39
BILLY
Me arrastran por el pasillo como un saco de carne. Luca abre la puerta del sótano. Enseguida noto el olor a humedad y a algo más que me cuesta descifrar, y me empuja sin miramientos. Tropiezo, casi caigo, aunque logro mantenerme en pie justo antes de sentir el primer puñetazo en el estómago.
—Te lo podrías tomar con calma… —mascullo entre dientes, sin aliento.
Sonríe, el muy hijo de puta, esa sonrisa torcida de saberse impune. Se cruza de brazos mientras otro de los hombres me agarra por detrás, inmovilizándome.
Si tuviera cojones, se enfrentaría a mí sin nadie que me estuviera sujetando.
«No los tiene».
—¿Para quién trabajas, Billy? —pregunta, modulando cada palabra como si hablara con un niño pequeño.
—Para ti… —intento bromear, pero me arde la garganta.
El segundo golpe, directo a la cara, me hace ver puntos de colores. Siento la sangre caliente bajándome por la comisura de los labios. Parpadeo, busco algo a lo que aferrarme. Pienso en V. En su piel. En su maldito plan. En lo jodidamente cerca que estamos… o que estábamos.
Otro golpe, esta vez en las costillas. Crujen. No grito. No les daré ese gusto.
—¿A quién le lames el culo ahora, eh? —Luca se agacha, me agarra del pelo y me obliga a mirarlo—. ¿Quién coño es ese fantasma para el que pasas información?
Me río. Suelto una carcajada amarga que me sabe a sangre y a derrota.
—Te sorprendería, Luca. Te sorprendería mucho.
No le gusta. Lo veo en sus ojos. Se pone en pie y asiente a su compañero. El siguiente puñetazo me apaga la carcajada y me retuerzo en un espasmo. Me caigo de rodillas, jadeando.
Pienso en V otra vez. En lo que haría si me viera así. En si sabrá que me estoy jugando el pellejo por ella y por todo lo que hemos conseguido hasta ahora.
Escupo un hilo de sangre. Levanto la cabeza.
—Vais a necesitar algo más que un par de puños para que hable —musito.
Luca sonríe, satisfecho. Chasquea los dedos. Del rincón del sótano alguien se mueve. No estoy solo. Me van a machacar hasta que confiese… o hasta que ya no pueda hablar.
Pero por dentro me agarro a una idea: si salgo de esta, no pienso fallarle a la mujer que amo.
—Registradlo —ordena la mano derecha de Caruso, su voz resonando en la penumbra del sótano.
«Puto Luca».
Me las va a pagar.
Siento cómo las manos de Rocco me hurgan los bolsillos con brusquedad hasta encontrar el móvil. Lo enciende delante de mí, mirándome con asco, como si tocar algo mío le diera arcadas.
—Veamos qué es tan importante para ti… —espeta, deslizando el dedo por la pantalla manchada de sangre.
Intento incorporarme un poco, pero el dolor me clava en el suelo. Noto el pecho tenso, las costillas latiéndome como un tambor roto.
«Joder».
—¿Quién es este? —interroga Rocco, enseñándole la pantalla a Luca—. Llamadas, mensajes cifrados… Todo con este tal V.
Luca me mira, y su sonrisa es la de un tiburón antes de morder. Sin embargo, por un segundo, tengo la sensación de que esos ojos quieren advertirme de algo, pero se me escapa.
—¿Así que es verdad, Billy? —Se agacha, me da una palmada suave en la mejilla, casi cariñosa—. ¿Estás trabajando para ese hijo de puta que se cree que puede quitarle el negocio al Diablo?
Otra vez esa sensación.
Frunzo el ceño.
No digo nada. Escupo al suelo, un reguero de saliva mezclada con sangre.
—¿Sabes lo que creo? —prosigue—. Que este V piensa que es más listo que nosotros. Que puede moverse en las sombras sin que lo veamos. Pero no pasa nada. Vamos a localizarlo. —Le hace un gesto a Rocco—. Rastrea el número. Quiero saber dónde coño está ahora mismo.
Rocco asiente, ya tecleando con rapidez.
—Podría llevarme un rato, pero lo encontraré.
—Hazlo. —Luca se vuelve hacia mí—. ¿Sabes lo que pasa cuando alguien compite con Caruso, Billy? —Me levanta la barbilla con dos dedos manchados de mugre—. Acaba muerto. Igual que vas a acabar tú si no nos dices todo lo que sabes de este V.
«¿Qué mierda quieres decirme con esa mirada, Luca?».
Aprieto los dientes. Noto el sabor metálico de la sangre y un temblor en la mandíbula. No pienso hablar. No pienso venderla.
No pienso fallarle.
Luca se aparta y le hace un gesto a Rocco, que ya marca un número en su propio móvil mientras conecta cables y dispositivos. Percibo la esencia a sudor y a miedo. Al mío, sobre todo, para qué negarlo.
—Si localizas al tal V antes de que este abra la boca —señala Luca—, el premio será para ti. Si no…, te encargarás de hacerlo hablar.
Rocco sonríe. Luca sale, no sin antes agacharse a mi lado y susurrarme dos palabras al oído que me descolocan, dejándome con él y otro de los hombres, que se acerca con una barra metálica.
¿Ha dicho que lo sentía o son imaginaciones mías?
Mi mente vuelve a V.
A su rostro. A su fuerza.
Y me obligo a repetir en silencio para mis adentros: «no pienso fallarle a la mujer que amo».
Rocco cuelga el teléfono tras dejar todo en marcha para rastrear el número de V. No podrá, lo sé con total seguridad. Y se me queda mirando mientras se arremanga con parsimonia.
—Siempre me caíste bien, Billy —habla con voz calmada, casi paternal—. Pero esto no va de caer bien o mal. Va de supervivencia.
No contesto. Tengo la boca seca, los labios partidos y la cara hinchada. Cada respiración me cuesta un mundo.
El otro hombre se acerca y me agarra por detrás, obligándome a incorporarme. Veo la barra metálica en las manos de Rocco. Siento su frío en el estómago antes siquiera de que la levante.
—Empecemos con algo suave. —Su voz suena amortiguada, zumbándome en los oídos.
El primer golpe me sacude de pies a cabeza. Me estremezco; un grito apagado se me queda atorado en la garganta. La segunda embestida es contra las costillas, donde ya me duele al respirar. Un chasquido sordo, un fogonazo de dolor que me nubla la vista.
—Dinos algo, Billy —ordena el hombre que me sujeta, con aliento a tabaco y café rancio junto a la oreja—. Hazlo fácil. Háblanos de V y acabaremos con esta tortura.
«Y una mierda».
Respiro entrecortado. Intento enfocar los ojos en algún punto de la pared desconchada. Me concentro en no soltar nada, en que ni una sílaba me salga de la boca.
«No pienso fallarle a la mujer que amo».
Rocco me da un puñetazo en la cara, directo al pómulo ya inflamado, y me vibra todo el cráneo. Noto algo caliente y espeso bajándome por la comisura de los labios. Me sabe a hierro, a derrota, a furia.
—¿Nada? —dice, sonriendo—. Bueno, tenemos todo el tiempo del mundo.
Otro golpe.
Otro.
Y otro más.
Pierdo la cuenta. Solo quedan destellos de dolor y su respiración agitada cada vez que levanta la barra. Todo se mezcla: el eco de los golpes, su voz, la presión de las manos que me sujetan.
«No pienso fallarle a la mujer que amo».
Otra vez pienso en ella.
En la mirada fría y las manos calientes.
En su voz cuando dice mi nombre.
En el plan.
En la venganza.
Y entonces, cuando creo que voy a desmayarme de nuevo, escucho el móvil de Rocco vibrar sobre la mesa metálica. Él levanta un dedo, jadeante, y sonríe.
Una sonrisa que dura muy poco.
—¡No puede ser! —ladra—. ¿Localización incompleta?
Escucho pasos bajando por las escaleras. Tranquilos. Firmes. Incluso antes de verle, sé a quién pertenecen.
Caruso aparece en el marco de la puerta como un espectro. Impecable, con su abrigo negro abierto, las manos en los bolsillos y esa mirada que siempre consigue helarme la sangre. Se detiene un segundo para observarme, amarrado a la silla, empapado de sudor y sangre.
—Vaya, Billy. Qué lamentable aspecto.
Intento incorporarme, pero el dolor me mantiene clavado en el asiento. Él avanza despacio, sin apartar los ojos de los míos. Se coloca frente a mí y suspira.
—¿Qué tenemos? —pregunta sin mirarme a mí, sino a Rocco.
Rocco se aclara la garganta y revisa la pantalla del móvil.
—Ha habido mensajes recientes con un número cifrado. El contacto está guardado como V. Hemos rastreado la IP, pero rebota desde distintos servidores. Es un profesional, jefe.
Caruso asiente lentamente, pensativo. Se agacha hasta quedar a mi altura. Su colonia me llena la nariz, mezclada con el sabor metálico de la sangre que me chorrea por la boca.
—¿Así que trabajas para ese jodido V, eh, Billy? —exclama con calma—. Me has decepcionado. Cancelé tus deudas. Te di un lugar. Te di seguridad. ¿Y me pagas así?
No respondo. Cada músculo me tiembla, aun así, me obligo a sostenerle la mirada. Sus ojos son dos pozos negros, profundos, sin nada de luz.
—¿Quién es este V? —insiste.
Me quedo en silencio. Si hablo, muero. Si no hablo, también. Me da igual, solo pienso en protegerla.
Caruso suspira, se pone de pie y se pasa una mano por el pelo peinado hacia atrás.
—¿Algo más? —le pregunta a Rocco.
—Hemos pinchado llamadas y mensajes, pero la ubicación real es imposible de rastrear. Tiene un sistema encriptado.
Frunce los labios con fastidio.
—Quiero a ese cabrón. Quiero saber quién es, qué quiere y cómo coño se atreve a meterse en mis asuntos. —Me mira con una mueca de asco—. Sigue con él. Que cante antes de que termine el día. No quiero cadáveres innecesarios. Todavía.
Se gira para marcharse, pero se detiene antes de llegar a la puerta y me lanza una última mirada gélida.
—Sabes que no tienes escapatoria, Billy. Todo el mundo acaba hablando. Incluso los más leales.
Y sin más, se aleja hacia la puerta, dejándome allí con Rocco y su barra de hierro.
Con el pecho palpitándome, la cabeza agachada y una única certeza clavada como un hierro ardiéndome en el pecho:
«Tengo que aguantar. Tengo que protegerla. Cueste lo que cueste».
—Llévalo al hangar —ordena Caruso sin volver a mirarme.
El suelo se mueve bajo mis pies cuando Rocco y otro de los hombres me levantan a la fuerza. Me cuesta mantenerme en pie. El mundo es una mancha borrosa y sangrienta. Todo me duele. Todo.
—¿Qué…? —balbuceo, intentando articular palabras mientras me arrastran hacia la puerta—. ¿Qué hay… en el hangar…?
Caruso se detiene un segundo y se gira hacia mí. En sus ojos hay un brillo oscuro que me revuelve el estómago.
—Tu última oportunidad, Billy. Langdon quiere verte. Yo ya no tengo tiempo para traidores.
Intento resistirme, aunque no me quedan fuerzas. Me empujan por el pasillo, subiendo las escaleras con las botas arrastrándose contra el cemento. Cada paso que doy es un latigazo en las costillas rotas.
Mientras me sacan del edificio y me obligan a subir a la parte trasera de una furgoneta negra, noto la brisa fría de la noche en la cara. Me da náuseas la mezcla de gasolina, herrumbre y humedad.
Uno de los hombres me ata las muñecas con bridas de plástico. Otro me coloca una capucha en la cabeza. Siento un momento de pánico puro cuando me cubre la oscuridad. Me cuesta respirar. El latido de mi corazón es una puta bomba a punto de estallar y reventarme las costillas.
Evoco a V. El pelo negro, los ojos de tormenta, su voz ordenándome aguantar. Pienso en que no puedo fallarle ahora. No puedo dejarla sola contra todos ellos.
El motor arranca y el coche se pone en marcha. Noto cada bache en el asfalto como un puñetazo en el cuerpo.
No sé qué me espera en el hangar, pero sí sé una cosa con total claridad:
Si salgo de esta, alguien lo va a pagar muy caro.