Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 16
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V

El mapa de rutas está desplegado sobre la mesa, entre luces tenues y el eco de las pisadas de Jordan, que va y viene como una sombra inquieta.

En la pantalla, las últimas comunicaciones interceptadas.

Palabras cifradas, lugares ambiguos, fechas.

Pero ya tengo claro lo esencial: el colombiano pisará Chicago en menos de una semana. Y es evidente que no viene a observar.

—¿Crees que Billy podrá con eso? —pregunta Jordan, acercándose con una taza de café humeante.

—Sí —respondo sin mirarla—. Porque no tiene otra opción.

La reunión no es solo un negocio. Es un sello. Un pacto. Y yo necesito estar un paso por delante antes de que estrechen las manos. Sé de sobra cómo va esto: una falsa cortesía, sonrisas medidas y, si algo no cuadra, sangre.

—¿Y si tu padre reconoce a Billy de algo? —Deja la taza sobre la mesa sin hacer ruido—. No creo que venga hasta aquí sin haber hecho los deberes.

—No lo hará. Mi padre es un egocéntrico. Para él, todos los que están por debajo son prescindibles. Billy es humo. Y justo por eso funcionará.

—¿Estás segura?

—Al cien por cien.

—¿Por qué lo llaman el «colombiano» si es americano?

Encojo los hombros.

—Yo qué sé. Le habrán hecho hijo adoptivo del país. Vete tú a saber…

Asiente, dando el asunto por zanjado.

Abro una carpeta. Fotografías satelitales, esquemas de seguridad, el plano del hangar donde se celebrará la reunión. Mi dedo señala un edificio lateral.

—Ese es el punto débil. Necesito que uno de nuestros hombres esté ahí dentro, con acceso a la planta inferior. Quiero audio. Quiero vídeo. Todo lo que se diga.

—¿Y si hacen un registro del lugar?

—Es una propiedad privada. No pueden entrar así como así.

—¿Lo has comprado? —Se sorprende.

Sonrío de medio lado.

—Hace mucho que espero esta jugada, Jordan.

Su boca se eleva, pero no llega a devolverme la sonrisa. Me conoce. Sabe que lo tengo todo medido al milímetro. Nunca voy a ciegas con nada. Y esta no es cualquier reunión. Es con él. Con Richard Langdon. Pensar en él me da ganas de vomitar.

—Y Billy... —añado tras un momento— tendrá que conseguir, para el viernes, los horarios, los movimientos, el número exacto de hombres que acudirán a la reunión.

Se gira hacia mí. Me observa. Luego asiente una vez más. En su mirada no hay duda, pero sí una advertencia silenciosa: «Estás yendo al límite, jefa».

Y es verdad. Estoy yendo al límite.

Pero no me detendré ahora que estoy tan cerca de acabar con esos dos cabronazos. Mis peores pesadillas son por culpa de ellos. Y van a pagar por cada lágrima que me hicieron derramar.

El plan avanza, la invitación está asegurada. Él estará dentro. Cerca de mi padre. Cerca de Caruso. Cerca del final.

Me acerco al panel que cubre toda una pared. Fotografías, mapas, líneas rojas y nombres. Uno, en mayúsculas: LANGDON. Otro, tachado con violencia: NAVARRO.

Las piezas empiezan a encajar.

Rozo con el dedo una ficha nueva, añadida esta tarde. Las rutas de entrada. Las fechas estimadas. El primer envío llegará dentro de unos meses, pero la reunión será el prólogo.

Quiero que se relajen. Que se confíen.

Que piquen el anzuelo.

—¿Vas a quedarte ahí toda la noche mirando eso como si fueses una bruja leyendo huesos o algo así? —cuestiona Jordan sin guasa.

Ella es así.

No le contesto. Le lanzo una mirada de soslayo. Se acerca a la puerta y echa un vistazo por la rendija. Luego, vuelve a dirigir esa mirada aguda en mi dirección.

—¿Estás bien?

—No se trata de estar bien. Se trata de hacer lo que hay que hacer.

Chasquea la lengua.

—Ya, pero ¿lo estás?

—Lo estaré cuando todo esto acabe.

Me observa en silencio. Su presencia es el único respiro que me permito.

Y, mientras el plan continúa desplegándose con precisión milimétrica, algo en el pecho me vuelve a doler. Una vieja herida, con nombre y apellido, que pronto dejará de supurar.

—¿Te quedas a la videoconferencia con Gül? —Quiero saber.

—No. Gerard y yo tenemos esa cosa, ya sabes, la de todas las semanas.

—Ah, sí, cierto. Había olvidado que es martes. Ya no sé ni en qué día vivo.

—Estaremos aquí para la hora de cenar. ¿Traigo piza?

—Sí, me apetece.

Se coloca bien la americana del traje y me advierte antes de dirigirse a la puerta:

—Ni se te ocurra salir del edificio sin mí, jefa.

Sé que su preocupación es genuina. Nos movemos en un mundo en el que no dejan de acechar los problemas. Pronto podremos librarnos de varios de ellos.

Me siento a la mesa y enciendo el ordenador.

La videollamada se establece con un leve zumbido. La imagen parpadea un segundo antes de estabilizarse. Gül aparece al otro lado de la pantalla, envuelta en penumbra, con ese brillo agudo en los ojos que siempre me ha hecho confiar en ella.

—Te veo cansada —pronuncia sin rodeos.

—Lo estoy. Pero no lo suficiente como para bajar la guardia.

Asiente, cruzándose de brazos. Está en algún lugar de Estambul, tal vez en el piso que usa como refugio. Allí también se respira tensión.

—¿Qué sabes ya? —le pregunto.

—Lo justo. El poli estará dentro. Caruso y tu padre se verán las caras. Y tú quieres que todo parezca tranquilo, como si no supieras nada.

—Exacto —respondo, sin rodeos—. El golpe gordo vendrá con la droga, pero esta reunión es el primer anzuelo. Necesito que no lo vean venir.

—¿Y qué quieres de mí?

Me apoyo en el respaldo de la silla y miro la pantalla con atención. Ella es la única persona, aparte de Jordan, a la que dejaría actuar en la sombra por mí.

—Langdon lleva años utilizando una red de testaferros en Europa para mover dinero.

Muchos nombres, empresas fantasma, cuentas en Liechtenstein.

Tú puedes rastrear uno de esos hilos. Hacer saltar una alarma pequeña, algo que no les preocupe, pero que desvíe su atención.

Quiero que estén pendientes de lo que no es.

Sonríe, una sonrisa afilada y peligrosa.

—Ya tengo uno en el punto de mira. Una empresa de logística en Marsella. Hace transferencias a Panamá cada dos semanas. Justo el tipo de trampa en la que le gusta esconder su mierda.

—Perfecto —digo—. Que parezca un fallo contable. Algo técnico. Solo el zumbido suficiente para que las abejas se agiten.

—¿Y Billy? ¿Confías en él?

Entiendo la desconfianza de las personas que me aprecian y me rodean. Billy trabajaba para El Diablo. Limpiaba su mierda. Y ahora está conmigo. Con nosotras.

Hago una pausa antes de responder:

—Confío en él. Pero, por si acaso, también tengo a Jordan cubriéndole las espaldas. Y tú, a distancia. No estoy sola, Gül.

—Nunca lo estás —murmura—. Hijas del dolor , ¿recuerdas?

«De nuestras raíces brota la venganza. Bellamente peligrosas, Dolorosamente unidas. Crecimos en el dolor. Florecemos en sangre». Ese es nuestro lema. El lema de nuestra organización.

—Lo recuerdo. Y aún queda mucho por hacer.

La llamada se corta con un clic suave. El silencio regresa. Pero ahora, con él, también la certeza de que los hilos empiezan a tensarse. Y de que ninguna de nosotras está dispuesta a soltarlos.

Cierro el portátil y me pongo en pie, estirándome. Me duele la espalda. Y el cuello. Pero no es momento para relajarse. Aún no.

Le mando un mensaje a Billy. Quiero verlo, y lo cito en el lugar de siempre: el puerto. Parece ser que ambos nos sentimos cómodos ahí.

Jordan ni se enterará de que he salido. Nadie lo hará.

Abro la caja fuerte y cojo varias cosas. Entre ellas, un teléfono nuevo y una bolsa de tarjetas desechables.

Bajo en el ascensor del servicio hasta el aparcamiento subterráneo. De ahí, al pasadizo de la derecha. Recorro el túnel y salgo al callejón del distrito de West Loop, el corazón oscuro de la ciudad.

El coche viejo está aparcado en la zona de carga y descarga de uno de los restaurantes.

Llego al lugar acordado en veinte minutos.

La puerta del coche se cierra con un golpe seco. Billy se sienta a mi lado sin mirarme. Lleva días sin dormir bien; eso se le nota en la sombra de la mandíbula sin afeitar y en los gestos pequeños, nerviosos, que antes disimulaba mejor.

—¿Qué hay? —pregunta, directo, mirando al frente.

Le paso una carpeta delgada. La coge sin abrirla, esperando que sea yo quien hable primero. Lo hago.

—He hablado con una de mis fuentes en Europa. Se va a mover dinero en paralelo al negocio. Mucho. Langdon tiene una red entera de empresas pantalla. Gül va a hacer que salte una pequeña alarma. Nada demasiado grande, pero lo suficiente para tenerlos entretenidos.

—¿Langdon? —repite. Aún le cuesta usar su nombre como si fuera uno más. Como si no fuera mi padre.

Asiento.

—Esa reunión a la que vas no es solo una formalidad. Es la primera señal de confianza entre ellos. Están tanteando el terreno antes del envío. Cuando llegue la droga, será la caída.

—Y tú quieres que yo esté ahí. Mirando. Escuchando.

—Y anotando cada detalle —respondo, girándome hacia él—. Necesito saber qué dicen, cómo se miran, si alguno duda. No solo me importa lo que hagan. Me importa lo que temen.

—Caruso me invitó en persona. Cree que le ayudé con lo de Navarro. Ahora me mira distinto. Como si mereciera la pena.

«La mereces».

—Eso es justo lo que quiero. Que te crea uno de los suyos. Que se sienta cómodo contigo. Que no vea venir el golpe.

Guarda silencio. Luego deja la carpeta sobre las rodillas y me mira por fin.

—¿Y tú? ¿Estarás cerca?

—Más de lo que imaginas —aseguro. Es lo más sincera que puedo ser sin cruzar la línea.

Se humedece los labios. Duda. Y entonces dice:

—¿Y si algo sale mal?

—Pues improvisas. Y piensas como lo haría él.

No baja la mirada. Tampoco dice nada más. Solo me observa. Hay algo en sus ojos que empieza a inquietarme. No es desconfianza. Es otra cosa. Algo más difícil de clasificar. Más humano. Más peligroso.

—No estás hecho para esto —suelto, sin pensarlo demasiado.

—¿Para qué?

—Para tanta oscuridad.

Esboza una sonrisa cansada.

—Pues estoy dentro. Hasta el cuello.

—Y aún puedes salir.

—¿Tú lo harías?

La pregunta me sacude por dentro. Me la he hecho tantas veces que ya no sé si tengo una respuesta clara. Así que no contesto.

—Cuando estemos en esa sala —continúa, bajando un poco la voz—, quiero que sepas algo.

Lo miro de reojo.

—Dime.

—Si en algún momento esto se va a la mierda, voy a protegerte.

Me giro del todo.

—No necesito que me protejas, Billy.

—Lo sé. Pero eso no significa que no lo vaya a hacer.

Trago saliva. Me gustaría poder apartar la vista, pero no lo hago. No puedo. Hay algo en él que no me deja, que me exige reconocer una verdad que no quiero ver todavía.

—¿Por qué lo haces?

—No lo sé. Siento que debo hacerlo —contesta, sincero.

Me inclino hacia él, lo bastante cerca como para que mi aliento le roce la mejilla cuando susurro:

—No juegues a sentir. Aquí se viene a sobrevivir.

—¿Y tú? ¿Solo sobrevives?

«Buena pregunta».

Silencio. Pero no es incómodo. Es denso, lleno de todo lo que no nos decimos. Él baja la mirada un instante, solo para luego devolverla a la mía con algo más que decisión. Con una lealtad silenciosa.

O con algo peor: con esperanza.

Y eso me da más miedo que cualquier arma.