Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 31
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V

La luz entra tímida por una rendija de la persiana. Apenas un trazo dorado que se posa sobre la sábana revuelta. Estoy despierta desde hace un rato, pero no quiero moverme. No todavía.

Billy duerme a mi lado, de lado, con una mano bajo la almohada y la otra extendida hacia mí. Su respiración es profunda, rítmica. Me he acostumbrado a ella más de lo que debería, en apenas unos días. Me da paz.

Apoyo la cabeza sobre el brazo y lo observo. Las pequeñas cicatrices en el hombro. La barba de un par de días. La comisura de los labios, tan serena ahora. Parece otro hombre cuando duerme. Más joven. Más libre.

Se me escapa un suspiro hondo.

Anoche no hablamos mucho. No hacía falta. La tensión se deshizo a base de miradas, de silencios largos, de esos roces que hablan por sí solos. Me besó con una ternura que no esperaba, y me abrazó después como si no hubiera prisa por nada.

Me pregunto cuánto durará esto. Cuánto podremos sostener algo tan frágil en medio de todo el fuego cruzado que tenemos alrededor. No quiero pensar en eso, pero es inevitable.

Se remueve. El ceño un poco fruncido, como si notara que lo estoy mirando.

—Estás despierta —murmura, sin abrir del todo los ojos.

—Desde hace un rato.

—¿Estás bien?

—Sí —digo, y es casi verdad—. Solo pensaba.

—¿En qué?

—En que esta cama es más cómoda de lo que parece.

Sonríe, aún con los ojos cerrados. Se estira despacio y me rodea con el brazo.

—Podemos quedarnos un poco más.

—Solo un poco.

Ya me he acercado a él, y el tiempo, por ahora, no parece importar.

El roce de su brazo contra mi piel me estremece. No hay urgencia en su gesto, solo esa calma cargada de deseo que se ha vuelto habitual entre nosotros. Me dejo envolver.

Abre los ojos, al fin. Me mira como si yo fuera un secreto que se muere por descifrar.

—Podríamos quedarnos aquí todo el día —propone, con la voz áspera por el sueño—. Fingir que no hay nada fuera de estas cuatro paredes.

—¿Y dejar el mundo a disposición de esa escoria? —bromeo, aunque no me aparto.

Se inclina. Su aliento me acaricia la clavícula antes de rozarme la piel con los labios. Apenas un susurro que lo enciende todo a su paso. Me besa lento, sin prisas, como si no tuviera miedo de detenerse en cada rincón de mi cuerpo. Como si fuera justo eso lo que quiere hacer. Y lo hace.

Cierro los ojos. Me abandono a esa forma suya de tocarme. Firme. Atenta. Cálida. Como si venerar mi cuerpo fuera lo más importante para él.

Sus dedos me recorren la espalda. Las costillas. Los pechos. Se deslizan por mi cintura con la precisión de quien sabe exactamente qué está buscando.

Y me encuentra.

La respiración se nos acelera con cada minuto que pasa. Con cada trozo de piel que vamos dejando al aire.

Lo atraigo hacia mí con las piernas, despacio. Nuestros cuerpos se reconocen, se reencuentran. Se acomodan. Se sienten.

Hay palabras que no necesitamos decir. Todo está en la forma en que respira contra mi cuello, en la manera en que su boca se abre paso por mi pecho, en los dedos que entrelazo con los suyos cuando el momento se vuelve más intenso. Más nuestro.

Me pongo a horcajadas sobre sus caderas, anclándome a ellas con todo lo que soy: lo bueno y lo malo. Con este deseo que me arde en la piel. Que hace que la sangre de las venas se licúe.

Gruñe mi nombre cuando le rozo la cinturilla de los pantalones deportivos con la lengua:

—Violet…

Ronroneo.

—No vayas por ese camino, o acabaré antes de empezar —advierte.

—Quiero saborearte.

—¡Joder!

Y lo hago.

Lo acojo en la boca y me late en la lengua. Húmedo. Caliente. Duro. Lamo, de arriba abajo. Y a la inversa. A la vez que muevo la mano. No pierdo el tiempo, aunque sí la noción de él.

Sé que lo tengo al borde del acantilado cuando alza las caderas y embiste, agarrándome del pelo con fuerza.

No dejo que salte.

Maldice entre dientes. Y sonrío con malicia.

—Aún no, machote.

—¿Machote?

Se me escapa una carcajada. Y cuando veo que tiene la intención de cambiarme el sitio, me apuro a enterrarlo en mí de un solo golpe de caderas.

—¡Dios! —balbucea—. El preservativo, Violet…

Lo silencio con un beso, largo y profundo.

—Violet… —insiste como puede.

Gimo:

—Estoy protegida.

Y me muevo sobre él. Adelante y atrás. Con lentitud. Una lentitud que se torna urgencia. Necesidad. Puro fuego. Pierdo el ritmo cuando me aprieta la cintura con las manos y alza las caderas, una y otra vez, volviéndome loca, sin dejar de moverse ni un solo segundo.

—Más… —pido.

Y me lo da.

Hasta que el orgasmo nos golpea con fuerza y nos arrastra a una espiral de jadeos, gemidos y gruñidos descontrolados.

Por un instante, no hay mafias, ni traiciones, ni padres monstruosos. Solo el calor, la intimidad, la tregua.

Solo somos Billy y Violet.

Después, nos quedamos en silencio. Mi cabeza reposa sobre su vientre y me acaricia el pelo. La luz es más clara ahora. La ciudad ya está despierta.

—¿Te arrepientes? —indaga, sin moverse.

—No —respondo, rotunda—. Pero me da miedo.

—Pues ya somos dos.

Cambio de postura y me acurruco junto a él.

Me da un beso en el hombro.

Y, por primera vez en mucho tiempo, dejo que me consuele.

—Vale, tengo que preguntártelo —dice, con la voz aún ronca y ese tono medio incrédulo, medio fascinado—. ¿Cómo lo haces? ¿Cómo consigues escaquearte de los hombres de Caruso, moverte como un puto fantasma y seguir saliéndote con la tuya?

Me giro hacia él, apoyando la cabeza sobre su pecho. Tiene la piel caliente, y el sonido de su corazón aún late con cierta fuerza, como si se resistiera a volver al mundo real.

—Pensé que eras más listo —respondo con una sonrisa perezosa.

—Lo soy, pero, cariño…, tú juegas en otra liga.

Me río bajito. Su mano trastea con un mechón de mi pelo mientras espera una respuesta. Le doy un beso en el pecho antes de hablar:

—Hay túneles.

—¿Túneles?

—Sí. El edificio donde vivo con Ray fue construido sobre una estructura antigua. Uno de esos proyectos faraónicos que algún ricachón quiso hacer en los años cincuenta. Se conectaba con un almacén anexo, que ahora es mío. Bueno… de V —aclaro con cierta ironía—. Yo solo lo uso.

Se incorpora un poco, apoyado sobre un codo, sin soltarme del todo.

—¿Me estás diciendo que puedes ir y venir cuando te da la gana?

—No siempre es tan sencillo —contesto—, pero sí, hay accesos. Algunos ya estaban, otros los modifiqué. Jordan tiene un mapa completo. No es algo que nadie esperaría, y eso es lo que lo hace perfecto.

—Joder. Ahora todo encaja.

—Por eso no puedo tener a cualquiera a mi alrededor. No puedo permitirme errores.

Me busca con los ojos. Me mira como si aún no supiera del todo quién soy…, pero quisiera averiguarlo. Me acaricia la mejilla con los nudillos.

—¿Y yo? ¿Te estás permitiendo el error de confiar en mí?

—Tú no eres un error, Billy.

Se queda en silencio unos segundos. Después asiente.

—Pues ahora tengo una duda más importante —espeta, ladeando la cabeza—. ¿Crees que queda café en esta madriguera?

Me río.

—Sí, pero si quieres uno de verdad, tendrás que hacerlo tú.

—Solo si me acompañas.

Y lo acompaño.

Vestida con su camisa, negra y arrugada, que me cubre hasta medio muslo.

El aroma del café recién hecho no tarda en inundar la cocina. Billy está de espaldas a mí, sin camiseta, moviéndose con soltura entre la cafetera, las tazas y el silencio cómodo de la mañana.

Esto parece otro mundo, lejano al que nos espera ahí fuera. No dura mucho.

Un pitido agudo interrumpe la calma. Es el sensor de la puerta del fondo.

—¿Esperas a alguien? —pregunta, girándose con una taza en la mano.

—Será Jordan.

Y justo entonces, la puerta se abre sin ceremonias. Jordan aparece en el umbral, como si siempre hubiera estado ahí. Lleva gafas de sol oscuras, una coleta alta y su traje de tres piezas favorito. Ella, siempre tan formal.

Se detiene un segundo al vernos así. A mí con su camisa, a él sin ella, los dos con cara de no haber dormido demasiado…

Levanta una ceja, se quita las gafas con parsimonia.

Billy carraspea. Yo me limito a girarme hacia la encimera y fingir que me interesa mucho una tostadora desenchufada.

—Buenos días, Jordan —saluda él, con fingida inocencia.

—Buenos para vosotros, por lo que veo —responde, y se acerca sin dejar de inspeccionarnos—. V, tenemos movimiento. Acabo de hablar con uno de los nuestros en el puerto. Han visto a hombres de Langdon merodeando cerca del almacén viejo. No se han acercado, pero están marcando territorio.

Sus palabras me devuelven de golpe a la realidad.

—¿Cuántos?

—Tres. Bien vestidos. Iban despacio, como si solo estuvieran tomando el aire. Pero ya sabes cómo es eso.

Sé exactamente cómo es, sí.

—No me gusta ni un pelo —añade.

«A mí tampoco, ya puestos…».

Billy deja la taza sobre la encimera con un golpe seco.

—¿Quieres que me acerque?

Jordan lo mira un segundo, evaluándolo.

—Podría servir que te vean rondar por ahí. Hacer creer que estás revisando algo para Caruso.

—Vale.

No digo nada. A veces no hace falta. El café se enfría a mi lado y, con él, el momento de calma que le habíamos robado al mundo.

El juego sigue. La guerra también.

Aun así, durante unas horas, esta guarida fue nuestra.

En cuanto nos quedamos solos de nuevo, me siento al borde de la mesa, jugueteando con una servilleta entre los dedos.

—Hay algo que tengo que decirte —musito.

Alza la mirada, atento.

—En Nueva York, cuando hablé con Gül… —Hago una pausa—. Cree que Langdon empieza a sospechar de ti.

Chasquea la lengua.

—Nunca ha confiado en mí, para empezar, así que no me pilla de sorpresa.

—Billy…

—Dime qué quieres que haga y lo haré, Violet.

—Ten cuidado, ¿vale? Si por mi culpa llegara a pasarte algo, yo…

Me mira, serio.

—Puede que al principio me obligaras un poco a participar en tu cruzada, no voy a negarlo. No obstante, ahora es decisión mía quedarme a tu lado. Pase lo que pase.

Camina hacia mí. Las manos enmarcándome la cara. Mirada intensa.

—Pase lo que pase, Violet.

Asiento.

—Pase lo que pase, Billy.

Y me besa.