18
V
La pantalla del móvil se ilumina con un zumbido corto.
Estoy sentada en el sofá del salón, las piernas cruzadas, una copa de vino olvidada entre las manos.
Jordan, a mi lado, revisa unos planos del hangar con el ceño fruncido.
Todo parece en calma, demasiado en calma. No es así como me siento por dentro.
Hace unos cuarenta minutos que hemos llegado del puerto. Estuve lo bastante cerca como para ver al hombre que me cambió por cocaína cuando era una adolescente salir del lujoso coche. No tengo ni idea de cómo fue con exactitud la reunión. Pero mis hombres me han dicho que no hubo nada raro.
—¿Es Billy? —pregunta sin apartar la vista del papel.
Afirmo con la cabeza.
El mensaje es breve:
B : «Ya hemos terminado. Y tenemos que hablar».
—¿Qué quiere?
—Quiere verme —pronuncio, más para mí que para ella.
Deja los planos sobre la mesa con un suspiro.
—¿Cómo crees que ha ido la cosa?
—Si está poniéndose en contacto conmigo tan rápido, es que hay algo importante que contar. Para bien o para mal.
No puedo evitar sentir una punzada en el estómago. Estoy nerviosa. Preocupada. Intrigada.
Le respondo y quedo con él en el lugar de siempre.
—¿Te vas a ver con él ahora? —Jordan se tensa en el sillón y me observa, evaluando cada gesto.
—Sí. Quiero que me lo cuente todo mientras lo tiene fresco en la memoria. Quiero saber cómo estaba Caruso, cómo se comportó Langdon..., si sospechan algo.
—¿Entonces salimos?
—Sí, en diez minutos.
Asiente, cogiendo su teléfono y marcando un número. Da una orden. Concisa. Gerard estará esperándonos abajo cuando sea el momento.
—Voy a dar una vuelta por los pasillos. Es tarde, lo sé, pero no quiero llevarme sorpresas. Supongo que tú tampoco —dice.
—Así es. Haz lo que tengas que hacer.
Me preparo en un santiamén.
Media hora después estamos en el punto de encuentro.
Me coloco bien la gorra y subo el cuello del abrigo antes de salir del coche. Jordan sale conmigo. Gerard se queda dentro, a la espera.
La brisa marina me da en la cara e inspiro hondo. La lluvia se acerca. El muelle parece aún más desierto que de costumbre. Las luces del coche de Billy están apagadas. Solo una silueta recostada en el asiento del conductor, los dedos tamborileando contra el volante.
Me acerco. Abre la puerta sin decir nada, como si el peso de lo que tiene que contar le cayera encima.
—¿Todo bien? —pregunto al entrar. Cierro de golpe y me acomodo.
—Depende de lo que entiendas por «bien» —responde, sin mirar—. Te va a interesar todo lo que hay ahí.
Me tiende un pequeño cuaderno doblado, de esos que suele llevar encima. Reconozco su letra apresurada. Apuntes rápidos, nombres, gestos, frases exactas. El tipo de observación que solo alguien que vive entre lobos podría hacer sin ser devorado.
—Joder, el puto Diablo confía en ti de verdad —digo, hojeándolo.
—Sí. Tanto, que me ha invitado a cenar mañana. En su casa.
Le miro en silencio. Un cosquilleo me recorre la columna vertebral. Ya sabía que llegaría este momento. Pero no esperaba que fuera tan pronto.
—¿Solo tú? —tanteo.
—No. Estarán sus hombres de confianza... y su esposa.
Contengo el aire. Un segundo. Dos.
—¿Qué más? —Quiero saber.
—Langdon es frío, metódico. Se hizo el amable, pero se nota que lo controla todo desde la sombra. No me gusta. Y creo que él no confía tanto en mí como lo hace Caruso. Le dio un maletín con pasta, imagino. Como adelanto. Y aseguró que llegarían más como ese.
—¿Y tú?
—Yo fingí admiración, respeto. Ray sacó tu nombre a relucir. Dijo que yo me estaba encargando de ti. Langdon sabe que existes.
Se me ponen los pelos como escarpias. Aun así, suelto:
—Sí, pero no quién soy. Igual que Caruso. —Guardo el cuaderno en el bolsillo del abrigo—. Buen trabajo, Billy.
Me mira por fin. No con orgullo, ni esperando más aprobaciones. Solo con cansancio. La clase de agotamiento que da llevar demasiadas máscaras al mismo tiempo.
—¿Estás preparada para lo que viene? —cuestiona en voz baja—. Porque esto va a ser jodido, V.
—Estoy más que preparada —contesto sin dudar—. Ahora que están tan cerca..., es cuando más peligrosos son.
—Por eso lo digo.
Suspiro.
—Llevo años esperando algo así. Planeando. Soportando cosas… Estoy ansiosa por dar el zarpazo final, ¿sabes?
Mueve la mano, como si quisiera rozar la mía con ella. No lo hace.
—¿Algún día me contarás por qué todo esto?
—Sí. Lo haré.
—¿Y me hablarás de Hijas del dolor ?
Sonrío.
—Incluso te enseñaré lo que hacemos en la organización.
—¿Aparte de vengaros de personas que os han hecho daño?
—Sí, aparte de eso.
Guardamos silencio. El motor apagado. Solo el ruido lejano de algún barco y el golpeteo suave de la lluvia contra el parabrisas. El interior del coche huele a cuero, y a él. A Billy. Está sentado al volante, pero girado hacia mí, atento. Esperando.
—Le has visto, ¿verdad? A tu padre.
Trago saliva.
—¿Quieres saber cómo me sentí? —pregunto, apartando la mirada.
—Solo si tú quieres contármelo —murmura.
—Como una cría de nuevo —susurro—. Como si todos estos años no hubieran pasado. Como si no hubiera sobrevivido a nada. Como si todavía estuviera esperando a que viniera a buscarme. A decirme que todo fue un error. Que me quiso. Que no me cambió por un cargamento de polvo blanco.
Aprieto las manos. El cuero de los guantes cruje ligeramente.
—Pero no fue así —continúo—. Lo vi salir de ese coche, con su abrigo caro, ese reloj brillante, rodeado de hombres que le deben la vida o el miedo.
Y supe que no se acordaba de mí. No de verdad.
Supe que lo que hizo fue una transacción, no una traición.
Para él fue… logística. Se deshizo de un fardo que no le servía para nada y recibió a cambio otro mucho más grande y valioso.
—V… —dice, bajo.
—No. No quiero que me consueles. Solo quiero que entiendas por qué tiene que caer. No solo por lo que me hizo a mí. Sino por todo lo que representa. Por todas las niñas que podrían terminar como terminé yo. Por todas las V que vendrán si nadie lo detiene.
No dice nada. Pero me mira como si en sus ojos hubiera espacio para mi rabia. Como si pudiera sostenerla por mí sin inmutarse.
—¿Y tú? —espeto, sin saber bien por qué—. ¿Qué sentiste tú al verlo?
Los segundos que tarda en responder se me hacen eternos.
—Ganas de dispararle —lo dice con calma, sin adornos.
Y le creo. En absoluto dudo de su palabra. Y, para mi desgracia, eso me gusta. Tanto como me gusta él.
Bajo la mirada. La lluvia golpea con más fuerza el cristal. Y, por un instante, solo un instante, dejo que mi hombro roce el suyo. No es amor. No todavía. Pero es una guerra compartida. Y eso también une. Más de lo que uno se puede imaginar.
—He estado pensando…
—¿En qué? —interrumpe.
—Elliot Granger.
Gira el rostro hacia mí con cautela, como si ya intuyera que no le va a gustar lo que voy a decir a continuación.
—¿Qué? ¿El fiscal? —masculla.
—Ese mismo, sí.
Su ceja derecha se arquea.
—Granger es ambicioso, limpio, meticuloso…, y lleva unos meses buscando la manera de llegar a Caruso desde el frente legal. Pero no tiene pruebas suficientes. Solo sospechas. Lo que le falta es ir en la dirección correcta.
—Y tú quieres guiarlo en esa dirección, ¿me equivoco?
Niego con la cabeza.
—Quiero ofrecérsela sin que sepa de dónde viene. Como hicimos con lo de Navarro. Nos interesa tenerle de nuestra parte.
—Pero acabas de decir que no quieres que sepa de dónde viene la ayuda, ¿no?
—De momento, Billy.
Asiente despacio, pero su expresión es tensa.
—¿Y qué quieres que haga exactamente?
—Quiero que filtres información. Datos precisos, movimientos reales, cosas pequeñas que le permitan confirmar lo que ya sospecha. Que sepa que va en la dirección correcta. Así lo empujaremos justo hacia donde nos interesa.
Se pasa la lengua por el labio inferior, pensativo.
Y no, para nada estoy deseando ser ese labio.
«O esa lengua…».
—¿Y si rastrea el origen? ¿Si llega hasta mí?
Vuelvo a la conversación con más calor que hace un minuto.
Me aclaro la garganta antes de asegurar:
—No llegará. Lo haremos a través de una cuenta anónima, desde un dispositivo fuera de tu entorno. Yo me encargaré de eso. Además, tengo a alguien dentro del departamento.
Me mira sorprendido.
—¿En serio?
—Es una mujer. Hispana. Secretaria en el Departamento de Policía de…
—¿Te refieres a Lucía Herrera?
—Sé que la conoces. Ella fue la que le hizo llegar a Elliot Granger la información que te di de Navarro. Habló conmigo en cuanto salió de la cafetería.
No parece sorprendido.
—Es buena gente. Y su hijo…
—Lo sé —interrumpo—. Su colaboración empezó con una amenaza por mi parte al respecto. Ahora es diferente. Mantengo a ese chico fuera de las calles. Fuera del alcance de personas como Caruso.
Noto su reticencia.
—¿Y confías en ella de verdad? —inquiere.
—Tú lo has hecho, ¿no?
—¿Y en Granger?
—No se trata de confianza con él. Se trata de saber mover las piezas. Granger es un perro con muy buen olfato. Si le damos una pista, la seguirá hasta el final. Y al final estará mi padre. Y Caruso. Juntos.
—Vale —acepta, tras un silencio corto—. Pero si las cosas se complican, quiero poder pararlo a tiempo.
—Podrás —respondo—. Pero antes de que eso pase, ambos van a empezar a temblar. Lo notarás. Lo verás en sus ojos. El miedo no es invisible, Billy.
Asiente. Y, aunque no lo dice, sé que lo está deseando tanto como yo.
Abro la puerta del coche. La noche sigue húmeda, pero hace un rato que ha dejado de llover.
—Mantente cerca de Granger —le digo antes de bajar—, aunque sea desde la sombra. Y mañana, cuando vayas a casa de Caruso, disfruta de la cena. Y de la compañía.
Tuerce el gesto.
—Haré lo que pueda.
Me detengo un segundo antes de cerrar. Hay algo en su mirada que me hace vacilar. Algo que no me esperaba.
—¿Qué?
Se encoge de hombros.
—Solo espero que cuando esto acabe…, no te hayas convertido en uno de ellos.
No digo nada. Y cierro la puerta con suavidad.
Creo que esa línea ya la crucé hace tiempo.