Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 34
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BILLY

La mañana es gris y húmeda cuando me acerco a la comisaría. Ya no llevo placa. Ni arma reglamentaria. Ni siquiera debería estar aquí, pero no me han puesto ninguna orden de alejamiento, así que…

Aparco el coche frente a la cafetería de siempre, esa con el café aguado y las sillas que cojean. Me quedo dentro, observando a través del parabrisas empañado. Me paso la mano por la barba de varios días. La noto áspera, desordenada. Como yo.

Lucía Herrera siempre llega puntual. Es de esas mujeres meticulosas, de tacones silenciosos y mirada aguda. Cuando la veo cruzar la calle, con la carpeta pegada al pecho, me recuesto en el asiento y respiro hondo.

Salgo del coche y espero a que esté a punto de entrar en la comisaría.

—Herrera —la llamo en voz baja.

Gira la cabeza, sorprendida, y se acerca con gesto contenido. No sin antes mirar a un lado y a otro, asegurándose de que nadie nos esté observando.

—¿Qué haces aquí, Billy? —pregunta en un susurro tenso—. No puedes rondar por la comisaría.

—Lo sé. Solo… necesito que le entregues esto al fiscal Granger. Es una orden de V, ya sabes. —Le tiendo un sobre marrón, grueso, cerrado con cinta adhesiva—. Dile que viene de una fuente anónima. Que lo mire antes de archivarlo como otra basura de soplones. Es importante.

—¿Quiere que se la dé yo en persona? —exclama, confundida.

—Esta vez sí. Si te pide explicaciones, dile que te abordaron en la puerta y te lo dieron.

Observa el sobre sin cogerlo al principio. Me mira a los ojos. Los suyos parpadean, nerviosos. Aun así, extiende la mano y lo guarda rápido en la carpeta, entre expedientes.

—¿Qué es?

—Pruebas. De las gordas. De las que van a cambiar cosas. Empezando por la vida de V.

Asiente sin hacer más preguntas. Es lista. Demasiado lista para quedarse mucho tiempo aquí.

Me quedo fuera, con la espalda apoyada contra el coche, con ganas de un cigarro que, en realidad, no quiero fumar. Con la sensación amarga de que este juego puede que nos esté quedando grande. Al menos a mí.

Y de que, sin embargo, ya no puedo salir de la partida. Ni quiero hacerlo.

Espero un rato frente a la comisaría. Observo a la gente pasar: policías con cara de lunes perpetuo, abogados trajeados que hablan rápido por el móvil, delincuentes de poca monta esposados y cabizbajos. El mundo sigue girando sin mí en esa rueda, y no sé si eso me alivia o me jode.

«Nadie es imprescindible en esta vida. Todo sigue. El tiempo no se detiene».

Lo sé, maldita sea.

Entro en el coche, dispuesto a hacer algo.

No tengo prisa por regresar a la guarida, pero tampoco tengo adónde ir. Antes, al menos, tenía un despacho con un escritorio desordenado y un maldito ventilador roto. Ahora, solo tengo este coche y la sensación constante de estar al borde de un acantilado.

Arranco y conduzco sin rumbo fijo. Paso por delante de un parque, de un supermercado, de una iglesia con el cartel de horarios de misa medio caído. Todo parece normal, tranquilo, como si la ciudad no supiera lo que se está cociendo en sus entrañas.

Miro el móvil. Ningún mensaje de V. Tampoco espero ninguno. Sé que estará ocupada, revisando los últimos movimientos de Langdon y de Caruso, planeando cada paso como si fuera una jugada de ajedrez. Es lo que la hace diferente. Lo que la hace peligrosa. Lo que me vuelve loco en todos los sentidos.

Pienso en ella. En la manera que tiene de cargar con su propio infierno sin que le tiemble la voz. Y pienso también en lo que me contó la última vez, en esa habitación de hotel en Nueva York, sobre su padre, sobre Caruso… sobre ella.

Me pregunto qué pasará cuando todo acabe. Si es que alguna vez acaba. Me pregunto si lo nuestro es solo algo pasajero o, por el contrario, puede convertirse en algo real. Una relación de las de verdad.

Exhalo con fuerza y espanto las preguntas que no me dejan en paz.

Conduzco hasta un callejón estrecho, cerca del puerto, y aparco.

Me quedo dentro, con la cabeza apoyada en el respaldo, mirando el techo del coche.

Intento cerrar los ojos, pero no descanso.

Solo pienso en lo que viene. En la reunión con Langdon.

En los contenedores que están por llegar.

Y en que mi cabeza está en demasiadas listas de gente que quiere verla reventada.

Cojo el móvil y, sin pensarlo demasiado, le mando un mensaje a V.

Yo : «Todo entregado. Avísame si necesitas algo más de mí».

No espero una respuesta inmediata. Guardo el teléfono en el bolsillo del abrigo y salgo del coche. Necesito estirar las piernas. Planear la siguiente jugada…, si es que me dejan vivir lo suficiente para hacerla, claro.

Cruzo la calle sin mirar, recibiendo el pitido de un conductor impaciente.

«Que te jodan».

Camino sin prisa hacia el edificio de la fiscalía. Hace frío esta mañana, aunque no me molesta. Me mantiene despierto. El abrigo me roza los nudillos mientras meto las manos en los bolsillos y esquivo a la gente que va con la mirada fija en los móviles o en sus vidas de mierda.

Entro en el vestíbulo y me paro un segundo, como si fuera un tipo cualquiera que está esperando a un abogado o buscando un papel para un trámite.

Pero no. Estoy aquí porque quiero ver qué se cuece, qué se dice, quién sube y quién baja.

Porque, desde que V me contó lo de los contenedores y Langdon, tengo un mal presentimiento que me estruja el estómago.

Me acerco al tablón de anuncios de la entrada, fingiendo interés por un cartel de prevención de drogas, mientras observo.

Veo pasar a un grupo de fiscales jóvenes con carpetas apretadas contra el pecho.

Policías de paisano. Secretarios y auxiliares cargados de expedientes.

Todos van deprisa. Como si la justicia tuviera prisa por llegar a alguna parte. Qué ironía.

Localizo a Lucía Herrera y la sigo con la mirada. Va hablando con un tipo más joven, trajeado, cara de becario. Ella parece tranquila, aunque camina rápido. Me aparto cuando pasa cerca. No me mira, ni falta que hace. Ya hice mi parte entregándole los archivos para Granger.

Decido subir al primer piso. Me cuelo entre la gente en el ascensor y, cuando se abren las puertas, camino despacio por el pasillo. No parece que Granger esté allí en ese momento. Su secretaria habla con un policía y noto en el ambiente el olor a café y papeles viejos.

Me apoyo contra la pared y cruzo los brazos, atento. Escucho fragmentos de conversaciones:

—…ya está firmada la orden de registro.

—…no puede negarse a ese trato…

—…El Diablo sigue fuera de la ciudad, ¿verdad?

Mi oído capta el nombre y la espalda se me tensa. Me giro un poco, intentando disimular, para ver quién lo ha dicho. Es un fiscal que habla con otro abogado. Sé quién es: el hombre infiltrado de Langdon. No dicen nada más. Se alejan pasillo abajo, dejando tras de sí un reguero de café y prisas.

Salgo del edificio y me quedo un momento en los escalones, respirando el aire frío de la mañana. El viento me despeina, pero no me importa. Miro alrededor, intentando decidir si dar un rodeo antes de volver a la guarida.

Y entonces los veo.

Dos hombres apoyados contra un coche negro aparcado justo frente a la entrada principal.

Uno de ellos fuma con desgana; el otro revisa algo en su móvil.

Están demasiado relajados para ser policías.

Sus chaquetas, el corte de pelo casi idéntico, la manera en que no miran a nadie directamente…

Los reconozco al instante. Trabajan para Langdon.

Los he visto en la reunión del puerto. Seguridad, sicarios...

Tipos de los que es mejor no llamar la atención.

Miro un poco más a la derecha. En la esquina del edificio de al lado, junto al puesto de perritos calientes, otro par de hombres vigila la calle.

Estos no llevan traje, sino ropa más casual: sudaderas negras, zapatillas blancas inmaculadas.

Los tatuajes en el cuello y la forma en la que miran al mundo me dicen todo lo que necesito saber: hombres de Caruso.

Aprieto los dientes y bajo los escalones sin dejar de observarlos con el rabillo del ojo. ¿Qué cojones hacen aquí? ¿Están vigilando la fiscalía? ¿Esperando a alguien? ¿O tal vez asegurándose de que Granger no mueva ficha antes de tiempo?

Cruzo la calle con calma, como si no pasara nada. El corazón me bombea contra las costillas. El viento trae olor a gasolina y asfalto húmedo. Me meto en una cafetería que hace esquina y me siento en la barra, desde donde puedo verlos sin que ellos me vean a mí.

Saco el teléfono y escribo otro mensaje a V.

Yo : «Hombres de Langdon y Caruso fuera de la fiscalía».

Lo envío y me quedo mirando la pantalla, esperando esos puntos suspensivos que indiquen que está escribiendo. Mientras tanto, pido un café solo para llevar. Lo necesito.

Dejo un billete sobre la barra y me largo.

Un buen rato después, llego a la guarida con el café frío aún en la mano. Ni me lo bebí en la cafetería. El trayecto en coche se me hizo eterno, dándole vueltas a lo que había visto. A los hombres de Langdon. A los de Caruso. Juntos pero separados, como piezas de un mismo juego que nadie entiende.

Entro sin llamar. Jordan me mira desde su puesto de control, con ese gesto suyo que no sabes si es de advertencia o simple profesionalidad.

Camino por el pasillo hasta la sala donde suele estar V.

Está de espaldas, observando varias pantallas que parpadean con imágenes del puerto, de la frontera, de las calles de Chicago.

—Tengo noticias —suelto de sopetón.

Se gira despacio. Tiene ojeras, aunque las disimula con maquillaje. Aun así, se ve el cansancio. Se ve el fuego que hierve en esos ojos.

—¿Qué noticias? —pregunta, seca.

Me encojo de hombros.

—Fui hasta la fiscalía. —Cojo aire antes de continuar—. Había hombres de Langdon y de Caruso fuera. Vigilando.

Por un momento no dice nada. Solo me mira con esos ojos fríos, evaluándome. Los entrecierra.

—¿Has ido a la fiscalía?

—Es lo que acabo de decir, sí. Creí que me habías escuchado antes de irme.

—¿Has entrado al edificio?

—Sí, ¿por?

Da un paso hacia mí y me clava un dedo en el pecho.

—¿Estás loco o qué cojones te pasa, Billy? —grita, furiosa.

Parpadeo, sorprendido.

—¿Qué?

—Podrían haberte visto. Podrían haber sospechado. Si esos dos están allí, no es para hacer amigos. —Su respiración se agita—. Si te hubieran reconocido, estarías muerto antes de salir de la puñetera acera.

Aparto su mano de mi pecho con cuidado.

—No podía quedarme esperando aquí sin hacer nada, V.

Le tiemblan los labios antes de fruncirlos.

—Eres un maldito idiota.

—Posiblemente —murmuro con una pequeña sonrisa cansada—. Pero soy tu idiota.

Por un segundo, casi creo que se reirá. Pero no. Da un paso atrás, se pasa la mano por la frente y suspira.

—La próxima vez, dímelo antes. No quiero que te maten por tu puta impulsividad.

—Lo mismo digo.

No dice nada. Y en su silencio lo entiendo todo. Que está aterrada. Que me necesita vivo. Que no soy solo un peón en este puñetero juego. Y eso, joder, me rompe más de lo que esperaba.