20
V
El frío que hace esta noche se te mete por debajo de la ropa y cala hasta los huesos. Corta. No obstante, a mí ya no me afecta nada. No después de haberlo visto a él. A Langdon. Mi padre.
«Escoria humana».
Estoy de pie junto a Jordan, observando el carguero que llega con retraso.
Es solo un señuelo, una entrega menor, pero útil.
Me permite mantener el teatro, cumplir con la agenda y que la organización vaya cogiendo forma.
Hay un lugar a las afueras de la ciudad en el que viven los niños y niñas que rescatamos del tráfico de menores.
Niños sin padres ni tutores legales. Niños que no tienen a dónde ir ni nadie que los cuide.
La organización lo hace. Se me parte el alma solo de pensar en haberlos dejado abandonados.
Mientras tanto, la verdadera obra ya ha comenzado.
—¿Y Billy? —pregunta Jordan, sin dejar de escanear el muelle con la mirada. Siempre en guardia. Siempre a mi lado.
—Se ha ganado su sitio. Lo invitaron a la cena. Y lo ha hecho bien —respondo, sin mirar.
No dice nada. Asiente, lo justo. Ella confía, aunque no del todo. Y eso también está bien.
—Mañana Ray se va —añado, y entonces me vuelvo para mirarla—. Lo de las armas que te comenté la noche de la cena. Ya sabes, dice que no se fía de nadie.
—¿Y tú?
—Me fío de mi gente. Pero me conviene que lo haga. Que se aleje unos días. A mí y a la organización. Nos da más margen para maniobrar. ¿Entiendes?
—Sí, sé a qué te refieres.
Es ahora cuando voy a empezar a mover las piezas con decisión. La información que me interesa tiene que llegar a las manos de Granger. Navarro está fuera de juego. Y con él en la frontera, podré obrar con más libertad.
—Quiero a Gül atenta al movimiento de los colombianos. Que escuche, que observe, que haga lo que sea necesario.
—¿Crees que Langdon se ha ido de verdad?
—Claro. Esa rata asquerosa es un cobarde que trabaja en la sombra.
Seguro que ya está al otro lado del charco.
Pero habrá dejado a alguno de sus hombres por aquí para que lo controle todo en su lugar.
Alguien de su más absoluta confianza. Por eso necesito hablar con Gül y que ella averigüe quién es ese «alguien».
Empiezo a tensarme cuando veo a mis chicos acercarse al carguero y mantener una conversación con personal de la tripulación. La señal de que todo está perfecto me llega cinco minutos después. Y suelto el aire contenido en los pulmones, relajándome.
Miro hacia la oscuridad más allá del muelle. Hay tanto que no se ve… Aun así, yo lo intuyo todo. Años de esperar. De callar. De soportar. Todo llega. Todo tiene un punto de retorno.
—Necesito a alguien dentro durante la operación cuando vuelvan de la frontera. Alguien que no se haga notar.
Asiente de nuevo. Esta vez con intención. La cabeza trabajando a toda velocidad.
—Cuando él regrese —digo, refiriéndome a Caruso—, ya nada será igual.
Espero una segunda señal para retirarme y volver al refugio seguro que es mi apartamento. Siempre con Jordan a mi lado. Sin perderme de vista a mí ni a todo lo que nos rodea.
Una vez en casa, me doy un baño largo y relajante. Me tomo una copa de vino. Dos. Tres. Y me acuesto medio adormilada.
El sonido del teléfono interrumpe la primera de las pesadillas.
—¿Sí?
—Soy yo —dice la voz de Billy, tensa pero serena—. Acaban de encontrar el cuerpo del Pastor.
Silencio. Solo el zumbido lejano de la ciudad ahí fuera.
—¿Dónde?
—En un callejón de Back of the Yards. Atado. Dos disparos en la nuca. Limpio. Quien lo hizo sabía lo que hacía.
—¿Ha trascendido a los medios?
—Aún no. Uno de los míos me avisó antes de que llegara la prensa. Sabes que esto no lo hicieron los colombianos, ¿no? Ni los rusos, ya puestos. Esto es interno.
Sé lo que quiere decir.
Me levanto de la cama. Descalza, cruzo la habitación hasta la ventana. Miro hacia la calle, aunque no veo nada.
—¿Crees que fue Caruso? —indago.
—Él o alguien que quiere ganarse puntos con ellos. Lo que está claro es que es un mensaje.
—¿Para ti?
Duda. Luego habla más bajo.
—Para todos. Para cualquiera que esté pensando en hacer lo mismo que el Pastor.
—Entonces van a volverse más peligrosos. Más cautos.
—Sí. Por eso te llamo. Porque si Caruso o Langdon empiezan a sospechar de mí… solo con que uno de ellos lo haga…
—…Estás muerto —termino por él.
Billy no dice nada. Su silencio confirma mis palabras.
Me aterra siquiera pensar en esa posibilidad, aun así…
—Escúchame bien —murmuro, como si alguien más pudiera oírnos—. Esto no cambia nada. El plan sigue en pie. El miedo es el primer paso para cometer errores. Por eso nosotros debemos mantener la calma y esperar a que sean ellos los que la pierdan.
—¿Vas a decirme que tú no tienes miedo?
—Hace mucho tiempo que yo ya estoy muerta.
Otra pausa. Más larga esta vez.
—Billy, no te sientas culpable por la muerte de ese hombre. No olvides que intentó matarte en aquel túnel. Y tú no apretaste el gatillo del arma que le quitó la vida.
—No, pero sí fui la persona que sembró la duda en Caruso.
—Ojo por ojo y diente por diente. De eso va toda esta mierda, Billy. En este mundo, si la haces, la pagas.
—¿Dónde estás ahora? —pregunta, casi sin querer.
—En casa.
—¿Sola?
—Siempre lo estoy.
—Ya no, V.
La llamada termina con un cosquilleo en el pecho que me da calorcito. Un cosquilleo en el que me niego a pensar hasta que todo esto termine.
No vuelvo a acostarme.
Camino por el salón con el teléfono aún en la mano. El cuerpo del Pastor ha aparecido. Dos tiros limpios en la nuca. Un mensaje. No es casualidad. Nunca lo es.
Me asomo al ventanal. Las luces de la ciudad parpadean como si también tuvieran miedo. Pienso en Caruso y en Langdon. En lo fácil que resulta para ellos borrar a alguien del mapa. Como si nunca hubiera existido. Como hicieron conmigo.
Ajusto la bata de seda. El frío se cuela por debajo de la tela, pero no me importa. Me mantiene alerta.
Marco un número. Uno de los míos.
—Despiértales. A todos. Quiero que vigilen los movimientos de los hombres de Caruso esta noche.
—¿Ha pasado algo? —pregunta con voz adormilada.
—Han hecho limpieza —respondo. Y corto.
Voy hasta la estantería. Abro el compartimento oculto.
Saco una carpeta: fotografías, nombres, fechas.
Información que llevo tiempo recopilando.
Gente que estuvo con el Pastor. Gente que podría estar en la lista de los siguientes.
No los protegeré, pero los observaré. Algunos hablarán.
Otros correrán. De una manera u otra, todos me serán útiles.
Abro otra carpeta: la de Elliot Granger, el fiscal, el que metió a Navarro entre rejas.
Me pregunto cuánto tardará en darse cuenta de que la madriguera es más honda de lo que pensaba.
De que esto no va solo de droga ni de sobornos.
Va de poder. De generaciones que se pasan el crimen de mano en mano como si fuera una herencia.
Y yo, la hija maldita. La que devolvieron como mercancía en mal estado.
Lanzo el móvil sobre el sofá. Respiro hondo.
La muerte del Pastor acelera el plan. Pone a todos en guardia. Pero también los expone. La paranoia es enemiga de los que tienen demasiado que perder.
Y yo ya lo perdí todo.
Así que no tengo miedo.
Tengo una guerra que ganar.
Una venganza que cumplir.
El silencio me ayuda a pensar.
Rebusco en uno de los cajones y saco uno de los teléfonos desechables. Marco el número que Lucía Herrera me facilitó no hace mucho, uno de los que no aparece en ningún registro ni listín telefónico.
—¿Granger? ¿Elliot Granger? —pregunto cuando responde.
—¿Quién habla?
Su voz suena más despierta de lo que esperaba.
—Alguien que quiere ayudarle.
Silencio. No cuelga. Perfecto.
—¿Sabe quién era el Pastor? —inquiero.
—Lo sé. Y también sé que apareció esta madrugada con dos tiros en la cabeza.
—Un mensaje de Caruso. ¿Ha oído hablar de Richard Langdon?
—Claro que sí. Empresario intocable. Filántropo de portada. Y sospechoso de… nada, oficialmente. Afincado en Colombia.
—Langdon y Caruso están detrás de todo esto: el Pastor, Navarro, la droga que está por llegar… Es un viejo zorro que aprendió de los mejores y los superó.
Guarda silencio otra vez. No lo culpo. Está en mitad del barro y ni siquiera ha visto todavía lo profundo que es el charco.
—¿Por qué me está diciendo esto?
—Porque usted ha movido la primera ficha para que Langdon y Caruso caigan. Lo ha hecho con mi ayuda, claro. Y seguiré haciéndole llegar información hasta que la partida termine.
—¿Qué quiere de mí?
—Que escuche. Que siga el rastro. Que entienda que esto es más grande de lo que parece. Y que, cuando llegue el momento, no me estorbe y se aparte de mi camino.
—¿Y cómo sabré cuándo es ese momento?
—Yo se lo diré.
Cuelgo antes de que pregunte más. No es tiempo de respuestas. Es tiempo de sembrar dudas.
La guerra se libra en la oscuridad. Pero necesito luz en el momento justo. Granger puede ser eso. Un foco. Un fiscal que no ha sido comprado. Aún.
Levanto la vista al ventanal de la habitación, viendo cómo el cielo va cambiando de color, y un sol tímido se deja ver en el horizonte. Las luces de la ciudad parpadean como si el amanecer respirara.
Cojo el teléfono y marco a Gül.
Contesta al primer tono.
—¿Te pillo mal?
—No, estoy sola. ¿Qué pasa?
—El Diablo se va. Viaje de negocios. Esta vez quiere ir en persona a revisar lo de las armas. Lo de la emboscada le dejó más paranoico que de costumbre.
—¿Cuánto tiempo estará fuera?
—Por lo menos una semana.
—¿Qué necesitas?
—Verte. En persona.
—Hecho. Espera las indicaciones.
—Gracias por todo, Gül.
—No, Violet, gracias a ti por esta lucha que has empezado. Por ser un ejemplo para todas nosotras. Tú nos das la fuerza necesaria para emprender nuestra propia cruzada. Eres el espejo en el que todas nos queremos mirar. Y siempre nos tendrás de tu parte.
No impido que las lágrimas me resbalen por las mejillas.
Ojalá no fuera el ejemplo de nada ni de nadie.
Y ojalá ellas no tuvieran una cruzada que emprender.