25
V
Como decía antes, el Lust no es un burdel. No tiene olor a sexo. No suena a jadeos ni a gemidos. Ni siquiera parece lo que es.
Desde fuera, la fachada es impresionante. Por dentro, más de lo mismo. Es otro mundo: mármol pulido, luz cálida y tamizada, cortinas de terciopelo oscuro y dorado, susurros refinados, copas de cristal tallado.
Camino con calma, sabiendo que la máscara me protege más de lo que me cubre. Es ligera, blanca, negra y con pedrería fina. Elegí el seudónimo casi en broma: Cruella. Y aquí estoy, caminando entre hombres y mujeres que podrían ser jueces, artistas, banqueros… o asesinos.
Billy va a mi lado. Impecable. Observa todo con esa mezcla suya de desconfianza y admiración contenida.
Me gusta cómo encaja en este entorno, como si hubiera nacido para esto y aún no lo supiera.
Seguro que piensa que está fuera de lugar.
El antifaz solo le cubre la zona de los ojos.
Es guapo. Imponente. Me dejó atónita cuando salí del ascensor y lo vi en el vestíbulo del hotel, esperándome.
De hecho, el corazón me golpeó con fuerza en el pecho.
«Podría pasar por uno de ellos».
Sí que podría. Y sin esforzarse.
—¿Una copa? —propongo, sin mirarlo directamente. Sé que me está observando.
—Claro. Algo que no lleve alcohol.
Frunzo el ceño.
—No estamos trabajando, Billy.
—Soy Scar, Cruella. Y no bebo alcohol. Estoy sobrio desde hace tiempo.
—Pero te he visto con copas en la mano, ya sabes…
—Sí, pero te apuesto lo que quieras a que nunca me has visto beber de ellas. Solo aparentar que lo hago.
Pues ahora que lo dice… No, no me había fijado en ese detalle.
Pido una ginebra sin alcohol para él, y un whisky japonés, sin hielo, para mí. Nos los sirven en menos de un minuto. El camarero nos dedica una sonrisa cortés y se aleja.
Tomamos asiento en un pequeño salón lateral, rodeados de sillones tapizados en cuero oscuro.
A nuestra izquierda, una pareja charla en voz baja.
A la derecha, una mujer pasea la mirada por la estancia como si buscara a alguien.
Un club privado más, si no fuera por la tensión invisible que flota en el ambiente.
Como si todos supieran que esto es solo la superficie. Que lo real vendrá después.
—No me lo esperaba así —dice Billy, al fin.
—¿Así cómo?
—Tan… elegante. Creía que encontraría algo más explícito. Más… incómodo.
—¿Te molesta?
—No. Me sorprende —Me mira por encima de su copa—. ¿A ti no?
Sonrío. Un gesto breve. Lo justo.
—Para ser sincera, sí. No acostumbro a ir a sitios como este, para qué engañarnos.
Asiente. Bebe un trago. Luego deja la copa sobre la mesa, despacio.
—¿Y ahora qué?
—Ahora esperamos. Observamos. Y, cuando llegue el momento, Gül me dará la señal. Mientras tanto, me sigues el juego y ya está.
—¿Y cuál es el juego?
—Que estás aquí porque te apetece estar conmigo.
No dice nada. Solo me mira. Y, por primera vez desde que entramos, siento que el calor no viene del whisky .
Estoy terminando la copa cuando un movimiento a mi derecha atrae mi atención.
Un camarero se acerca, impecable, con su chaqueta blanca y guantes negros. En su bandeja de plata hay una sola cosa: una llave dorada. Pequeña, elegante.
La coloca frente a mí con un leve gesto de cabeza.
—La señora Cruella ha sido invitada a subir a una de las habitaciones —pronuncia con voz neutra.
Billy levanta una ceja. Yo no me inmuto. Sé lo que significa. No cualquiera puede enviar una llave. Hay que tener nombre. Y poder. O ser alguien que conozca muy bien este lugar.
—¿Quién la envía? —pregunto.
El camarero se inclina un poco hacia mí, como si me confiara un secreto.
—La señora Morgana.
«¿Morgana? ¿Ese es el nombre que se ha buscado Gül?».
Oculto la sonrisa tras el cristal cuando acerco la copa a los labios. Ella sí sabe jugar. Y ha elegido el lugar perfecto para ello. Está como una puta cabra.
Billy no dice nada. Espera. Me gusta eso de él: no necesita llenar el silencio.
—Es mi amiga —le explico, dejando la copa a un lado—. De confianza.
—Imagino que la europea, ¿no? Teniendo en cuenta que es a la que venimos a ver… ¿Por qué la llave? —Quiere saber.
Me aclaro la garganta antes de susurrar:
—Por lo que estuve investigando, aquí es la manera de invitar a alguien que te atrae a jugar contigo… en la intimidad. ¿Entiendes?
Entrecierra los ojos.
—Creo que lo pillo, sí.
—Pero yo no voy a jugar con... Morgana. Lo sabes, ¿verdad? Solo vamos a charlar y a pasar un rato juntas.
Su sonrisa ladeada me corta la respiración.
—Lo sé. ¿Quieres que suba contigo?
Niego despacio.
—No. Quédate aquí. No tardaré en volver.
—Le prometí a Gerard que no te perdería de vista.
—Estaré bien —aseguro.
—¿Y si pasa algo?
—Si pasa algo —respondo al levantarme—, te prometo que te llamaré.
Recojo la llave de la bandeja y cierro la mano.
—Scar…
—¿Qué?
—Gracias.
Me guiña el ojo y casi se me escapa un jadeo.
Noto sus ojos pegados en la nuca cuando el camarero me guía hasta el ascensor privado, escondido tras una pared espejada. Antes de entrar, echo una última mirada a Billy. Está recostado en el sillón, copa en mano y sus ojos fijos en los míos.
Cuando las puertas se cierran, siento el golpe sordo del ascensor en el estómago. Y no por la altura.
Sino por lo que sé que me espera al otro lado.
Gül.
«Qué ganas de verla y darle un abrazo».
Sigo las indicaciones del camarero hasta llegar a la habitación escogida por mi amiga.
La llave encaja sin resistencia. La puerta cede con un clic suave, casi sensual. Al otro lado, la habitación está iluminada con una luz tenue, cálida, que acaricia las paredes de terciopelo oscuro y el suelo de madera. No hay espejos. No hay cámaras. Aquí, la privacidad es sagrada.
Ella está de espaldas, junto a un pequeño mueble bar.
El cabello recogido en una trenza alta que deja su nuca al descubierto.
Lleva un vestido ajustado, verde, sin mangas, que le cae como una segunda piel.
Cuando escucha la puerta, se gira despacio.
La sonrisa que me lanza me desarma más de lo que me gustaría admitir.
—Por fin —suelta en voz baja, como si el tiempo se hubiera hecho eterno desde nuestro último encuentro—. Estaba empezando a pensar que no vendrías.
—Tú sabes mejor que nadie que siempre cumplo mis promesas. Y fui yo quien pidió verte.
Cierro la puerta tras de mí. Y, durante un instante, uno breve, no hay palabras. Solo la certeza silenciosa de que estamos a salvo aquí dentro. Que podemos soltar el peso de todo lo que arrastramos. Que no necesitamos fingir.
Nos acercamos. No corremos. Tampoco dudamos. Y cuando nos abrazamos, lo hacemos con ganas de verdad.
No hay dolor.
No hay estrategia.
Solo somos nosotras. Ella y yo.
—Te echaba de menos —murmuro, con el rostro junto a su cuello.
—Y yo a ti —responde, con una firmeza que no necesita adornos—. Has hecho bien en venir, V. Nueva York no está en los planes de nadie. No esta semana, al menos.
—¿Pasa algo?
—He oído rumores.
Me separo un poco para buscarle los ojos. Los tiene encendidos. Alerta.
—¿De qué estás hablando?
—Aún no lo sé. Pero me han llegado nombres, documentos y algunos vídeos. No todo está claro, pero sí lo suficiente como para saber que vas bien encaminada. Y que, si no te das prisa, alguien más se va a adelantar.
—¿Granger?
Asiente.
—Le he hecho llegar lo que me pediste. Se está moviendo con rapidez. Está más cerca de Caruso de lo que imaginas.
—No puede quitarme mi venganza, Gül. Esa parte es mía.
—Entonces actúa. Pero con cuidado.
Me sirve una copa y me la ofrece. Brindamos sin levantarla.
—Por el dolor —masculla.
—Y por las que ya no tienen voz.
El cristal de las copas suena como un susurro.
Y sé que, a partir de esta noche, todo pasará muy rápido.
—Hay algo más —continúa Gül, dejando la copa a un lado. Se ha quitado los tacones y se ha sentado sobre uno de los sillones de terciopelo, cruzando las piernas con naturalidad—. Tenías razón. Langdon no se fía de Caruso. Por eso ha dejado hombres en Chicago. Tres, que sepamos.
—¿Tres?
—Uno de ellos ya se ha hecho notar. Se mueve entre los clubes de apuestas. Muy discreto, pero tiene acceso a información privilegiada. Los otros dos están infiltrados. Uno en la comisaría central. El otro… en un almacén que, hasta hace poco, pertenecía a los rusos.
Me siento a su lado. Mis dedos juegan con la copa, pero no bebo. Necesito claridad.
—Putas ratas —gruño.
Asiente. En su gesto hay algo parecido al respeto. Porque sabe que mi rabia es legítima. Que todo esto no va solo de estrategia, sino de heridas abiertas que aún sangran. Que no cicatrizan.
—He hablado con una de mis fuentes. Me confirmó que Langdon dio una orden expresa: que vigilen a Caruso. Pero, sobre todo... —me mira con intensidad—, que vigilen a su entorno más cercano.
Mi corazón da un vuelco. Porque sé lo que significa.
—¿Crees que han empezado a sospechar de Billy?
—Creo que, si no lo han hecho ya, lo harán pronto. Se está exponiendo demasiado. Y él lo sabe. Y tú también.
Aprieto los labios. El peso de la preocupación se me acomoda entre los omóplatos.
—Tengo que protegerle.
—Ya lo estás haciendo. Pero recuerda, V: no puedes hacerlo todo sola.
—Nunca he estado sola —le contesto.
Sonríe.
—Entonces no esperes más. La cosa está que arde. Y si no mueves ficha antes que ellos, ya sabes quién ganará la partida.
—Elliot Granger prometió hacerse a un lado cuando se lo pidiera. Y lo hará, si quiere llevarse las medallas de honor.
Nos miramos un instante en silencio.
Dos mujeres que han sobrevivido a lo peor.
Que no están dispuestas a ceder.
Levanto la copa otra vez.
—Por lo que viene.
Gül la alza también, y sus ojos brillan.
—Y por las que lo harán arder todo.
El brindis suena a promesa.
Bebemos hasta la última gota y Gül deja la copa en la mesa baja de cristal, mirándome como solo lo hace alguien que te conoce de verdad. Que sabe por lo que has pasado.
No dice nada al principio. Solo me observa, con esa calma que a veces resulta más implacable que cualquier palabra.
—¿Qué sientes por él? —pregunta sin rodeos.
No me hace falta ser muy inteligente para saber a quién se refiere.
—No lo sé —digo al fin, más para mí que para ella—. No era parte del plan. No debería importarme, pero lo hace.
—¿Te importa él… o lo que representa?
Cierro los ojos un segundo. Respiro hondo. La habitación tiene una calidez engañosa. La música llega desde el piso de abajo, amortiguada. Es como si estuviéramos aisladas del mundo. Y tal vez por eso me permito ser sincera.
—Ambas cosas. Me recuerda que aún soy humana. Que no he perdido del todo la capacidad de... sentir algo que no sea rabia y dolor.
—Y eso te asusta.
—Sí —admito sin dudar—. Porque no tengo espacio para distracciones. Porque, si me equivoco, lo pagaré caro. Lo pagará él.
—Entonces no lo conviertas en una debilidad. Haz que sea tu ancla. O tu arma. Pero elige.
—¿Y si no hay forma de protegerle sin alejarle?
—Entonces tendrás que decidir qué pesa más: la venganza o él.
Trago saliva. Me duele reconocer que hace días que llevo esa pregunta clavada en el pecho.
—A veces pienso que no debería haberle arrastrado a esto.
—Y, sin embargo, ahí está. Siguiendo tus pasos. —Suspira—. ¿Qué sientes cuando te mira, Violet?
—Que no soy invisible.
Y con eso, no hace falta decir más.