9
V
Las ruedas del todoterreno chirrían al frenar junto a la salida lateral del túnel. Jordan se baja antes de que el motor termine de apagarse. Va vestida de negro, armada hasta los dientes y con esa expresión suya de que no hay tiempo para gilipolleces.
—¿Está vivo? —pregunta al llegar a mi lado.
—Sí, pero ha recibido un tiro en la pierna. Nada letal.
Billy gruñe algo entre dientes, apoyado contra mí. Tiene la cara empapada en sudor y los labios apretados, pero no ha perdido el conocimiento. Aún.
Gerard baja del asiento del conductor.
Entre los tres lo subimos en la parte de atrás. Jordan va con él, manteniendo la presión en la herida con una toalla que lleva en la mochila. Siempre preparada.
Yo voy delante, al lado de Gerard.
—¿A dónde lo llevamos? —inquiere él, arrancando.
—A casa —respondo.
Me mira de reojo, sin preguntar cuál. Sabe perfectamente a qué me refiero.
No es el enorme apartamento en el que vivo.
Es el edificio sin nombre, el que no figura en los planos, el que se esconde tras fachadas falsas y pasillos con cámaras que solo responden a mi voz.
Allí donde guardo archivos, dinero, armas…
y secretos. El lugar donde las « Hijas del dolor », la organización compuesta casi en exclusiva por mujeres, comienza a existir, aunque ahí fuera aún nadie lo sepa.
Cuando llegamos, ya hay una habitación preparada. Jordan ha llamado desde el coche y ha activado el protocolo.
Billy está semiinconsciente cuando lo llevamos a la camilla.
Me aseguro de que lo limpien, le extraigan la bala y lo suturen con cuidado.
No quiero morfina. Solo lo justo para que no grite.
Necesito que su mente esté despierta cuando abra los ojos.
Que sepa dónde está. Que sepa con quién cuenta… , y a quién le debe la vida esta vez.
—¿Crees que fue Caruso? —cuestiona Jordan mientras se lava las manos, con la ropa manchada de sangre.
—No lo sé. Pero si no fue él, alguien quiere que lo parezca.
Asiente, tensa.
—¿Qué vas a hacer? —Me observa con interés.
Exhalo con fuerza y respondo:
—Lo que haga falta.
Me acerco a la camilla. Billy duerme, o finge hacerlo. Tiene el ceño fruncido, como si incluso en sueños siguiera en guardia. Me detengo a mirarlo. Este disparo lo ha acercado más a mí. Más de lo que él mismo imagina.
Y eso, en este juego…, puede ser su perdición. O su salvación.
«O la de ambos».
Ignoro esa vocecilla que siempre está alerta y metiendo las narices donde no debe.
—¿Vas a quedarte aquí con él?
Miro a Jordan.
—Necesito una ducha y cambiarme de ropa. Vendré luego a ver qué tal está.
—No debería de tardar en despertarse. Solo le hemos puesto un poco de sedación.
—Bien. Si te necesito, te llamaré. Ve a descansar.
No dice nada al salir por la puerta.
Yo me quedo cinco minutos más con él.
«¿Qué demonios ha pasado en ese jodido túnel?».
Una vez en mi habitación, me deshago de toda la ropa y entro en el baño, donde me doy una ducha rápida. No reparo en el aspecto que tengo: demacrada y preocupada.
«Si ha sido Caruso…».
Tendré otro motivo más para cargármelo.
No tardo en regresar a su lado.
La luz es tenue en el cuarto en el que se encuentra.
Un cuarto amplio y con material médico suficiente como para que no necesitemos ir a un hospital en casos como este.
En este tipo de organizaciones, en las que te juegas la vida cada dos por tres, es habitual tener un médico en nómina. Yo no iba a ser menos.
No hay ventanas, solo una lámpara de brazo que lanza un círculo cálido sobre la cama. Él parpadea, lento. Cuando me acerco, ya está despierto del todo.
—¿Dónde…? —balbucea.
—Estás a salvo —respondo, sin rodeos. Me siento en la silla que hay junto a la cama—. En la organización. Mi guarida.
Intenta incorporarse, pero el dolor lo traiciona y se deja caer de nuevo con una mueca.
—No intentes hacerte el duro —le regaño—. Te han hecho un buen remiendo en la pierna y has perdido bastante sangre. Quédate quieto.
Me busca con la mirada. Está despeinado, con la barba sin afeitar y la voz aún ronca por el analgésico leve que le hemos dado. Pero sigue teniendo ese brillo en los ojos. Esa forma de mirarme que me hace pensar en cosas para las que no tengo tiempo, aunque sí ganas.
—Estabas allí… —musita al fin.
Asiento.
—No iba a dejar que te volaran la cabeza.
—Podrías haberlo hecho. Habría sido más fácil para ti.
Sonrío de medio lado.
—¿Crees que me gustan las cosas fáciles? —Me inclino hacia delante, clavando los codos en las rodillas—. En absoluto, Billy.
Silencio.
Me observa como si buscara algo en mi cara. O viéndolo. No lo sé.
—¿Por qué me ayudaste, V? —Quiere saber.
Me quedo mirándolo. Seguro que espera una respuesta táctica. Calculada. Pero no se la doy.
Suspiro de forma lenta, como si me costara.
—Porque estás en mi equipo —contesto al fin. Bajo el tono de voz—: porque no quería perderte.
El aire se tensa entre los dos. No hace falta tocarse para que se note. Es más peligroso así. Más real.
—V…
—Aunque no lo creas —interrumpo—, no soy tu enemiga, Billy. Al contrario.
—Pero…
Niego con la cabeza.
Me levanto, le ajusto la sábana y le dejo un vaso de agua cerca.
—Descansa. No te muevas. Si necesitas mear, llama a Jordan. No seas imbécil.
—No llamaré a Jordan para eso. Es una mujer.
Enarco las cejas.
—¿Te da vergüenza que te vea la picha floja?
Se queja al tratar de reír.
—Puedo venir yo, si quieres… —sugiero con guasa.
Carraspea.
—La prefiero a ella.
Le guiño el ojo.
—Buena elección.
Me doy la vuelta y salgo, sin esperar respuesta. Si me quedo un minuto más, cruzaremos una línea que todavía no quiero pisar. No ahora. Y mucho menos así.
Pero la cruzaremos. Lo sé.
Y él también.
Me encierro en mi despacho con llave y enciendo el ordenador.
Tengo una copia de cada conversación que Caruso mantiene por línea segura. Una pequeña joya que conseguí a través de un contacto de Gül.
Reviso los archivos de los últimos días. Palabras clave: «intercambio», «túnel», «ruso», «ucranianos». No hay nada claro. Caruso es un viejo zorro como para dejar pistas así de limpias.
Pero entonces veo un mensaje extraño. Un correo cifrado, reenviado dos veces.
El último destinatario: un nombre falso que sé que usa la gente de seguridad de Caruso.
Y una frase en el asunto: «Si el perro ladra, muérdelo primero».
No se menciona el túnel. No se menciona a Billy. Pero hay algo en ese tono, en ese momento, que se percibe como un aviso. A advertencia encubierta.
Me echo hacia atrás en la silla. El monitor me devuelve mi reflejo borroso: ojos fijos, mandíbula apretada. Billy estaba en peligro. Y no por azar.
Hablar con él de esto, y que me cuente cuáles fueron sus impresiones en el túnel, es primordial. Por eso vuelvo al cuarto donde lo dejé refunfuñando.
Lo encuentro sentado en el borde de la cama, torpe, sudando. La pierna vendada, estirada; los dedos blancos de apretar el colchón.
—¿Qué coño haces? —exclamo desde la puerta, cruzada de brazos.
—Intento no oxidarme —gruñe—. No me va eso de quedarme tumbado sin hacer nada.
Camino hacia él despacio. No dice que le duele, pero el temblor en la mandíbula lo delata. Lleva solo una camiseta gris y un pantalón de chándal que no es suyo. Probablemente Gerard lo vistió mientras estaba medio inconsciente. Lo hace parecer menos Billy y, a la vez, más él que nunca.
—Oxidarte no es el problema, idiota. Morirte por una hemorragia, sí.
—No estoy muerto.
—No, gracias a mí.
Le alcanzo una botella de agua y lo obligo a beber. Después, cojo una manta y se la echo sobre los hombros. Me detengo solo un segundo, apenas lo suficiente para notar el calor de su piel bajo la tela.
—Esto es una mierda —protesta.
—Lo sé.
—Tú también piensas que fue cosa de Caruso, ¿verdad?
—Si no de él, de alguien de dentro.
Frunce el ceño. No por escepticismo, sino por dolor.
—Lo has estado investigando —no pregunta, afirma.
—No del todo. Solo he estado escuchando algunos audios en los que no había nada claro.
—Entonces…
—Un correo de alguien de dentro. Personal de seguridad, tal vez.
—Joder.
—Estoy en ello, Billy.
Traga saliva.
—Gracias.
Esquivo su mirada.
—¿Cuál fue tu percepción allí dentro?
Inspira y espira.
—Todo iba bien, según lo previsto. Y, de repente, no sé qué cojones cambió. Lo noté en el aire, en un gesto que hizo uno de ellos. Cuando me apuntó con el arma y le quitó el seguro… lo tuve claro: alguien me quería muerto.
—¿Alguna noticia de tu «jefe»? —entrecomillo la última palabra.
—Tengo el teléfono sin batería, pero seguro que me ha estado llamando, claro.
—¿Y qué vas a hacer?
—Cagarme en sus putos muertos.
—Hay que ir con cuidado —advierto—. Si sospecha de ti, de nosotros…
Asiente.
—Te buscaré un cargador para el móvil. Quiero que lo llames y tantees el terreno. Dile que no tienes las armas ni el dinero. Que alguien te ayudó en el túnel con esos tipos.
—¿Y qué harás tú mientras tanto?
—Investigar
—¿Y si no ha sido él?
Encojo los hombros.
—Entonces le haremos llegar un anónimo con toda la información, y que él mismo se encargue de ajustar cuentas.
—Bien.
—Ahora descansa, necesitas recuperar fuerzas.
Le echo un último vistazo antes de salir por la puerta.
«No soy tu enemiga, Billy. No lo soy».
Marco el número en cuanto vuelvo a estar en el despacho.
El móvil suena una vez, dos. En la tercera, se conecta. Ningún saludo. Ningún nombre.
—Dime —su voz, siempre neutra, casi sin acento. Ni turco ni nada.
—El intercambio ha salido mal. Han disparado a Billy. Está bien.
—¿Caruso?
—No. No esta vez. Es alguien más. Alguien de dentro.
—¿Sospechas?
—El jefe de seguridad. Al que llaman «el Pastor». Tiene contactos en la zona este.
—Interesante…
—¿Puedes averiguarlo?
—Puedo intentarlo.
—Hazlo.
Cuelga sin más.
Pienso en la red que se teje bajo los pies de Caruso, en las lealtades que ya no son lo que parecen, en Gül, esa voz sin rostro que opera como un bisturí en la oscuridad...
Y en mí. En lo que estoy dispuesta a hacer para cortar esta infección de raíz.