36
V
La guarida huele a desayuno recién hecho y pólvora. Salgo al pasillo con el teléfono en la mano, revisando los últimos mensajes de nuestros informadores en el puerto. Billy camina detrás de mí en silencio, serio, con esa expresión suya de policía malote que ahora se me ha vuelto tan familiar.
—¿Alguna novedad? —Quiere saber.
—Nada que no esperara —respondo, guardando el móvil en el bolsillo de la chaqueta de cuero—. Caruso llega esta noche. Querrá supervisarlo todo antes de que desembarquen los contenedores de Langdon.
Noto que ha dejado de caminar y miro por encima del hombro.
—¿Qué pasa? —inquiero.
—¿Has dicho que Caruso vuelve esta noche?
—Sí, eso he dicho.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Encojo los hombros, como si no tuviera importancia.
—Desde ayer.
Resopla, pasándose las manos por el pelo.
—Joder, V.
—Joder, ¿qué?
—¿Por qué no me lo dijiste anoche cuando llegué?
—Para evitar que te pusieras así.
La preocupación en su cara es evidente.
—Tendrás que volver a estar bajo su mismo techo. Tendrás…
—Billy, he vivido bajo su mismo techo todos estos años. Lo tengo controlado, ¿vale? Relájate.
—Es más fácil decirlo que hacerlo, maldita sea.
Me giro del todo hacia él y le enmarco la cara con las manos.
—Escúchame, por favor —le pido—. No le temo a Ray, ya te lo dije.
—Pero él es…
—Lo sé. Sé defenderme. Y está Jordan. Y Gerard. Y te tendré a ti cerca, en caso de que te necesite, ¿no? Solo tendrás que cruzar un pasadizo y estarás al otro lado.
—¿Me lo prometes?
—Sí. Lo prometo.
Entonces lo beso. Despacio. Saboreando la menta del enjuague bucal en su lengua.
—¿Mejor? —lo miro a los ojos.
Niega con la cabeza.
—Ni de puta coña, pero buen intento.
Sonrío de medio lado.
—Billy…
—¿Y qué pasa con Langdon?
—Ya debe de estar aquí. No movería tanta mercancía sin vigilarla en persona.
Tiene la mandíbula tensa.
—¿Estás preparado?
—Nunca se está preparado para esto —admite—. Pero lo estoy. Por ti.
Sus palabras me atraviesan. No tengo tiempo para debilidades. No ahora. Bajo las escaleras hacia la sala de operaciones. Jordan está allí, revisando los planos del puerto y las rutas de transporte. Gerard limpia su arma en un rincón.
—Tenemos menos de veinticuatro horas para asegurarlo todo —anuncio, haciéndome con el mando de la pantalla—.
Caruso va a querer verse con Langdon antes de que el cargamento toque tierra.
Necesitamos ojos en todas partes. Jordan, quiero a dos de los nuestros cerca del hangar cuarenta y siete y otros dos en la entrada sur del muelle industrial.
—Hecho —responde sin levantar la vista de lo que está haciendo.
—Billy, tú vendrás conmigo. —Lo miro. Sus ojos se clavan en los míos con una mezcla de miedo, determinación y algo que no quiero nombrar—. Vamos a necesitar un fantasma en la zona administrativa. Alguien que pase desapercibido y pueda avisar si Langdon cambia de plan a última hora.
—Entendido.
—Y Billy… —digo antes de que se gire. Me acerco y apoyo la mano en su pecho, sintiendo el calor bajo la tela—. Ten cuidado. Si te pierdo ahora…
Veo cómo se le tensan los músculos del cuello. Asiente y me aprieta la mano un segundo antes de que me aparte. No hay tiempo para más. No hay tiempo para nosotros. Solo para la venganza.
Miro a mi equipo, a mis hombres, a esta familia rota que he creado para destruir la que un día me robó la vida. Hoy es el principio del fin.
Hoy, Caruso y Langdon darán un paso más hacia su caída.
Y yo estaré allí para verlo.
Pierdo la noción del tiempo en cuanto salimos por la puerta. El día es de locos, para qué engañarnos. En los muelles hay más movimiento del habitual, aunque con discreción. Nos pasamos horas detrás de los prismáticos y con los hombres apostados en puntos estratégicos para no perdernos nada.
Cuando me quiero dar cuenta, estoy de regreso en el enorme apartamento que comparto con esa rata asquerosa.
Me he dado una ducha y estoy revisando las cámaras de vigilancia del puerto en la tableta cuando el móvil vibra sobre la mesita. Veo el nombre en la pantalla y se me tensa todo el cuerpo.
—¿Sí?
—Caruso ha vuelto —dice Jordan desde el piso inferior—. Acaba de llegar al edificio.
No contesto de inmediato. Inspiro hondo, guardo la tableta en el cajón y me levanto. Frente al espejo, me acomodo el pelo, aliso el jersey negro que llevo puesto y observo mi reflejo. Soy V. Soy la esposa de Ray Caruso. Soy la mujer que lo va a destruir.
—¿Dónde está ahora? —pregunto mientras me pongo los pendientes.
—Subiendo en el ascensor privado. Ha preguntado por ti nada más entrar.
Por supuesto. Quiere asegurarse de que todo sigue bajo su control, incluida yo.
Noto un sabor metálico en la boca cuando salgo al pasillo y camino hacia el salón principal.
Sus hombres se apartan a mi paso. Me observan con respeto, con temor…
y con el mismo desconocimiento de siempre.
Ninguno de ellos sabe quién soy de verdad.
La puerta se abre. Ray entra sin prisas, con el traje gris oscuro perfectamente planchado, la corbata roja y ese abrigo caro sobre los hombros. Sus ojos recorren la estancia antes de posarse en mí. Me sonríe, y me da un escalofrío.
—Ahí estás, preciosa —pronuncia con esa voz suave que tanto engaña a los demás.
—Ray. No esperaba que volvieras hoy.
Se acerca y me deja un beso frío sobre la mejilla. Sus manos se posan en mis caderas. Contengo un escalofrío más.
—Los negocios requieren mi presencia antes de lo previsto. Además… —me mira a los ojos—. Te echaba de menos.
«Y una mierda».
Finjo una sonrisa. Subo las manos hasta su pecho y se quedan ahí, ligeras, obedientes. Nadie sospecharía que estoy imaginando cómo sería hundirle un cuchillo entre las costillas.
—Estaba revisando algunos informes de la fundación —miento.
—Eso me gusta. —Sus pulgares acarician mis caderas antes de apartarse y desabrocharse el abrigo—. Esta noche quiero cenar contigo. Solo los dos. Mañana será un día largo.
Lo observo dejar el abrigo sobre el sofá y dirigirse a su despacho. Mañana será un día largo, sí. Para él y para mí. Para todos.
«Y no tiene ni idea de la que se le viene encima».
Cuando la puerta se cierra tras su espalda, suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo. Me tiemblan las manos un poco. Camino hacia la ventana y miro la ciudad, brillante, indiferente, viva.
Un día más.
Un día menos para su final.
Exhalo y regreso a mi habitación.
Me cambio de ropa con la misma precisión con la que limpio la pistola.
Cada movimiento, medido, exacto. Elijo un vestido burdeos de tirantes anchos y tela vaporosa que me abraza el cuerpo con discreción elegante.
Me maquillo suave. Nada que llame demasiado la atención.
A él no le gusta que compita con su brillo.
Recorrer el pasillo de nuevo para encontrarme con él es una puta tortura. No obstante, lo hago con mucha determinación.
Cuando entro en el comedor, Ray ya está sentado al frente de la larga mesa de madera oscura. Tiene una copa de vino en la mano y su móvil cerca. Levanta la vista y me observa con detenimiento.
—Estás preciosa.
—Gracias. —Tomo asiento frente a él. La mesa está perfectamente dispuesta: velas, cubiertos de plata, dos platos de porcelana blanca con filo dorado.
Un sirviente entra y coloca los entrantes en silencio. Marisco fresco, ensalada con nueces y perlas de granada. Apenas lo miro. Tengo el estómago cerrado, aunque sonrío y corto un trozo de vieira para mantener la farsa.
—¿Ha ido bien tu viaje? —curioseo.
—Productivo. —Bebe un sorbo de vino y se reclina en la silla.
Asiento con calma mientras anoto en la cabeza cada palabra. Cada gesto.
Odio a este hombre con todo mi ser.
—¿Eso es bueno para ti?
—Para nosotros, querida. —Su sonrisa me provoca un pequeño temblor interno. Sabe con exactitud dónde apretar para recordarme mi lugar—. Todo lo que hago es para asegurar nuestro futuro.
«Para asegurar el tuyo, pedazo de escoria. Para asegurarte el poder, el dinero, el terror que te alimenta».
Bajo la vista al plato y tomo otro pequeño bocado.
—Me alegro por ti. —Mantengo la voz suave, neutra.
Me observa un momento con esos ojos oscuros que no muestran nada, aunque yo sé que, en el fondo, él tampoco confía en nadie. Ni siquiera en mí. Por eso debo ser impecable. Invisible.
—Ven aquí —ordena, levantándose y extendiendo la mano hacia mí.
Me levanto y camino despacio hasta él. Sus manos me toman de la cintura y me atraen contra su cuerpo. No soporto el aroma de su colonia cara y del puro. Tampoco el de su podrido poder.
—Eres lo mejor que tengo —susurra, rozándome la oreja con los labios—. No lo olvides nunca.
A duras penas contengo las náuseas que me provoca tenerlo tan cerca.
—No lo haré —contesto, porque es lo que espera oír.
Me recorre la barbilla con los dedos, obligándome a alzar la mirada. Me besa. Un beso frío, carente de emoción, que me hiela por dentro. Cuando se aparta, sus labios dibujan una sonrisa.
—Ve a descansar.
—Sí, Ray. Buenas noches.
Me suelta y camino hacia la puerta sin mirar atrás. Cada paso me retumba en la cabeza como un latido sordo: mañana será un día menos para él.
Encajo la puerta de la habitación con cuidado, sin encender la luz. Apoyo la espalda en la madera y cierro los ojos. Necesito un segundo, un simple segundo para respirar sin esa mirada clavada en mí.
El vestido me pesa sobre la piel como una armadura que ya no quiero llevar. Me lo quito con movimientos lentos y lo dejo caer al suelo. Camino hasta el baño y abro el grifo del agua fría. Me enjuago el rostro y me miro al espejo.
Ahí está. La mujer que todos temen. La que Caruso cree que posee. La que mi padre entregó como si fuera un fardo sin valor.
La rabia me sube desde las entrañas, cálida, reconfortante. Porque me recuerda que sigo viva. Que sigo siendo yo, incluso bajo capas y capas de mentiras y silencios.
Salgo al dormitorio y me visto con ropa cómoda.
Me recojo el pelo en un moño alto, dejando que el frío de la noche me acaricie la nuca.
Me siento al borde de la cama, con las piernas recogidas contra el pecho.
El reloj marca la medianoche. Sé que Billy estará en la guarida revisando planes con Gerard.
Sé que Gül sigue en la sombra, moviendo sus propios hilos.
Yo… yo estoy aquí. En esta casa que no siento mía. Al lado de un hombre que cree que soy un trofeo, un premio, su propiedad.
Me deslizo bajo las sábanas sin apagar la pequeña lámpara de la mesilla.
En la cabeza visualizo a Billy, con esa forma suya de mirarme como si aún hubiera algo en mí que valiera la pena.
Me aferro a esa mirada. A su calor.
Porque es todo lo que tengo para recordarme que aún soy humana.
Y que, cuando esta venganza termine, quizá…, solo quizá…, aún quede algo de mí por salvar.