38
V
El móvil vibra en la mesa, al lado de la taza de café frío. Estoy revisando los últimos movimientos de Langdon y Caruso, con Jordan sentada frente a mí, cuando veo el nombre de Billy en la pantalla.
—Dame un segundo —le digo a Jordan, que asiente en silencio.
Pulso para descolgar.
—¿Qué pasa? —inquiero, intentando que mi voz suene neutra, aunque la llamada a estas horas no me gusta nada.
Tarda unos segundos en responder. Escucho su respiración al otro lado, rápida, cargada de furia y algo que no sé si es miedo o cansancio.
—Han entrado en mi apartamento —dice al fin. Su voz suena ronca, como si hubiera estado gritando o como si estuviera conteniéndose para no hacerlo ahora.
Me incorporo en la silla. Noto el latido del corazón a mil por hora.
—¿Estás bien?
—Sí —masculla, aunque no suena a un «sí» real—. No estaba allí. Pero lo han destrozado todo. No se han llevado nada. Solo… lo han puesto patas arriba. Un puto mensaje, V. Es un maldito mensaje.
Me froto la frente con los dedos.
—¿Sabes quién ha sido?
—Podría ser cualquiera, pero… —Suspira, y escucho un golpe suave, como si hubiera apoyado la cabeza contra la pared—. Creo que quieren que sepa que me están vigilando. Que no me van a dejar salir de esta.
—No lo conseguirán. —La voz me sale más fría de lo que pretendía—. Escúchame bien: no te muevas de donde estés. Voy a mandar a Gerard a por ti. No vuelvas allí, ¿me oyes?
—V, no necesito niñera. Y tengo mi propio coche.
—No es una maldita opción, Billy. —Me obligo a respirar despacio, manteniendo el control—. Si quieren que tengas miedo, que sepan que no lo conseguirán. Pero si quieren matarte, no pienso ponérselo fácil.
Silencio. Solo escucho su respiración. Al final, anuncia:
—Voy para la guarida.
—Bien —contesto, intentando ignorar el alivio que me invade con esa simple frase.
Cuelgo y miro a Jordan.
—Ve preparando todo. Quiero a Gerard listo para cubrirle la salida si es necesario. Hoy no nos pueden pillar desprevenidas.
Asiente sin decir nada, pero sus ojos dicen lo mismo que pienso yo: que esto solo acaba de empezar.
Me levanto, guardo el móvil en el bolsillo y miro por la ventana, hacia el cielo gris de Chicago. De repente, siento esa furia templada que me acompaña desde niña arder de nuevo bajo la piel.
Nadie toca lo que es mío, joder.
Nadie.
Me quedo de pie, pegada al cristal, durante una hora, mirando la pantalla del móvil cada pocos segundos. La guarida está en silencio. Jordan se fue hace un rato para organizar la vigilancia en el puerto y Gerard aún no ha regresado. Me quedo sola, con el eco de mi respiración resonando en el pecho.
Billy no contesta.
Le mandé un mensaje hace veinte minutos, preguntándole dónde estaba, si ya había salido de su apartamento, si Gerard había llegado hasta él. Nada. No hay respuesta. Lo llamo de nuevo. Una, dos, tres veces. El tono suena, sin embargo, no lo coge.
Camino de un lado a otro del despacho, la inquietud expandiéndose por mi estómago como un veneno lento. Me apoyo en la mesa, cierro los ojos y respiro hondo.
La angustia me atenaza la garganta.
«No es la primera vez que se retrasa».
Sí la primera que le destrozan el apartamento. Al menos que yo sepa.
«Puede que haya decidido venir por su cuenta. Puede que se le haya acabado la batería del móvil. Puede que…».
Inhalo y exhalo.
Las excusas no sirven para silenciar la verdad. Sé perfectamente qué tipo de hombres hay detrás de Langdon y Caruso. Sé lo que harían si creen que Billy ha dejado de ser útil.
Agarro el móvil con fuerza y marco el número de Gerard. Me responde al segundo tono.
—¿Dónde estás? —exclamo sin preámbulos.
—En su apartamento, pero no está aquí. —Su voz suena preocupada—. Todo está como dijisteis. Destrozado. El coche tampoco está aparcado abajo. Le he llamado y no contesta.
Tenso la mandíbula hasta dolerme.
—Búscalo. Utiliza todos los recursos que necesites. No quiero excusas, Gerard. Encuéntralo.
—Sí, jefa.
Cuelgo y me quedo quieta, con la vista clavada al frente. Un frío punzante me atraviesa el pecho. Durante años he aprendido a no sentir nada, a no temer por nadie. A no dejar que el dolor o el miedo me aparten de mi venganza.
Pero esto… esto es distinto.
No puedo perder a Billy.
No lo permitiré.
Cojo el abrigo, las llaves y el arma que guardo en el cajón de la mesa. Si Gerard no lo encuentra pronto, saldré yo misma a buscarlo.
Porque si alguien se ha atrevido a tocarlo, a quitármelo… no habrá lugar en esta maldita ciudad donde puedan esconderse de mí.
Billy
El móvil me vibra en el bolsillo de la chaqueta mientras conduzco hacia la guarida. Miro la pantalla sin detener el coche. Es Caruso.
Me recorre un escalofrío, uno de esos que te suben por la nuca y te dejan la piel erizada. Respiro hondo antes de descolgar:
—Dime.
—Billy. —Su voz suena suave, casi perezosa, como si me estuviera llamando para tomar un café—. Necesito verte. Ahora.
Trago saliva. Intento mantener la calma mientras giro por una calle secundaria para dar la vuelta. La guarida puede esperar. V puede esperar. Este cabrón no.
—Claro. ¿Dónde?
—En casa. Y date prisa.
«Mierda».
La llamada se corta sin más. Me quedo unos segundos con el móvil apoyado en el volante, mirando a la nada. Intento pensar con claridad, pero el corazón me retumba en el pecho como un tambor de guerra. ¿Qué querrá ahora? ¿Sabe algo? ¿Ha descubierto quién es V en realidad? ¿Que estoy con ella?
Me aparto hacia el arcén.
«Cálmate, joder».
Es más fácil decirlo que hacerlo, hostia.
Me tiemblan las manos cuando, un par de minutos después, me incorporo otra vez a la carretera.
Sea lo que sea lo que Caruso quiera de mí, tendré que afrontarlo.
Pero no puedo evitar pensar en V, en su rostro la noche pasada cuando me miraba desde la cama, con ese brillo extraño en los ojos.
No puedo evitar pensar en que, si algo sale mal hoy, puede que esa haya sido la última vez que la haya visto. Que la haya tocado. Que la haya amado.
«Saldrás de esta como siempre, no lo dudes».
No obstante, el presentimiento sigue ahí, como un metal frío en el estómago, mientras conduzco hacia la guarida del puto Diablo.
Cuando llego a la entrada del exclusivo edificio, no puedo evitar mirar hacia el otro lado, al lugar en el que hasta hace unas horas estaba con su mujer. En la cama. El estómago se me encoge y me oprime las entrañas.
Aparco el coche frente a la puerta y me quedo unos segundos respirando hondo, intentando calmar los latidos desbocados de mi corazón. Cuando al fin salgo, uno de los hombres de la puerta me indica con un gesto que pase. No sin antes registrarme a conciencia.
«Mala señal».
Teniendo en cuenta que nunca me habían cacheado de pies a cabeza, sí que lo es, sí.
El vestíbulo está en silencio, cargado de algo raro. Es ese tipo de silencio que precede a la tormenta. Luca me espera junto a las escaleras, apoyado en la barandilla con los brazos enormes cruzados sobre el pecho. Tiene esa expresión suya de chulito.
—Arriba —indica con la barbilla.
«Gilipollas».
Subo sin decir nada, sintiendo su mirada quemándome la espalda.
Entro en el despacho de Caruso y lo encuentro sentado tras el escritorio, perfectamente vestido a pesar de la hora temprana.
Traje gris oscuro, corbata negra. Impecable.
El pelo peinado hacia atrás, mostrando las canas en las sienes.
Parece un maldito general romano antes de mandar a alguien al cadalso.
—Billy —dice con esa sonrisa ladeada que siempre me hiela la sangre—. Siéntate.
Obedezco. Me siguen temblando las manos un poco, y las apoyo en las rodillas para que no lo note. Luca entra detrás de mí y cierra la puerta. Se queda junto a ella, inmóvil como un perro de presa.
Caruso me observa unos segundos sin hablar, jugando con un anillo grueso de oro que lleva en el meñique.
—Sabes que valoro tu lealtad, ¿verdad?
«Hostia puta, esto no es bueno».
Disimulo como puedo la tensión de los hombros y contesto:
—Sí, claro.
—Y sabes que, si hay algo que no soporto, es que me oculten información. ¿No es así?
Asiento en silencio. Noto un sudor frío resbalándome por la espalda.
—Entonces explícamelo, Billy. —Inclina un poco la cabeza, como si de verdad le intrigara—. ¿Por qué mis hombres te vieron salir del edificio de la fiscalía?
La pregunta me cae como un maldito disparo. Intento no mover un músculo. Respiro hondo y pienso rápido. Si digo la verdad, estoy muerto. Si miento mal, también.
—Fui a ver a un contacto —explico al fin, con voz firme, mirándole a los ojos—. Tengo a un tipo allí dentro que me debe favores desde que estaba en Antidroga. Pensé que, con el asunto de Langdon a la vuelta de la esquina, nos vendría bien saber si la fiscalía estaba moviendo ficha.
Me observa con atención. Se inclina hacia atrás en el sillón, entrelazando los dedos sobre el pecho. Luego deja aflorar una sonrisa lenta.
—¿Y?
—Nada, jefe. —Trago saliva—. No tienen nada. Pero… —Lo miro con intención—. Están inquietos. Granger tiene un par de fiscales nuevos revisando casos viejos. Quieren pillar a alguien gordo.
Caruso suelta un pequeño bufido, casi divertido. Y se inclina hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa.
El corazón se me detiene un segundo antes de empezar a latirme con una fuerza brutal en el pecho. La mirada de Caruso cambia. Borra esa media sonrisa fría del rostro y, durante un momento, solo veo la máscara de un hombre que lleva demasiado tiempo mandando matar.
—¿Sabes qué creo, Billy? —susurra, casi amable. Otro escalofrío me recorre el cuerpo entero—. Creo que me estás mintiendo.
Abro la boca para protestar, para intentar negarlo, pero levanta una mano con calma y me obliga a callar.
—Creo que juegas a dos bandas. Que tienes a alguien más pagándote. Quizá un fiscal, quizá uno de mis competidores… —Inclina la cabeza al otro lado, sus ojos fijos en los míos—. Y quiero saber quién es.
Se me cierra la garganta cuando veo cómo asiente a Luca.
Este se separa de la pared y se acerca despacio. Puedo oír el crujir del cuero de su chaqueta con cada paso. Me pongo en pie de un salto, con las manos abiertas frente a mí.
—Escucha… —replico.
Caruso me interrumpe con una orden:
—Encárgate de él, Luca. Averigua para quién trabaja antes de… ya sabes.
El cuerpo se me queda helado. Siento las piernas flojas y el estómago retorcido.
Luca me agarra del brazo con una fuerza que me parte el hueso y me empuja hacia la puerta.
Intento girarme hacia Caruso, suplicarle, pero ya no me está mirando.
Ha bajado la vista a unos papeles sobre la mesa, como si yo no fuera nada más que una mosca molesta que acaba de aplastar con la yema de un dedo.
Luca me arrastra por el pasillo. La mente me va a mil. Tengo que pensar. Tengo que hacer algo. Si me llevan al sótano…, si me llevan allí abajo, no saldré vivo de esta.
—Luca, escucha —susurro mientras me empuja hacia la escalera trasera—. No hace falta esto. Sabes que siempre he sido leal. Tú me conoces. Diles la verdad…
Sus dedos se me clavan en la carne como si quisiera arrancarme el brazo de cuajo. Bajamos los escalones y, con cada paso que damos, mi respiración se vuelve más rápida. Intento controlar el temblor de las piernas. Intento pensar. Intento planear.
Porque si cruzo esa maldita puerta del sótano, estoy muerto.
Y aún no es mi hora.