Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 23
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V

El sol se cuela entre las cortinas con desgana, como si supiera que aún no me quiero enfrentar al mundo. Jordan ya no está en su cama. Escucho el agua corriendo en el baño, algún murmullo y el sonido sordo de sus zapatillas sobre la alfombra.

Me quedo unos minutos más tumbada, respirando hondo, recordándome por qué estamos aquí. Esto no es trabajo. No directamente. No esta vez. Nueva York es un paréntesis. Un suspiro largo. Una pausa antes de apretar el gatillo, de tomar decisiones que van a marcar lo que venga después.

Me repito eso. Que no estamos aquí para vigilar a nadie.

Que no hay listas de nombres, ni rutas de transporte, ni llamadas codificadas que interceptar.

Estoy aquí porque necesito aire. Porque necesitaba salir de Chicago y no pensar, ni en Caruso, ni en mi padre, ni en el pasado que me quema la espalda.

Solo eso.

Aunque luego está Billy.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral.

Anoche, cuando nos despedimos, se quedó unos segundos más en el pasillo.

Como si quisiera decir algo. Como si estuviera esperando a que yo lo hiciera.

No lo hice. Ni una palabra más. Solo ese «buenas noches» que me supo a todo y a nada.

Cerré la puerta despacio, con un nudo en el estómago que últimamente se ha vuelto costumbre cuando él está cerca.

—¿Sigues viva? —se mofa Jordan desde la puerta del baño, envuelta en una toalla.

—Más o menos.

—Billy te ha dejado un mensaje. —Posa el móvil sobre la mesilla—. Dice que Gerard va a por el coche de alquiler. Que bajemos cuando estemos listas.

Cojo el teléfono. El mensaje está ahí, corto, directo, pero con esa forma suya de escribir que ya reconozco. Me hace sonreír, aunque no quiera.

—Vamos al Lust esta noche, ¿no? —pregunta Jordan mientras rebusca en la maleta.

—Sí. Pero eso no es lo primero del día. Hoy desconectaremos. Pasearemos. Tomaremos algo por ahí. Nos reiremos. Y nos olvidaremos de todo por unas horas. —La miro—. ¿Podrás dejar de pensar en tu pistola, al menos hasta el atardecer?

Levanta una ceja.

—Solo si tú puedes dejar de pensar en Billy.

No respondo. Me levanto y camino hacia el baño. No puedo prometer eso, porque pensar en él se ha vuelto demasiado fácil.

La ducha termina de despejarme y, cuando salgo del baño, ya lo hago vestida y peinada. Nada de maquillaje hoy. Nada de la mujer que acostumbro a ser el resto de los días. Nada de V. Y tampoco nada de Violet. Solo yo.

Cojo un pequeño bolso del interior de la maleta y meto en él lo necesario.

Jordan cierra la puerta detrás de mí, guiándome por el pasillo.

Cuando el ascensor llega al vestíbulo y las puertas se abren, me quedo absorta en el hombre que me espera con Gerard.

Es la primera vez que veo a Billy vestido con tejanos, sudadera y un anorak.

Está guapo, pero de una forma distinta a la de siempre.

Parece haber pensado lo mismo que yo, y ser solo él.

«Este Billy también me gusta, joder».

Salimos del hotel y nos subimos al coche.

El tráfico es matador en esta ciudad, aun así, disfruto del trayecto como si fuera una niña pequeña en su primera excursión del colegio.

«Estoy bien».

El reloj del salpicadero marca las 9:27 cuando Gerard nos deja delante de la cafetería Eisenberg’s Sandwich Shop. Una de las mejores de Nueva York.

Sonrío al sentarme a la mesa.

Huele a café recién hecho, a tostadas y mantequilla, a ciudad despierta.

La cafetería tiene ese aspecto antiguo, de otro tiempo.

Madera gastada, camareros que no fingen sonreír, y una barra donde los clientes habituales leen el New York Times como si no existiera internet.

Elegí Eisenberg’s porque está cerca del hotel, porque no es turístico a rabiar, y porque no quiero pensar.

Solo masticar sin planear el próximo movimiento.

Jordan está a mi derecha, hojeando una revista cualquiera.

Gerard acaba de sentarse frente a ella y mira su plato con devoción: huevos revueltos, pastrami, tortitas y un café negro como su alma.

Billy, a mi lado, parece más centrado en lo que pasa fuera del ventanal que en lo que tiene delante: una tostada mordida. Nada más.

—Es oficial —suelta Jordan sin levantar la vista—. No sé cómo sobrevivimos a Chicago si desayunamos así tres días seguidos.

—Porque en Chicago no desayunamos así —respondo con media sonrisa—. Allí sobrevivimos. Aquí, fingimos que sabemos vivir.

Billy suelta un resoplido suave, casi una risa.

—Fingimos, ¿eh?

Lo miro. Tiene ese aire medio ausente que a veces lo envuelve. Como si llevara una radio encendida por dentro y nadie más pudiera oírla.

—Tú finges peor que yo —le replico sin miramientos.

Gerard levanta su taza a modo de brindis.

—Por fingir bien. Por fingir poco. Por fingir lo justo.

—Por fingir hasta que deje de doler —añado. Y, aunque nadie lo diga en voz alta, todos asienten.

Somos un grupo curioso. Un policía corrupto que ya no sabe de qué lado está. Una guardaespaldas con más lealtades que tiempo. Un conductor con pasado de mercenario y voz de poeta. Y yo, que ni siquiera sé cómo nombrarme en voz alta sin que algo se me rompa por dentro.

—¿Y hoy qué toca? —pregunta Gerard, con el tenedor en el aire.

—Callejear un poco. Luego descansar. Esta noche vamos al club del que os hablé. Lust. No es peligroso, pero es... particular. —Doy un sorbo a mi café—. Máscaras, seudónimos, privacidad. Un sitio para desaparecer durante unas horas. Gül estará esperándome allí.

Billy se gira hacia mí con lentitud y me mira con esos ojos que ya no me resultan tan ajenos.

—¿Y yo qué papel tengo esta noche?

—Tú solo tienes que estar cerca de mí.

Billy

Fuera, el tráfico no se detiene. Es Nueva York, después de todo.

Pero aquí dentro, aunque sea solo por un rato, hay algo parecido a la calma.

Y eso, para nosotros, ya es un lujo. Aunque mi corazón parezca haber pillado una cuesta abajo muy empinada y le costara recuperar el ritmo, todo hay que decirlo.

«Tú solo tienes que estar cerca de mí».

No la miro de reojo, sino de frente. A esos ojos que esperan una reacción por mi parte. No pienso dársela. Estoy muy ocupado tratando de que no se note que la idea me encanta, maldita sea.

Jordan paga la comanda y los cuatro salimos a la calle.

Hace un frío que pela.

Y hay restos de la última nevada en las orillas de las aceras.

—¿Entonces podemos ir por libre? —Quiere saber Gerard.

—Sí.

—¿Punto de encuentro? —inquiere Jordan.

—Restaurante del hotel. A mediodía.

Ambos toman direcciones distintas.

—¿Un paseo? —pregunto cuando V termina con las indicaciones.

No tengo ni idea de por qué se lo he propuesto. Bueno, sí. Porque me gusta verla fuera de ese personaje que se ha construido. Porque hoy…, hoy parece más ella que nunca.

Camina a mi lado con ese aire elegante que ni siquiera se esfuerza por tener. Nueva York le sienta bien. A mí me sobrecoge un poco. Demasiada gente. Demasiado ruido.

Nos paramos frente a una librería. Ella se queda mirando una edición vieja de El gran Gatsby y sonríe. Es la primera vez que la veo sonreír así. Sin ironía. Sin esa máscara de control absoluto.

—¿Esto cuenta como día libre? —cuestiono, más por escuchar su voz que por otra cosa.

—Cuenta como lo que tú quieras que sea.

Yo también sonrío. No puedo evitarlo.

—¿Cómo llevas lo de estar lejos y no controlarlo todo a cada minuto?

Se queda callada, contemplando la calle antes de responder.

—Mal. Al principio mal. Luego me obligo. Y ahora..., ahora solo estoy intentando no arruinar el momento.

—No lo estás arruinando —murmuro, y lo pienso de verdad. No tengo ni puta idea de lo que estamos haciendo aquí, pero lo último que quiero es que se arrepienta.

Caminamos un poco más. Alguien toca jazz en una esquina. Y de pronto, sin que lo vea venir, habla de su madre. De un viaje que hizo con ella antes de morir cuando era demasiado niña para visitar a la familia de su padre. Algo se me encoje en el pecho al escucharla.

No digo nada, solo la escucho. Porque sé lo que cuesta abrir la boca y dejar salir cosas que uno ha tenido enterradas durante años.

—¿Te arrepientes de algo?

Tarda en contestar:

—Me arrepiento de no haber tenido elección. De todo lo demás…, no. No me permito eso.

Le rozo la mano sin pensarlo. Un gesto mínimo, pero suficiente para que lo sienta. Para que lo sintamos los dos.

—¿Y tú, Billy? ¿Qué hacías cuando eras pequeño?

—Soñaba con ser bombero. O piloto. O cualquier cosa que no fuera lo que soy ahora. —Trago saliva—. Luego mi padre me rompió una costilla y se me quitó la tontería.

No me pregunta nada más. Solo me mira. Y joder…, esa mirada me atraviesa. Porque no hay juicio en ella. Ni lástima. Solo algo que no sé cómo nombrar. Algo limpio. Sano.

—¿Vamos a Central Park? —me dice.

—Vale.

Y echamos a andar. Y, mientras lo hacemos, lo sé: estamos cruzando una línea. Quizá ya la cruzamos hace tiempo. No obstante, ahora no hay vuelta atrás.

«Ni quiero que la haya».

El parque es más grande de lo que recordaba. El verde se estira como si no existiera el resto de la ciudad, como si Nueva York pudiera disolverse al cruzar una verja y dejar paso a algo más antiguo, más tranquilo.

Vamos sin rumbo, pero con propósito. Es extraño. Es como si ambos supiéramos que no se trata solo de pasear. Que este momento es otra cosa.

Ella va a mi lado, en silencio. No el silencio incómodo de cuando uno no sabe qué decir, sino el otro. El de cuando estás bien. El de cuando no hace falta fingir.

Pasamos junto a un tipo que hace retratos rápidos en carboncillo. Ella se para, le echa un vistazo a los dibujos y luego me mira de reojo.

—No te veo posando quieto quince minutos —se burla, sin sonreír del todo, pero con esa media curva en los labios que ya reconozco.

—Y yo no te veo dejando que nadie te dibuje —le devuelvo.

—Exacto.

No le digo que yo la he dibujado un millón de veces. Podría pensar que estoy loco o algo mucho peor.

Seguimos por uno de los senderos.

El ruido de la ciudad queda lejos. Solo se oye algún pájaro, risas sueltas, una pareja discutiendo a media voz.

Me fijo en sus manos, que van sueltas, sin el móvil, sin armas, sin control.

No me atrevo a tocarla. Pero quiero hacerlo.

No como quien desea a alguien. O no solo por eso.

Quiero asegurarme de que está aquí, de que es real.

Nos sentamos en un banco de madera. Ella se estira un poco, como si llevara siglos sin bajar la guardia. Yo intento no mirarla demasiado. Pero me resulta difícil no hacerlo.

—Cuando era pequeña —dice de repente, como si estuviéramos retomando una conversación interrumpida hace años—, solía esconderme en una biblioteca para no volver a casa. Leía cualquier cosa. Hasta los diccionarios. Me sabía cada definición de la D.

—¿Y por qué la D?

—Porque estaba en medio de las estanterías. Porque sonaba a daño.

Me giro hacia ella. No sé qué decir. Así que no digo nada, solo asiento.

—¿Tú te escondías, Billy?

—Sí. Pero no en bibliotecas. En el taller del viejo Sal, el mecánico del barrio. Me dejaba limpiar bujías a cambio de no hacer preguntas. Allí olía a grasa y a seguridad.

Nos miramos y algo pasa. Algo pequeño. Como si el aire se encogiera. Como si por un segundo los dos estuviéramos en la misma página, sin secretos, sin máscaras.

—¿Y ahora? —susurra—. ¿Dónde te escondes ahora?

La miro con intensidad.

—Contigo.

Guarda silencio y baja la mirada. Pero sus dedos tocan los míos. No los entrelaza, solo... los roza. Y ese roce basta para saber que siente lo mismo que yo.

Que hay algo aquí. Entre nosotros.

Y que está a punto de romperse o de crecer.