Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 21
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V

Las indicaciones de Gül me llegan un par de horas después en forma de sobre dorado. Intrigante. Precioso. Sé que es de ella porque reconozco su letra y lo han dejado en el piso franco, donde Jordan lo encontró.

Lo abro con cuidado.

El mensaje es claro:

«Prepárate. Nueva York. Club Lust. Discreción total. Máscara y seudónimo de Disney».

Evidentemente, no viene firmado.

Tamborileo con las uñas en el papel. He oído hablar del Lust. Un club sexual muy selecto. Nunca he estado en él, claro. Las circunstancias de mi vida no me lo permitieron jamás. Sé que es elegante y que gente de la alta sociedad se pasea por sus salones como pez en el agua.

«Interesante».

Quemo el papel con el encendedor que siempre tengo cerca, pero no me deshago del sobre; me gusta. A continuación, busco el teléfono y escribo una respuesta rápida:

Yo: «Entendido. ¿Nombre?».

Tarda unos segundos en llegar una respuesta:

G : «Elige uno. Nada de princesas. Sé creativa».

Miro al frente, perdida en el reflejo de la ventana. En mi interior se desata una corriente de adrenalina. Siento tanta curiosidad por ese club… Me obligo a concentrarme.

«Así que un seudónimo de Disney, ¿eh?».

Qué ironía.

Cierro los ojos.

Nada de princesas.

Sonrío de medio lado y vuelvo a teclear con rapidez:

Yo : «Cruella».

Es una mujer temida, lista, que no finge bondad. Que hace lo que tiene que hacer para ganar. Me viene como un guante.

No hay respuesta. No la necesito. Sé que Gül ya lo está gestionando todo.

Y yo… yo me voy a Nueva York a ver a una amiga a la que siento la necesidad de abrazar.

La caída de esas dos ratas cada vez está más cerca y, ahora que tengo la oportunidad de alejarme de Chicago unos días, no pienso rechazar la invitación a la ciudad que nunca duerme.

Trabajo. Y un par de días de desconexión. Solo un par de días.

Me siento en la alfombra de mi salón privado con las piernas cruzadas. Hay demasiado movimiento en el apartamento, y no quiero abandonar las cuatro paredes que sé que me protegen.

Le doy vueltas al encendedor entre los dedos, pensativa. Repasando el mensaje de Gül una y otra vez.

«Club Lust. Nueva York. Máscara. Seudónimo Disney. Cruella. Claro que sí».

Se me ocurre algo, pero solo de pensar en llevarlo a cabo…

Trago saliva y me levanto.

Miro el teléfono. A estas horas Billy debería estar en su despacho, en la comisaría. A no ser que el caso del Pastor lo mantenga en la escena del crimen.

Dudo al abrir el chat de mensajería.

Y dudo al escribir:

Yo : «¿Puedes hablar?».

Contesta al instante.

B : «Contigo, siempre».

Contengo la respiración cuando el corazón se me acelera.

Le llamo. Hay un breve silencio antes de que conteste.

—Dime.

—Necesito que vengas conmigo a Nueva York.

—¿Cuándo?

—Mañana por la noche.

—¿Qué pasa?

—Gül. Necesito verla. Me ha citado en un club.

—¿Qué clase de club? —pregunta, aunque ya noto cómo se tensa al otro lado.

—El Lust. ¿Te suena?

Silencio. Un leve suspiro.

—Me suena. ¿Y quieres que entre contigo?

—Sí. No quiero ir sola. Es un sitio exclusivo. Selecto. Discreto. No es peligroso, pero sí... peculiar.

—¿Peculiar en qué sentido?

—Club sexual. Privado. Muy privado. Nada de orgías en la entrada, tranquilo —le digo, dejando escapar una sonrisa, aunque no me la crea del todo ni yo misma.

—Joder, V... —resopla, pero no suena incómodo. Más bien curioso. Intrigado, como alguien que no sabe muy bien dónde va a meterse.

Igual que yo.

—Iremos con máscaras. Cada uno con un seudónimo. El mío ya lo tengo: Cruella.

—¿Y el mío?

—Elige uno. Nada de príncipes encantadores.

—¿Qué tal Scar?

—Te pega. Pero no te encariñes, esto es trabajo.

—Claro. Trabajo en un club sexual con nombre de villano Disney. Suena como un jueves normal, ¿no?

Me río. No puedo evitarlo. Suelto una buena carcajada. Una que me sorprende. Hacía demasiado tiempo que no me reía así. Acabo de darme cuenta de que lo echaba de menos. Reírme, sí. Y el sonido me gusta. Y el que lo provoca también.

—¿Hay algo más que deba saber?

Su voz rasposa y sexi me saca de mis pensamientos.

Me aclaro la garganta antes de decir:

—Sí. Puede que Gül me dé información importante de los hombres que Langdon dejó merodeando por aquí.

—Entendido.

—Billy...

—¿Sí?

—Gracias.

—Todavía no estamos dentro.

—Ya, pero tú sí.

Me muerdo la lengua y no le digo que es en mi cabeza donde ha cruzado las puertas a lo grande.

Cuelgo y, por primera vez en semanas, siento algo parecido a alivio, aunque sea pasajero.

Me permito unos pocos minutos para asimilar lo del viaje, y me pongo manos a la obra.

Jordan viene detrás de mí en cuanto salgo del salón y enfilo el pasillo hasta mi dormitorio.

Enarca las cejas al verme coger la maleta de mano y abrirla encima de la cama.

—¿Nos vamos de viaje? —cuestiona, confusa.

—Sí. A Nueva York.

—¿Nueva York? —Guarda su pistola en la funda de la cintura—. Me suena a trampa, jefa.

—No es una trampa. Es una invitación. Más bien... una cita encubierta.

—¿Gül?

Asiento.

—Ahora que él está fuera, es mi oportunidad para verla en persona.

Me siento en el borde del escritorio mientras doblo con calma la ropa que voy a llevar. No mucha. Lo justo. Lo selecto.

—Club Lust. ¿Te suena? —continúo.

—Sí. Y no me gusta.

—Tampoco me gusta a mí. Pero si ella ha elegido ese sitio, sus razones tendrá. ¿No te parece?

Observa la pequeña maleta abierta sobre la cama. No dice nada durante un rato. Después, se cruza de brazos.

—¿Vas a entrar? ¿Tú? ¿Personalmente?

—Sí.

—¿Sola?

—No. Billy viene conmigo.

Su silencio se carga de todo lo que no dice. La conozco demasiado bien. La incomoda, pero se fía. O al menos, eso quiero creer.

—Y yo también voy, ¿verdad?

—Por supuesto. Necesito que estés fuera, pendiente de todo. De posibles movimientos. De cualquier rostro que no cuadre.

—¿Y si pasa algo dentro?

—No va a pasar. Es un club exclusivo. Máscaras. Nombres falsos. Puro teatro. Pero si pasa algo..., quiero saber que estás al otro lado de la puerta.

—Allí estaré —responde sin dudar. Y entonces me mira—. ¿Qué se supone que buscas ahí?

—Nada en concreto. Solo una salida de la ciudad, ahora que puedo. Despejar la mente. Desconectar. Y regresar con las pilas cargadas.

—¿Estás segura de que esto es buena idea?

—No. Pero lo necesito.

Se acerca, cierra la cremallera de la maleta y la deja en el suelo.

—Entonces nos vamos a Nueva York.

Billy

«¿Nueva York?».

Cierro el móvil y me quedo un momento mirando al vacío, como si alguien fuera a explicarme qué cojones acaba de pasar. Me lo ha dicho así, sin más. Que coja lo justo. Que nos vamos. Que es importante para ella.

No ha dicho «por favor». No lo necesita.

Me paso una mano por la cara y abro el cajón del escritorio. El teléfono fijo suena al fondo de la comisaría, lejano, como si viniera de otro mundo.

«Nueva York».

Respiro hondo. Estoy jugando con fuego. Un fuego demasiado caliente. Entre Caruso, mi placa, y ahora esto...

—¿Billy?

Levanto la vista. Es Smith, mi superior. El tipo con cara de bulldog que no se pierde una.

—¿Todo bien?

—Sí, sí. Solo... asuntos personales.

Se me queda mirando, y yo no parpadeo. He aprendido que cuando mientes, lo peor que puedes hacer es parecer nervioso. Así que aguanto. Tranquilo. Como si no estuviera a punto de volar a Nueva York con la mujer más peligrosa que he conocido.

«Y la más hermosa».

Sí, eso también.

Entrecierra los ojos, acercándose con sigilo.

—Vas a decirme que vas a faltar otra vez, ¿me equivoco?

—Un par de días, nada más. Tengo... una cita médica. Podría enseñarte el justificante, si hace falta.

No tengo ninguno, por supuesto. Pero lo digo con tal calma que casi me creo mi propia historia. Él me observa un poco más y, luego, resopla.

—Estás metido en algo, Callaham. Puedo olerlo.

—Pues deberías cambiar de desodorante. Ese ya no te sirve —le suelto con una sonrisa ladeada.

Me lanza una mirada que me mataría si pudiera, pero al final hace lo que espero: se rinde. Niega con la cabeza y se va sin decir más. Como si se le escapara una presa y no pudiera hacer nada para evitarlo.

En cuanto desaparece, saco el móvil y escribo:

Yo : «Permiso concedido. ¿Hora y sitio?».

No tarda en contestar:

V : «Salimos a las 20:00. Lleva traje».

Me froto las sienes. Definitivamente estoy loco.

Y me gusta.

Me quedo sentado un rato más, solo en el despacho, mirando la pantalla del ordenador sin verla.

«Un nombre de Disney».

¿En qué demonios me estoy metiendo?

He mentido. Otra vez. Y lo peor es que ya ni me remuerde la conciencia. Antes me dolía el estómago cada vez que me inventaba una excusa. Ahora se me da tan bien como respirar.

Nueva York.

Con ella.

Me recuesto en la silla y dejo que la cabeza me dé vueltas. No sé qué busca allí. No me ha contado gran cosa, solo que es importante. Y que me necesita. Eso último me lo ha dicho sin decirlo. Y joder, cómo pesa eso. Que alguien como V diga que te necesita es... inaudito.

Intento recordar la última vez que alguien me pidió algo sin tener una pistola en la mano o un interés detrás. No lo consigo.

Ella es distinta. Fría, lista, peligrosa..., pero cuando me mira, cuando baja la voz, hay algo en sus ojos que me desarma. Como si también estuviera hecha de ruinas por dentro. Como si reconociera las mías.

Saco del cajón el cuaderno donde dibujo.

Paso las hojas rápido, hasta encontrar una página en blanco.

No pienso. Solo dejo que el lápiz fluya.

Trazo la silueta de una máscara. Luego una mano femenina sujetándola.

No hace falta mucho más. Ya está ahí: ella, V, con los secretos colgándole de los dedos como si fueran joyas robadas.

Me obligo a cerrar el cuaderno y, en lugar de volver a meterlo en el cajón, lo guardo en el bolsillo interior de la chaqueta. Me está afectando. Esa mujer me está afectando. Y lo peor de todo es que no quiero que deje de hacerlo, maldita sea.

Estoy perdido. Y lo sé.

Pero si voy a caer, al menos que sea con ella.