Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 40
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V

Las paredes de la habitación me asfixian. Me sudan las palmas de las manos y tengo ganas de ponerme a gritar como una posesa por culpa de la frustración.

—¿Nada? —pregunto, mirando a Jordan, que revisa su móvil por décima vez en la última hora.

—Nada, V. Ni una señal. Su teléfono sigue apagado.

Me muerdo el interior de la mejilla mientras camino de un lado a otro en la guarida. Noto el pulso en las sienes, rápido, desordenado. Intento pensar con claridad, pero la ansiedad me quema el pecho.

Billy debería haber llegado hace horas. Me dijo que venía hacia aquí. Estaba enfadada con él por lo de la fiscalía, pero, ahora, lo único que quiero es verle entrar por esa puerta. Saber que está vivo. Saber que no le han metido una bala en la cabeza.

—Puede que le hayan retenido en un control —dice Jordan, intentando calmarme.

—No es un control —respondo con sequedad—. Si no ha venido, es porque alguien se lo impide.

Me acerco a la mesa de trabajo y apoyo las manos sobre el mapa del puerto y de las propiedades de Ray. Pienso en los contenedores que llegan en unas horas, en él regresando cuando no se le esperaba, en Langdon moviendo sus piezas antes de tiempo. Y en Billy… atrapado en medio de todo ello.

«¿Dónde estás, maldita sea?».

Me escuecen los ojos una barbaridad. No recuerdo cuándo fue la última vez que tuve tantas ganas de echarme a llorar. Reprimo las lágrimas a duras penas y mascullo:

—Hay que encontrarle, Jordan.

—Lo haremos.

—Sí. —La miro a los ojos, sintiendo que la rabia y el miedo me recorren la columna vertebral como un latigazo—. Y si le han tocado un solo pelo, te juro que arderá Chicago entera.

A mi lado, asiente en silencio.

—Voy a hablar con Gül —declaro, sacando el móvil—. Si Langdon está detrás de esto, ella lo sabrá antes que nadie.

Teclas, pitidos, silencio. Espero. El corazón me late con tanta fuerza que temo que se me rompa el pecho.

«Aguanta, Billy. Aguanta. Porque no pienso perderte ahora».

—Vaya, vaya… —contesta, su voz suave y cargada de ironía al descolgar—. ¿Ya me echabas de menos?

—Han cogido a Billy.

Se hace un silencio breve al otro lado de la línea. Puedo oír un murmullo de música y conversaciones apagadas. Está en algún local.

—¿Estás segura?

—No está en la guarida, no contesta al móvil y su teléfono está apagado. Sabes tan bien como yo lo que eso significa.

—Sí. —Suspira—. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con él?

—Esta mañana temprano. Iba a venir directo aquí. Caruso ya está en Chicago. Si han descubierto que Billy juega a dos bandas…

—Lo matarán antes de que cante. —Su tono se vuelve frío y profesional—. Escúchame, V. Langdon tiene hombres revisando los alrededores del puerto y del centro. Están muy activos hoy. Creo que los contenedores están en camino.

—¿Sabes si Caruso y Langdon se van a ver?

—No aún. Pero si Caruso está de vuelta, también querrá supervisarlo todo en persona.

Me froto los ojos, intentando pensar con claridad.

—Necesito que localices a Billy. Usa a quien tengas que usar, Gül. Paga lo que tengas que pagar. Si le pasa algo yo… —Me cuesta seguir hablando.

—Lo sé. —Hace una pausa—. V… ¿Qué es él para ti?

No necesito pensarlo.

—Todo. Billy lo es todo para mí, Gül.

—Gracias por ser tan franca conmigo, V.

—Gracias a ti por ayudarme en esta cruzada que no te pertenece.

—Para eso estamos las Hijas del dolor , amiga.

Tiene razón. Para eso estamos.

Cuelgo y dejo el móvil sobre la mesa. Me tiembla ligeramente la mano. Respiro hondo y miro a Jordan, que me observa desde la distancia, como si supiera con exactitud en qué estoy pensando.

—Prepárate —le ordeno—. Si Gül no lo localiza…, saldremos a buscarlo nosotras.

Me miro en el espejo del baño de la guarida y respiro hondo antes de salir. Me coloco el abrigo negro sobre los hombros y ajusto los pendientes de diamantes. La imagen perfecta de la esposa del gran capo: serenidad, control, silencio.

—¿Vas a verle? —pregunta Jordan, cruzada de brazos junto a la puerta.

Asiento.

—Necesito confirmar que no es cosa suya. Si lo es, no me quedará otra que moverme rápido.

—Ten cuidado.

Le dedico una sonrisa breve y salgo sin decir nada más. El trayecto hasta el apartamento se me hace eterno. Gerard me acompaña por el túnel en silencio. Sabe que no estoy de humor para conversaciones.

Cuando llegamos, cruzamos el pasadizo y subimos en el ascensor hasta la planta privada. Dos de los hombres de mi marido me abren paso sin levantar la mirada. Entro en casa y todo está en silencio, salvo por la música suave que suena desde el salón.

«Rata asquerosa».

Ray está sentado frente a los ventanales, con un vaso de whisky en la mano. Me observa con esa media sonrisa que siempre me ha dado escalofríos.

—Mira quién ha decidido volver a casa —pronuncia con un tono cálido, aunque sus ojos, oscuros y brillantes, no reflejan calidez alguna—. Ven aquí.

Camino hacia él y dejo el bolso sobre la mesa de cristal. Se inclina hacia atrás y me observa con detenimiento.

—¿Dónde estabas?

—En la galería. Necesitaba despejarme.

Asiente, dándole un trago largo al líquido ambarino. Los hielos tintinean contra el cristal.

—Sí… días tensos. —Juega con el vaso, girándolo en la mano—. Hoy he tenido que ocuparme de… un asunto pendiente.

Se me encoge el estómago.

—¿Un asunto pendiente?

Me mira con la misma sonrisa sin vida.

—Sí, uno que últimamente va muy suelto. Creyéndose con derecho a meterse donde no le llaman. —Apoya el vaso sobre la mesa y entrelaza las manos—. Y yo no tolero la deslealtad. Lo sabes.

Siento que me cuesta respirar, aun así, mantengo el rostro impasible.

—¿Qué has hecho, querido?

Se encoge de hombros.

—Nada que no mereciera. Pronto sabrá lo que pasa cuando alguien me traiciona.

Me quedo mirándole, como si fuera una esposa más preocupada por los problemas de su marido que por la vida de un hombre. Me acerco y acaricio su mejilla.

—Confío en ti para hacer lo correcto.

Sonríe y me besa la mano con un gesto de posesión absoluta.

—Siempre lo hago.

Me aparto, disimulando las náuseas. Camino hacia el dormitorio principal y cierro la puerta tras de mí. Me apoyo contra ella, temblando de rabia.

Billy está en sus manos. Y si quiero salvarle, tendré que hacerlo antes de que sea demasiado tarde.

No duermo en toda la noche. Me tumbo en la cama con la mirada fija en el techo mientras me devano los sesos. Cada minuto que pasa sin noticias de Billy es un puñal que me atraviesa el pecho.

Cuando amanece, me levanto despacio, me ducho y me visto con unos vaqueros negros y un jersey beige.

El pitido de un mensaje recién recibido me sobresalta antes de que salga de la habitación.

Lo leo con desesperación.

Y ahogo un grito de pánico.

A continuación, escribo a Jordan.

Yo : «Código rojo».

Treinta minutos después, estamos los tres sentados en la mesa de la sala de control: Jordan, Gerard y yo. Las pantallas reflejan imágenes de los muelles, los túneles, los accesos al puerto. Todo el maldito entramado de la ciudad ante nuestros ojos.

—Suéltalo de una vez, V.

Miro a Jordan, que no parece arrepentida por hablarme así.

—Parece que está en shock —murmura Gerard.

Y puede que tenga razón.

Inspiro y espiro. Varias veces.

—Caruso lo tiene. Lo llevarán al hangar. Langdon estará allí. —Mi voz suena fría, carente de emoción, mientras marco las rutas posibles de escape en el mapa digital—. Si se lo entregan a Langdon, no volveremos a verlo con vida.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque he recibido un mensaje de la fuente que tengo trabajando codo con codo con Ray, Jordan.

—¿Y seguro que es verdad lo que dice?

—Créeme, a él le interesa que Caruso caiga.

Asiente, revisando el cargador de su Glock antes de meterla de nuevo en la funda de la cadera.

—¿Sabes cuántos hombres habrá allí?

—Ni idea, pero calcula que por parte de Ray al menos habrá ocho. Y Langdon llevará a los suyos, claro.

—¿Cómo vamos a hacerlo?

Clavo los ojos en Gerard.

—Haremos que miren hacia otro lado el tiempo suficiente para entrar y sacar a Billy de allí.

—Hecho. —Su expresión es dura, pero sus ojos reflejan la misma preocupación que siento yo—. ¿Qué harás tú?

—Entrar. Sacarlo de allí. Y si puedo, dejarle claro a Langdon que no es tan intocable como cree.

Jordan me observa en silencio. Sé lo que está pensando. Sé que está a punto de recordarme que arriesgo demasiado. Sin embargo, no lo hace. Solo vuelve a asentir y coloca una mano sobre la mía.

—No dejaré que te pase nada. Ninguno lo haremos.

Nos ponemos en pie.

Mientras Gerard habla con los chicos, yo busco a Jordan con la mirada, sintiendo que se me cierra el pecho.

—No puedo perderle, Jo. No ahora.

—No le perderás —espeta, con esa certeza que siempre la caracteriza—. Hoy no.

La creo.

El plan ya está en marcha. Y esta vez no pienso fallar.

Estoy revisando el cargador cuando me suena el móvil. Lo miro y el corazón me da un vuelco. Es su número. Billy. Pulso para descolgar con el pulso desbocado. Pero no es su voz la que suena al otro lado. Es un tono grave, cargado de esa calma asesina que conozco demasiado bien.

—V. —Ray pronuncia la inicial con una mueca audible en su voz, como si saboreara el momento—. Qué gusto poder hablar contigo por fin.

Me quedo completamente inmóvil, sintiendo que Jordan me clava la mirada desde el otro extremo de la sala. Aprieto los dientes.

Gerard me quita el teléfono de las manos y ocupa mi lugar. Si yo hablara, esa basura me reconocería la voz y todo se iría a la mierda.

Agradezco que ponga la llamada en altavoz antes de exclamar:

—¿Caruso?

—Así que existes, después de todo. —Su tono destila burla y amenaza a partes iguales—. Te creías muy listo, ¿eh? Jugando conmigo. Con Langdon. Con todos nosotros.

Cierro los ojos un segundo para contener la rabia que me consume.

Gerard me mira y, con las manos, le pido que continúe.

—¿Dónde está Billy?

—Está aquí conmigo. Bueno… más o menos. Luca se ha encargado de que colabore un poco.

—Escucho un gemido apagado, un ruido de fondo que me revuelve el estómago—.

Te voy a decir algo, V. Quiero verte la cara.

Quiero saber quién coño eres antes de matarte.

Así que aquí tienes el trato: vienes al hangar, ahora mismo, y me presentas tus respetos como corresponde.

O te aseguro que este poli de mierda no verá amanecer.

—Si le haces daño…

—Ya le he hecho daño. —Suelta una carcajada fría—. Ahora la decisión es tuya. Tienes cuarenta y cinco minutos. Si no apareces…, bueno, me aseguraré de que sus últimos minutos sean lentos y dolorosos.

Cuelga antes de que Gerard pueda responder. Me quedo mirando la pantalla negra, con mi reflejo difuminado en ella y el corazón martilleándome el pecho.

Antes muerta que dejar que se salga con la suya.