Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 32
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BILLY

El puerto está casi desierto a estas horas.

La bruma lo cubre todo con un aire espeso y denso, como si ocultara secretos entre los contenedores y las sombras.

Camino sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos y el abrigo abierto a pesar del frío.

Fingiendo que mato el tiempo. Fingiendo que no me quema por dentro la conversación con V.

Langdon. Las sospechas. Todo se me mezcla en la mente.

Entonces lo veo.

Ese tipo no debería estar aquí. No a esta hora. Y mucho menos solo. Creo que se llama Wallace. Lo conozco de vista. Es un pez pequeño dentro del organigrama de Langdon, pero con más acceso del que aparenta. Lo vi aquel día en la reunión del hangar.

Camina deprisa hacia uno de los almacenes más viejos del muelle. A su lado va otro hombre, más joven, más nervioso. Llevan algo. Pequeño. Metálico. No lo distingo bien.

Me escondo tras una fila de bidones oxidados. Desde aquí puedo ver cómo abren el almacén con una llave electrónica. No una ganzúa. Una llave. Oficial. Están autorizados a entrar ahí.

Escucho un zumbido agudo cuando se activa la cerradura y, antes de que desaparezcan dentro, uno de ellos dice algo que me deja helado:

—El viernes llegan los contenedores del jefe. Todo tiene que estar listo para la próxima semana.

«¿Contenedores?».

Grabo rápido esas palabras en la memoria. Me agacho aún más. Si me pillan, estoy muerto.

«¿Sabe Caruso que Langdon está moviendo sus piezas?».

Me quedo en el sitio solo el tiempo justo.

Luego empiezo a moverme entre sombras, a una distancia prudente.

El almacén tiene un lateral abierto hacia el mar, con una pasarela metálica que bordea la estructura.

Me deslizo por ella con el sigilo que aprendí en los viejos tiempos, cuando era yo quien cazaba a los malos. Ahora solo me escondo para espiar.

Dentro, el eco de las voces rebota entre las paredes.

—No podemos permitirnos retrasos —masculla Wallace—. Langdon ha sido claro. El primer envío tiene que estar aquí antes de que Caruso regrese de la frontera.

—¿De la frontera?

—Fue allí para aparentar distancia. Pero volverá cuando sea el momento. Esto no va solo de polvo blanco, chaval. Es mucho más grande.

Una pausa. Un ruido de cajas moviéndose.

—¿Armas? —indaga el otro, en voz baja.

—Armas, documentos, discos duros…, lo que sea. Todo lo que comprometa a quienes firmaron los acuerdos con Langdon hace veinte años. Gente que ahora está en el Senado o en la banca. Caruso se cree el centro del universo, pero solo es una bisagra más.

—No tiene ni idea de que el jefe lo está utilizando, ¿eh?

—Teniendo en cuenta el pellizco que se lleva, diría que algo se lo imagina y que le da igual. Ya sabes, cuanto más tienen, más quieren.

Me apoyo contra la pared, con el corazón martilleándome en el pecho. Así que esto no es solo un negocio de mafias. Es algo más profundo. Más sucio. Y están preparando el terreno mientras Caruso sigue creyéndose el amo de todo.

—¿Y el poli? —pregunta el joven.

Tardo medio segundo en asumir que hablan de mí.

—Lo tienen controlado. Sospechan que trabaja a dos bandas, pero al final, cuando todo salte por los aires, será solo otra pieza sacrificable de este juego.

Aprieto los dientes. Me largo de ahí antes de que decidan comprobar el perímetro.

Camino de vuelta hacia el coche con las manos aún en los bolsillos, pero el cuerpo encendido. Esto lo cambia todo. Y V tiene que saberlo ya.

No obstante, en lugar de ir directamente a la guarida para ponerla sobre aviso de lo que se está cociendo, conduzco hasta mi barrio.

Entro al apartamento sin encender las luces.

No me hace falta. He pasado demasiado tiempo viviendo en este cuchitril.

Conozco cada rincón, cada crujido de las tablas del suelo.

Todo sigue en el mismo sitio: el perchero torcido junto a la puerta, el cuaderno de bocetos en la mesa del recibidor, con un par de llaves encima.

Lanzo la chaqueta sobre el respaldo del sofá y voy a la habitación, donde me dejo caer sobre el colchón sin deshacer la cama. No puedo cerrar los ojos. Las voces del puerto siguen rebotándome en la cabeza como si las tuviera grabadas a fuego.

Langdon, Caruso, las drogas, los discos duros… y yo en medio. Un peón más. Un nombre escrito a lápiz, fácil de borrar.

Me levanto al cabo de unos minutos y abro el cajón de la mesilla. Ahí sigue la foto arrugada que no he tenido valor de tirar. Mi hermano, sonriendo en el porche de la casa donde crecimos. Me mira como si supiera algo que yo aún estoy descubriendo.

Suspiro, me paso las manos por la cara y abro el armario. Meto en una mochila algo de ropa, el revólver viejo y uno de los cuadernos. Dibujo cuando no puedo pensar. Hoy, no puedo hacer ni eso. Solo quiero contarle a V lo que he oído. Decírselo de frente antes de que todo nos explote en la cara.

Recojo las llaves del coche. No me planteo si debería dejarlo correr. No puedo. No ahora.

Ella tiene que saberlo.

Conduzco sin prisa, pero sin pausa. Las calles todavía duermen bajo la niebla sucia de Chicago. Los faros rasgan la oscuridad como si buscaran algo que, en realidad, no quieren encontrar.

El volante se me escurre un poco entre las manos sudadas. No por nervios. Es otra cosa.

Es ella.

Desde que la conozco, me cuesta pensar con claridad. Su forma de mirar, de hablar con ese tono frío que esconde más de lo que dice… Me tiene desarmado. No por lo que sabe, sino por lo que calla. Y por cómo me hace sentir cuando estamos cerca. Juntos. Piel con piel.

En otra vida, habría sido distinto. Ella no sería V, y yo no sería Billy el poli corrupto. Seríamos dos desconocidos que se cruzan en un bar. O dos personas que deciden no cruzarse nunca más, para no complicarse. Sin embargo, en esta, estamos atrapados en algo mucho más jodido y peligroso.

Violet me importa. Me importa demasiado. Y eso, en este mundo de mierda, es un problema.

Me obligo a no pensar en lo de anoche, en sus ojos clavados en los míos mientras le contaba cosas. Me obligo a no pensar en lo que haría si alguien le pone un solo dedo encima.

Llego a la guarida con el corazón desbocado, como si intentara avisarme de algo. Y no sé de qué.

Gerard me abre la puerta sin hacer preguntas. Me hace un gesto con la cabeza, seco, casi imperceptible, y me indica que entre. Jordan me saluda desde el pasillo con un café en la mano, e intento leer algo en esa mirada aguda. No lo consigo. Nunca consigo leer del todo a las mujeres que rodean a V.

«Tampoco es que conozcas a muchas».

Cierto.

Camino por el pasillo hasta la sala principal. Ella está sentada en uno de los sofás, con un dosier abierto sobre las rodillas. Lleva el pelo recogido, gafas de lectura y ese aire de reina que no se permite bajar la guardia ni siquiera cuando está cansada.

Alza la vista cuando me oye entrar. Sus ojos se clavan en los míos. No dice nada, aun así, ese silencio suyo dice demasiado.

—Tenemos que hablar —anuncio, y cierro la puerta tras de mí—. Es sobre el puerto.

Deja el dosier sobre la mesa, con calma, y me observa.

—¿Qué has averiguado?

Me siento enfrente, más cerca de lo que debería. Me cuesta no mirarla y pensar en esos momentos que compartimos en la intimidad.

—Han adelantado el envío —suelto de sopetón.

Se yergue en el sofá.

—¿Cómo dices?

—Los he seguido —empiezo—. A dos de los hombres que Langdon dejó aquí. Creo que son los mismos que Gül mencionó. Les oí hablar, V. Del cargamento. El viernes llegarán unos contenedores. Y deben tenerlo todo listo para la próxima semana.

No reacciona de inmediato. Solo asiente, muy despacio.

Tensa la mandíbula. La conozco lo suficiente ya como para saber que la cabeza le va a mil por hora.

—Por lo que entendí —continúo—, Caruso sabe lo del cambio de planes y por eso se alejó estos días. Un paripé para no estar en la ciudad cuando llegue el cargamento.

—Entiendo —musita.

—El puto Diablo ignora que lo están utilizando para algo más gordo que mover cocaína y que, cuando ya no les sea de utilidad, lo eliminarán de la ecuación.

—Siempre te dije que el ego de Ray era demasiado grande. Y cuando se trata de poder, no ve más allá de sus narices.

—También han hablado de mí.

—Ah, ¿sí?

Finge sorprenderse, pero la tengo calada.

—Nada que no supiéramos ya —digo—. Sospechan que juego a dos bandas. Y me borrarán del mapa solo con chasquear los dedos.

Ahora ya no solo tiene tensa la mandíbula, también los hombros y la espalda.

—¿Qué vamos a hacer, V?

Inspira hondo y exhala.

—Mover ficha y adelantarnos a su jugada.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral.

—¿Estás segura de querer seguir con esto?

—Billy —murmura con suavidad, inclinándose hacia mí—, no he llegado hasta aquí para apartarme ahora.

No lo dice con rabia. Lo dice con convicción. Y eso me aterra y me atrae a partes iguales.

Me roza los dedos un segundo, y dice:

—Tú aún estás a tiempo de saltar del barco, Billy. No tienes por qué…

—Donde tú vayas, iré yo —la interrumpo con intensidad—. Nunca lo dudes.

—Gracias… —balbucea.

Y en su voz hay algo nuevo. Algo que no había notado antes. Algo que me hace pensar que, aunque nunca lo exprese como tal, para ella también soy algo más.

Contengo el aliento.

Siento el impulso de tocarla. No porque quiera provocarla. No porque necesite una excusa. Solo porque me sale. Y lo hago. Me incorporo y me acerco, rozándole el rostro con la yema de los dedos. Tiene la piel caliente. Y bajo mis caricias, tiembla.

Nuestros ojos se enredan.

Lo que siento por esta mujer va más allá de la mera atracción física. Va más allá de todo lo imaginable.

—Violet…

Apoyo la frente en la suya, respirando el mismo aire. Y, durante unos segundos, me permito olvidarlo todo. El plan. Caruso. Langdon. La venganza. Solo estamos ella y yo. Y este pequeño espacio de paz que no sé hasta cuándo va a durar.