Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 30
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BILLY

El ascensor sube lento. Demasiado lento. O quizá soy yo, que tengo prisa por verla. Por entender qué coño pasa ahora con mi vida. El despido, el vacío… y ella, esperándome.

Cuando las puertas se abren, Jordan me recibe con una mirada seria. Asiente sin decir palabra y se aparta para dejarme pasar. No hace falta preguntar dónde está V. Sé dónde encontrarla.

Avanzo por el pasillo alfombrado. Todo aquí es discreción, orden y estrategia. Como ella. Cuando llego a la puerta entreabierta de su despacho, me detengo un segundo antes de entrar. Está sentada junto al ventanal, con una copa en la mano. No se gira al oírme, pero habla.

—Has tardado mucho en llegar.

—Lo sé —respondo, cerrando la puerta tras de mí.

—Me tenías preocupada.

—Lo siento.

Se levanta despacio. No lleva esa máscara invisible que suele usar. Esta… es ella. Tal cual. Sin adornos. Sin escudos. Como en Nueva York.

—¿Estás bien? —indaga, acercándose.

—Me han jodido —suelto, sin rodeos—. Pero estoy aquí.

Nos quedamos en silencio. Hay tantas cosas que podría decir…

—¿Sabes por qué? ¿Te han dado explicaciones?

Niego con la cabeza.

—La misma mierda de siempre. Órdenes de los de arriba. No voy a negar que me lo advirtieron, aun así…

—Me acompañaste a la Gran Manzana.

—No iba a decir eso.

—Ah, ¿no?

Me froto las sienes con los dedos, notando un leve dolor de cabeza.

Suspiro, cansado.

—Hace demasiado tiempo que no merezco llevar esa placa ni ocupar ese puesto en la comisaría, para qué vamos a engañarnos. Nunca debí torcerme, pero lo hice. Y este es el resultado de todo. Los actos tienen consecuencias, V. Y estas son las mías.

Me mira con una mezcla de rabia y cuidado. Me toca el brazo, apenas un segundo.

—¿Qué se supone que voy a hacer ahora con mi vida, joder?

—Estás dentro de esto, Billy. Lo sabes, ¿no?

—Sí —susurro—, claro que lo sé. Ya no hay vuelta atrás.

Su expresión se endurece. Me gusta cuando es así. Fría. Decidida. Peligrosa.

—Entonces vamos a aprovecharlo. Si estás fuera del sistema, podemos movernos mejor. Más libres. Y eso es exactamente lo que necesitamos ahora.

Asiento. No digo nada. Solo me acerco a la mesa, cojo su copa y la huelo. Estoy tan tentado de darle un trago… No obstante, eso no arreglaría ni una mierda de la situación, así que no lo hago.

V, tensa a mi lado, no me quita el ojo de encima.

Suelta el aire justo cuando vuelvo a dejar la copa sobre la mesa.

—Bienvenido al otro lado —musita.

Suelto una carcajada irónica.

—Ya estaba en este lado, pero gracias.

—Dile a Jordan que te acompañe a la habitación que ocupaste cuando te dispararon en la pierna. Ponte cómodo mientras convoco una reunión. Hay algo que Gül me dijo en Nueva York y que no os he contado.

—¿Por qué?

—Porque no estábamos trabajando, Billy. Estábamos tomándonos un descanso.

—Vale.

—Nos vemos en una hora. Aquí.

Salgo por la puerta y sigo a Jordan hasta la habitación indicada. Alguien me ha dejado ropa de deporte sobre la cama, como si dieran por hecho que iba a quedarme.

—Vendré a buscarte dentro de…

Alzo la mano, interrumpiéndola.

—No te preocupes, sé el camino.

Gira sobre los talones y se marcha, dejándome solo con mis putos quebraderos de cabeza.

Me gustaba ser poli. Y mi intención era redimirme una vez acabáramos con todo esto.

«¿Estás seguro?».

Me doy una ducha y me cambio de ropa.

Estoy cansado.

Y harto.

Aun así, recorro el pasillo de vuelta al despacho de V a la hora acordada.

Pero la reunión no es allí. Es en una sala distinta.

Más grande. Más fría. V está al frente, como siempre, y yo, sentado a su derecha, no puedo evitar sentir que algo ha cambiado.

Ya no soy el poli infiltrado. Ya no tengo una placa que me proteja. Solo estoy yo. Y ella.

Jordan, firme como una sombra, cierra la puerta. Gerard entra justo detrás y se queda en pie, con los brazos cruzados. También está Lucía Herrera, la mujer que entregó los documentos a Granger. Me lanza una mirada fugaz, como si supiera más de lo que dice. Y no dudo de que así es.

V alza la voz:

—Gül me ha pasado información importante. Muy importante. —Nos mira a todos, uno a uno, con esa calma que hiela la sangre—. Langdon no se fía de Caruso. Ha dejado hombres suyos en Chicago. Tipos entrenados, discretos, invisibles. No para proteger a Caruso, sino para vigilarlo.

Se hace un silencio denso.

—¿Vigilarlo? —cuestiona Gerard. —¿Por qué?

—Porque no se fía ni de su propia sangre —contesta ella, sin titubeos—. Porque sabe que si alguien puede traicionarle, ese alguien es Ray.

Trago saliva. La mención de Langdon aún me revuelve el estómago. Su apellido ya no es solo una amenaza lejana. Es el puto padre de V. Y eso lo cambia todo.

Nos entrega una carpeta y continúa:

—Ahí dentro están los datos de esos hombres. Dónde están. Y qué hacen. Si Langdon va a usar a su propia gente contra ese cabrón, quiero saberlo cuanto antes.

Miro a V. No está pidiendo ayuda. Está dando órdenes. Y todos la escuchan como si cada palabra fuera una verdad absoluta.

Entonces, gira la cabeza hacia mí.

—Billy, tú conoces bien el entorno de los clubes de apuestas. Date una vuelta por los más conocidos y controla al que anda merodeando por ellos. Lucía, tú ocúpate del que está infiltrado en la comisaría central. Y tú, Gerard, del que queda.

—Daré una vuelta por ese almacén, a ver qué se cuece por allí —dice él, sin más.

—Quiero un informe completo de todos ellos. Cuanto antes.

—Lo tendrás —coreamos todos a la vez.

La reunión sigue. Da más detalles. Habla de próximos pasos, de Granger, de posibles filtraciones. Pero mi mente ya está trabajando a toda máquina. Porque ahora, más que nunca, sé que no hay margen para errores.

Y estoy dispuesto a lo que sea.

V

La casa está en silencio. El tipo de silencio que me gusta: el que no pesa, el que no ahoga. Solo la noche cayendo lenta tras los cristales, y el leve rumor de las botas de Billy al subir las escaleras.

Lo espero en la habitación que usó cuando estuvo herido. La misma donde le cambié el vendaje la primera vez. La misma en la que, sin decirlo, nos dejamos ver tal y como somos.

—¿Estás segura? —pregunta desde el umbral, una ceja levantada, esa media sonrisa cansada que le sale cuando duda.

—Sí. No quiero que vuelvas solo a ese piso tuyo, donde todo te recuerda lo que perdiste.

—Perdí la placa, V. No la cabeza.

—Todavía —le respondo, ladeando la boca.

Entra sin decir nada más. Se sienta en el borde de la cama y, por un segundo, no somos lo que somos. No mafiosa y policía corrupto. No traidores ni vengadores. Solo dos personas jodidas, esforzándose por mantener la serenidad.

—¿Tú duermes alguna vez aquí? —pregunta, echando un vistazo a la habitación.

—Solo cuando necesito recordar.

—¿Recordar qué?

—Que esto es personal. Todo esto.

Me observa. Con esa intensidad que me hace querer mirar a otro lado. No lo hago.

—Gracias por no preguntarme cómo estoy —dice al fin.

—Sé que estás hecho una mierda. No hace falta que me lo digas.

Asiente. Se echa hacia atrás, apoyando la espalda contra el cabecero. Se quita las botas sin prisas, como si quedarse aquí fuera un ritual. Me acerco. Le dejo una manta a los pies de la cama, por si no quiere meterse conmigo. Aunque sé que lo hará.

—No hace falta que me cuides.

—No lo hago por ti —miento, y me siento en la otra esquina de la cama—. Lo hago porque, si te rompes, todo este plan se va a la mierda. Y yo no he llegado hasta aquí para ver cómo lo jodes todo, ¿sabes?

Me sonríe. De esa forma lenta, que no busca seducir. Solo estar. Solo quedarse.

—V…, no sé cómo voy a salir de esta sin perderme.

—No tienes que salir. No todavía. Solo tienes que seguir el ritmo.

—¿Y si no puedo?

—Seré yo la que te saque de esto.

Algo parecido a una tregua vibra entre los dos.

Se tumba de lado. Yo también. Sin tocarnos. Sin hablar más. Pero sabiendo que, por esta noche, ninguno de los dos está solo.

Y eso, a veces, es más que suficiente.

—¿Puedo contarte algo? —tantea, sin mirarme.

—Siempre.

Tarda un momento. Como si le costara pronunciar las palabras más que cualquier otra cosa. Como si tuviera miedo de desmoronarse. O algo así.

—No empecé a trabajar para Caruso por elección —habla al fin—. Fue la unidad de narcóticos. Recién salido de la academia. Me colocaron infiltrado en una banda de segunda que ya estaba bajo su control. Querían a alguien joven, limpio, sin historial.

Lo escucho en silencio. No lo interrumpo.

—Y yo…, bueno, tenía veintiuno y creía que podía con todo. Que era más listo que ellos. Que no me iba a afectar. Pero vivir con una pistola en la espalda cada día… acaba jodiéndote.

Ahora sí me mira. Un vistazo rápido. Como buscando comprobar si sigo aquí. Si le escucho.

—Para encajar, empecé a beber más de la cuenta. Y cuando el alcohol ya no silenciaba el ruido, pasé a otra cosa. Algo que me permitiera dormir por las noches y levantarme al día siguiente sin que me temblaran las manos. Lo típico, ¿no?

—¿Cuánto tiempo estuviste así?

—Demasiado. Perdí el contacto con la unidad. Me hundí hasta el cuello. Caruso me sacó de ahí. O eso creí. En realidad, solo vio lo útil que podía ser alguien como yo. Un poli corrupto no se hace en un día, ¿sabes? Se cultiva. Se alimenta. Y él sabía cómo hacerlo.

—¿Y ahora?

—Ahora llevo dos años limpio. Sin una gota de alcohol en las venas. Sin meterme una raya. Sin una pastilla para dormir. Me cuesta, pero lo consigo.

—Billy…

—Tengo dinero que él me ha dado —me interrumpe—. Mucho, de hecho. Nunca lo he tocado, ni para comprarme un café. También está el apartamento que me regaló hace semanas, al otro lado del río. Nuevo. A estrenar. Jamás he puesto un pie en él.

Me quedo callada un momento. Su sinceridad me desarma más que cualquier caricia. Me revuelve algo por dentro. Algo que no debería permitirme sentir.

—¿Por qué me lo cuentas?

—Porque me salvaste al lanzarme el puto ultimátum a la cara. Me ayudaste a ver las cosas desde otra perspectiva. Te debo la vida, V.

Le sonrío. Una sonrisa pequeña, casi triste.

—No me debes nada, idiota. Tú tomaste la decisión correcta.

No dice nada más. Solo se acerca un poco. No lo suficiente como para tocarme, pero sí lo bastante como para que note el calor que desprende su cuerpo.

No me muevo. No me alejo.

Y nos quedamos así. En esa pausa rara que no es del todo paz, pero tampoco es guerra. Dos supervivientes, compartiendo un silencio que, por una noche, no duele.