11
BILLY
El club tiene los olores característicos de siempre: a sudor y a secretos. Luces tenues, música suave y mujeres que se pasean como si el infierno tuviera forma de terciopelo. Es el tipo de sitio donde nadie alza la voz, pero todos están armados.
Me abro paso entre sillones bajos y mesas llenas de cristal tallado. Los hombres de Caruso me miran como si hubieran olvidado que sigo siendo de los suyos. O como si ya no lo fuera del todo. No lo sé.
Ray está en su rincón habitual. Piel morena, camisa impoluta, ese reloj dorado que brilla más que su conciencia. Fuma un puro como si se lo hubiera ganado. Hay dos chicas con él, sentadas en sus rodillas, pero las despide con un gesto cuando me ve.
—Mira quién ha salido de la cueva —dice, sonriendo con guasa. La sonrisa que usa antes de clavar un cuchillo en alguna espalda.
Me siento sin pedir permiso. No he venido a pedir nada.
—Tenía que recuperarme. No fue una herida leve.
—Pero estás vivo —replica, apoyándose en el respaldo—. Eso es lo que cuenta, ¿no?
Contengo la rabia y el gesto de asco.
—Depende de para quién —digo. Y lo digo despacio, como si cada palabra tuviera más fuerza que la anterior.
Ray me mira. La sonrisa se mantiene, aunque ya no es tan cómoda.
—¿Tienes algo que decirme, Billy?
—Tengo preguntas.
—Dispara.
Lo miro a los ojos. Ya no me importa si sabe que desconfío. Ya no me importa que me esté jugando el cuello. Quiero ver si se le mueve un músculo cuando le hable de lo que más o menos sé.
—¿Sabías que los ucranianos iban a interrumpir el intercambio?
—No.
Directo. Sin pestañear.
—¿Y sabías que uno de tus hombres estaba en contacto con ellos?
Ahí. Un destello breve. Una sombra que se desliza por su rostro antes de volver a cubrirlo todo con esa maldita calma suya.
—¿De qué estás hablando? —ladra entre dientes.
—Creo que alguien quiso matarme —respondo—. Y que no fui el objetivo del trato, sino el estorbo.
Apaga el puro con parsimonia. Se inclina hacia mí, la voz más baja, más peligrosa.
—Si tuviera que matarte, Billy, no fallaría. Lo sabes.
—Eso espero —le espeto, sin moverme un centímetro.
Nos quedamos así. Un segundo. Dos. Un mundo entero contenido entre nuestras miradas.
No le tengo miedo a este cabrón. Y tampoco respeto. Hace mucho tiempo que perdí ambas cosas.
Se echa hacia atrás, da una palmada, y la música sube un poco. Como si nada hubiese pasado. Como si la tensión no hubiese existido.
—Vuelve al trabajo —ordena—. Pero con más cuidado. Esta ciudad no perdona a los que dudan.
Me levanto despacio. Me duelen los dientes de apretar la mandíbula. Aun así, sonrío, porque en este sitio, una sonrisa puede ser tan afilada como una buena navaja.
—Gracias por el consejo. Pero tú, mejor que nadie, deberías saber que no soy de los que dudan. Te traeré un nombre, y te demostraré que lo sucedido no fue casualidad.
No me despido.
Salgo del club con la certeza de que he sembrado la semilla de la duda en esa cabeza podrida. Él también investigará. Claro que lo hará. No me cabe ninguna duda al respecto.
Conduzco hasta el puerto y aparco el coche cerca del muelle. Las luces de los barcos que llegan de madrugada titilan a lo lejos, entre la niebla que lo va envolviendo todo. Hace frío. Los inviernos en Chicago son duros. No obstante, me gustan. Me gusta la ciudad. Pero no la vida que llevo en ella.
Inspiro hondo y exhalo despacio.
No puedo quitarme de la cabeza que estoy vivo gracias a ella.
Que, si V no hubiera aparecido en ese jodido túnel, a estas alturas estaría criando malvas.
Y haber estado en peligro me ha servido para darme cuenta de que no quiero morir.
No ahora que empiezo a pensar que estoy en el camino correcto.
Y no antes de que me lleve por delante a Ray Caruso, alias: El Diablo.
Giro sobre los talones y regreso al coche.
Vuelvo a casa con el cuerpo cargado de tensión, como si no me perteneciera. Me quito la chaqueta nada más cerrar la puerta y la dejo caer sobre el sofá. El silencio me recibe como una advertencia. Todo está en su sitio, pero tengo la sensación de que mi mundo se tambalea.
Me echo agua fría en la cara. La mirada que me devuelve el espejo no me gusta. Tengo el labio partido, la ceja hinchada y ese brillo en los ojos que aparece cuando sé que estoy a punto de cruzar una línea.
«Puede que ya lo hayas hecho».
Seguro que sí.
Me seco la cara con la toalla y apago la luz del baño al salir.
Me dejo caer en la cama sin desvestirme, con la pistola cerca, como siempre. No puedo dormir. Mi mente la evoca a ella. Es inevitable.
V.
La mujer a la que nadie conoce de verdad.
La que me salvó en el túnel sin pensárselo.
La que se mueve entre sombras con una precisión quirúrgica, como si el miedo le perteneciera.
Ella es el puto enigma que no consigo descifrar.
Y ahora se esconde, o lidera, o lo que sea que haga, pegada al edificio donde Caruso duerme con el demonio que lleva dentro.
Y eso me jode.
Porque no sé si quiero protegerla, o si quiero alejarme antes de que esto estalle. Porque cuando lo haga, va a arder todo. Y no estoy seguro de que vayamos a salir vivos de esta.
No obstante, lo que más me jode... es que ella lo sabe. Sabe el riesgo que corre. Sabe lo que se juega. Y, aun así, sigue ahí. Como si no pudiera hacer otra cosa que apretar el gatillo.
Respiro hondo. Cierro los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo, rezo para que la oscuridad tarde un poco más en encontrarnos.
V
En el aire del zulo se notan la sangre y la orina.
La bombilla del techo parpadea, lanzando destellos que iluminan solo a ratos la cara destrozada del hombre atado a la silla.
Vicente Navarro. Uno de los hombres más cercanos a Caruso.
Una rata sucia y asquerosa a la que le gusta abusar de las niñas.
Me entran ganas de arrancarle la piel a tiras solo de pensarlo.
Tiene los labios partidos, la nariz rota, un ojo cerrado y un hilo de baba con sangre cayéndole por la barbilla. El pecho se le mueve rápido, como si cada respiración le costase más que la anterior. Lo tengo frente a mí.
—No dejes que te vea —advierte Jordan.
Asiento.
Sé de sobra las consecuencias que eso acarrearía.
—¿Sabes por qué estás aquí, cerdo? —le digo, sin subir la voz—. No es porque trafiques con drogas. Ni siquiera porque te llenes los bolsillos sobornando a gente importante. Estás aquí por las niñas…, cabrón. Y vas a pagar por cada una de ellas que has tocado.
Levanta la cabeza como puede. Intenta decir algo, pero lo que le sale no son palabras, solo un gemido hueco. No sé si quiere disculparse o pedir clemencia. Me da igual. No tengo intención de concederle ninguna de las dos.
Le hago un gesto con la cabeza a uno de mis hombres.
Él se adelanta desde las sombras. Trae los guantes puestos. Y una caja metálica que deja sobre la mesa.
—Este cerdo —mascullo sin mirarlo— tiene que entender que sus malos actos tienen consecuencias. Y que las niñas no son mercancía. Ni para él, ni para nadie.
Asiente. Una orden no necesita explicación.
—Quiero que recuerdes esto a partir de ahora. Cada vez que respires, vas a saber que tu castigo fue justo. Y lo vas a hacer sin la parte del cuerpo que has usado para destruir vidas.
No me quedo a ver el espectáculo.
Y no tiemblo cuando me alejo y lo oigo gritar.
A todo cerdo le llega su San Martín.
Cruzo en silencio el pasadizo que recorre el imponente edificio de mármol y cristal. No me detengo cuando llego a la vivienda; sigo subiendo hasta la azotea, con Jordan pisándome los talones.
La noche cae sobre la ciudad como una manta sucia y pesada. Desde aquí, todo parece más pequeño, más lejano. Como si los pecados quedaran bajo una capa de luces y humo. Jordan apoya los codos en la barandilla y yo me dejo caer en una de las sillas de carísimo bambú.
Alguien aparece, sin hacer ruido, y me deja una copa de licor entre las manos.
—¿Crees que se fía de ti? —pregunta Jordan sin mirarme, como si ya supiera la respuesta.
Intuyo por dónde van los tiros.
Encojo los hombros.
—No lo sé. Y tampoco me importa —respondo. Le doy un trago al vaso. El alcohol me araña la garganta como si quisiera recordarme que sigo viva.
—Sí que te importa —dice, y esta vez me mira. Tiene esa forma suya de soltar las verdades que no deja espacio para el engaño.
Guardo silencio unos segundos. El aire está cargado. Se avecina una tormenta.
En el zulo, ese miserable debe de seguir gritando. Pero aquí, arriba, solo queda la calma falsa que precede a los incendios.
—Billy no es como los demás —admito, al fin—. Tiene miedo, sí, pero no miedo de morir. Tiene miedo de convertirse en uno de ellos. En uno de nosotros.
Jordan sigue observándome, los ojos entrecerrados, como si midiera cada palabra.
—No parece mal tipo —murmura.
Sonrío de medio lado.
—No lo es. —Bajo la vista al vaso de cristal tallado. El líquido ambarino se agita despacio entre mis dedos, como si dudara de su propio reflejo—. Por eso no puedo dejarme llevar. Pero cuanto más lo intento...
Jordan se aparta de la barandilla y se cruza de brazos.
—Ya es tarde, ¿no?
Levanto la mirada.
—¿Para qué?
—Para mantener las distancias. Te has metido en su línea de fuego. Él en la tuya. Y los dos sabéis que no hay vuelta atrás.
Suspiro. Y, por un momento, dejo que esa posible verdad me roce como un filo frío bajo la piel.
—Puede ser, sí.
No dice nada más. Me deja en silencio, con mi copa y mis pensamientos. Y con el eco de esa certeza que no quiero aceptar del todo: que Billy no es un mal tipo y que, por eso, quizá, no debería estar aquí.
«Pero lo está».
Sí.
«Y quieres ayudarlo».
Cierto.
«Pues sigue adelante con el plan».
Bebo el resto del licor de un trago.
No tenía pensado echarme atrás.
Por muchas dudas que me asalten, jamás lo haré.