Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 35
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V

Lo escucho moverse detrás de mí, pero no me vuelvo enseguida. Sigo con la mirada fija en los cristales del ventanal. Las luces ahí fuera empiezan a parpadear como luciérnagas enfermas, tan lejos y tan cerca a la vez. Estoy tan furiosa con este idiota… Podrían haberlo matado. Podrían…

«Pero no ha pasado».

Me froto la frente con la mano, sintiendo el cansancio colarse por cada grieta de mi cuerpo.

Sé que no se irá. Puedo notarlo, su forma de respirar, esa quietud tensa que solo tiene cuando duda. Al final, dejo escapar el aire, engullo el orgullo y me doy la vuelta.

No lo pienso demasiado y me aproximo a él de nuevo. Necesito sentirlo cerca. Necesito que el calor de su cuerpo me arrope y me haga sentir bien. En paz.

Me planto delante de él. Tiene la barba sin afeitar, el abrigo abierto, la camisa arrugada. Podría parecer un desastre, pero, para mí, ahora mismo, es lo único que me ancla a esta realidad.

Le sujeto la solapa del abrigo y tiro de él, lenta pero firme. Su respiración se mezcla con la mía. Me mira con esos ojos suyos que me atraviesan de parte a parte.

—No tienes ni idea de lo peligroso que es esto —le susurro, apenas rozándole la boca con la mía.

—Por supuesto que lo sé —responde. Su voz es baja, ronca—. Y, aun así, aquí estoy —zanja.

Cierro los ojos un segundo, como si pudiera borrar así todos los fantasmas que llevo pegados a la piel. Y entonces le beso. Un beso que es más confesión que placer, más necesidad que juego.

Me rodea la cintura con las manos, me sostiene como si temiera que pudiera romperme. Y, por un instante, creo que sí podría hacerlo. Podría caerme en pedazos.

Nos separamos apenas un segundo, lo justo para tomar aire.

—Quédate esta noche —murmuro, rozando su labio inferior con el mío—. Aquí. Conmigo.

No dice nada. Solo asiente, como si entendiera que no necesito promesas ni palabras bonitas. Solo esto. Solo a él, ahora.

Nos besamos de nuevo, más despacio esta vez, mientras detrás de la ventana la noche sigue su curso. Como si fuera la última tregua antes de la tormenta.

Me sostiene el rostro entre las manos, como si temiera que pudiera desvanecerme en cualquier momento. Apoya la frente contra la mía y noto su respiración, cálida, agitada.

—No tienes que hacer esto —murmura, sus dedos acariciándome la mandíbula.

—Lo sé —susurro, abriendo los ojos para encontrarme con los suyos—. Pero quiero hacerlo. Necesito hacerlo.

No hay luz más allá de la tenue lámpara del rincón, esa que siempre dejo encendida. Todo en este cuarto parece detenido en el tiempo. Sus manos bajan a mi cuello, me recorren la nuca y se enredan en mi pelo. Me besa otra vez, suave, lento, como si quisiera memorizar cada milímetro de mi boca.

Cuando sus labios bajan a mi garganta, cierro los ojos y le apoyo las manos en el pecho. Siento sus latidos. Fuertes. Constantes. Reales.

Me quita la chaqueta con cuidado, como si fuera algo frágil. No lo soy, sin embargo, me gusta que me trate así. Que me haga creer, aunque sea por un segundo, que no soy solo la mujer que manda, la que maquina, la que se venga. Sino alguien que también puede ser deseada. Adorada. Querida.

Sus manos me recorren los brazos, la cintura, las caderas. Yo me pierdo en su olor, en el calor de su cuerpo, en la forma de decirme sin palabras que, aquí, ahora, no tengo que fingir nada.

Me tumba sobre el sofá y se queda mirándome. Veo el miedo en sus ojos, pero también el deseo. La necesidad. La ternura que no esperaba. Le paso los dedos por el pelo y lo atraigo hacia mí.

—No pienses —musito, rozándole el oído con los labios—. Solo… hazme olvidar.

Y me besa con esa mezcla de rabia y dulzura que solo él tiene.

Sus manos me recorren despacio, me despoja de la ropa sin prisas, como si cada botón fuera un secreto que quisiera descubrir.

Me arqueo bajo su cuerpo cuando me roza la piel desnuda, y un gemido se me escapa de la garganta antes de poder contenerlo.

—Violet… —jadea mi nombre contra mi pecho, con esa voz rota que me desarma.

Lo miro, y en su mirada no veo miedo ni duda. Veo a un hombre que está tan roto como yo. Un hombre que, en ese instante, es todo lo que necesito.

Balancea las caderas a la vez que me besa, primero en los labios, luego en el cuello, descendiendo hasta perderse en mi cuerpo. Sus caricias son cálidas, seguras, llenas de una devoción que no entiendo, pero que me abrasa. Siento su lengua, sus manos, la respiración acelerada.

Nos guiamos por instinto. Necesidad. Anhelo.

Las embestidas se vuelven más profundas, y yo más exigente, pidiendo que no se detenga y me dé más. Que me dé todo lo que tiene. Todo lo que le pertenece. Las partes buenas, las regulares y las malas. Lo quiero todo de él. Y lo quiero todo con él.

Echo la cabeza hacia atrás cuando siento que el orgasmo me recorre el cuerpo de pies a cabeza y estalla en el centro de mi ser.

Y, por un momento, solo un momento, me olvido de todo. De Langdon. De Caruso. De los planes. De la venganza.

Solo existimos Billy y yo. La guarida se convierte en nuestro refugio. Y, entre jadeos y besos, me permito pensar que, quizás, en otro tiempo, en otra vida, podríamos haber sido algo más que aliados en la oscuridad.

Billy

El sol apenas se filtra por las rendijas de las persianas metálicas.

Hay una claridad grisácea, sucia, que se cuela en la guarida y acaricia su rostro mientras duerme.

Violet está a mi lado, envuelta en las sábanas, el pelo desordenado sobre la almohada.

Tiene la respiración tranquila, pausada, y, por un momento, parece tan joven, tan… normal.

Frunzo el ceño, sin recordar en qué momento cambiamos el sofá por la cama.

«Da igual».

Me quedo mirándola. Apoyo la cabeza en la mano, repasando con la vista la curva de su hombro, el tatuaje que asoma en la clavícula. Anoche no me dejó preguntarle nada más. Me besó como si quisiera arrancarme el alma, y después se durmió apoyada en mi pecho, como si no importara nada.

Le paso la mano despacio por el brazo, sin despertarla. Me duele verla así de vulnerable. Me duele saber que, en cuanto abra los ojos, volverá a ser esa mujer de acero que todos temen. Que me necesita, sí, pero que nunca me dejará entrar del todo en su corazón.

Respiro hondo. Huele a ella. A su perfume, a su champú, a su piel. Todo ese aroma mezclado con el del mármol caro de este edificio que colinda con el de nuestro peor enemigo. El olor del metal frío de las armas escondidas en los cajones, y al café que Jordan estará haciendo en la cocina.

Pienso en el día que nos espera. En Langdon. En Caruso. En el cargamento que está por llegar. Y en lo jodidamente fácil que sería perderla si algo sale mal.

Quiero protegerla. Y odio sentirme así. Porque sé que no puedo. Porque sé que ella no necesita que nadie la proteja. Y, aun así, aquí estoy, mirándola dormir y deseando que el mundo se detenga un par de horas más para no tener que dejarla salir ahí fuera a ponerse en peligro.

Se mueve, abre los ojos y me encuentra observándola. Sus labios se curvan en una sonrisa pequeña, perezosa.

—¿Cuánto llevas despierto? —pregunta, su voz ronca de sueño.

—No lo sé. Un rato.

Se incorpora un poco, cubriéndose el pecho con la sábana. Clava los ojos en los míos, todavía cargados de ese sueño que la hace parecer menos temible, menos distante.

—Tienes esa cara —dice, y alza una ceja—. Esa que pones cuando piensas demasiado.

Sonrío, negando con la cabeza. Me inclino y la beso despacio, saboreando el momento, su calidez, su sabor.

—Estaba pensando —murmuro contra su boca— que me gusta despertarme contigo.

No responde. Se limita a mirarme con esa intensidad suya, como si buscara algo que aún no está lista para aceptar. Entonces suspira, se aparta y se levanta de la cama, dejando que la sábana se deslice y revele su cuerpo desnudo.

—Vístete —dice, caminando hacia el baño—. Tenemos mucho que hacer hoy.

La observo desaparecer tras la puerta y me obligo a incorporarme. Sí. Tenemos mucho que hacer, pero ahora sé que, pase lo que pase, no voy a dejar que le ocurra nada. Aunque para ello tenga que vender lo que me queda de alma.

Me quedo sentado en el borde de la cama, contemplándome las manos.

Me tiemblan un poco. Es como si toda esta historia, todo este mundo al que me ha arrastrado, empezara a calarme más de la cuenta.

Antes era sencillo: obedecer órdenes, mantenerme vivo, conseguir dinero.

Ahora… ahora la miro y quiero cosas que no puedo querer. Cosas que no son para mí.

Oigo el agua de la ducha caer al otro lado de la puerta.

Imagino su cuerpo bajo el chorro caliente, los mechones oscuros pegados a la espalda, los labios entreabiertos dejando escapar el vapor de su aliento.

Cierro los ojos y maldigo en silencio. Es peligroso desearla así.

Es peligroso quererla de esta manera que se me mete en los huesos y no me deja pensar con claridad.

Me levanto, busco la ropa y empiezo a vestirme. Cuando estoy abotonándome la camisa, la puerta se abre y sale envuelta en una toalla, con el pelo mojado cayéndole por los hombros. Me observa unos segundos, sin moverse, con esa forma suya de leerlo todo sin decir nada.

—¿Qué? —inquiero, intentando sonar indiferente, aunque la voz me sale más ronca de lo debido.

—Nada —contesta, ladeando los labios antes de girarse hacia el armario metálico donde guarda la ropa—. Solo estaba pensando en lo jodido que estás.

—¿Jodido por qué?

—Porque me quieres —suelta, como si nada—. Y eso, Billy, nunca acaba bien.

Se me hiela la sangre. No dice «te quiero». Dice «me quieres». Y tiene razón. Porque la quiero, joder. Y tiene razón en lo de que nunca acaba bien.

—¿Y tú? —tanteo antes de poder callarme—. ¿Tú me quieres?

No se gira. Abre la puerta del armario y saca unos vaqueros negros y una camiseta ajustada. Tiene el cuerpo lleno de pequeños moratones y arañazos de nuestra noche juntos. Me duele verlos, aun sabiendo que algunos son míos.

—No preguntes cosas que no estás preparado para oír —dice al fin, con un tono tan suave que casi duele.

Se mete en el baño a vestirse, dejándome allí con esa frase colgando en el aire, como un disparo que no sabes si te alcanzó en el pecho o en la cabeza.

Respiro hondo y me froto la cara. Pienso en lo que viene. En Langdon. En Caruso. En el cargamento. Y en que, pase lo que pase, ya no hay vuelta atrás para ninguno de los dos.

Cuando sale del baño, lleva los pantalones ajustados, las botas de tacón y una camiseta gris que deja al descubierto un trozo del abdomen. Se acerca y me coloca la mano en el cuello, fría, con ese toque firme que me enciende y me calma al mismo tiempo.

—Vamos, policía —murmura, inclinándose para besarme despacio, profundo—. Tenemos que acabar con esto de una puta vez.

Y en ese beso lo dice todo. Su miedo, su deseo, su necesidad de no necesitarme. Y también, aunque nunca lo confiese, su forma rota de quererme.