14
BILLY
El coche es un refugio de cristal empañado. Afuera, el puerto continúa con su vaivén de luces rojas y faros que giran en la niebla, pero dentro…, dentro solo estamos ella y yo, y esa gran revelación aún suspendida entre nosotros.
«Richard Langdon es mi padre».
Siento que el aire se vuelve más espeso, más difícil de respirar.
Trago saliva, aun así, no respondo de inmediato.
Miro al frente, hacia el agua que apenas se ve, y, luego, a ella.
Mantiene la vista baja, las manos cruzadas sobre el regazo, el abrigo cerrado hasta el cuello. Es la primera vez que parece… pequeña.
—Langdon —repito, como si eso fuera suficiente para ordenar el caos que se me acaba de formar en la cabeza—. El tipo del trato. El americano que Caruso quiere impresionar. El mismo que la DEA lleva años sin poder tocar… ¿Ese Langdon?
Asiente, apenas.
—¿Y tú…? ¿Él sabe quién eres?
—No.
Silencio.
Unos segundos después, noto que mis manos están apretando el volante como si quisiera arrancarlo. Lo suelto despacio.
La miro. A esa mujer que me arrastró a un almacén y me dio un ultimátum.
La misma mujer que ahora está confiando en mí, confesándome una parte importante de su vida.
Y aunque todo grita que me aparte, que huya, que me proteja, no puedo.
Porque ahí está, mirándome por fin con algo más que estrategia.
—V… No sé qué decirte.
No hay súplica en su rostro. Tampoco miedo. Hay determinación. Y una tristeza que no había visto antes.
—No necesito que me digas nada. Solo que sigas conmigo hasta el final.
—Lo haré. Pero esta vez, si saltamos…, saltamos juntos.
Una esquina de su boca se levanta. No es una sonrisa, pero casi.
En el exterior, un carguero suelta un pitido grave que resuena en el muelle. Y, por un instante, parece que el mundo entero contiene el aliento con nosotros.
No le quito los ojos de encima. Ha dicho que saltaremos juntos, y lo ha dicho en serio. Pero algo en su mirada me dice que aún queda mucho por decir. Y yo espero. Porque, si algo he aprendido de V, es que cuando decide hablar, hay que escucharla.
—Tenía dieciséis —narra, como si me leyera el pensamiento—. Estaba en Medellín. Mi padre había empezado a mover cantidades más grandes. Ya no era un perro callejero, ya jugaba con los tiburones.
Se queda en silencio. Mira por la ventanilla, como si las luces lejanas del puerto pudieran tragarse los recuerdos.
—Me llevó con él. Me vestían bien, me peinaban como a una muñeca. Decían que era para que aprendiera. Que tenía que ver cómo funcionaba el mundo. Pero no era eso.
Me cuesta respirar. No digo nada. Solo la escucho.
—Una noche… había tensión. Recuerdo los susurros, los teléfonos, los hombres entrando y saliendo. Me hicieron bajar de la camioneta. Me dijeron que me quedaba allí. En una casa al borde de la selva. Y él se fue.
—¿Y después? —pregunto, aunque ya sé que la respuesta no va a gustarme.
—Después supe que me había entregado como parte del pago a un socio de un colombiano a cambio de cocaína, de confianza y de poder. Era el trato. Me dejó allí como quien deja un maletín lleno de billetes.
Me lleva un momento procesarlo. Me arde el estómago. Y, sin embargo, ella no se rompe. Ni una lágrima. Solo esa voz baja, medida, como si cada palabra la cortara por dentro.
—Joder, V… —Me paso la mano por la cara. No sé qué decir. Lo único que me sale es acercarme un poco más, sin tocarla todavía—. No tenías que contármelo.
—Sí. Sí tenía. Si vas a estar ahí cuando empiece todo…, tenías que saber quién es Richard Langdon para mí. Y por qué voy a por él.
Asiento despacio. Noto un nudo en la garganta. Sé que es su historia, pero ya es también la mía.
—¿Y Caruso? —inquiero—. ¿Cómo…?
—Ya llegaremos a esa parte. Todo a su debido tiempo.
Asiento y zanjo:
—Estoy contigo, V. Hasta el final.
Y, en ese momento, por primera vez, baja la mirada. Como si permitirse un segundo de debilidad fuera una decisión demasiado íntima para este mundo que hemos elegido.
Jordan se acerca y le hace un gesto.
No se despide cuando baja del coche.
Le doy un puñetazo al volante cuando se aleja.
Ojalá no hubiera tenido que pasar nunca por eso. Ojalá…
Inspiro y exhalo.
Giro la llave del contacto y me largo a casa.
Me quito los zapatos en la oscuridad, dejando caer el abrigo sobre una silla como si pesara más de la cuenta.
Estoy demasiado tenso. Y muy cabreado.
Apoyo las manos en el borde de la encimera de la cocina y bajo la cabeza. Richard Langdon. El nombre me resuena como un eco en la mente, una y otra vez, golpeando sin piedad. No puedo pensar con claridad.
¿Su padre? ¿El mismo Langdon del que he oído hablar en la unidad de narcóticos? ¿El americano que controla una parte del flujo de cocaína desde Colombia como si fuera dueño del puto canal de Panamá?
Me cuesta creerlo. Y, sin embargo, todo encaja. Su rabia. Su método. Su ambición. Su oscuridad. Esa que no se ve a simple vista, pero que se intuye si sabes mirar. Y yo he aprendido a mirar.
Sin muchas ganas, abro una cerveza sin alcohol y me siento en el sofá. El silencio se me hace denso, incómodo. No dejo de verla en el coche, con los ojos perdidos en el agua del puerto, como si por fin se hubiera atrevido a soltar el ancla y me lo hubiera tirado a mí.
¿Por qué? ¿Por qué confiarme algo así?
Una parte de mí quiere pensar que es porque le importo. No debería querer eso. No debería querer nada con ella.
Y lo cierto es que ya estoy metido hasta el fondo, no solo en su plan, sino en su mirada. En su puta voz. En esa forma que tiene de construir muros y, de pronto, abrir una ventana solo para ti.
Bebo otro trago y me digo que voy a mantener la cabeza fría.
Mañana será otro día.
Pero mientras tanto, dejo que el silencio me envuelva. Y me permito pensar en ella.
Solo un poco más.
V
No digo ni una palabra durante todo el trayecto. Jordan tampoco. Solo conduce en silencio hasta el aparcamiento subterráneo, y me acompaña al ascensor del servicio. No antes de asegurarse de que hay vía libre.
—¿Estás bien? —se interesa.
—Lo estaré.
Una vez en casa, en mi lugar seguro, me siento en la oscuridad. La lámpara del salón proyecta una luz cálida, que no llega a tocarme. Me gusta quedarme en penumbra. Me ayuda a pensar. A no sentir.
Me quito los zapatos, uno a uno, con lentitud. La escena en el coche vuelve a mi cabeza una y otra vez. Su mirada. El silencio justo después de que pronunciara: «Richard Langdon es mi padre». Joder.
No suelo arrepentirme de las cosas que digo. Pero esta vez…, esta vez hay una punzada en el pecho que no logro quitarme. Me siento estúpida. Vulnerable. Como si le hubiera dado una pieza clave del puzle a alguien que aún no sé si sabrá montarlo.
Billy no ha dicho mucho. No hacía falta. Su reacción fue contenida, no obstante, en sus ojos vi algo. ¿Comprensión? ¿Pena? No lo sé. Y no quiero que me tenga pena. Eso sí que no.
Apoyo los codos en las rodillas y me sujeto la cabeza entre las manos. Me he pasado años construyendo este personaje. Esta armadura. Y en una noche, en un coche aparcado frente al puerto, he abierto una rendija. Pequeña, sí. Pero una rendija, al fin y al cabo.
«¿Y si se vuelve contra mí?».
Me muerdo el interior de la mejilla hasta notar el sabor metálico de la sangre. Me repito que fue un paso necesario. Que necesito que confíe en mí. Que esté dentro del plan. Que me sea leal. Y para eso, tenía que darle algo. Una verdad. Una de las de verdad.
Aunque también sé que, con cada verdad que comparto, con cada capa que cae, soy un poco menos invulnerable. Un poco más humana.
Y eso me aterra.
—¿Otra vez a oscuras?
Me sobresalto al escuchar la voz de Jordan.
—Pensé que habías ido a descansar —murmuro.
Niega con la cabeza.
—Solo a comprobar que todo estuviera bien, ya sabes…
Se sirve un vaso de agua y se deja caer a mi lado en el sofá.
—¿Has hablado con él? —pregunta al fin, dándole un sorbo.
Asiento.
—Le conté lo de Richard —Noto cómo se le tensan los hombros a mi lado—. Le dije que es mi padre.
Se queda en silencio un segundo. Luego suelta una carcajada seca.
—Bueno, si querías probar su lealtad…, has empezado por lo gordo.
—No me mires así.
—Te estoy mirando como alguien que sabe que esto te cuesta. Que no te fías de nadie. Que llevas años sin contarle una verdad completa ni al espejo.
No digo nada.
—¿Y? ¿Cómo se lo tomó? —insiste.
—No sé. Se quedó callado. Me miró como si no supiera si abrazarme o salir corriendo.
—¿Y tú qué querías que hiciera?
—Nada. No quiero nada. Solo... que me entienda.
Me mira. Su expresión cambia, se suaviza. Apoya la mano sobre mi pierna.
—V, ese hombre no es como los otros. Lo veo. Y tú también lo ves.
—No me lo recuerdes.
—No te estoy diciendo que confíes en él ciegamente. Solo que, si has dado ese paso, es porque tu instinto te lo dice. Y tú no sueles equivocarte.
—¿Sabes qué es lo peor? —susurro—. Que una parte de mí quiere contárselo todo. Lo de Caruso. Lo mío. Lo nuestro. Pero no puedo.
—Y haces bien. Aún no es el momento.
Nos quedamos en silencio las dos mientras fuera el viento sigue golpeando los cristales con rabia. Jordan da un trago largo y deja el vaso en la mesa.
—Cuando llegue la hora, él estará donde tiene que estar —dice, firme—. Lo has elegido tú, y eso ya es mucho.
Asiento. Pero sin conseguir que el nudo en el pecho se deshaga.
Sé que tomé la decisión acertada cuando decidí que lo quería de mi parte.
En mi equipo. Que una persona como él, que te mira de esa forma, no podía seguir en las manos de un desalmado como Ray Caruso.
El Diablo. Tenía que echarle un cable de alguna manera.
Amenazarlo era lo único que iba a funcionar con él.
«Y funcionó».
Así es.
«Lo que tenga que ser, será».