10
BILLY
La herida ya no sangra, pero sigue doliendo.
El tipo que me cosió sabía lo que hacía.
No pregunté su nombre y tampoco le dije el mío, aunque no tengo ninguna duda de que sabe de sobra quién soy.
En aquel momento, mientras me estaba curando, estaba para pocos trotes y solo quería que dejase de escocer, que me dejara tranquilo con mis pensamientos, con mi agonía.
Estoy tumbado en una de esas habitaciones que V tiene escondidas del mundo: sábanas limpias, olor a desinfectante y silencio. Demasiado silencio.
Cierro los ojos, y lo único que me viene a la mente, entre la oscuridad y el dolor, es su silueta. V con el arma en alto, viniendo hacia mí. Disparó antes de que el puto ucraniano apretase el gatillo. Y me salvó el pellejo.
¿Por qué?
Que ella estuviera dentro del túnel no era parte del plan. Ella no tenía que estar allí. Y, sin embargo, apareció. Precisa. Letal. Como si el infierno le debiese algo y estuviera dispuesta a cobrárselo esa noche.
Podrá decirme que fue una jugada estratégica, que me necesita con vida porque le soy útil. Porque sé cosas. Porque todavía no ha terminado de usarme. Podrá repetírmelo una y otra vez hasta que me lo crea. No va a conseguirlo.
La forma en que me miró después… No era solo cálculo.
No era solo poder. Había algo más. Algo que no quiero nombrar porque me jodería más de lo que ya estoy.
Porque si empiezo a pensar en eso, me va a costar mantener las distancias.
Y, con ella, mantener las distancias es lo único que puede salvarme.
Apoyo la cabeza contra la pared y escucho el leve zumbido de la calefacción. No estoy acostumbrado a que alguien dispare por mí. Y menos una mujer.
Me salvó. Y ahora no sé si eso me acerca más a ella… o al precipicio.
Resoplo, frustrado.
Ya he perdido la cuenta de las veces que he maldecido a la puñetera batería del móvil. Siempre se descarga por completo cuando más se necesita. Lo cierto es que soy un desastre y casi nunca me preocupo de esas cosas. Por eso me pasa lo que me pasa.
V entra en la habitación y se acerca sin decir nada, como casi siempre. Deja un cable sobre la mesilla, junto a un cargador que no es suyo, pero que ha conseguido para mí. Ladeo la cabeza para mirarla.
—Gracias —murmuro.
—No me gusta que estés incomunicado —responde, sin rodeos.
Asiento. No voy a discutir. Enciendo el móvil en cuanto lo conecto y la pantalla cobra vida. Diecisiete llamadas perdidas. Doce de Caruso. El resto, del número cifrado del tipo que suele ir con él. También hay un par de mensajes, uno de ellos con tono de amenaza velada.
ED : «¿Dónde coño estás?».
¿Que dónde estoy?
«Cabronazo de mierda».
No tardo en marcar su número. V no se mueve. Se queda en el umbral de la puerta, observando. Silenciosa. Como si necesitara escuchar lo que viene ahora tanto como yo.
—¿Billy? —responde al tercer tono, con la voz más rasposa que le he oído en semanas—. ¡¿Dónde mierda te has metido, joder?!
—Me dispararon. Hubo problemas en el túnel.
—¿Problemas? ¿Eso es lo que me vas a soltar? ¿Problemas? Tengo a ucranianos llamándome a las tantas, diciendo que no apareció nadie, que uno de sus hombres está muerto y que otro jura que fue una emboscada.
«¿No estaban los dos muertos?».
Levanto la mirada hacia V. Ella se tensa.
—A mí también me dispararon —repito, más seco.
Hay un segundo de silencio al otro lado. Lo suficiente para que me imagine su mandíbula apretada, los dedos tensos sujetando el cigarro a medio consumir.
—¿Y por qué no me has llamado antes?
—Porque estaba sangrando, Ray. Porque tuve que salir de allí como pude. Y porque alguien sabía que íbamos a estar en ese túnel.
Otro silencio.
—¿Estás insinuando que hay una filtración?
—No lo estoy insinuando. Lo estoy afirmando.
Respira hondo. Un rugido ahogado me atraviesa la oreja, como si el enfado hiciera temblar la línea telefónica.
—Quiero verte. Hoy. En el club —demanda.
—Iré. Pero primero voy a averiguar quién lo preparó. Porque fue una trampa, Ray. No una casualidad.
Cuelgo antes de que pueda añadir nada. V sigue ahí, mirándome. No me pregunta qué ha dicho. Solo asiente, como si supiera que ahora, más que nunca, estamos en el mismo bando.
O al menos, con el mismo enemigo.
—¿Y bien? —pregunta al fin sin rodeos, con los brazos cruzados. No se ha movido del marco de la puerta.
—Está cabreado —mascullo, dejando el móvil sobre la cama como si me quemara—. Más de lo normal. Está nervioso.
Asiente con un gesto casi imperceptible.
La miro. Tiene esa mirada afilada con la que lee entre líneas todo lo que otros ignoran. Me recuerda por qué la respeto.
—¿Crees que lo sabía? —cuestiono, despacio—. ¿Caruso? ¿Que iban a joderme?
—No —responde sin dudar—. No del todo. Pero alguien muy cercano a él sí. Y ese alguien nos quiere muertos a los dos.
Su tono de voz me deja frío. Pero no puedo dejar de mirar cómo se le mueve la boca cuando habla.
—¿Tienes un nombre? —inquiero.
—Hay uno que empieza a sonar con fuerza, aun así, no estoy del todo segura —dice, y se acerca unos pasos. Me tiende un pequeño sobre cerrado—. Escucha esto cuando estés solo. Grabación reciente. Una conversación entre uno de sus hombres de confianza y un ruso. ¿Te suena el apodo del Pastor?
«Deja de mirarle la boca mientras habla, idiota».
Cojo el sobre.
—¿Te refieres a Marco, el jefe de seguridad de Caruso?
Asiente. Una sola vez.
—Demasiado ambicioso. Demasiado callado últimamente. Y demasiado cómodo con los rusos. Me hiede a traición. ¿A ti no?
Aprieto los dedos en torno al sobre.
—Es factible. Tiene acceso a todo: rutinas, rutas y nombres.
—No a todo —corrige, bajando la voz—. Aún no sabe hasta dónde estamos dispuestos a llegar nosotros.
Guardamos silencio. Por primera vez desde que salí del túnel, siento que las piezas empiezan a encajar. También siento que vamos a necesitar ensuciarnos mucho más las manos si queremos llegar al final de esto vivos.
—¿Qué vas a hacer? —Quiero saber.
Sonríe, ladina.
—Servírselo a Caruso en bandeja de plata.
—¿Cómo?
—En cuanto tenga toda la información, te lo cuento.
—¿Adónde vas? —pregunto al verla girar sobre los talones para largarse.
—Al despacho. Estoy esperando una llamada muy importante.
—¿Puedo ir contigo?
Duda, pero al final acepta.
—¿No prefieres darte una ducha y cambiarte de ropa antes? —Señala las prendas que dejó uno de sus hombres sobre la silla.
—Pero la pierna… —balbuceo un poco.
—El doctor te traerá una bolsa hermética para que cubras la herida y no se moje. A no ser, claro, que prefieras que Jordan venga con un barreño y te pase una esponja, ya sabes...
—Ja, ja. Muy graciosa. Me parto de risa.
—Enviaré a alguien a buscarte dentro de media hora.
Y se marcha, dejándome bizco con el contoneo de sus caderas.
¿Qué cojones me está pasando? ¿Me he dado un golpe en la cabeza y no me he enterado o qué?
Cuarenta minutos más tarde, una mujer que no he visto en mi vida me guía por un pasillo largo y ancho. Porque sé que es imposible, pero si no, juraría que me está llevando directo a la boca del lobo. Y por boca del lobo me refiero al despacho de Caruso, no al de V.
Su voz apenas es audible cuando llamo a la puerta y me da permiso para entrar.
Está sentada frente a una mesa baja, con una tableta encendida y una carpeta de cartón sin etiquetas. Me indica con la cabeza que cierre la puerta. Lo hago. Luego me acerco a la ventana con la misma sensación que me acompañó hasta aquí: un cosquilleo que empieza en la nuca y no tiene fin.
Desde aquí, la vista abarca parte del Distrito Financiero, con sus imponentes rascacielos de cristal y acero que se alzan como gigantes implacables. El bullicio lejano apenas traspasa el grueso cristal, pero el silencio pesa, como si incluso el aire supiera que aquí no es bienvenido.
Los pelos se me ponen como escarpias.
—Hostia, no me lo puedo creer —gruño con demasiado énfasis.
—¿Qué cosa?
La observo incrédulo.
—¿Estamos pegados al edificio de Ray Caruso?
—Sí, somos sus vecinos. ¿Por?
Meneo la cabeza despacio, casi con la boca abierta.
—Estás como una puta cabra, joder.
—Al enemigo hay que tenerlo cerca, Billy.
—Tanto que te tiene pegada a su culo, casi literalmente.
—Esa es la idea, sí.
—¡Guau!
—¿Puedes dejar de flipar tanto y acercarte?
Obedezco sin rechistar e intento ponerme cómodo en el asiento, con la pierna estirada.
—¿Qué es eso? —pregunto fijándome en todo lo que la rodea.
—Algo que quiero enseñarte.
En cuanto veo de qué se trata, tuerzo el gesto. Las imágenes me repugnan. Son odiosas y horribles. Y, para mi desgracia, conozco a la rata que sale en ellas.
—¿De dónde las has sacado? —suelto, asqueado.
—Alguien de confianza me las ha hecho llegar. Conoces a ese hombre, ¿verdad?
Chasqueo la lengua.
—Sí. Tan bien como tú.
—Lo imaginaba.
—Hace mucho tiempo que trabaja para Caruso. Es uno de los tíos que se encargan de… los niños y niñas que… venden, creo.
—Así es. Mis hombres lo tienen en el zulo.
—¿En el zulo?
—Un lugar bastante peor que el almacén al que te llevaron a ti.
Trago saliva.
—¿Vas a matarle?
—Se lo merece, pero no. No voy a hacerlo. Lo que sí haré, será darle una paliza y rebanarle la polla. Así me encargaré de que jamás vuelva a sentir placer cuando vea a una niña.
Me encojo solo de imaginar la escabechina.
—V…
—Quiero que le hagas llegar a Granger todo este material antes del próximo martes. Día en el que esa basura caerá delante de sus narices.
—¿Y cómo esperas que haga eso?
Encoge los hombros.
—Eres un poli, ¿no? Pues apáñatelas.
—Pero si descubre que yo…
—Vamos, Billy —interrumpe—. Llevas mucho tiempo en la nómina de Caruso. Sabes de sobra cómo hacerlo sin que nadie te vea.
Aprieto los dientes.
—Está bien.
Cruza las piernas. Largas. Torneadas. Y tamborilea con los dedos en el reposabrazos.
—No esperaba menos de ti.
Me observa con tanta intensidad que contengo el aliento.
Carraspeo.
—¿Algo más?
—Llámame cuando hayas visto a Caruso. Quiero saberlo todo de ese encuentro. Puedes marcharte. Cierra la puerta al salir.
Lo hago. Muy a mi pesar.
¿No debería preocuparme querer pasar más tiempo con ella?