Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 22
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BILLY

El tren lleva veinte minutos en marcha y no puedo dejar de mirar el reflejo de V en la ventana.

No es exactamente ella lo que veo, claro.

Solo su silueta borrosa sobre el paisaje que se desplaza.

Pero hay algo en esa imagen que me resulta hermoso, como si todo lo que es, todo lo que oculta, estuviera encapsulado en esa figura quieta, elegante, en guardia.

Hemos elegido el tren como vehículo para ir a Nueva York, bueno, V y Jordan lo eligieron, por varias razones.

La primera: que el viaje es más discreto y pasamos más desapercibidos.

La segunda: que los billetes pueden ser anónimos.

Tercera: que no hay que pasar controles y nada queda registrado, sobre todo si el tren es nocturno.

Inconvenientes: que pasaremos dentro de este cacharro de metal más de veinte horas. Juntos.

Echo un discreto vistazo a nuestro alrededor.

Gerard está un par de asientos más atrás, leyendo un periódico viejo. Jordan se ha colocado frente a nosotros, auriculares puestos, fingiendo no escuchar. Sospecho que tiene un ojo en V y el otro en mí. Supongo que es su trabajo. Aunque, a veces, pienso que también lo hace porque le importamos.

—¿Primera vez en tren? —pregunto, por romper el silencio.

V gira la cabeza un poco. No sonríe, pero se le ablanda la mirada.

—En este país, sí. En Colombia tomé alguno. Peores. Más lentos. Con gallinas y algún que otro borracho dentro.

—Suena pintoresco.

Pone los ojos en blanco.

—Era un infierno.

El silencio regresa. No incómodo, no del todo. Es esa clase de silencio que solo aparece entre dos personas que ya han cruzado ciertas líneas. O están a punto de hacerlo.

Me inclino hacia ella. No demasiado, lo justo para que nuestras voces no lleguen a oídos ajenos.

—¿Qué se supone que buscamos en ese club?

—En realidad, no voy en busca de información, aunque Gül nunca viene con las manos vacías.

La última vez que hablamos, aparte de pedirle que nos viéramos, también le dije que necesitaba saber a qué hombres, y cuántos, había dejado Langdon en la ciudad para controlar a Caruso.

No obstante, mi intención, ya que tengo la oportunidad y la libertad para hacerlo, es desconectar y recargar pilas para lo que viene.

—¿Ella es tu contacto en Europa? ¿Ese del que ya me has hablado alguna vez?

—Sí. Nos conocimos hace tiempo en una reunión de clanes. Una especie de celebración, ya sabes.

—¿Y confías en ella?

Se gira hacia mí. Ahora sí, sonríe.

—Sí, confío en ella, Billy. Es parte del plan. De la organización.

Jordan carraspea, señal de que no se está perdiendo nada de nuestra conversación.

—¿Y por qué un seudónimo de Disney?

V encoge los hombros.

—Así es como funcionan las cosas allí. No hay nombres reales. Solo máscaras y seudónimos sacados de cuentos. Es parte del protocolo. Parte del espectáculo.

Suspiro con dramatismo.

—Bueno, pues yo seré un malvado león.

No puedo evitar reír. Y noto cómo ella, sin dejar de observarme, relaja los hombros. No mucho. Lo suficiente para que sepa que también está disfrutando del momento.

—Y yo, una señora que quiere la piel de muchos dálmatas para hacerse un precioso abrigo.

—Ciento uno, para ser más exactos.

Sus ojos se detienen en los míos un segundo más de lo necesario.

—Sí, ciento uno.

Me recuesto contra el respaldo y dejo que el traqueteo del tren llene el aire.

No sé qué va a pasar en Nueva York. No sé si saldremos con respuestas o solo vamos a pasar el rato. Pero sí sé una cosa: no hay otro lugar en el que prefiera estar ahora mismo que en este vagón, con ella.

Aunque me llevase directo al infierno.

Las horas van pasando y, de vez en cuando, me levanto a estirar las piernas. De momento, no he podido cerrar los ojos y relajarme de verdad. Ninguno lo hemos hecho, para qué engañarnos.

El vagón se ha ido vaciando a medida que avanzamos hacia el norte.

Jordan se ha visto un par de películas en la tableta y se ha puesto a leer un libro.

Gerard ha sacado una consola de videojuegos y se ha puesto a matar figuritas; me fijé antes, cuando fui al baño.

Sin embargo, también tiene un ojo puesto en todo lo que se mueve a nuestro alrededor.

V sigue ahí, a mi lado, con la vista fija en el paisaje.

El perfil de su rostro está recortado por la luz que entra por la ventana. Y yo no puedo dejar de mirarla.

—¿No te cansas de estar siempre alerta? —inquiero en voz baja.

Gira la vista hacia mí.

—¿Tú sí?

—No.

Silencio otra vez. Un silencio distinto. Hay algo suspendido entre nosotros, como electricidad contenida o algo así.

V baja la mirada un momento. Luego se apoya contra el respaldo y cruza las piernas. Esa forma que tiene de moverse sin esfuerzo, como si tuviera el control del vagón entero sin levantar un dedo, me desconcierta tanto como me atrae.

—Hay veces —dice de pronto— que me gustaría poder olvidar todo. Una noche. Solo una. Dejar de calcular. De pensar quién me puede traicionar. Quién me puede matar. Solo… dejarme ir.

—¿Y qué te lo impide?

Me mira como si no esperara esa pregunta.

—Yo misma —responde al fin.

Saco el paquete de chicles del bolsillo y le ofrezco uno. Lo acepta. Nuestros dedos se rozan un segundo de más.

—No es mucho —digo—. Pero si algún día decides hacerlo, dejarte ir…, podrías empezar por aquí. Por este vagón. Por esta noche.

Me sostiene la mirada. No sonríe. Hay un leve temblor en la comisura de sus labios. Y algo en sus ojos, algo nuevo, una fisura diminuta en esa fachada que siempre mantiene impecable.

—¿Eso crees?

—Lo creo.

Apoya un codo en el reposabrazos que nos separa y se inclina un poco hacia mí. Ahora estamos demasiado cerca. Puedo oler su perfume. Notar el calor que emana de su cuerpo. Casi juraría que podría contarle el pulso en el cuello.

—No me gustas por lo que haces —susurra—. Me gustas a pesar de ello.

Sus palabras me golpean sin aviso, porque son verdad. Porque yo siento exactamente lo mismo.

—Ídem —murmuro cerca de esos labios pecaminosos.

No nos besamos. No aún. Pero el espacio que queda entre nosotros está lleno de todo lo que no decimos, y sí deseamos.

Y eso lo hace incluso más peligroso.

V

Salimos de la estación de tren con las maletas ligeras. La tensión pesa en el ambiente como una losa invisible. No la clase de tensión que te mantiene alerta a todo lo que te rodea, que también, sino una más excitante. Más picante.

Gerard se encarga de todo, como siempre. Ha alquilado un coche discreto, negro y sin distintivos, que nos espera justo en la salida.

—Yo conduzco —dice con voz grave, abriendo la puerta del copiloto para Billy—. Vosotras, atrás.

Me deslizo en el asiento trasero junto a Jordan, que apenas habla, siempre alerta. Billy sube al lado del conductor y me mira por el espejo retrovisor.

Sus ojos reflejan lo mismo que los míos: deseo contenido a raudales.

Arrancamos y nos adentramos en el caos ordenado de Nueva York. Las luces, las bocinas, los peatones cruzando a toda prisa..., todo parece irrelevante. Estoy aquí, en esta ciudad, y no me lo creo. Hacía tanto que no salía sola de Chicago…

Billy vuelve a lanzar una mirada rápida hacia mí.

—¿Todo bien? —se interesa en voz baja.

Asiento. No hace falta decir más.

Respiro hondo y cierro los ojos un instante. «No es un viaje de negocios», me repito. No es otra jugada en este tablero de sombras y venganza. Es un respiro. Una pausa que necesito para recargar las pilas, para volver más fuerte, más despierta, más dispuesta a todo.

Me obligo a sentirlo, a aceptar que no todo es estrategia y planes oscuros. Que puedo permitirme un momento para mí. No para olvidar, porque eso no es posible, sino para recomponerme.

Jordan me lanza una mirada, como si me leyera la mente, y me aprieta el brazo con un gesto de apoyo silencioso.

—Volverás diferente —susurro para mí misma.

La verdad es que lo necesito. Necesito volver a Chicago siendo la mujer que no solo planea la venganza, sino la que la ejecuta con toda la fuerza que tiene.

Miro por la ventana del coche y dejo que las luces de la ciudad me envuelvan.

Un buen rato después, el coche se detiene frente al hotel, un edificio discreto pero elegante, con ese aire neoyorquino de lujo sin ostentación. Gerard apaga el motor, se gira hacia atrás y dice:

—Llegamos.

Billy abre la puerta de su lado sin decir nada. Jordan ya está bajando también, inspeccionando la entrada con el ojo entrenado de quien nunca se relaja del todo. Ella no se permitirá respirar hasta que hayamos cruzado esa puerta.

Me bajo la última. El aire de la ciudad me golpea como una promesa. Nueva York es vibrante. Y necesito esto. Me recoloco la chaqueta y camino con paso firme hacia la entrada.

El vestíbulo nos recibe con una luz suave y una música instrumental que no molesta. Hay un par de recepcionistas tras el mostrador y ningún huésped a la vista. Perfecto. Sin testigos, sin miradas curiosas. Me acerco con naturalidad.

—Reserva a nombre de Dumas —digo, y el recepcionista asiente enseguida, tecleando con rapidez.

Billy se coloca a mi lado, sin decir nada. Puedo sentirlo. Está ahí. Es extraño cómo su presencia se ha vuelto una constante. Un punto fijo entre tanto caos.

Jordan, impasible, lo observa todo como si una amenaza camuflada nos esperara en cualquier rincón.

—Dos habitaciones dobles, como pidió, señora Dumas —dice el recepcionista. Sonríe, profesional.

Yo también.

—Gracias.

—¿Dumas? —cuestiona Billy.

Encojo los hombros sin responder.

Minutos después, subimos al ascensor en silencio. Cuarto piso. Gerard y Billy comparten una habitación; Jordan y yo, la otra.

Cuando entramos a nuestra habitación, dejo caer la maleta junto al armario y me quito los zapatos de tacón. Camino descalza hasta la ventana. Desde aquí se ve parte del Hudson y el reflejo de las luces sobre el agua.

Me abrazo a mí misma.

—Unos días —me digo—. Solo unos días para recordar quién soy de verdad…, y volver a Chicago con hambre de sangre.

No es Jordan la que ha entrado detrás de mí en la habitación, sino Billy. No me asusta ver su reflejo en el cristal de la ventana, al contrario, algo cálido y delicioso me recorre el cuerpo de pies a cabeza.

No dice nada. Solo se queda ahí, apoyado en el marco de la puerta, observándome en silencio. Su mirada es intensa. Como si pudiera ver más de lo que muestro.

—Bonita vista, ¿no? —murmura al fin, sin moverse.

—Sí —respondo sin girarme del todo—. Parece mentira que haya tanta calma desde aquí arriba.

—La ciudad engaña. Como tú.

Me vuelvo hacia él, enarcando una ceja.

—¿Eso es un cumplido?

Sonríe. Una curva breve en la comisura de los labios. Se acerca un paso más, con ese andar relajado, casi felino, que a veces me crispa. Otras, me desarma.

—Es un recordatorio —susurra—. Para mí. Para no olvidarme de con quién estoy.

—Buena idea.

El silencio se instala entre nosotros un instante. Ni incómodo ni cómodo.

Me cruzo de brazos, no por defensa, sino por contener algo que empieza a movérseme dentro del pecho.

—Deberías descansar —hablo por fin, caminando hacia la puerta.

No responde. Me sigue con la mirada hasta que estoy frente al pomo. Abro y me detengo un segundo, sin volverme.

—Billy.

—¿Sí?

—Gracias por venir.

—No podía quedarme en Chicago como si nada. Y, además… —Hace una pausa—. Me daba curiosidad verte fuera de tu entorno habitual.

Sonrío. No me giro, pero sé que lo nota. Es ese tipo de sonrisa que se siente más en la voz que en la cara.

—Buenas noches —pronuncia, justo antes de cruzar la puerta.

—Buenas noches, Billy.

Y entonces cierro. Mi corazón latiendo a mucha velocidad.

No es solo deseo, también hay algo más: el presentimiento de que esta ciudad, este viaje y él…, están a punto de cambiarlo todo.