24
BILLY
Miro mi reflejo en el espejo del baño por quinta vez.
El traje negro está impoluto, la camisa entallada, el reloj en su sitio.
Me siento como un crío disfrazado. V dice que el Lust es exclusivo, elegante, nada peligroso.
Un club discreto. Sin embargo, no puedo evitar pensar en lo jodidamente raro que es esto.
Estoy a punto de entrar en un sitio donde todo el mundo irá con máscara, usando nombres prestados y jugando a..., bueno, a lo que jueguen ahí dentro. Y yo voy con ella. Con la mujer que me roba el aliento y me hace sentir cosas que ya ni recordaba.
He pasado noches vigilando narcos, haciendo de perro fiel para Caruso, pateando puertas al servicio de la corrupción. Pero esto..., esto es otro mundo. Y no sé si me aterra más lo que pueda pasar dentro de ese club o lo que siento por ella cuando me mira con esa media sonrisa.
Cierro los ojos y me pinzo el puente de la nariz.
«Relájate, joder. Pareces un puto adolescente».
Es que ella no es cualquier mujer. Y lo nuestro podría ser muy peligroso. De hecho, lo sería sin ninguna duda.
Salgo del baño y desvío los ojos a la derecha.
Gerard está sentado en la cama de al lado, hojeando un mapa como si no estuviésemos a punto de cruzar la línea entre el deber y lo personal. Al menos yo, claro.
—Entonces, ¿solo tenemos que acompañaros y ya está? ¿Nos quedamos fuera? —cuestiona sin levantar la vista—. Una noche así en Nueva York puede torcerse en un segundo —advierte.
—Son órdenes de la jefa, ya lo sabes. Además, es solo un club —respondo, fingiendo seguridad. Me pruebo la máscara negra que V me dio. Sencilla. Solo cubre los ojos. Como si eso bastara para ocultarme del mundo.
Gerard me lanza una mirada seca.
—No es «solo un club» si ella está allí dentro, Billy.
Le sostengo la mirada. No digo nada porque tiene razón.
Todo lo que hago últimamente está influenciado por ella.
Cada paso, cada palabra. Y ahora estoy a unos cuantos minutos de entrar en un lugar donde las reglas no se dicen en voz alta, y donde V, con esa máscara y un nombre sacado de una película de Disney, será otra persona.
«Y tú también».
—No olvides que estaré con ella —replico.
—Prométeme que no vas a perderla de vista.
—Lo prometo —zanjo.
Reviso el móvil por si acaso. Nada de la comisaría, nada de Caruso. Silencio absoluto. No sé si alegrarme o preocuparme.
Me echo colonia, abotono la chaqueta y respiro hondo. En la puerta del hotel, V estará esperándome. Con su máscara. Con ese aura de poder y misterio que la envuelve siempre.
Y voy a seguirla, una vez más, sin pensar.
Gerard y yo bajamos por las escaleras, en silencio.
El vestíbulo del hotel está tranquilo, con ese murmullo constante de la ciudad colándose por las puertas giratorias.
Ella aún no ha bajado. Me mantengo de pie cerca del ascensor, con las manos en los bolsillos del pantalón.
El traje me queda bien, o eso creo, pero no dejo de sentirme fuera de lugar.
Como si todos los que pasan a mi lado pudieran ver que no encajo aquí, que vengo de otro mundo.
Y entonces se abre el ascensor.
La gente sigue con su trajín a mi alrededor, nadie se detiene. Yo sí. Contengo la respiración.
V sale de la lujosa cabina acristalada como si el tiempo ralentizara la velocidad a su paso.
Lleva un vestido negro ceñido, de tirantes finos, que se ajusta a su cuerpo con total perfección.
La máscara blanca y negra, con pedrería brillante, le cubre solo la parte superior del rostro, dejándole la boca libre, ese gesto entre desafiante y calmado.
Como si supiera que va a ser el centro de atención de todas las miradas en cuanto cruce cualquier puerta.
Me deja sin palabras, joder. La he visto disparar, mentir, manipular..., pero nunca la he visto así. Nunca tan… poderosa. Tan mujer. Tan espectacular.
Se detiene a pocos pasos de mí, clavando los ojos en los míos desde detrás de la máscara.
—¿Estás listo, Billy?
Trago saliva. Me cuesta responder, porque parte de mí no está seguro de estarlo.
—No lo sé… —balbuceo, casi sin pensarlo.
Sonríe. Una sonrisa leve, como si le divirtiera mi torpeza. Me ofrece el brazo, y lo tomo. El tacto de su piel bajo mi mano me recorre el cuerpo como una descarga eléctrica.
Mientras caminamos hacia la salida, con el sonido de nuestros pasos amortiguado por la moqueta, me doy cuenta de que esta noche no se parece a ninguna otra. Ni a ninguna misión, ni a ningún encargo de Caruso.
Esta noche es de ella. Y yo, más de lo que me gustaría admitir, también lo soy.
El trayecto en coche es rápido.
La ciudad se desparrama frente al parabrisas, luces y reflejos que parpadean en la ventanilla como estrellas nerviosas. Gerard conduce en silencio, con su habitual eficiencia, dejando que la noche nos envuelva. Jordan va delante, seria, vigilante. Y detrás… estamos nosotros. Muy, muy cerca.
La noto respirar. No porque haga ruido, sino porque es como si el aire mismo girara en torno a ella. Tiene la mirada fija en el cristal, aunque sé que está lejos de esta calle, lejos de este coche. Tensa, en un tipo de concentración que no he visto ni cuando lleva un arma en la mano.
—No sabía que existían lugares así —murmuro, sin apartar la vista del perfil de su rostro—. Clubes como ese. Que además tuvieran algo que ver contigo.
Gira la cabeza, despacio, y me mira. Sus ojos, medio ocultos tras la máscara, no pierden ni un ápice de intensidad.
—No tienen nada que ver conmigo. No de esa forma en la que estás pensando. Es solo un escenario —explica, suave—. A veces se necesita ser sin ser vista, ¿sabes?
Asiento, aunque hay algo más que me late en el pecho, y no logro controlar.
—¿Y tú qué quieres ser esta noche?
No responde enseguida. Baja la mirada, como si estuviera buscando la respuesta entre los pliegues de su propio silencio. Luego levanta el mentón, firme.
—Una mujer libre. Solo por unas pocas horas.
Me muerdo el labio inferior, conteniendo el impulso de decirle que para mí lo es siempre. Libre, feroz, indomable. No obstante, sería demasiado pronto. Demasiado sincero.
«Y no del todo cierto».
Se inclina hacia mi lado. Puedo oler su perfume: es suave, como madera y algo cálido. Familiar.
—¿Tú? —inquiere, bajito—. ¿Qué quieres ser esta noche, Billy?
La pregunta me pilla por sorpresa. Miro al frente. Jordan sigue callada. Gerard gira en una esquina.
—Alguien que no tiene que fingir —hablo al fin—. Ni mentir. Ni llevar una placa invisible en el pecho.
Me sostiene la mirada y no dice nada. Pero su mano, muy despacio, se posa sobre la mía. Un gesto simple. Cálido. Y, joder, tan potente que me remueve por dentro.
No hace falta más.
Seguimos en silencio el resto del trayecto. Pero algo ha cambiado. Lo noto en la forma en que no me suelta la mano. En la forma en que nuestros cuerpos no se tocan y, aun así, se buscan.
V
El coche se detiene sin hacer ruido, como si hasta el motor supiera que hemos llegado a un lugar donde el silencio pesa más que las palabras. Miro por la ventanilla: el edificio es impresionante. Mármol negro y letras doradas. Nada discreto.
«Lust».
Gerard apaga el motor. Jordan se baja la primera, rápida, siempre en modo centinela. La sigo con la mirada mientras rodea el coche, analizando el entorno como si esperara un tiroteo en plena Quinta Avenida. La respeto por eso. Porque nunca baja la guardia.
Billy aún no se ha movido. Me mira. Me cuesta respirar con naturalidad cuando lo hace así. Como si no le importara lo que escondo. Lo feo que hay en mí.
Le suelto la mano poco a poco.
Y salimos del coche al mismo tiempo.
—¿Estás segura de esto? —pregunta Jordan en voz baja, colocándose junto a mí.
—¿De entrar? —exclamo, ajustándome la máscara—. Por supuesto que sí.
Frunce los labios, pero no insiste. Sabe que lo necesito. Más de lo que quiero admitir. Quizá por eso está aquí: para sujetarme si caigo.
Gerard se nos une, apoyado junto al maletero. Está serio, aunque siempre lo está. Lleva un abrigo largo, elegante, y un gorro que lo hace parecer más un turista europeo que un conductor con pasado en zonas de guerra.
—Me quedaré cerca —dice simplemente—. Un mensaje y estoy dentro.
Asiento. Le coloco una mano en el brazo, en ese gesto casi filial que a veces me sorprende incluso a mí.
Jordan se despide con una mirada. No dice «ten cuidado». No hace falta.
Billy espera a mi lado. Está nervioso. Lo disimula bien, no obstante, sé leer el lenguaje corporal. No es el tipo de sitio en el que se siente cómodo. Solo está aquí por mí.
Le rozo la muñeca con los dedos. Un pequeño gesto. Íntimo.
—¿Preparado para dejar de ser tú durante un rato?
—Contigo al lado, siempre —responde, casi en un susurro.
Esbozo una sonrisa fugaz. La suya tarda medio segundo más en llegar.
Nos giramos hacia la puerta. Un hombre trajeado, con la mandíbula tan marcada como su discreción, nos la abre sin pedirnos nada. No hacen falta palabras aquí. Solo saber a qué se viene.
Cruzo la entrada con la cabeza alta. Billy, detrás de mí.
Y cuando las puertas se cierran a nuestras espaldas, la ciudad se queda fuera.
El primer golpe no es visual. Es sonoro.
Una música grave, envolvente, como un murmullo que resuena en el pecho antes que en los oídos. No hay estridencia. Aquí todo está medido para seducir, no para distraer. El segundo golpe es el olor. Cuero, vino caro, perfume con notas de vainilla, sudor limpio, deseo en suspensión.
La penumbra no es oscuridad, sino filtro.
Una luz rojiza baña los rincones, suave y carnal, como si todo estuviera diseñado para estimular lo que no se dice.
No hay espejos. No hay relojes. Solo cuerpos desplazándose con una lentitud hipnótica entre cortinas de terciopelo, sillones de piel, pasillos que desaparecen entre sombras.
Una mujer de rostro cubierto con una máscara de mariposa nos recibe. Viste de negro y oro. No habla. No pregunta.
Me inclino hacia ella y susurro mi seudónimo al oído:
—Cruella.
El Lust no es un burdel. Es un teatro muy elegante donde cada uno escribe su propia escena. La que le apetezca.
Y esta noche, la mía está a punto de empezar.