33
V
En cuanto Billy se duerme, salgo de la cama y voy directa al despacho de la guarida. Cierro la puerta con llave y dejo que la oscuridad me arrope. Marco el número en el móvil encriptado y espero. Dos tonos. Tres. Al cuarto, descuelga.
—Dime —responde con esa voz grave y susurrada, cargada de tensión. Sabe que no llamo para desearle buenas noches.
—Tengo entendido que Langdon ha movido ficha —empiezo sin rodeos—. Ha adelantado el envío.
Silencio al otro lado. Puedo escuchar su respiración contenida.
—¿Cómo lo sabes?
—Se suponía que debías ser tú quien me diera la información. Para eso estás ahí, ¿no?
—Lo sé, pero me fue imposible. Hay mucha tensión en el ambiente y…
—Habla, joder —espeto, con malos modos.
—Langdon… Langdon no quiere testigos, V. Y tengo la sensación de que ni siquiera Caruso lo sabe todo. Ha dejado a dos hombres de su confianza para supervisar la llegada. El resto es cosa suya y de su gente.
—¿Y Billy? —indago, aunque ya sé la respuesta. Me arde la garganta solo de imaginar su nombre en la lista de objetivos de esos cabrones.
—Billy está marcado. No lo quieren en esto. Caruso finge que sigue siendo útil, pero es un peón muerto.
Cierro los ojos. Respiro hondo y dejo que el dolor me atraviese sin derribarme.
—Escúchame bien. —Mi voz suena baja, letal—. Vas a seguir informándome de cada movimiento. Si Langdon o cualquiera de esos hijos de puta cambia un solo detalle, quiero ser la primera en enterarme.
—Eso… eso me pone en peligro.
—Ese no era el trato y lo sabes. Así que no me jodas, Dante. O seré yo misma la que acabe contigo.
Cuelgo antes de que pueda replicar nada.
Me quedo con el móvil apoyado en la frente, sentada en la penumbra, escuchando mi propio corazón martilleándome contra las paredes del pecho.
Sé que, tarde o temprano, alguien descubrirá que esa fuente me sirve información desde dentro.
Pero para entonces, si mis planes salen como quiero, ya no importará. Langdon caerá. Caruso caerá. Y Billy…
«Billy seguirá vivo».
Respiro hondo. Pienso. Analizo. La información me retumba en la cabeza como un tambor de guerra.
Langdon no confía en Caruso. Caruso no confía en Langdon. Eso juega a mi favor.
Me levanto y camino hasta el gran mapa de la pared.
Es un plano de la zona portuaria, cubierto de notas adhesivas, marcas de rotulador y fotografías de vigilancia.
Paso el dedo índice por los muelles uno a uno, repasando mentalmente cada contenedor, cada almacén.
Sé que no puedo arriesgarme a intervenir aún.
No cuando el envío es la clave para destruirlos a ambos.
—Tenemos poco margen de maniobra —susurro para mí misma.
Cojo un rotulador rojo y rodeo un punto en el mapa: el almacén 17C, apartado, con acceso directo al río. Si Langdon planea meter los contenedores sin llamar la atención, esa será su entrada. Bajo el rotulador. La mente trabajando a una velocidad vertiginosa.
Debo filtrar esta información a Granger. Hará presión sobre Langdon desde el frente legal y eso los obligará a mover ficha más rápido.
Cierro los ojos un segundo y pienso en mi padre. En esa voz áspera, en sus manos gruesas y fuertes. En la traición. En su sonrisa torcida cuando ordenó que me llevaran con aquel desconocido.
«Pronto», me prometo en silencio. «Pronto caerás. Todos lo haréis».
Vuelvo al escritorio, cojo el móvil y marco el número de Jordan. Cuando descuelga, ya estoy lista.
—Quiero a todos preparados. Mañana habrá movimiento. Haz que Gerard revise los coches y que los muchachos vayan armados, pero con discreción.
—Entendido, jefa.
Cuelgo y me apoyo en la silla, mirando la pared llena de planes, fotografías y notas. Mi guarida. Mi fortaleza.
Esta vez, no habrá huida posible para ninguno de ellos.
Cuando quiero darme cuenta, la noche ha pasado y el amanecer entra por las ventanas con un gris apagado y plomizo. Chicago despierta envuelta en una niebla sucia que cubre las calles como un sudario. Me gusta. El frío, la humedad, la sensación de que todo permanece oculto unos minutos más.
Anoche no volví a la cama con Billy. Por eso estoy de pie frente al espejo de mi habitación, doblándome con esmero el cuello cisne del jersey negro. Mi reflejo me devuelve la mirada con el rostro imperturbable. Hoy no hay espacio para las dudas ni la debilidad.
—¿Lista? —pregunta Jordan desde la puerta.
—Siempre.
Cojo el abrigo y salgo al pasillo. Gerard ya está abajo, en los túneles, revisando las armas y el coche. Un par de chicos de vigilancia se apartan cuando paso. Bajo las escaleras despacio, con pasos calculados, como si cada peldaño formara parte de un ritual.
—Quiero un equipo en la entrada del puerto. Otro cerca del puente industrial, por si deciden cambiar de ruta —ordeno sin mirarlos directamente—. También a dos en la zona de oficinas de Granger. Por si tiene visitas inesperadas.
—¿Va a contárselo todo? —tantea Jordan, siguiéndome el ritmo.
—Solo lo suficiente para incomodar a Langdon y obligarlo a acelerar los movimientos. Cuanto antes enseñen sus cartas, antes podremos hundirlos.
Salimos al exterior. El aire frío corta la piel. Gerard me abre la puerta trasera y subo, acomodándome junto a Billy, que ya está dentro del coche. Tiene los ojos cansados, pero alerta. El olor de su colonia me recuerda momentos compartidos e íntimos que quiero seguir disfrutando.
—Buenos días —murmura con un hilo de voz, como si no supiera si está permitido hablarme—. Anoche te eché de menos.
Ignoro sus últimas palabras.
—Hoy empieza todo, Billy. Necesito que desaparezcas y…
—¿Que desaparezca? —me interrumpe.
—Quédate en la guarida o ve a cualquiera de los pisos seguros. Uno de los chicos irá contigo. Pero no pises el puerto ni te acerques a los hombres de ninguno de ellos. Si las cosas van mal, te van a culpar. Y si te culpan, estás muerto.
—Joder, no pienso esconderme en ninguna parte, V. Me importa una mierda que esos dos cabrones no confíen en mí. ¿Qué crees que harán si desaparezco de repente, eh? ¿Enviarme flores? —masculla, cabreado.
—Billy…
Hace un gesto con la mandíbula, como si masticara su propio orgullo antes de tragarlo.
—No apareceré por el puerto, si eso es lo que quieres. Pero le llevaré a Lucía la información que debe llegarle a Granger y echaré un vistazo por el edificio de la fiscalía.
Lo observo unos segundos. Sus ojos no tiemblan. Tiene miedo, claro, pero lo domina. Y esa lealtad, esa valentía idiota, me remueve por dentro más de lo que quiero reconocer.
—Está bien. Pero no te la juegues más de la cuenta, ¿me oyes?
Asiente, tragando saliva.
—Lo digo en serio, Billy.
—Lo sé. Pero si esto es el principio del fin para esa basura, también quiero estar presente.
Y me besa antes de salir del coche. Un beso rápido. Firme.
Gerard arranca. El coche se pone en marcha mientras el cielo comienza a teñirse de azul. La ciudad despierta.
Y yo… yo no puedo dejar de mirar la espalda de Billy con un nudo en el estómago.
«Te estás enamorando de él».
Por muy acojonada que esté, no niego ese pensamiento.
Una vez en el puerto, me bajo del coche, ajustándome el abrigo negro mientras Jordan cierra la puerta detrás de mí. Gerard se queda dentro, con el motor en marcha, vigilando los retrovisores.
—¿Todo en orden? —pregunto en voz baja.
—De momento, sí —responde Jordan, entregándome los prismáticos. Sus ojos recorren la explanada con la misma atención con la que un francotirador busca su blanco.
Me los acerco y observo. Es temprano; el sol apenas empieza a subir sobre los contenedores apilados como tumbas de metal. Veo a los hombres de Langdon caminando con falsa tranquilidad, revisándolo todo. No son tantos como pensaba, pero suficientes para que Caruso sienta su aliento en la nuca.
Bajo los prismáticos.
—Quiero un registro de cada matrícula. También de los camiones que entren o salgan hoy. Si alguno va directo a los muelles 23 o 24, los más cercanos al hangar que usaron para la reunión, me lo decís al momento.
—Entendido, jefa.
Jordan me observa con la ceja arqueada, esperando el siguiente movimiento.
—Quiero saber si Langdon planea mover algo antes de tiempo —añado—. Si va a adelantar el envío, necesitamos estar listas. No pienso permitir que nada de lo que pase aquí me pille por sorpresa.
—¿Y Billy, qué?
Suspiro, hundiendo las manos en los bolsillos.
—Billy hará su parte. Y nosotros, la nuestra. Hoy, aquí, empieza el principio del fin.
Miro el horizonte, con los cargueros parados como bestias dormidas. El viento trae el sabor metálico del agua.
El frío me cala los huesos mientras sigo observándolo todo. Mis hombres se mueven con discreción, anotando matrículas, vigilando movimientos. Jordan se mantiene a mi lado, con el móvil en la mano, revisando mensajes cifrados.
De pronto, su pantalla vibra. Me mira.
—Es para ti —dice, tendiéndome el teléfono.
Lo cojo y me aparto unos pasos, refugiándome tras un contenedor oxidado.
—Habla.
—Tengo noticias —dice la voz masculina al otro lado—. Caruso regresa mañana por la noche.
Se me tensan los hombros.
—¿Seguro?
—Sí, jefa. Cambio de planes. Vuelve un día antes de lo previsto.
—¿Por qué?
—No lo sé. Solo escuché que quiere estar en Chicago antes de que lleguen los contenedores de Langdon. Ya sabes cómo es.
Me muerdo el interior de la mejilla. Claro que lo sé. Ray Caruso nunca confía en nadie que no sea él mismo.
—Bien. Mantente cerca y avísame de cualquier otro movimiento. Incluso si estornuda, quiero saberlo.
—Entendido.
Cuelgo y me quedo pensativa.
Jordan se acerca, expectante.
—¿Todo bien?
—Caruso regresa mañana por la noche —respondo, devolviéndole el móvil.
—Antes de que lleguen los contenedores de Langdon.
—Exacto.
Me giro hacia los muelles y contemplo los camiones que descargan con parsimonia. Todo parece tan tranquilo, tan normal…
Dejo que el viento me azote la cara. El olor a sal, óxido y gasóleo me resulta extrañamente reconfortante. Me recuerda que estoy viva.
Cierro los ojos y, como un veneno que nunca termina de evaporarse, su rostro aparece en mi mente. Caruso. Ray.
Lo veo de pie frente a mí en su despacho, aquel día que rompí un vaso de cristal italiano carísimo porque mis manos temblaban después de la primera vez que me golpeó. Recuerdo cómo suspiró, como si fuera yo la que le diera problemas.
—Eres tan inútil —me dijo, con esa calma suya que siempre me helaba la sangre—. ¿Sabes cuánto me costó este vaso?
No lloré. Nunca lloraba delante de él. Fue una de las primeras lecciones que aprendí: mis lágrimas solo le daban poder.
—Contéstame, Violet. —Se acercó, con su traje gris perfectamente planchado, su corbata de seda negra, su colonia cara. Olía a éxito y podredumbre al mismo tiempo—. ¿Sabes cuánto cuesta este puto vaso?
—No —susurré.
Entonces sonrió, como un maestro paciente enseñándole a su alumna favorita. Me agarró la barbilla con fuerza, obligándome a mirarlo a los ojos.
—Cuesta exactamente lo mismo que tu vida. Nada, si no sé qué hacer con él.
Me soltó, se dio la vuelta y pidió a uno de sus hombres que limpiara los cristales. Yo recogí mis propios pedazos y salí de allí sin volver a mirarlo.
Ahora, aquí, con la brisa despeinándome, me doy cuenta de que nunca me vio como un ser humano. Ni siquiera como una mujer. Solo como un objeto. Un vaso caro y delicado que podía romper cuando le diera la gana.
Sonriendo, pienso que pronto será él quien se rompa.
Y que no habrá nadie para recoger sus pedazos.