Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 27
60%

27

BILLY

No quiero que este momento acabe.

No después de todo lo que ha pasado.

Después de lo que hemos hecho. De lo que me ha dejado sentir.

Me apoyo sobre un codo, observándola en la penumbra de la habitación.

Su respiración aún agitada, su mirada... distinta.

Más clara. Menos protegida.

«Es ahora o nunca».

—Violet… —pronuncio su nombre con cuidado, como si al hacerlo pudiera romper el hechizo—. ¿Puedo preguntarte algo?

No responde de inmediato.

Solo me mira, con esa expresión suya que nunca revela del todo lo que piensa.

No dice que no, así que continúo.

—¿Por qué estás casada con él?

Silencio.

Casi puedo oír el mecanismo dentro de su cabeza activarse.

Sopesando. Midiendo. Pensando si confiar en mí un poco más o no decir nada.

Me preparo para verla levantar otra vez el muro. Una evasiva. Una mentira elegante. No obstante, lo que llega es su voz.

Su verdadera voz.

Sin disfraces.

—No es por elección propia, como podrás haberte imaginado.

Me recuesto de nuevo, más despacio, dejando que sea ella quien marque el ritmo.

Fija la vista en el techo y entonces, por primera vez, la veo vulnerarse.

—Ya sabes que mi padre me entregó al socio de uno de los colombianos.

Yo tenía dieciséis años. Fue parte de un trato.

Una mercancía más en un acuerdo por cocaína.

Me usaron. Y después, ese socio me cedió al hermano de Ray Caruso por armas y dinero.

No era un mal hombre, a pesar de todo. Nunca me maltrató ni me hizo sentir sucia.

Era una más de su propiedad. Cuando murió, y en el clan todos creen que su propio hermano se lo cargó, Caruso ocupó su lugar como capo.

A partir de ahí, todo cambió. Ese cabrón se llevó el lote completo. Y a mí con él.

No sé qué decir.

El calor que aún me queda en el cuerpo se convierte en hielo.

—¿Y nadie hizo nada? —exclamo, con rabia contenida.

—¿Quién iba a hacerlo? —replica con una media sonrisa amarga—. No era nadie. Una hija obediente. Un número más. Me enseñaron a callar. A fingir. A aguantar.

Se hace el silencio de nuevo.

Esta vez soy yo el que no puede apartar la mirada.

—¿Y ahora?

—Ahora es distinto —susurra—. Porque ahora tengo poder. Porque ahora soy otra. Y porque voy a destruirlos. A todos.

Inclino la cabeza hacia ella, no por compasión o por lástima. Sino por respeto. Por admiración.

—Estoy contigo. Lo sabes, ¿no?

Sus ojos vuelven a los míos.

Y aunque no lo diga, sé que me cree.

Y eso…, eso lo cambia todo.

No la toco.

No quiero que piense que busco consolarla o aprovecharme de un momento frágil.

Solo la escucho. La observo. Y espero.

Cierra los ojos un segundo, como si el simple recuerdo doliera más que cualquier herida abierta.

Después habla.

Y su voz es baja, pero firme. Sin adornos.

—Con Caruso… —hace una pausa breve, como si tuviera que tragar algo espeso— fue diferente.

No la interrumpo, no necesito hacerlo. Ya lo intuía. Pero oírselo decir… es otra cosa.

—Me convertí en su esposa casi a punta de pistola. Me convertí en su trofeo. En la mujer que sonríe en las fotos y calla en las reuniones. No me dejaba hablar. No me dejaba elegir. A veces, ni siquiera me dejaba respirar. Por no hablar de lo que me veía obligada a hacer… en la intimidad.

Se lleva una mano a la clavícula, como si aún sintiera el peso invisible de una cadena.

—Lo peor no fue el miedo. Ni el maltrato.

Fue la soledad. El aislamiento total. Nunca me permitió tener amigas, ni cuentas bancarias, ni libertad.

Me encerró en una jaula dorada y se aseguró de que nadie sospechara.

Porque, para todos, Ray Caruso era un esposo ejemplar. Un hombre de negocios. Un caballero.

—Hijo de puta —mascullo en voz baja, sin poder evitarlo.

Asiente, casi sin emoción.

—Durante años me convencí de que era normal. De que no podía aspirar a más. Pero algo dentro de mí… —hace un gesto con la mano, como si intentara atrapar una chispa en el aire— seguía vivo. Una llama que no se apagaba.

Sus ojos me buscan.

—Y un día dejé de tener miedo. Decidí convertir el dolor en rabia. Y la rabia en poder. Empecé a construir mi red. En silencio. En la sombra. A usar el papel de esposa como tapadera. Como escudo.

Trago saliva.

La admiro más de lo que soy capaz de expresar con palabras.

—Algunos de sus empleados se convirtieron en mis aliados. Se pusieron de mi lado.

—¿Te refieres a Jordan y a Gerard?

Sonríe.

—No son los únicos.

—Por eso sabes cada paso que él da.

—Sí. Y no tiene ni idea de cuántos traidores tiene en nómina.

Sonrío.

—¿Eso va por mí?

Encoge los hombros.

—Tómatelo como quieras.

—Te juro que no voy a dejar que vuelva a tocarte —le aseguro. Es un susurro, pero cada palabra es una promesa.

Me mira de una forma distinta.

Como si estuviera viendo al hombre… y no solo al aliado.

Como si, por fin, pudiera empezar a bajar la guardia conmigo.

—Tranquilo. Hace tiempo que no se acerca a mí. Cree que he aprendido a saber cuál es mi lugar en su mundo. Un mundo que se desmorona delante de sus narices.

—¿Y en la cama…? —farfullo.

Suelta una carcajada que me sorprende.

—A ese vejestorio ya no se le levanta, Billy. No me reclama en su habitación desde que cumplí los veintiséis, hace dos años. Alguien se encargó de darle un medicamento para agilizar ese proceso de la naturaleza.

—¿Y todas las mujeres que…?

—¿Lo acompañan en su club, y por ahí? —interrumpe—. Mera fachada, para que sus hombres lo crean muy macho.

—De todos modos, te protegeré —vuelvo a asegurar.

—Gracias, Billy. Pero ya no me escondo. Ya no soy aquella chica. Ya no tengo miedo.

Se inclina hacia mí.

Y antes de que yo pueda decir nada más, apoya la frente contra la mía.

Silencio. Calor. Complicidad.

No necesito más.

Por ahora.

V

Me quedo ahí, con la frente apoyada en la suya, notando su aliento, el calor que desprende su piel. Me siento extraña. Ligera y tensa al mismo tiempo. Como si acabara de soltar una carga enorme…, y ahora no supiera qué hacer con el hueco que ha dejado en mí.

Billy no dice nada, pero su presencia me envuelve. Está aquí. No huye. No me mira como si fuera un trofeo roto ni una víctima. Solo está. Y eso, en este momento, significa más de lo que puedo admitir en voz alta.

Necesito romper el peso de lo que acabo de contarle. Alejarme de la imagen de Ray, de la jaula, de los años de miedo, de maltrato y de soledad. Así que lo hago como mejor sé: tomando el control de la conversación.

—¿Y tú? —indago en voz baja, sin separarme—. ¿Alguna vez estuviste enamorado?

Lo noto respirar más hondo, como si la pregunta lo pillara por sorpresa. Me aparto lo justo para poder mirarlo a los ojos, aunque la distancia siga siendo mínima.

—No me respondas con una de esas frases de tipo duro, ¿eh? —bromeo, intentando aligerar el ambiente—. Quiero la verdad.

Ladea una sonrisa, esa que apenas deja ver, y que cuando aparece tiene el poder de desarmarme.

—Vale —murmura—. Una vez. Hace mucho. No fue nada como esto —añade, y su mirada se clava en la mía con una intensidad que me deja sin aire—. Fue más simple. Más fácil. Pero también… menos real.

Lo observo, sintiendo cómo las palabras se instalan entre nosotros como un lazo invisible.

—¿Y tú? —inquiere, devolviéndome la pelota.

Frunzo el gesto con una mueca amarga.

—No lo sé. Supongo que creí estarlo. Pero cuando vives atrapada, confundes muchas cosas. La dependencia con el amor. La necesidad con el deseo. La costumbre con la entrega.

—¿El hermano de Caruso?

Exhalo.

—Era solo una niña. Muy perdida y con necesidad de afecto.

Nos miramos de nuevo. Durante un instante no existen el pasado, ni la venganza, ni Caruso, ni mi padre.

Solo estamos él y yo.

—Pero esto… —susurra Billy—. Lo que hay entre nosotros…, no se parece a nada, ¿verdad?

Niego con la cabeza, sintiendo una punzada en el pecho.

—No. No se parece a nada.

Me acerco, despacio. No hay prisa. Solo esa necesidad de sentir que algo de todo esto vale la pena.

Y cuando nuestros labios se rozan, apenas un suspiro, sé que este momento se va a quedar conmigo. Que, por primera vez en años, me permito desear… sin culpa.

Un buen rato después, nos vestimos con parsimonia y abandonamos la habitación.

Me besa antes de que las puertas del ascensor se abran. Un beso lánguido y profundo que se me graba a fuego en el alma.

Salimos del club casi al amanecer. El aire de Nueva York es menos gélido que el de Chicago, el murmullo de la ciudad aún vive a pesar de la hora.

Siento el corazón algo más liviano, como si parte del peso que he llevado durante tanto tiempo se hubiera aflojado esta noche y se hubiera quedado en esa habitación. Aunque no del todo.

Billy camina a mi lado. No me toca, no dice nada, aun así, su cercanía me basta. Es ese tipo de silencio que no incomoda, que acompaña. Y eso, viniendo de él, dice más que cualquier palabra.

Jordan y Gerard nos esperan apoyados en el coche de alquiler. Ella me lanza una mirada rápida, evaluadora, como si intentara leerme el rostro. Él, discreto como siempre, se limita a abrir la puerta trasera sin hacer preguntas.

—¿Todo bien? —murmura Jordan al subir.

—Perfectamente —respondo sin mirar atrás.

Gerard arranca sin prisa. El trayecto hasta el hotel es corto, pero el silencio dentro del coche es espeso, cargado de todo lo que no se ha dicho y de lo que sí. Las luces de Manhattan nos envuelven como un susurro lejano.

Billy va delante, con la vista al frente, aunque sé que está tan despierto como yo. Sus pensamientos parecen tan enredados como los míos. No sé qué vendrá ahora. Y tampoco quiero saberlo.

Al llegar, cruzamos el vestíbulo casi sin hablar. Solo cuando estamos frente al ascensor, Jordan se adelanta y pulsa el botón con gesto cansado.

—Mañana salimos temprano —anuncia. No es una orden, aun así, lo parece.

—Perfecto —respondo.

Billy y yo nos quedamos un paso atrás. Una distancia calculada. Ni demasiado lejos… ni demasiado cerca.

El ascensor se abre. Jordan y Gerard entran primero. Yo voy detrás. Billy es el último en cruzar las puertas.

En el espejo del fondo veo nuestros reflejos: cuatro figuras cargadas de secretos. Solo una de ellas sabe la verdad completa.

Cuando llegamos a la planta del hotel, nosotras giramos hacia nuestra habitación. Billy y Gerard hacia la suya.

Antes de separarnos, se detiene un segundo y me mira.

—Buenas noches, Cruella —susurra.

La sonrisa que se me escapa es inevitable.

—Buenas noches, león malvado.

Cierro la puerta tras nosotras.

Y dejo que el silencio de la habitación me devuelva la calma…, al menos por unas horas.