13
V
No duermo bien. Hace varios días que no descanso de verdad. Justo desde que Billy me habló del nuevo negocio de Caruso y de su socio. Me acuesto tarde, me levanto temprano y, en medio, esos sueños…
Esta noche vuelve a pasar. Estoy en aquella casa vieja, en las montañas. La humedad cala las paredes y huele a tierra podrida. Tengo dieciséis años y él me llama desde la habitación del fondo. Su voz es áspera, seca, como si cada palabra le pesara.
—Ven aquí, niña —dice mi padre.
No lo llama amor, ni trato, ni sacrificio. Lo llama «negocio». Como si me cambiara por un coche. Por un maldito alijo. Yo lo miro, y aunque no lloro, me tiemblan las manos. Él no me toca, no me abraza. Solo me entrega.
Despierto con el corazón desbocado. Me llevo una mano al pecho, como si pudiera arrancarme el recuerdo. No puedo. Está ahí, siempre. Él, con su traje beige, su whisky caro y esa forma de hablar que aprendió en Colombia, pero sin perder su acento de Texas.
—Una Langdon no se queja, niña —decía—. Las Langdon entienden cuál es su lugar.
Pues yo entendí el mío. Y ahora estoy justo donde quería estar: en la sombra, con poder. Esperándolo con muchas ganas.
Y él… pronto sabrá que las Langdon sí se quejan. Y se vengan.
Me levanto, descalza, en silencio. El suelo está frío, pero no me importa. Camino hasta el aparador y me sirvo un vaso de agua, aunque lo que me pide el cuerpo es un trago de uno de esos licores que me dejan noqueada. Respiro hondo. No voy a darle ese placer, ni siquiera desde el recuerdo.
Me apoyo en la madera del mueble y dejo que vuelvan más escenas. Algunas las había enterrado tan hondo que duele desenterrarlas.
Tenía trece la primera vez que me hizo acompañarlo a una de sus «reuniones». Me sentó en una esquina, con la instrucción clara de no hablar, no mirar, no molestar. Recuerdo a los hombres que entraron: todos mayores, todos armados. Y cómo uno de ellos me dedicó una sonrisa asquerosa.
—No toques —le dijo mi padre, medio en broma—. Todavía no es el momento.
Esa vez no entendí lo que quería decir con aquello.
Se rieron. Todos. Yo bajé la vista, pero dentro se me encendió algo.
Y, luego, estaban los silencios. El castigo preferido de Richard Langdon. Cuando algo no le gustaba, no gritaba, no pegaba. Simplemente, dejaba de hablarme. A veces durante días. Me borraba del mapa como si no existiera.
Y yo quería existir.
Supongo que por eso aprendí a hacerme notar sin levantar la voz. A mover hilos sin ser vista. A hacerme fuerte en las sombras. A tener paciencia.
Y ahora…, ahora lo que quiero es que me vea. Que me reconozca. Que, cuando todo esto explote, cuando su mundo se desmorone, sepa que fui yo. La hija que vendió. La hija que enterró viva.
La Langdon que volvió del infierno y se lo va a llevar a él.
Un zumbido me saca de mis pensamientos. El móvil vibra sobre la mesilla de noche. Lo desbloqueo por inercia, todavía atrapada en la niebla espesa de los recuerdos. Es un mensaje de Jordan.
J : «Pon las noticias. Canal 7. Ya».
Frunzo el ceño. Camino de vuelta a la cama y enciendo la televisión con el mando que hay sobre esta. Tardo unos segundos en encontrar el canal. Justo cuando subo el volumen, la presentadora habla con un tono que no deja lugar a dudas: bomba informativa.
—…el fiscal anticorrupción Elliot Granger ha ordenado esta madrugada la detención de Víctor Navarro, presunto implicado en una red de tráfico de drogas, explotación de menores y corrupción de agentes en la frontera sur.
Navarro, conocido por su cercanía con uno de los clanes mafiosos más poderosos de Chicago, fue capturado cuando ingresó en estado de gravedad en un hospital público de esta ciudad, donde se encuentra custodiado por un operativo policial, a la espera de que se recupere y pueda ser trasladado a la fiscalía…
Se me hiela la sangre. Y, al mismo tiempo, algo dentro de mí arde.
Aparece su foto en la pantalla. Su cara hinchada, el pómulo amoratado. No enseñan la parte importante. Lo que ya no hay debajo de su cintura. Lo que ya no podrá usar para mear. Mis chicos hicieron un buen trabajo.
Me siento despacio, sin apartar la mirada del televisor.
—Has picado el anzuelo, Granger —murmuro—. Bienvenido a la partida.
Cojo el móvil. Escribo un mensaje cifrado para Lucía. Solo dos palabras:
L : «Buen trabajo».
Sí, sé que fue ella quien se encargó de hacerle llegar a Elliot Granger toda la documentación que le di a Billy en aquella carpeta. Me llamó en cuanto salió de la cafetería. En mi fuero interno, algo me decía que él acudiría a ella. No me equivoqué.
Y pienso en él. En Billy. En que no parece obligado a hacer nada de lo que le pido. En lo que vendrá ahora. Esto no ha hecho más que empezar.
Y cuando todo salga a la luz, el apellido Langdon resonará en los titulares. Y el de Caruso. Pero no como ellos habrían querido, sino como la firma de su sentencia.
Billy
He pasado una noche de perros. La puta cabeza no me da tregua. Tengo tantas cosas en la mente que, el día que todo explote, agradeceré que se me fundan los plomos. Por fin podré dejar de pensar y de darle vueltas a todo y a nada.
Exhalo y saco la llave del contacto.
Estoy en el coche, parado frente a la comisaría, con la radio encendida de fondo. No la estoy escuchando realmente…, hasta que oigo su nombre.
—…el fiscal Elliot Granger ha dado un nuevo golpe al crimen organizado esta madrugada con la detención de Víctor Navarro…
Levanto la vista. Me incorporo en el asiento como si me acabaran de despertar a golpes.
«Navarro».
El hijo de puta que aparecía en las fotos que V me enseñó. El que salía entre drogas, fajos de billetes y niñas que no deberían ni saber lo que es el miedo.
Subo el volumen.
—…acusado de tráfico de estupefacientes, corrupción de funcionarios fronterizos y vínculos con redes de trata de menores…
Me paso la mano por la cara, sintiendo cómo la adrenalina me recorre el cuerpo de pies a cabeza. Mierda. Granger ha actuado rápido. Más rápido de lo que esperaba.
Y ha sido gracias a nosotros. Bueno…, a V. Pero me incluyo. Porque empiezo a entender lo que significa estar al otro lado. Empiezo a ver lo que ella trata de hacer. Y me gusta, joder.
Saco el móvil del bolsillo de los pantalones con intención de enviarle un mensaje. Y me doy cuenta al segundo de que no puedo hacerlo, por muchas ganas que tenga. Yo no me comunico con ella. Ella se comunica conmigo.
Me quedo un momento mirando la pantalla, antes de arrancar el coche.
Esto no ha sido solo una jugada. Es una declaración de guerra.
Y yo ya he elegido bando.
Conduzco hasta el barrio donde han atracado una licorería de madrugada. El jefe me envía como castigo por haber faltado esos días. Como si fuera un novato.
El teléfono suena cuando estoy parado en un semáforo.
Es Caruso.
—Dime —respondo, seco.
—¿Qué cojones ha sido eso, Billy?
Sonrío.
Está tan cabreado que se lo llevan los malditos demonios.
—No sé de qué me hablas —miento.
—¿Me dices que no tenías ni idea de que ese jodido fiscal tenía en el punto de mira a Navarro?
—¿Quién es Navarro?
—¡Uno de mis mejores hombres! —grita, perdiendo la compostura.
Y él jamás la pierde. Hasta ahora.
¿Es malo sentir este regocijo por dentro?
«No, no lo es».
—Quiero que te ocupes de ese fiscal, Billy. Ya sabes lo que eso significa.
—Aún estoy ocupándome del último encargo que me hiciste. ¿Lo recuerdas?
Cuelga sin decir nada más. Como si lo hubiera ofendido.
Granger está en peligro. Tengo que alertarlo de alguna manera. Aunque imagino que no es tonto y ya sabía a lo que se exponía al dar el primer golpe sobre la mesa.
Lo dejo estar de momento.
Y dedico la mayor parte del día a hacer el trabajo por el que me paga el Estado.
Salgo de la comisaría al caer la noche.
Al entrar en el coche, veo la nota que hay en el salpicadero. No hace falta que la lea para saber de quién es. Pero lo hago, claro. Quiere verme. Y esta vez ha cambiado el punto de encuentro.
Me dirijo allí.
El aire está cargado de sal y óxido. El puerto siempre ha tenido algo melancólico para mí, como si aquí vinieran a morir los barcos viejos y los secretos de los hombres que nunca se atrevieron a contarlos.
No es esta la zona que más gusta de este lugar, pero aquí estoy: obedeciendo órdenes.
La veo antes de que me vea ella. De espaldas, con el abrigo negro ondeándole al viento, el pelo recogido y las manos en los bolsillos. Observa uno de los contenedores que se balancean lentamente en la grúa, como si todo eso tuviera algún significado oculto que solo ella conoce.
Camino en su dirección. Los muelles crujen bajo mis pasos. No dice nada hasta que estoy a su lado.
—Navarro ya no molesta —murmuro.
Asiente, sin girarse.
—Como tenía que ser.
Me cruzo de brazos, observando el mismo punto que ella, aunque no vea nada más que agua sucia y barcos viejos. No entiendo por qué me ha citado aquí.
—¿Qué es este sitio para ti? —pregunto, curioso.
Inhala y exhala.
El vaho se forma alrededor de su boca cuando responde:
—Una entrada. Y una salida —Gira la cabeza hacia mí—. De aquí saldrán cosas importantes. Pero también entrará lo que más daño puede hacernos.
La miro. Es en esos momentos, cuando su voz se vuelve grave, casi profética, cuando más me cuesta recordar que esta mujer no es una sombra, sino de carne y hueso.
—¿De qué o quién estamos hablando?
Se le tensa la mandíbula.
—Hay un barco que llega en dos semanas. Viene de Colombia. No es un envío cualquiera. Es una reunión. Esa oportunidad para Caruso de subir un peldaño más. Para mí… es otra cosa.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que planeé hacer desde el principio.
El viento levanta pequeños remolinos entre las cajas, y un barco suelta un pitido en la lejanía.
Da un paso hacia mí. Me mira como si pudiera ver más de lo que yo sé que muestro.
—¿Estás conmigo en esto, Billy?
—¿Me dejarías marchar sin más si dijera que no?
—Lo haría, sí.
Su respuesta me sorprende.
—¿Por qué? —cuestiono.
—Porque a partir de ahora puede pasar cualquier cosa, Billy. Todo se volverá más peligroso. Y podríamos no salir vivos de esto.
No necesito pensarlo.
—Pues que así sea. Estoy contigo.
Y no hay vuelta atrás.
Ni dudas.
Asiente con lentitud, como si hubiera estado esperando esa confirmación. Luego, gira la cabeza y vuelve a mirar al agua, como si allí, entre la niebla y el olor a gasóleo, se formara la imagen de todo lo que está por venir.
—En dos semanas habrá una reunión en uno de los hangares privados del puerto. Vendrá gente de Colombia. No solo hombres de confianza, Billy. Vendrá él.
Sé a quién se refiere. Al americano afincado allí, el que Caruso admira, el que va a traer ese cargamento que nadie se atreve a nombrar.
—¿Qué quieres que haga?
—Quiero que parezca que estás dentro. —Me mira—. No puedes levantar sospechas. Caruso confía en ti, pero no olvides que ese lugar estará lleno de ojos. Y de oídos.
—¿Y qué esperas que consiga?
—Escucha. Observa. Aprende los gestos. Los nombres. Dónde se mueven, con quién hablan, quién sonríe de más y quién no dice ni una palabra. Cada detalle cuenta.
Asiento. No me lo tomo a la ligera. Sé lo que significa esa reunión. Un paso más hacia el pozo… o hacia la salida.
—¿Y después?
Entrecierra los ojos.
—Después vendrá la droga. El verdadero negocio. Eso será dentro de unos meses. Quiero que estén cómodos. Que se sientan seguros. Que crean que el plan marcha como la seda. Y entonces, Billy…
—…Nos cargamos todo el plan. Y a ellos con él —finalizo por ella.
Sonríe. Es una mueca fría, perfecta, medida.
—Caerán. Él. Caruso. Todos.
—Si estamos juntos en esto, tienes que ser sincera conmigo, V. ¿Quién es él?
El viento sopla más fuerte. Se ajusta el abrigo.
—Él es Richard Langdon. Mi padre.