Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 19
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BILLY

El retrovisor me devuelve una imagen que no reconozco del todo.

Ojeras más profundas, mandíbula apretada.

Llevo días sin dormir bien, sin poder sacarme de la cabeza la mirada de V al hablar de su padre.

Ese tipo…, ese cabrón…, le hizo cosas que ni siquiera ha contado aún, y lo peor es que lo tengo fresco en la memoria, como si hubiera estado cenando con él anoche.

Me detengo a unas manzanas del elegante edificio donde vive Caruso. Pienso en la cena de esta noche. Estarán todos. Dante. Caruso. Y su esposa.

La idea me corroe las entrañas. Me gustaría decirle que no vaya, que se mantenga lejos. Pero no puedo. Eso sería demasiado atrevido por mi parte. Demasiado arriesgado.

Sigo conduciendo como si nada. Como si mi vida no fuera un caos y mi único objetivo en ella fuera detener a los delincuentes que llenan las calles de esta ciudad. Empezando por mí.

Aparco frente a la comisaría. Tengo que cubrirme las espaldas, fingir que todo sigue su curso. Pero por dentro, cada día que pasa, me hundo más en este juego donde nadie dice lo que siente y todos esperan el momento de apretar el gatillo.

Lanzo una última mirada al móvil antes de salir del coche.

La cena de esta noche será una prueba más.

Y pienso superarla.

El día transcurre tranquilo, y dedico parte de él a ponerme al día con los informes de casos atrasados.

Casos cerrados. Casos olvidados. Casos aún abiertos.

Me tomo un par de cafés en la sala de descanso y tanteo al personal, por si hubiera alguna novedad de la que todavía no me he enterado.

Hablan de un compañero que se casa, de un altercado en la fiscalía y de la suspensión temporal de uno de los de narcóticos. Ese podría ser yo en cualquier momento.

Como una ensalada en el restaurante de la esquina. Solo. Pensativo. Poniéndome algo nervioso por la cena de esta noche, no voy a mentir. Saber que voy a estar sentado con todos esos energúmenos me llena la boca de bilis.

Regreso al despacho y aguanto un par de horas más. Luego, me voy a casa y me preparo para el espectáculo.

La casa de Caruso no es un hogar. Es un escenario. Fachada blanca impecable, columnas que parecen sacadas de una película de romanos y una piscina en el ático que deja a cualquiera que la vea con la boca abierta. Por no hablar del servicio de seguridad.

«Ni que esto fuera el Capitolio».

Me recibe uno de los porteros. Lo reconozco de otras veces: ojos fríos, mandíbula apretada y ese gesto que nunca sabes si es una sonrisa o un aviso.

—Bienvenido, detective. El señor Caruso le espera en la terraza.

—Gracias.

Cruzo el vestíbulo. Luces suaves, mármol, una obra de arte absurda colgada en una pared. El aire está impregnado por la esencia del vino caro y de algo más que no logro identificar.

Los primeros en saludarme son dos matones de siempre, los del club en el South Side. Luego, Caruso aparece con una copa de coñac en la mano.

—Billy —dice con esa voz que mezcla afecto con amenaza—. Justo a tiempo.

—No me perdería una cena como esta por nada del mundo —miento.

Ríe. Me da una palmada en el hombro y me empuja con suavidad hacia el comedor.

—Estás entre amigos. Relájate.

«Sí, claro. Cómo no».

En la mesa hay una docena de personas. Dante incluido. Al que le gustaría verme flotando en el río. Imperturbable, con ese aire de grandeza, la camisa sin una arruga y los ojos negros como un pozo sin fondo.

Entonces, aparece ella.

La mujer que me ha rozado en pasillos oscuros, que me ha mirado como si supiera cosas que nadie más puede saber.

Contengo el aliento.

Lleva un vestido negro, sin adornos, sin esfuerzo. El cabello recogido en un moño que deja el cuello al descubierto. Camina despacio, con los tacones marcando el ritmo como un metrónomo de guerra.

—Agente Callaham —saluda. Su voz es baja, controlada, pero hay algo en su mirada. Algo que me remueve por dentro.

—Señora Caruso —respondo.

Nos rozamos al saludarnos. Un gesto sutil, casi casual. No obstante, lo noto. Ese contacto. Como si el mundo se hubiera parado un segundo.

Nos sentamos. Caruso a la cabecera. Ella a su derecha. Yo, justo enfrente.

Brindamos. Por el futuro. Por el negocio que viene. Por la lealtad.

Y yo finjo. Sonrío. Hablo. Y mientras todos beben y ríen, yo no aparto los ojos de ella.

Y ella tampoco los aparta de mí.

Tengo el pulso acelerado desde que la vi.

La noche avanza. Las copas se llenan con una generosidad medida y los brindis se suceden como si todos creyésemos realmente en lo que dicen: que la familia es lo primero, que la lealtad es sagrada, que los traidores siempre caen.

Sin embargo, a mí me cuesta seguirles el ritmo. No por el alcohol, que no bebo, sino por ella.

Parece la mujer más sumisa del mundo. La más afectuosa.

Y cada vez que le sonríe a su marido, me entran ganas de vomitar.

En algún momento, la cena se disuelve en pequeños grupos. Cigarros en la terraza, risas junto al piano. Caruso ha sido absorbido por Dante y dos de sus hombres. Discuten algo en voz baja.

Me retiro a una esquina del salón, copa en mano, intentando parecer cómodo.

Sobra decir que no lo estoy. Para nada.

Y entonces, como si el destino tuviera sentido del humor, ella se acerca.

—¿Te está gustando la velada? —pregunta, deteniéndose a mi lado.

—Es... interesante.

—¿Eso es bueno o malo?

—Depende del ángulo. —La miro de reojo—. Desde aquí, parece una película.

Se le curvan los labios en una sonrisa preciosa.

—Y tú, ¿eres el protagonista o solo uno más de los figurantes?

Suspiro.

—A estas alturas, ya ni lo sé.

Nos quedamos en silencio un momento. Su perfume es suave, inquietante. Hay algo en su manera de estar que no encaja con el papel de esposa sumisa. Nunca encajó. Y nunca encajará.

Caruso es posesivo y celoso, por no mencionar todo lo demás. Por eso tanteo:

—¿No te preocupa que tu esposo te vea aquí conmigo?

Bebe de la copa que lleva en la mano.

—Ray Caruso solo ve lo que quiere ver.

Lo dice de una forma fría, controlada.

—¿Y tú? —indago, acercándome un poco más—. ¿Qué ves tú?

—Veo a un hombre que finge que no tiene miedo.

—¿Tú no finges?

Clava la mirada en la mía. No es coqueta. Es feroz.

—Yo aprendí a no tener miedo, agente.

La copa me tiembla ligeramente en la mano. La apoyo en el carísimo mueble que tengo al lado.

—Si esto fuera otra vida… —empiezo a decir, sin pensar demasiado.

—Pero no lo es —responde enseguida, interrumpiéndome. Se acerca un poco más. Sus labios, a pocos centímetros de mi oído—. En esta vida, nadie es quien parece ser, Billy.

Y se aleja. Como si no hubiera pasado nada. Como si un huracán no acabara de arrasarme el pecho.

Me quedo ahí. Quieto. Con el corazón enredado en una mentira que empieza a ser demasiado real.

Los minutos van pasando. Me muevo, deambulando entre esta gente que me cree uno de ellos. Escucho. Presto atención.

La cena ya no parece una fiesta. Los platos han sido retirados, las botellas abiertas están medio vacías, y las risas forzadas de antes han dado paso a una especie de tensión muda. Solo quedamos los hombres.

Ella hace tiempo que ha desaparecido, como si nunca hubiera estado en este comedor.

Nos hemos reunido en otro salón, sin protocolo. Algunos sentados, otros en pie, copa en mano, mientras El Diablo se pasea como un general antes del Apocalipsis.

—Me voy de viaje —anuncia de pronto.

Las miradas se giran hacia él. La mía incluida.

—¿Dónde? —pregunta uno de los suyos.

—Frontera. El cargamento va a cruzarla dentro de una semana. Armas. Pesadas. Si alguien vuelve a jodernos como lo de la última vez, no quedará nadie vivo para contarlo.

Dante asiente con una mueca que no llega a sonrisa.

—¿Necesitas refuerzos? —ofrezco, como quien no quiere la cosa.

Me mira. Con ese gesto suyo que mezcla desprecio y evaluación.

—No. Esta vez voy solo. Bueno, con un par de hombres de mi absoluta confianza.

No soy uno de ellos. Eso está claro.

—¿Y aquí? —interviene Dante—. ¿Qué quieres que hagamos?

Caruso se sirve otra copa, sin perder la compostura.

—Tú y tus chicos mantendréis todo como está. Quiero silencio. Ningún movimiento brusco. Que parezca que nos estamos preparando para algo grande, pero sin que sea muy evidente.

—¿Y si alguien hace ruido? —pregunto.

Sonríe, ladino.

—Entonces lo apagáis. Rápido.

Levanta la copa. Todos le imitamos. El cristal choca, seco, en el aire.

—Por la familia —dice.

—Por la familia —repetimos.

Miro hacia el pasillo. Hacia la puerta por donde desapareció ella. Aunque no esté, sigo notando su presencia.

Y me aterra que eso empiece a ser un problema.

Aguanto un rato más y me despido.

Uno de los suyos me acompaña a la puerta.

Respiro aliviado cuando esta se cierra detrás de mí.

Conduzco sin prisa. No porque quiera, sino porque lo necesito. Las palabras de Caruso me retumban todavía en las sienes, como el eco de un disparo mal encajado.

«Me voy de viaje. Esta vez voy solo».

Una parte de mí lo celebra. La otra no se fía. Ese hijo de puta no se aleja del tablero sin mover sus fichas primero.

El retrovisor me devuelve la imagen de mi cara bajo la farola de un semáforo. Y de algo más en la parte de atrás.

El susto que me llevo casi me deja en el sitio.

—¿Qué cojones…? ¿Te has vuelto loca o qué coño te pasa?

V sonríe.

—El semáforo se ha puesto en verde. Conduce.

Gruño:

—¿Cómo se te ocurre meterte así en el coche? Casi me da un puto infarto, joder.

Se ríe.

—No tiene gracia, maldita sea.

Aparco dos calles más abajo, asegurándome de que no nos hayan seguido.

—Desembucha —ordena sin moverse del sitio.

—Se va de viaje —empiezo—. Dentro de una semana. Cruzará la frontera con un par de hombres. Armas. De las gordas. Como la otra vez.

—¿Dónde exactamente?

—No lo ha dicho. Pero lo sabremos. Dante se queda al frente.

Asiente, pensativa.

Un coche con las luces apagadas se aproxima.

Me pongo tenso.

—Tranquilo, solo es Gerard.

Antes de bajarse del coche nuestras miradas se cruzan en el espejo retrovisor. Intensas. Expectantes.

—Buen trabajo, Billy.

Tres segundos después, el coche pasa de largo con ella en el interior.

Me llevo la mano al pecho.

«La madre que la parió».