17
BILLY
El traje me aprieta como si fuera una segunda piel que no me pertenece. Me lo ajusto frente al espejo del baño de la comisaría, con las manos aún húmedas. No sé si es sudor o el agua fría con la que intento calmarme.
El padre de V.
Desde que me lo confesó en el coche, no puedo quitármelo de la cabeza. Richard Langdon. El cabrón que la cambió por cocaína. Y ahora voy a estrecharle la mano.
Meto el revólver bajo la chaqueta, como quien guarda un secreto. Pero este no es mi único secreto. Lo que llevo dentro es peor: una mezcla extraña de rabia, lealtad y algo parecido al miedo. No por mí, por ella.
Salgo a la calle. El coche de Caruso ya me espera en la acera de enfrente. Un chófer que no habla, ventanillas tintadas, silencio absoluto. Me dejo caer en el asiento trasero y permito que el cuero me envuelva.
La ciudad pasa rápida por las ventanas: parques, edificios, luces. Todo parece normal. Todo, menos yo.
Saco el móvil. Un mensaje.
V me lo dio la última noche que nos vimos, junto con una bolsa llena de tarjetas desechables. Para que me ponga en contacto con ella siempre que lo necesite. Por fin tengo la suficiente confianza como para tener uno de sus números.
Es un mensaje suyo:
V : «No improvises. Recuerda cada palabra. Y, sobre todo, escucha. Mi pasado te va a mirar a los ojos esta noche».
Lo leo dos veces. Luego borro el mensaje, guardándome la sensación de que le importo a alguien. De que le importo a ella.
Estoy entrando en el corazón oscuro del monstruo. Y lo haré con los ojos bien abiertos.
Salgo del coche y espero.
El viento del puerto siempre arrastra ese olor a óxido y salitre.
Inspiro y espiro mientras espero a Caruso, que no tardará en llegar.
—No sabía que ahora los polis veníais con invitación —suelta Dante en voz baja, apenas un murmullo.
Es uno de los hombres de esa escoria. Un gilipollas más.
—No sabía que ahora los porteros opinaban sobre la lista de invitados —le contesto sin girarme.
Lo escucho gruñir algo entre dientes. Siento que se me acerca un poco más por detrás.
—Cuidado, Billy. Aquí las lealtades se miden con sangre. Y tú estás justo en el filo del puñal.
Me giro con toda la calma que puedo. Y lo miro a los ojos.
—Entonces que corra la tuya antes que la mía —mascullo, apretando los dientes.
Nos quedamos así, quietos, midiendo la tensión como si fuera dinamita. Hasta que un coche dobla la esquina del hangar y aparca a unos metros del que me trajo a mí.
—Caruso quiere verte antes de entrar —anuncia otro de sus lacayos.
Dante se aparta un paso. No abre la boca. No obstante, su mirada me dice todo lo que necesito saber: no me soporta. No confía en mí. Y si por él fuera, estaría flotando boca abajo en el puerto.
Me recoloco la chaqueta. A cada paso que doy, me repito lo mismo: «No pierdas el control. Piensa en V. Escucha. Observa. Recuerda».
Entonces la puerta del Maserati se abre, y Caruso baja con ese aire de rey sin corona que le acompaña a todas partes.
Trae el abrigo abierto, como si el frío no pudiera alcanzarle. Le sigo con la mirada mientras se acerca.
Está nervioso. Lo noto en ese pequeño gesto que hace con la mano. Para otros ojos sería invisible. Para los míos, no.
—¿Listo? —pregunta, sin preámbulos.
—Siempre.
—Bien. Porque esta vez no hay margen de error. —Se planta frente a mí, sus ojos oscuros, escrutadores—. Los colombianos quieren garantías. Y tú vas a dárselas.
—¿Qué clase de garantías?
—Que estamos limpios. Que no hay federales respirándoles en la nuca. Que Chicago es territorio seguro para mover su mierda sin interferencias.
—¿Y cómo se supone que voy a convencerles?
—Eres policía, Billy. Por eso estás aquí. Vas a hacerles creer que todo está controlado. Que si alguien levanta la cabeza, tú mismo te encargarás de hundírsela.
Trago saliva. No es la primera vez que me pone en esta posición, pero hoy pesa más. Hoy sé cosas que él no sabe. Y eso hace que todo huela a pólvora.
—¿Y Langdon? ¿Qué papel juega hoy? —inquiero.
—Langdon solo va a mirar. Como los dioses antiguos. Ya sabes, los que no hablaban, solo observaban y decidían. Pero no te equivoques, Billy: no hay lugar para la duda delante de ese cabrón. Si sospecha algo, si nota una grieta…, se acabó todo.
Asiento, tenso. Me da una palmada en el hombro.
—Hazlo bien y esto te colocará en otra liga. Estás a punto de sentarte a la mesa de los grandes, chico. No lo jodas.
«¿Chico? Estoy rozando los treinta y cinco, joder».
Se marcha sin decir más. Me quedo un momento mirando cómo se pierde en la niebla del muelle, sintiendo cómo me arde el estómago. Estoy en medio de un juego que yo no controlo. Y esta noche podría cambiarlo todo.
Camino detrás de él.
El hangar 17 es un monstruo de acero oxidado, apartado del resto, justo donde el muelle muere contra la negrura del lago.
Dentro, la humedad se pega a la piel como una promesa sucia.
Cuatro hombres armados nos registran en la entrada.
A Caruso no le gusta, pero no dice nada. Hoy, él tampoco manda del todo.
Entro tras él. Los pasos resuenan en el suelo de cemento agrietado. Las luces son escasas, parpadeantes. En el centro, una mesa larga y dos sillas enfrentadas. En una ya está sentado Richard Langdon.
Es la primera vez que lo veo en persona. Alto, fornido, el pelo blanco peinado hacia atrás con precisión quirúrgica. Impecable, como un banquero de Wall Street, pero con los ojos de alguien que ha matado sin temblar. Cuando sonríe al vernos, lo hace con la boca, no con los ojos.
Gracias a Dios que su hija no se parece en nada a él. Bueno…, en casi nada, más bien.
—Caruso —dice, levantándose—. Siempre tan puntual.
—Langdon —responde el otro, estrechándole la mano—. Te presento a Billy. Nuestro hombre dentro del sistema. También está ayudándome con V. Ya sabes, el cabronazo que te mencioné.
El corazón se salta un par de latidos al escuchar que la menciona. Aprieto los puños detrás de la espalda.
«No tienen ni idea».
Langdon me observa. Sus ojos se detienen en mí como si ya me hubiera diseccionado.
—Así que tú eres el que limpia la basura, ¿eh? Buen trabajo, muchacho. Necesitamos más hombres como tú. Silenciosos. Eficaces.
«No soy un puñetero muchacho».
Fuerzo una sonrisa.
—Solo hago mi trabajo, señor.
—Eso es lo que dicen todos justo antes de traicionar a alguien —replica, pero sonríe. Se sienta de nuevo y nos hace un gesto—. Vayamos al grano.
Los documentos aparecen: rutas marítimas, cifras, puertos intermedios.
Un plan de muchos millones. La droga llegará en contenedores dentro de un par de meses.
Quieren preparar el terreno ahora. Corromper a quien haya que corromper.
Intimidar a quien haya que intimidar. Que Chicago sea su patio trasero.
Caruso explica que todo está bajo control. Que los contactos en aduanas están hechos. Que la policía mirará hacia otro lado. Y que yo soy el seguro, la garantía de que nada se va a torcer.
—Y si llegara a torcerse —añade Caruso, sin pestañear—, Billy se encargará de enderezarlo.
Langdon me vuelve a mirar.
—¿Seguro que estás dentro, Billy?
Silencio. Noto el sudor en la nuca, la tensión detrás de los dientes.
—Estoy dentro —respondo al fin.
Y con eso, la noche da un paso más hacia el abismo.
Langdon enciende un puro. Lo hace despacio, como si el tiempo fuera suyo y de nadie más. El humo flota entre nosotros mientras uno de sus hombres despliega un plano sobre la mesa.
—La entrada será por Cartagena. Desde allí, dos rutas. Una directa hasta Nueva Orleans. Otra, más segura, hacia Panamá y de ahí a Veracruz. Desde México entra por Texas, como siempre. Vosotros os encargáis de Chicago.
Caruso asiente sin dudar. Yo finjo estar cómodo, pero se me retuercen las tripas. No por la operación, sino por lo que sé y no puedo decir. Por V. Por lo que va a pasarles. Por lo que les vamos a hacer.
Langdon sigue hablando. Su voz es calmada, casi pedagógica.
—No quiero cabos sueltos. Si uno cae, los demás tiemblan. Lo próximo será mucho más grande. Más expuesto. Cualquier fallo, cualquier jodido informante…, y se acabó.
Me mira de nuevo. Y sé que su desconfianza no ha desaparecido del todo.
—¿Estás limpio, Billy?
—Tan limpio como usted desea, señor.
Caruso suelta una risa seca. Él no cambia el gesto.
—Me da igual si follas con la mujer de un juez o si vendes armas en tus ratos libres. Lo único que quiero saber es si alguien puede utilizarte contra nosotros.
Niego con la cabeza, lento.
—No, señor.
Langdon apaga el puro contra el borde metálico de la mesa. Se levanta.
—Entonces estamos de acuerdo. Nos veremos en dos meses, cuando la mercancía toque suelo americano.
Uno de sus hombres se acerca y entrega a Caruso un pequeño maletín. Este no lo abre. Solo lo agradece con un gesto.
—Es un adelanto —informa Langdon—. Por tu fidelidad. Y porque, si sale bien, vendrán muchos más como ese.
Nos estrechamos la mano. Salimos. El aire del puerto me golpea en la cara como un cubo de agua sucia. Camino junto a Caruso, en silencio. El hangar queda atrás.
Mientras me alejo, siento que el peso de esa reunión se me clava en la espalda como una sentencia.
Estoy dentro. Más dentro que nunca. Y no hay vuelta atrás.
Todavía estoy asimilándolo todo cuando Caruso me da una palmada en la espalda. No es afectuosa. Es un gesto medido, de los que se dan entre hombres que comparten secretos demasiado grandes para ser pronunciados en voz alta.
—Buen trabajo ahí dentro, Billy.
—Gracias. Ha sido... intenso.
Enciende un cigarro. Caminamos hacia su coche, el puerto también queda atrás, lleno de sombras largas y ecos de agua podrida.
—Mañana habrá una cena en mi casa —habla de pronto, como quien menciona algo sin importancia—. Gente de confianza. Mis hombres más cercanos. Y mi esposa, claro. Quiero que vengas.
Me detengo un segundo. Es un gesto pequeño, pero lo nota.
—¿Cena en tu casa?
—Sí. Algo informal, pero necesario. Hay que cerrar filas. Mostrar unidad. Y tú, Billy…, eres uno de los nuestros.
Su sonrisa no le llega a los ojos. No sé si es una prueba o un gesto de afecto. Quizá ambas cosas.
—Claro. Allí estaré.
—Bien. Siete en punto. Pide a alguien que te lleve, no quiero que pierdas ni un minuto buscando sitio donde aparcar.
Asiento. Él sube a su coche. Yo me quedo mirando cómo se aleja, con ese rugido caro de un motor que siempre anuncia poder.
Una cena con su círculo más cercano. Con su mujer.
Sonrío para mis adentros.
No tiene ni puta idea de lo que se le viene encima.