Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 37
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BILLY

Estoy en esa fase del sueño en la que nada tiene forma. Me giro, incómodo en el colchón de la guarida, intentando acomodar el hombro cuando noto algo… o alguien.

Abro los ojos, alerta, y tardo un segundo en enfocar la silueta que se cuela en la cama. Mi mano va directa a la pistola que dejo siempre bajo la almohada, pero cuando la luna que entra por la ventana ilumina su rostro, el estómago me da un vuelco.

—Joder, Violet —susurro, dejándola pasar mientras guardo de nuevo el arma—. ¿Quieres matarme de un infarto?

Se mete bajo las mantas sin decir nada, pegando su cuerpo al mío con un suspiro tembloroso. La noto helada, y el pelo le huele al champú de siempre, ese que me revienta la cabeza de ganas de besarle el cuello.

—¿Estás bien? —me intereso, bajando la voz mientras le acaricio el brazo.

—No quería dormir sola —murmura en voz baja.

Le paso un brazo por encima y la atraigo contra el pecho. Su respiración choca con la mía, y noto que me busca con la mano en la oscuridad, aferrándose a mi camiseta como si temiera que pudiera desvanecerme en cualquier momento.

—Estoy aquí —le digo, apoyándole la barbilla en la frente.

No contesta. Solo cierra los ojos y deja escapar un suspiro de rendición, uno de esos que me rompen el alma porque sé que nunca se permite ser débil.

Pero aquí, conmigo, es humana. Y yo, que no tengo nada que ofrecerle, me prometo que haré lo que sea para protegerla.

Aunque eso me cueste la vida. Aunque sea lo último que haga.

—¿Qué tal ha ido… con Caruso? —pregunto en voz baja, sin moverme, mientras mis dedos le recorren el antebrazo con suavidad.

Noto cómo se tensa un segundo antes de volver a suspirar y pegarse más a mí, como si quisiera fundirse conmigo y desaparecer al mismo tiempo.

—Bien —responde. Su tono suena tan vacío que duele escucharlo—. Hice lo que tenía que hacer. Fingir. Sonreír. Ser la esposa perfecta. Ya sabes…

Cierro los ojos, reprimiendo la rabia que me sube desde el estómago hasta la garganta.

Me la imagino sentada frente a él, callada, aguantando su mirada, sus palabras, sus órdenes.

Me la imagino deseando clavarle un cuchillo en el cuello.

Y me la imagino sufriendo por dentro, obligada a seguir representando ese papel asqueroso.

—No tienes que contármelo si no quieres —le susurro, acercándole los labios al pelo y aspirando su olor.

—No hay nada que contar. Cenamos. Hablamos de su viaje y poco más. Dijo que todo lo que hacía era para nuestro futuro. Casi me da la risa.

Cierro la mano sobre su brazo sin querer. No digo nada. Solo espero, con el corazón retumbándome en el pecho.

—Es patético.

—No es patético —respondo, girándome un poco para que nuestras miradas se crucen en la penumbra—. Es peligroso. Y lo sabes.

Me observa con esos ojos que, incluso en la oscuridad, parecen tener luz propia. Durante un segundo, no es V, la sombra de Chicago. Es solo una mujer cansada. Rota.

—Lo sé —asiente, y sus dedos suben hasta apoyarse en mi cuello, donde el pulso me late con fuerza—. Pero cada día estoy más cerca de acabar con él, Billy.

—Y yo voy a ayudarte —afirmo, sin dudar.

Cierra los ojos y se acerca para rozarme los labios con los suyos, apenas un suspiro de beso, como si necesitara asegurarse de que sigo aquí, de que sigo siendo real.

Sus labios siguen rozando los míos, suaves, tibios, como si dudara de lo que quiere. O como si necesitara ese contacto para no venirse abajo. Decido no moverme, dejar que sea ella quien marque el ritmo. Y entonces la noto suspirar, muy bajito, antes de besarme con más firmeza.

Es un beso lento, casi dulce, pero cargado de una intensidad que me quema por dentro. Me rodea con las manos la cara, acariciándome con los pulgares la barba incipiente, y siento cómo tiembla un poco. Me aparto solo lo justo para mirarla.

—V… —musito, y no sé muy bien qué quiero decirle. Su nombre. Su verdad. Todo lo que me remueve cuando la tengo tan cerca.

—No hables —me corta, apoyando la frente en la mía, su respiración acariciándome los labios—. Solo…, solo abrázame.

Obedezco. La atraigo hasta mí con decisión y la pego a mi cuerpo, acunándola en la penumbra. Tiene frío. Siempre lo tiene cuando baja la guardia. La cubro con la manta hasta los hombros y paso la mano por su espalda, despacio, con caricias largas que la ayudan a relajarse.

Se acurruca contra mi pecho y, cuando ya creo que se ha dormido, habla con un hilo de voz:

—No sé qué haría si algo te pasara.

El corazón se me encoge. Quiero decirle que no se preocupe, que estaré bien, que nada podrá separarnos. Pero no soy idiota. Tengo claro en el mundo en el que vivimos. Así que solo bajo la cabeza y le beso la frente.

—Aquí estoy. —Le acaricio la mejilla con los nudillos—. Eso es lo único que importa esta noche.

Levanta la vista. Sus ojos, tan oscuros y profundos, me buscan.

Entonces se incorpora un poco, me toma la cara con ambas manos y vuelve a besarme.

Esta vez no es lento. Es un beso urgente, intenso, que me eriza la piel y me acelera la respiración.

La sujeto de la cintura y la atraigo hacia mí, sintiendo su peso, su calidez, su vida.

Cuando se separa, tiene los labios rojos y el pecho le sube y le baja con rapidez.

—No puedo prometerte nada, Billy —asegura, mirándome a los ojos—. Pero lo que tenga para dar… será tuyo.

—Y yo no te pido más —acepto antes de besarla de nuevo, profundo, sin reservas, mientras el mundo afuera desaparece y solo quedamos ella y yo.

Sus besos saben a miel y a rabia contenida. A venganza y a ternura. A esa mezcla imposible que es ella.

Se mueve sobre mí con una delicadeza que me rompe.

Me besa el cuello, la mandíbula, y se queda quieta un momento con la cara hundida en mi pecho, respirándome, como si necesitara memorizar mi olor.

Paso las manos por su espalda, con parsimonia, notando la piel suave bajo la camiseta fina que lleva puesta.

—No quiero pensar —suplica.

—Entonces no lo hagas.

Y voy despojándola de la ropa con tranquilidad, pero sin pausa.

Dispuesto a hacerle el amor como si fuera la última vez.

Resiguiendo con la yema de los dedos cada parte de ella que no me gustaría olvidar nunca.

Besándola allí donde nadie se imaginaría.

Lamiéndola y saboreándola en los recovecos más húmedos y salados de ese cuerpo que me vuelve loco y que jamás soñé tener así de cerca.

Me introduzco en ella despacio, disfrutando de cada sensación que me recorre el cuerpo, de pies a cabeza, cuando me enrosca la cintura con las piernas.

Nuestros cuerpos se mueven al mismo compás, sincronizados y decididos a no perder el ritmo.

Las respiraciones se aceleran, cargadas de urgencia.

Las voces suenan rasgadas, pidiendo más.

Las gargantas dejan escapar jadeos quedos y gemidos profundos.

Llegar al orgasmo con ella es la culminación perfecta de esta unión. Un orgasmo que nos deja para el arrastre y satisfechos. Plenos.

Amo a esta mujer con toda la fuerza de mi corazón.

Suspiro cuando se acurruca aún más contra mí, dejando la cabeza sobre mi pecho. Le paso la mano por el pelo una y otra vez, mientras noto cómo su respiración se va calmando.

—¿Por qué te hiciste policía? —Quiere saber de repente.

Pienso la respuesta, aunque, para qué engañarnos, la tengo muy clara.

—A mi hermano lo alcanzó una bala perdida en un tiroteo en el barrio en el que vivíamos. Y murió. Me prometí a mí mismo que haría todo lo posible por impedir que eso siguiera pasando.

—Lo siento mucho.

—No estoy cumpliendo esa promesa.

—Sí que lo estás haciendo, Billy. Estás luchando contra el crimen organizado. Contra las bandas. Los clanes. Llámalo como quieras.

—Estoy fuera del sistema, Violet.

—Eso no significa que estés incumpliendo la promesa que te hiciste… ¿cuándo?

—Hace más de diez años.

—Eras muy joven. Y tu promesa, una carga demasiado pesada para tus hombros.

—Parece que estamos hechos el uno para el otro…

La beso en la frente, cierro los ojos y me dejo vencer por su calor y su presencia, sabiendo que mañana, cuando despertemos, el mundo volverá a exigirnos ser lo que no queremos.

Pero, por ahora, aquí, en esta cama, ella y yo podemos ser solo eso: Violet y Billy. Sin miedos. Sin pasado. Sin venganza.

Solo nosotros.

Me despierto con el frío de las sábanas vacías. Extiendo la mano y no la encuentro. Violet no está. Abro los ojos despacio, con esa sensación rara en el pecho, como si lo de anoche hubiera sido un sueño demasiado bonito para ser verdad.

Me quedo un momento tumbado, mirando el techo de la guarida, intentando ordenar las ideas. La habitación está en silencio. Solo se oye el ruido lejano de la ciudad, que parece que también se está despertando.

Me paso las manos por la cara y me levanto. Me visto rápido, con la ropa del día anterior, y salgo al pasillo. No hay nadie. Ni V, ni Jordan, ni Gerard. Nadie. Es demasiado temprano para que el lugar esté tan vacío. O demasiado tarde y ya todos están ahí fuera.

Decido que necesito ropa limpia. También recoger algo de dinero que tengo escondido en casa.

Bajo en el ascensor hasta el aparcamiento subterráneo.

Camino hasta el coche, sintiendo el cuerpo cansado y, sin embargo, la mente más clara que nunca. Mientras conduzco, repaso mentalmente cada palabra que Violet me dijo anoche, cada mirada, cada caricia. Intento no pensar en lo jodidamente perdido que estoy con ella.

Llego a mi edificio y subo las escaleras despacio. No confío en el ascensor desde que se quedó colgado hace años con una vecina dentro y tardaron horas en sacarla. Meto la llave en la cerradura y noto que la puerta cede antes de girarla. Está abierta.

Me quedo quieto.

El corazón me late tan fuerte que casi me duele. Empujo la puerta con suavidad y entro.

El apartamento parece un maldito campo de batalla.

Han volcado los cajones de la cómoda y los de la cocina, han roto la pantalla de la televisión y han arrancado el colchón de la cama, dejándolo en el suelo con las sábanas hechas jirones.

El sofá está rajado de arriba abajo y hay fotos rotas esparcidas por todas partes.

Respiro hondo, intentando no perder la calma. Camino con lentitud, mirando cada detalle. No se han llevado nada. Ni dinero, ni el portátil, ni la televisión rota. No es un robo.

«Es un mensaje».

Aprieto los puños y me quedo en medio del salón destrozado, con un nudo en el estómago que me sube hasta la garganta. Me siento en el suelo, entre restos de papel y cristal, y me paso las manos por el pelo.

No sé si fue Langdon, Caruso o cualquiera de esos hijos de puta que quieren mi cabeza. Pero sé una cosa.

Se acabó.

No pienso esperar a que vengan a por mí mientras duermo. Si me quieren muerto, tendrán que pelear por ello.

Recojo el resto de mis cosas y el dinero que sigue escondido en el suelo, debajo de la tabla suelta de la habitación.

Y salgo de casa sin mirar atrás.