras cuando no consigue entender algo—. Vuelve al puto coche ahora mismo. Esto no es asunto tuyo.

Ella no se mueve.

El silencio cae sobre el hangar como una losa. Los hombres de Caruso se miran entre sí, incómodos. Jordan permanece a su lado, quieta, con la mano en la pistola. Sus ojos recorren cada esquina del hangar, cada ángulo muerto, lista para actuar.

V respira hondo y clava los ojos en su marido. Por un segundo, la veo dudar…, pero es solo un parpadeo antes de que vuelva a erguirse, tan firme y letal como siempre.

—Sí que lo es, Ray. Siempre lo ha sido.

Él da un paso hacia ella, con el ceño fruncido, como si intentara intimidarla con su sola presencia.

—Estás hablando de más. No tienes ni idea de lo que está pasando aquí.

V suelta una pequeña carcajada. Es seca, amarga. Se la ve tan rota como furiosa.

—¿Que no tengo ni idea?

Da un paso adelante. Ahora están casi frente a frente. La tensión se corta con un cuchillo. El sudor me resbala por la nuca mientras la observo. Sus palabras son un susurro venenoso que solo él y yo alcanzamos a oír.

—He sabido todo desde el principio. Cada envío. Cada asesinato. Cada traición. Incluido esto. —Hace un gesto con la barbilla hacia mí. Sus ojos siguen fijos en Caruso, fulminándolo—. Creíste que eras el único que podía mover las piezas, ¿verdad, querido?

Caruso entrecierra los ojos. Le tiemblan las manos ligeramente. No de miedo, de ira.

—¿Qué estás diciendo? —gruñe.

Ella sonríe. Una sonrisa fría, letal, vacía de cualquier ternura.

—Estoy diciendo que se acabó. Que este juego se termina hoy.

Caruso se gira hacia Luca y Rocco, que la observan como si no entendieran nada. Luego vuelve a mirarla, entre furioso y confuso.

—¿Quién te crees que eres?

El silencio que sigue a esa pregunta retumba con fuerza en el hangar. Ella inspira despacio, llenando los pulmones de aire antes de soltar la respuesta que lo cambiará todo y lo dejará patidifuso.

—Soy V.

Por un momento, nadie se mueve. Nadie respira. Es como si todo se detuviera.

El eco de esas dos letras me resuena en el pecho como un disparo.

Y, mientras Caruso la observa con los ojos muy abiertos y su mundo empieza a resquebrajarse, sé que nada volverá a ser igual.