Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 26
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BILLY

No estoy seguro de cuánto tiempo ha pasado desde que cruzamos esas puertas, pero podría jurar que el mundo se ha ralentizado desde entonces. El Lust juega en otra liga. No hay nada vulgar aquí, nada grotesco. Solo un silencio elegante y copas carísimas.

«No era como te imaginabas, ¿eh?».

Ni de coña.

Estoy en una esquina del salón, observando sin parecer que observo, claro.

Gerard y Jordan, supongo, seguirán ahí fuera, apostados en alguna parte, al acecho.

Imagino que tienen sus propios códigos para este tipo de lugares.

Yo solo sé que llevo minutos sin ver a V.

O a Cruella. Porque aquí se llama así. Y, de algún modo, eso me pone más nervioso de lo que ya estoy.

Entonces la veo. Bueno, no a ella: a una mujer despampanante que viene en mi dirección. Paso firme. Decidido. Una máscara elegante, con lo que parecen plumas de pavo real, le cubre parte del rostro. El vestido verde se le ciñe a las caderas y le queda como un guante.

Se detiene frente a mí e inclina la cabeza. En la bandeja, una llave dorada. Y una tarjetita blanca donde solo hay una palabra escrita en tinta negra:

«Cruella».

Trago saliva.

—¿Qué significa? —pregunto, como si no lo supiera ya.

—Te invitan a una habitación privada. Puedes rechazarlo, por supuesto —responde con retintín—. Pero no lo harás. Ambos lo sabemos.

Me desconcierta un poco la familiaridad con la que me habla.

—¿Gül? —tanteo en voz muy, muy baja.

Se le elevan un poco las comisuras de la boca.

«Quiere que subas a la habitación con ella».

Cierro los ojos un segundo, dejando que la adrenalina me atraviese. Porque no sé si esto es parte del plan… o algo más. Sin embargo, la curiosidad, el deseo, y ese maldito vínculo que crece entre nosotros desde hace semanas pesan más que cualquier prudencia.

—¿Número?

—Tercera planta. Puerta 306.

Asiento y cojo la llave, sintiendo el metal frío entre los dedos. Me pongo en pie.

Gül me retiene con una sola mirada.

—¿Qué?

—Hazle daño y te arranco las pelotas.

Podría jurarle que jamás haría algo así. Que cada día que pasa adoro más a la mujer que me espera arriba. Que la columna vertebral me cosquillea cada vez que pienso en ella.

No lo hago.

Sigo mi camino sin más.

El ascensor tarda una eternidad en llegar. O tal vez soy yo, que no sé qué hacer con las manos mientras espero. Tengo la llave apretada en el puño como si fuera un arma. Cruella. Cruella me ha enviado una invitación. Y sé lo que eso significa.

El «juego» no me incomoda. No es eso.

Lo que me jode es lo que siento.

Lo que V ha despertado en mí como si nada.

«Puede que solo quiera hablar».

Ignoro ese pensamiento.

No me interesa.

Se abren las puertas del ascensor. Subo solo. Tercera planta. El número se ilumina con un sonido suave, casi íntimo. Como si el maldito edificio también conspirara contra este encuentro. Camino por la moqueta gruesa, paso a paso, notando el eco apagado de mis propios pensamientos.

Cruella.

V.

«¿Qué coño estamos haciendo?».

Recuerdo cómo me miró esta tarde en Central Park. Cómo se le relajaban los hombros, cómo el hielo de su expresión se derretía aunque solo fuera por unos segundos. Esa mujer es una bomba de relojería en todos los sentidos. Y voy directo hacia ella como si fuera un kamikaze.

Podría no ir. Podría dar la vuelta, bajar las escaleras y meterme en un taxi. Dejar que las cosas se enfríen, mantener el plan intacto. Seguir siendo útil. Ser el poli corrupto que está jugando a dos bandas.

Pero no.

Ya crucé esa línea hace tiempo. En el túnel. En su coche. En cada mirada. En las palabras que no decimos.

Llego a la puerta. 306.

No hay vuelta atrás.

Paso la llave.

La puerta cede con un clic suave.

Y la realidad, la estrategia, el control..., todo eso se queda fuera. En el pasillo.

Cierro la puerta a mi espalda.

De pie, junto a la ventana, está ella. La cortina apenas deja pasar la luz de la calle, que se cuela como un reflejo dorado por las rendijas.

La máscara aún le cubre el rostro, pero su silueta es inconfundible.

El vestido negro de encaje deja al descubierto parte de la espalda, y el contorno de las piernas se adivina bajo la tela.

Todo en esta mujer es una provocación medida. Como un disparo con silenciador.

No dice nada.

Y yo tampoco.

Me acerco despacio. Los latidos del corazón me retumban en las costillas, sordos, como si supieran que estoy cruzando otra línea más. El aire parece distinto. Más íntimo. Cargado de sensualidad.

—¿Estás segura de esto? —cuestiono, con la voz baja. No me tiembla, pero casi.

Gira un poco el rostro. Los labios, rojos, dibujan una sonrisa leve, sin respuestas.

No necesito más. Sus dedos alcanzan la máscara y la deslizan hacia arriba, dejándola a un lado.

Y entonces me mira. Violet, sin artificios.

Sin apodos. Con esa mezcla de fuego y control que siempre me deja desarmado.

—No he estado tan segura de nada en mucho tiempo —responde.

«Joder».

Avanzo hasta tenerla a escasos centímetros. Mis manos dudan un segundo. Las suyas me buscan primero. Me coge la muñeca. Me guía. Como si no fuéramos dos enemigos atrapados en un tablero de ajedrez, sino algo más antiguo, más inevitable.

—No quiero que pienses que esto forma parte de algún plan —le digo.

Niega con suavidad, sin apartar la vista.

—No lo pienso. —Hace una pausa—. Y si lo fuera…, ahora mismo me daría igual.

Le poso la mano en la cintura. No se aparta. Se deja hacer. Pero también me responde. Me busca. Como si hubiera estado esperando este momento.

Nuestros labios no se tocan aún. Están cerca. Tentándose. Cargados de todo lo que no nos hemos dicho. Lo que ansiamos.

La tensión crece como un secreto guardado durante demasiado tiempo.

No hay prisas.

Solo deseo contenido, a punto de sobrepasarnos.

La ciudad sigue latiendo ahí fuera, ajena a lo que está a punto de suceder.

Aquí dentro, solo quedamos nosotros dos. Y nuestros anhelos.

No sé quién acorta la distancia primero. Quizá los dos al mismo tiempo. No importa.

Nuestros labios se encuentran, por fin, y todo se vuelve más real. Más urgente.

Su boca sabe a licor y a desafío. Y a algo que no sé poner en palabras, pero que me arrastra sin remedio.

La beso como si llevara meses deseándolo. Como si lo hubiera soñado cada vez que me decía a mí mismo que debía mantenerme alejado. Como si fuera la única forma de entender qué mierda estamos haciendo con nuestras vidas.

Sus manos me suben por el pecho y terminan en mi cuello, firmes.

Domina sin imponer. Manda sin decirlo. Y me dejo llevar, porque hay algo en ella que siempre me empuja a seguirle el ritmo.

Le rozo la espalda desnuda, cálida, con los dedos.

Siento cómo se estremece cuando le deslizo las yemas por la columna. Su respiración se acelera contra mi boca. Se apoya en mi pecho, pero no para alejarse, sino para sostenerse.

Nos vamos desnudando de palabras.

De armaduras.

De máscaras.

Sus manos bajan. Me desabrocha la camisa con una calma que me enloquece. No hay prisa, solo intención. Todo lo contrario a lo que imaginaba cuando pensaba en ella, cuando nos imaginaba así.

No hay hielo ahora. No hay odio. Solo esta tensión elástica, sensual, que aprieta más con cada segundo, dejándome sin aliento.

—Billy… —susurra mi nombre contra la piel del cuello, y me vuelvo loco.

La alzo por la cintura, y enreda las piernas a mi alrededor como si ya supiera que esto iba a pasar. Como si lo hubiera planeado. No es un plan. Es una decisión tomada a quemarropa. Una tregua dentro de toda la mierda que nos rodea.

La llevo hasta la cama sin dejar de besarla.

La deseo tanto, joder.

Me coloco un preservativo de los que hay en el cuenco de carísimo cristal.

Los preliminares sobran esta vez. No nos hacen falta.

Estamos demasiado cargados de necesidad. Y llevamos semanas conteniéndonos.

Le lamo los pechos, hambriento de ella y de su cuerpo.

Hambriento de todo lo que quiera darme.

Le mordisqueo los pezones, haciéndola gemir y arquearse contra mi boca, acariciando como un poseso.

Cuando quiero darme cuenta, ya estoy tan dentro de ella, balanceando las caderas a un ritmo desenfrenado, que su calor me derrite las entrañas.

El orgasmo no me pilla por sorpresa.

A ninguno de los dos, en realidad.

Sin embargo, no imaginé que sería tan intenso.

Tan brutal.

Tan catártico.

Cierro los ojos un segundo, recuperándome.

Está sentada sobre mí, aún con parte del vestido puesto, el escote caído, la espalda al descubierto. Mi camisa abierta, su pelo revuelto, mi respiración irregular. La suya, acelerada.

Me acaricia con los labios el cuello, sin prisa. Como si saboreara el momento.

Y yo me dejo hacer, con las manos en su cintura, sintiendo cómo su piel se funde con la mía, cómo se curva ligeramente cuando le paso los dedos por las piernas abiertas.

—Nunca pensé que tú y yo acabaríamos así —murmuro, sin poder evitarlo.

—¿Así cómo? —me contesta, sin levantar la cabeza. Su voz me vibra en cada poro de la piel.

—Tan cerca. Tan de verdad.

Sonríe. Lo noto más que lo veo. Y me muerde, suave, justo bajo la mandíbula.

—No es tan de verdad, Billy. Esto es Nueva York. Un club exclusivo. Un paréntesis.

—Tú puedes llamarlo como quieras —respondo, bajando una mano por su muslo expuesto—. Pero yo sé cuándo algo se me mete bajo la piel.

Levanta la mirada. Hay un brillo distinto en sus ojos, uno que no le había visto nunca. Vulnerable, pero desafiante. Dolido, pero entero.

—Y si mañana volvemos a Chicago y todo esto se rompe, ¿qué harás? —pregunta.

No le respondo. En lugar de eso, la acerco aún más. Mi frente contra la suya.

Nuestras respiraciones entrelazadas.

Nuestros corazones, desbocados.

—Cariño…, dejemos que pase lo que tenga que pasar.

Le tiemblan los labios. Como si estuviera a punto de decir algo. O puede que no.

Y entonces me besa. Esta vez despacio. Lento.

Como si cada roce pudiera borrar todas las veces que se ha negado a sentir lo que siente.

Subo las manos por sus costados.

Se tumba encima de mí, con ese control sereno y oscuro que tanto la define.

Me mira, apoyada en mis hombros, y sonríe de medio lado.

—Quítame el vestido, Billy.

Y lo hago.

No con desesperación, sino con dedicación. Y con adoración.

Cuando me cubre con su cuerpo, y nuestras pieles se buscan sin reservas, de nuevo, lo único que pienso es que nada, nada en absoluto, ha sido tan jodidamente real como esto.