12
BILLY
La luz de neón parpadea sobre mi cabeza cuando cruzo las puertas de la comisaría.
El olor a café recalentado y a ese ambientador rancio que nunca desaparece del todo de los pasillos, está en el ambiente.
Camino directo al despacho del comisario Smith, con el nudo en la garganta apretando más de lo habitual.
Sé lo que viene. Y no me apetece una mierda.
Toco la puerta con los nudillos.
—Pasa, Callaham —ordena su voz ronca al otro lado.
Entro. Está detrás de su escritorio, los brazos cruzados sobre una pila de papeles. No me invita a sentarme, y tampoco lo espero. Su cara lo dice todo.
—¿Te has tomado vacaciones sin avisar o es que ahora haces turnos invisibles? —espeta de malos modos.
Lo entiendo, hace demasiados días que no se me ve el pelo por aquí.
—Tuve un asunto personal, jefe —respondo, sin adornos.
Me mira. Esa forma de mirar que tienen los que olisquean la mierda a distancia. Mi cojera, algo más leve, no le ha pasado desapercibida.
—¿Un asunto personal que duró cuánto? ¿Tres días? ¿Cuatro?
—Cinco —digo. No vale la pena mentirle.
—Cinco días sin dar señales de vida. Ni un mensaje. Ni una llamada. ¿Sabes cuántos informes se acumularon en tu escritorio?
—Imagino que muchos —suelto.
—No lo imagines, Callaham. Lo sé yo, que tuve que reasignar dos casos y cubrirte el culo ante Asuntos Internos.
Trago saliva. No digo nada. No puedo contarle lo que estaba haciendo. Ni por quién.
Se levanta y rodea el escritorio, plantándose delante de mí.
—No eres el único con fantasmas, Billy. Pero si quieres seguir en esta puta comisaría, más te vale aprender a esconderlos mejor. Porque la próxima vez que desaparezcas así, entregarás tu placa y el arma reglamentaria. ¿Estamos?
—Estamos —respondo, firme.
Sus ojos siguen clavados en los míos, pero ya no con tanta rabia. Más bien con ese tipo de decepción que no se grita.
—Ahora dime: ¿qué hay de ese tal V? ¿Alguna novedad?
—No, ninguna. Estoy en ello. Puede que pronto ya pueda decirte algo más al respecto.
—Eso espero, joder. —Suspira—. Vuelve al trabajo. Y hazlo bien. Porque si me entero de que estás enredado en algo que huela raro..., no voy a mover un dedo por ti.
Asiento y me giro para salir. No me despide. Solo escucho el clic del mechero cuando enciende uno de sus cigarrillos baratos. Y el portazo suave que dejo detrás de mí.
De camino al escritorio, me cruzo con compañeros. Algunos saludan. Otros ni me miran. Y yo, mientras tanto, no dejo de pensar en V.
Y en cómo esta mierda de doble vida empieza a írseme de las manos.
Me encierro en mi despacho, donde hay un montón de esos informes que Smith nombró.
Tengo que ponerme al día con ellos, de lo contrario, ya me dejó claro lo que va a pasar.
No es que me importe una mierda este trabajo, todo hay que decirlo; es que el sueldo que recibo de él es el que paga el alquiler y poco más.
Lo justo y necesario para mantenerme a flote.
«¿Y las deudas?».
Esas son las que me están hundiendo, maldita sea.
Durante un buen rato, me dedico a rellenar datos y a estampar la firma en documentos oficiales.
Respondo un par de llamadas y envío varios correos sin mucha importancia, pero necesarios.
Todo ello, tratando de dar con la manera de hacerle llegar a Elliot Granger la información que V me proporcionó la última vez que nos vimos.
De repente, se me enciende una bombilla en la cabeza con la posible solución.
Miro el reloj.
No tardo ni cinco minutos en ponerme el abrigo y salir por la puerta.
Llego al café con diez minutos de antelación. Es un local pequeño, discreto, a dos calles de la comisaría. El tipo de sitio en el que nadie haría demasiadas preguntas. Ni siquiera por qué un agente de policía con cara de pocos amigos está esperando solo en la esquina más apartada del local.
Lucía Herrera entra puntual. Siempre la misma rutina. Un buen poli se fija en esas cosas. A veces sin querer. Deformación profesional, supongo. Por eso estoy aquí, esperándola.
Le hago una señal para que se acerque.
Lo hace con algo de desconfianza.
—¿Estás esperándome a mí? —pregunta extrañada antes de sentarse.
—Sí. Necesito que me hagas un favor —murmuro sin rodeos.
Soy de los que piensa que ir directo al grano es más efectivo.
Entrecierra los ojos.
—¿De qué se trata?
—Sé que vas a la fiscalía todos los días por temas de papeleo y esas cosas.
—Sí, ¿y?
Deslizo el sobre que V me dio por la mesa. Ella lo coge sin abrirlo.
—¿Y esto… qué es exactamente? —Quiere saber.
—Pruebas. Fotografías, vídeos, registros de cuentas, audios. Todo vincula a Víctor Navarro con tráfico de menores, drogas y sobornos a funcionarios. Hay más nombres implicados, pero Navarro es el centro.
—¿Por qué me lo das a mí?
—Porque tú tienes acceso al fiscal Elliot Granger. Y porque esto puede abrirle una línea de investigación muy seria. Si lo hace bien, puede cargarse a estos cabrones.
Asiente despacio, y, por un momento, creo ver un atisbo de satisfacción en su mirada. Pero no digo nada. No es el tipo de mujer que se deja leer con facilidad.
—Sabes que no puedo garantizar que llegue a sus manos, ¿verdad? —dice al levantarse.
—Lo sé. Solo inténtalo. Déjalo encima de su mesa como si nada, y márchate. Alguien importante te deberá un favor si lo consigues.
—¿En serio?
—Sabes que no soy de los que bromea, Lucía.
Sonríe por primera vez. Apenas un destello.
—Te avisaré si hay movimiento.
Y se marcha sin mirar atrás. Yo me quedo sentado unos minutos más, solo para asegurarme de que nadie la sigue. Ni a ella. Ni a mí.
De regreso a la comisaría, recibo un mensaje de Caruso: quiere verme cuanto antes en su casa.
No acudo a la cita hasta que no empieza a oscurecer.
Cuando llego, el edificio de Caruso está más tranquilo de lo habitual.
El coche negro de siempre en la entrada.
Dos hombres en la puerta. Uno nuevo. El otro no me quita el ojo de encima.
Me acompañan al ascensor, como siempre. Una vez arriba, golpeo la puerta, y uno de ellos me abre sin decir palabra.
No me llevan a su despacho, sino al salón. Uno que no comparte con su esposa. Para mi desgracia. Ya que estoy aquí, no me desagradaría nada verla.
Caruso está de cara a la ventana, copa en mano. La chaqueta colgada del respaldo de una silla. La pistola sobre la mesa.
—Siéntate —ordena sin mirarme.
Obedezco.
—¿Sabes por qué estás aquí?
—No.
—Porque estoy a punto de meterme en algo muy serio. Algo que me va a colocar por encima de muchos mierdas que se creen más poderosos que yo.
Entonces se gira.
—Colombia —continúa, y bebe un trago—. Me han contactado desde allí. Un viejo socio. Americano como nosotros, pero afincado allí desde hace años. Subió como la espuma. Ahora maneja un cártel con más kilos que escrúpulos.
Lo dice con admiración. Como si estuviera hablando de un ídolo, no de un criminal.
—Me ha propuesto un trato. Entrar directamente en su red. Saltarnos intermediarios. Cocaína de primera, rutas limpias, protección de sus hombres. Si esto sale bien, Billy…, vamos a mover más que nunca.
—¿Y yo qué pinto en eso?
—Serás mi hombre en los puertos. En las entregas importantes. Este tipo quiere discreción y lealtad. Y tú, a pesar de todo… —me señala con la copa—, sigues aquí.
No sé qué decir. Me limito a asentir.
—¿Nombre? —inquiero.
—De momento, sin nombres. Es mejor así. Lo importante es que cumple. Y que no perdona. El trato está cerca, Billy —añade, volviendo a mirar por la ventana—. Y no puedes fallarme.
Empiezo a estar hasta los huevos de no poder fallarle a nadie. Solo a mí mismo, claro.
No espero a que me pida que me largue. No es necesario.
Estoy saliendo del salón cuando escucho unos tacones acercarse desde el pasillo lateral. El mármol del suelo devuelve cada paso con una elegancia fría. No necesito girarme para saber quién es.
«Parece que vas a verla después de todo».
Sonrío para mis adentros.
Cuando dobla la esquina, no puedo evitar quedarme mirándola.
Lleva un vestido de color marfil que resalta su figura. El pelo recogido. Los labios pintados de un rojo discreto pero preciso. Camina con una seguridad medida, sabiendo exactamente el efecto que provoca.
—Billy —dice, con una media sonrisa—. No sabía que estabas por aquí.
Su voz es suave, pero no débil. Sabe usarla. Como todo en ella.
—Acabo de hablar con Ray —respondo, casi por acto reflejo—. Tema de negocios.
—Siempre negocios —murmura, acercándose un paso más. Apenas unos centímetros. Pero se notan.
Nos quedamos frente a frente, en ese tramo estrecho del pasillo donde la distancia se vuelve absurda. Nuestras miradas se cruzan. Yo intento mantener la compostura, pero ella no desvía los ojos.
Un instante. Solo uno.
La mano se le escapa y roza la mía al pasar. No es un accidente. Es lento, calculado y eléctrico. Como si me marcara la piel con un gesto tan mínimo como peligroso.
Me quedo quieto, conteniendo el aliento. El corazón latiéndome más rápido de lo normal.
Ella sigue su camino, dejándome con el eco de sus tacones alejándose.
Meneo la cabeza y sigo el mío.
No me sorprende encontrar una nota con indicaciones dentro del coche. No sé cómo cojones se las arregla para hacerlo, pero lo hace.
Hay poco tráfico en las inmediaciones del Millennium, uno de los parques más conocidos de Chicago.
Me cercioro de que nadie me sigue y voy al lugar indicado: un árbol sin ramaje, cerca de la gran fuente.
—Así que es aquí donde te escondes, ¿eh? —murmuro, sentándome a su lado.
—Me encanta este lugar.
Distingo a Jordan al fondo, pero no lejos de nosotros.
—¿No tienes frío?
Una capa gruesa y negra la cubre de pies a cabeza; aun así, los inviernos en esta ciudad son demasiado gélidos como para estar sentados en un parque a estas horas de la noche.
—Estoy bien —asegura—. ¿De qué has hablado con él?
—Me ha hablado de un nuevo negocio. Importante. Con un cártel colombiano.
No reacciona. Ni un parpadeo. Pero siento cómo el aire se vuelve aún más gélido a nuestro alrededor.
—¿Nombre? —pregunta con voz fría.
—No lo dijo. Solo que el tipo es americano, pero lleva años en Colombia. Dice que quiere abrir una nueva ruta, más limpia. Me ha pedido que lo supervise.
Silencio. No se mueve. Sin embargo, esa información ha hecho diana.
—¿Y qué le has dicho?
—Que sí, claro. ¿Tengo otra alternativa?
—Ese hombre… —susurra— Es el principio del fin.
Frunzo el ceño. No entiendo a qué se refiere.
—¿Le conoces?
En lugar de responder, se queda observando la noche.
—V —digo—. Si esto te toca de cerca, necesito saberlo.
Entonces se gira y me mira a los ojos.
—Tú solo sigue el juego —responde—. Averigua nombres, fechas, cómo y cuándo va a entrar ese hombre en la ciudad. Todo.
Asiento. Me muerdo la lengua antes de hacer más preguntas. Sé que hay algo detrás. Algo personal. Algo muy jodido.
—¿Estás bien? —me intereso.
Respira hondo y, por un segundo, solo uno, me parece ver un temblor en esa máscara; aunque desaparece rápido.
—Estoy más cerca que nunca…
Y, aunque no entienda del todo por qué, me lo creo. Porque su voz suena como un disparo contenido. Como una promesa silenciosa.