Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 15
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BILLY

Los días pasan y ya queda menos de una semana para que se lleve a cabo esa reunión. V no se ha dejado ver desde aquella noche, cuando me habló de su padre. Caruso tampoco me ha llamado a filas. Y aún no he conseguido que nadie me invite a esa jodida quedada de colegas miserables.

Miro el reloj y salgo del coche.

No es fácil moverse entre serpientes sin que te muerdan. Pero llevo años en esto. Y ahora, con el veneno ya recorriéndome medio cuerpo, he aprendido a usarlo.

Me ajusto el abrigo, echo un último vistazo a la puerta del restaurante donde suelen reunirse los hombres de confianza de Caruso y me acerco al tipo que me interesa. Lo llaman Elías, un contable silencioso, uno de esos que hablan poco pero saben mucho.

—Billy —pronuncia con gesto tenso al verme. Su mirada va de un lado a otro, como si alguien pudiera delatarnos.

—Necesito estar en esa reunión con el colombiano —le suelto sin rodeos. No tengo tiempo para sutilezas.

—No es decisión mía.

—No, pero sí puedes sugerirlo. Decir que soy de fiar. Ya sabes…

Hago un gesto con la mano, como si no estuviera pidiendo nada importante.

Duda. Le tiembla un poco el labio superior. Le doy lo justo: una presión firme en el brazo y una de esas miradas que no me gusta usar.

—Sé cosas de ti. De esa transferencia en Panamá. No quiero joderte, Elías. Solo quiero un lugar allí.

Aprieta los labios. Asiente con un movimiento casi imperceptible.

—Haré lo que pueda.

Me alejo sin mirar atrás. «Lo que pueda» es suficiente. Porque sé cómo presionar si se resiste.

Ya en el coche, saco un cigarro del paquete y me quedo un rato con la mirada perdida, sin encenderlo. Hace mucho tiempo que no fumo, pero me relaja hacer esto cuando estoy muy estresado.

Todo va en marcha. Estoy metido hasta el fondo. No solo en el plan. También con ella. Aunque no de esa forma que empiezo a no poder quitarme de la cabeza.

«V».

Y eso es lo que más miedo me da de todo.

Dos horas después, cuando estoy saliendo de la escena de una reyerta sin importancia, Elías me llama desde un número oculto.

—Estás dentro —anuncia sin preámbulos—. Pero tendrás que ser invisible, Billy. Nada de preguntas, nada de miradas raras. El viejo no es idiota.

El viejo. Richard Langdon. El tipo que, sin saberlo, me está firmando su propia sentencia.

—Entendido —respondo, y cuelgo.

Mi siguiente parada es el puerto. Me gusta ver el atardecer desde aquí.

Las puestas de sol son alucinantes, incluso en invierno.

Hoy no me basta con aparcar cerca y quedarme en el coche a pensar.

Hoy estoy demasiado ansioso y, a pesar del frío que hace ahí fuera, pueden helársete los pulmones si respiras muy profundo, decido desafiar al temporal y salgo a dar una vuelta.

Miro al cielo encapotado, arrebujándome en el abrigo. Va a nevar en cualquier momento. No me importa.

Exhalo.

Sigo sin estar tranquilo, ahora que sé que ya estoy dentro de la reunión. Por si las moscas, también necesito una invitación de Caruso. Y, para conseguirla, tendré que darle algo a cambio.

Miro a mi alrededor.

La reunión será en uno de esos hangares. Caruso y Langdon en el mismo lugar. Y yo, como un invitado más, vigilando cada palabra.

Solo Dios sabe cómo va a salir todo esto.

Me llegan mensajes al teléfono prepago:

V : «¿Hay novedades?».

Yo : «Estoy dentro. Reunión confirmada».

V : «¿Lo conseguiste?».

Yo : «Parece que lo dudabas».

V : «Nunca las tengo todas conmigo».

Yo : «Aún me falta que él quiera que esté allí. Para eso tengo que darle algo a cambio».

V : «Haz lo que tengas que hacer. Infórmame del resultado».

Yo : «Lo haré».

Me quedo mirando la pantalla un rato. No hay más mensajes. Nada. Ni siquiera un: «Nos vemos pronto».

Empieza a nevar y regreso al coche. Enciendo la calefacción y le hago una llamada a Caruso que sé que no va a responder: hoy es el día que come con su mujer. Lo hago a propósito, sí. Así será él quien tenga que ponerse más tarde en contacto conmigo.

Vuelvo al trabajo.

No llevo ni cinco minutos en la comisaría cuando el capitán me llama a su despacho. Ni un café, ni un respiro. Solo su tono autoritario y el gesto de «cierra la puerta».

Lo hago y me planto delante de su escritorio.

—¿Dónde coño has estado, Billy? —Su tono es seco, sin rodeos—. No apareces en los turnos, no contestas el móvil del cuerpo y tus informes se están acumulando como mierda en un desagüe.

—Vengo de cubrir la reyerta del supermercado, capitán.

—¿Y ayer? —No respondo—. ¿Y anteayer? —Tampoco.

Se inclina hacia delante, con los codos en la mesa.

—¿Te parece que estamos en un puto patio de colegio? —brama—. Eres policía, y te quiero en la calle, no desaparecido. Y menos ahora, con todo lo que está pasando.

—Lo sé. Estoy aquí, ¿no?

Resopla.

—Esa respuesta no me sirve. Estás en el punto de mira, Callaham. Ya hubo preguntas sobre tus conexiones con Caruso hace unos meses. Y ahora, de repente, te escurres justo cuando revientan al cabrón de Navarro y desaparece media mercancía en la frontera.

Le miro sin pestañear. Por dentro, se me revuelven las tripas.

—Yo no tengo nada que ver con Navarro —zanjo.

—Más te vale. Porque, como esta mierda te salpique, no pienso hundirme contigo.

Me despido con una inclinación de cabeza y salgo del despacho antes de que se me note la tensión en la mandíbula.

Los problemas en la comisaría aumentarán.

Y lo veo venir: me quedaré sin el jodido trabajo.

Estoy cubriendo informes en el despacho cuando me llega el mensaje de Caruso citándome en el club. Pero esta vez no en la planta baja, con música y alcohol, sino en ese despacho que apesta a cuero caro y a poder mal ganado.

Llego pasadas la medianoche.

—Te has vuelto escurridizo, Billy —dice, cruzando las piernas, mientras me ofrece un whisky que no toco—. ¿Todo bien?

—Todo perfecto. Solo ando con los ojos bien abiertos. Después de lo de Navarro, uno no puede confiar ni en su sombra. —Dejo caer como si nada.

El nombre le hace fruncir el ceño. Apuesta segura. Navarro era su pieza clave en la frontera.

—¿Y qué sabes tú de Navarro que yo no sepa?

Apoyo los codos sobre la mesa, bajo la voz, como si le fuera a contar un secreto que me quema en la lengua.

—Sé que alguien lo delató. Y sé quién tenía los documentos. Quién se los hizo llegar al fiscal Granger. V.

Se tensa. Lo conozco bien. Nunca suelo dar puntadas sin hilo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque vi parte del material. Y Granger actuó con una rapidez que solo podía venir de algo bien documentado. Demasiado bien. Esto no fue un soplo barato. Fue una operación milimétrica. Y si hay alguien que quiere joderte y tiene los medios…, es esa persona que andamos buscando.

Deja el vaso a medio camino hacia su boca. Lo apoya en la mesa con cuidado.

—¿Estás seguro?

—¿Tú qué crees? Pediste que averiguara cómo y eso hice.

Se le dibuja una sonrisa en el rostro. De esas que no le llegan nunca a los ojos.

—Sabía que no me fallarías, Billy —se regocija—. Por eso voy a devolverte el favor.

Me tenso un poco, por costumbre. Los favores de Caruso rara vez vienen sin cadenas. Pero este lo espero como agua de mayo.

—¿Qué favor? —finjo que no sé por dónde van los tiros.

—La reunión con el cártel de Colombia. Quiero que vengas.

Me quedo quieto. Que me invite directamente es una señal de confianza, sí, pero también una manera de tenerme más cerca. Más vigilado. Me da igual.

—¿Yo? —Disimulo—. ¿Con un cártel colombiano?

—No es cualquier cártel colombiano —dice, bajando el tono—. Este tipo es la realeza del polvo blanco. Y quiere asegurarse de que todo aquí está en buenas manos. Me gusta cómo has resuelto lo de Navarro, cómo te estás moviendo. Quiero que vea eso. Quiero que vea en ti lo mismo que veo yo: lealtad.

Se me eriza el vello de la nuca.

«Lealtad dice…».

La palabra me arde en la lengua, pero asiento.

—Será un honor.

—Prepárate. Será en unos días. Lugar discreto. Nadie más que los imprescindibles. Y tú lo eres desde ahora.

Levanto el vaso y finjo brindar. Por dentro, todo es ruido. Sé lo que esto significa para V. Y para mí. Porque cuanto más cerca estoy de Caruso…, más cerca estoy de caer con él.

Y sigue dándome igual.

Me quedo unos pocos minutos más. No porque tenga ganas de seguir en su compañía, sino por estrategia. Sería muy evidente que ya tengo lo que quiero si me largo sin más.

Respiro hondo una vez fuera del edificio.

«Lo conseguiste».

Sí, pero no tengo ni idea de a qué precio.

Y eso me mata, joder.

El móvil apenas emite un par de tonos antes de que lo saque del bolsillo del abrigo y vea el número desconocido en la pantalla.

Me alejo del edificio para responder:

—¿Sí?

—¿Qué te ha dicho? —interroga.

Frunzo el ceño.

—¿Cómo sabes que…? —Niego con la cabeza—. Déjalo, es una pregunta absurda.

Su risa al otro lado me calienta más que la tela del abrigo.

—¿Y bien? —insiste.

—Buenas noticias. —Mi voz suena más firme de lo que me siento—. Le solté lo de Navarro. Le dije que el tipo misterioso que anda rondando, ese V que tanto le intriga, y que tú conoces mejor que nadie, podría haber tenido algo que ver con la detención.

Silencio al otro lado. Lo suficiente para que me arrepienta… un poco.

—¿Y cómo se lo ha tomado?

—Como esperaba. Me miró como si acabara de darle la pieza que le faltaba en el puzle. Me dijo que confiaba más en mí que nunca.

—¿Y tú? —Baja la voz, casi conteniéndola.

—No me jodas, V. Sabes que esto es parte del plan. Cuanto más dentro esté, mejor.

Otro breve silencio. Luego, suelta el aire que debía de estar conteniendo.

—¿Te ha dicho algo más?

—Sí. Me ha invitado a la reunión con Langdon. Personalmente.

—¿Seguro?

—Seguro. Dice que ahora soy imprescindible. Que quiere que Langdon vea en mí lo que él ve: lealtad. —Dudo un segundo antes de añadir—. Lo que no sabe es que esa «lealtad» solo es contigo.

No responde al instante, pero noto el cambio en su respiración. Es leve, pero ahí está. Agradecimiento. Porque lo que estamos haciendo no tiene marcha atrás.

—Entonces ya estás dentro —murmura por fin—. Toca seguir jugando. Con cuidado.

—Siempre. Tú dime qué necesitas.

—Ahora mismo, solo que no me falles.

Cuelga sin más. Me quedo con el teléfono en la mano, el pulso algo más rápido. Estoy en medio de dos mundos que pronto van a colisionar. Y cuando eso pase…, más me vale estar en el bando correcto.

«Lo estás».