Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 8
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BILLY

La radio suena baja, apenas un murmullo en medio de la noche.

Jazz, claro. Me encanta el sonido del saxo.

Estoy en el coche, aparcado en un rincón discreto de la ciudad.

Un lugar donde nadie se fija, donde uno puede desaparecer un rato sin levantar sospechas.

Tengo el cuaderno de bocetos en el regazo, pero hace un buen rato que no dibujo nada.

La punta del lápiz se ha quedado quieta sobre el papel.

Pienso en ella.

En V.

Joder.

No debería, lo sé. Hay líneas que no se cruzan. Y esta no es una línea: es un puto campo minado. Pero, aun así..., ahí está. En mi cabeza, como si se hubiera instalado sin pedir permiso.

Tiene esa manera de mirarte, como si te viera por dentro. Como si supiera exactamente hasta dónde puedes llegar antes de romperte. Y, aunque nunca lo diga, aunque nunca lo muestre, creo que, a veces, se pregunta si lo harás. Si te romperás.

No soy un crío. He visto mujeres hermosas, peligrosas, magnéticas.

Pero ninguna como ella. V no juega a ser la reina: lo es.

Y, sin embargo, hay algo en su forma de hablar cuando estamos solos, en los silencios entre frase y frase, que me vuela la cabeza.

Que me hace pensar en cosas que no tienen cabida en esta guerra sucia.

Cómo se le marcan los pómulos cuando tensa la mandíbula. La forma en la que inclina la cabeza cuando se concentra. El leve cambio en su voz cuando dice mi nombre.

Y yo ahí, como un idiota, conteniéndome. Fingiendo que no noto nada. Que no me afecta. Que puedo estar cerca y seguir siendo profesional.

Respiro hondo, dejo el lápiz sobre el asiento y me echo hacia atrás. Cierro los ojos. No por descanso. Por protección.

No puedo permitirme esto.

Sin embargo, tampoco puedo evitarlo.

Y no sé qué me revienta más.

Suelto el aire contenido en los pulmones y me yergo en el asiento, decidido a dejar de pensar en esto y en tanta tontería. No sé por qué lo hago, por qué le doy vueltas a algo que jamás debería pasarme por la cabeza.

Giro la llave en el contacto y el coche cobra vida.

Recorrer las calles hasta el barrio en el que vivo, gracias al poco tráfico de la noche, es pan comido.

Abro la puerta de casa y me recibe el silencio. El de siempre. Dejo las llaves en el cuenco de metal junto a la entrada, me quito la chaqueta y la cuelgo con un movimiento automático. No necesito luz. Sé dónde está cada cosa. Y esta noche no quiero ver nada más de lo necesario.

Voy directo al armario del pasillo. Abro la caja fuerte empotrada. Reviso el contenido como si no me lo supiera de memoria: pistola reglamentaria, otra más pequeña para el tobillo, cargadores, una navaja que nunca he tenido que usar, pero que siempre llevo.

El móvil vibra dentro de la chaqueta, en la percha.

Caruso.

Respondo sin decir mi nombre.

—¿Listo? —pregunta, sin adornos.

—Listo —respondo, seco. No le voy a dar más de lo que pide.

—Túnel 37. Medianoche. Dos camiones pequeños de color negro, sin matrículas. Dentro va el paquete. Dos ucranianos estarán esperándote. No hables más de la cuenta.

«No tengo pensado hacerlo».

—¿Y después? —mascullo.

—Después, tú no has estado allí —advierte, y puedo oír el veneno tras esa calma impostada—. Solo asegúrate de que no haya... sorpresas.

—Entendido.

—Confío en ti, Billy. No me falles.

Cuelga.

Sus palabras siempre suenan igual. Como una cuerda alrededor del cuello que todavía no aprieta…, pero puede hacerlo en cualquier momento.

Apoyo las manos sobre el mármol frío. Miro el reloj. Me quedan unas horas. Pocas.

Vuelvo al cuarto. Me cambio de ropa. Negra, práctica. Me pongo el revólver en la cintura, el otro en el tobillo. Me siento al borde de la cama un momento, mirando al vacío.

Algo me dice que esta noche no va a salir como debería.

Y, aun así, voy.

Llego diez minutos antes.

Aparco el coche en un callejón paralelo y apago las luces. El túnel 37 está a menos de cien metros. Un tramo olvidado de la red subterránea, cerrado al público desde hace años. Perfecto para lo que se trae entre manos Caruso.

Cojo el revólver, lo reviso. Cargado. Silencioso. Lo dejo en su sitio y salgo del coche. El aire es frío, más que hace un rato. La humedad del subsuelo lo impregna todo.

Camino hacia la entrada del túnel. La verja oxidada está entreabierta, tal como se había dicho. Todo según lo planeado. O eso parece.

El silencio aquí no es como el de casa, sino denso. Como si algo estuviera a punto de saltar por los aires.

Entro.

La oscuridad me traga enseguida, pero mis ojos se adaptan rápido. El túnel tiene olor a suciedad, a tierra mojada y a peligro. Camino con paso firme. No quiero parecer nervioso.

Unos metros más adelante, veo las luces. Cuatro faros amarillentos apuntando hacia mí desde los camiones. El negro mate de la carrocería los hace casi invisibles, pero sé que están ahí. Parados. Esperando.

Dos siluetas. Ucranianos. Altos, duros. Miradas que no sonríen.

Me sitúo a unos pasos de ellos. No me muevo. Miro el reloj otra vez.

Medianoche en punto.

Es la hora.

V

Me quedo agazapada entre las sombras, en la parte alta de la estructura oxidada que cubre parte del túnel. Jordan me ha dejado justo en la entrada y se ha ido a cubrir la retaguardia. No le gusta este plan. A mí tampoco. Pero hay cosas que una tiene que ver con sus propios ojos.

Abajo, el túnel parece un pozo sin fondo. Se percibe en el ambiente el olor a humedad y a metal, como si la historia del lugar estuviera empapada en sangre vieja.

Y ahí está él.

Billy.

Llega puntual, como siempre. Paso firme, mirada atenta. Va vestido de negro, discreto. Lo reconozco por la forma en que camina, por ese leve giro de cabeza que hace al evaluar el terreno. Está solo. No ha traído refuerzos. Ni siquiera un maldito chaleco.

«Idiota».

Se acerca a los camiones.

Dos hombres lo esperan. Ucranianos. No hace falta verlos de cerca para saberlo. Sus posturas lo dicen todo: militares, entrenados, acostumbrados a cerrar tratos sin abrir la boca.

Billy les hace una señal. Ellos asienten. No hay palabras. No las necesitan.

Pero yo sí necesito algo.

Necesito saber que él va a salir entero de esta.

Y no sé por qué coño me importa tanto.

El corazón me late más deprisa de lo que debería. Esto no es nuevo para mí. He visto muchos intercambios. He saboteado otros tantos. Pero esta vez... hay algo distinto. La posibilidad de que El Diablo haya preparado esto como trampa. Como cebo.

Y si Billy cae...

Un crujido a mi derecha me pone alerta. Me agacho un poco más, por instinto. No hay nadie, solo ratas. Y mi cabeza, que no deja de imaginar finales fatales.

Billy habla con uno de ellos. No puedo oír bien lo que dice desde aquí, pero su cuerpo me indica que todo va según lo previsto. Que mantiene el control.

Por ahora.

Uno de los ucranianos abre la puerta trasera del camión de la derecha. Billy no se inmuta, pero veo cómo se tensa la línea de sus hombros. No se gira, no retrocede, solo ajusta un poco el ángulo del cuerpo. Como si supiera que el viento acaba de cambiar de dirección.

Del furgón sacan una caja larga, negra, con cierres metálicos. Dos. Tres. Las colocan en el suelo con cuidado. Demasiado cuidado. No es el movimiento práctico de alguien que entrega mercancía. Es el ritual de quien está a punto de hacer algo diferente.

El ucraniano más alto da un paso al frente y abre una de las cajas. Fusiles automáticos. Brillan bajo la luz tenue del túnel.

Lo que pasa después es lo que me hace contener el aliento.

El otro saca su arma y apunta a Billy.

Ni una palabra. Solo el clic seco del seguro al retirarse.

Billy no reacciona de inmediato. Les habla. Calma en la voz, firmeza en el gesto. Está negociando sin perder la compostura.

«¿Qué coño...?».

¿Caruso? ¿Esto es cosa suya? ¿O son estos cabrones los que han decidido cambiar las condiciones del trato? Mi dedo roza el gatillo del arma que llevo bajo la chaqueta. No he venido para intervenir. Solo para observar. Pero si dan un paso más, si se atreven siquiera a rozarlo...

El ucraniano que apunta a Billy dice algo en su idioma. No lo entiendo, aun así, reconozco el tono. Advertencia.

Billy sigue sin retroceder.

Al contrario. Levanta las manos, despacio, firme. Les habla otra vez. Les dice que si tienen un problema, que llamen a su jefe. Que él solo cumple órdenes.

Y ahí está el punto exacto en el que todo podría estallar.

Ya no hay tiempo para pensar.

En cuanto el ucraniano ladea la cabeza, como si estuviera esperando una señal, sé lo que va a pasar. Lo veo venir en el destello de esa mirada. En la rigidez de sus dedos.

Y entonces dispara.

Aunque yo soy más rápida.

El eco de mi primer disparo sacude el túnel como un trueno. Le doy en el hombro. Cae hacia un lado, la pistola vuela de su mano.

El otro ucraniano se gira, confuso, y Billy aprovecha para golpearlo. No con el puño, sino con la culata de su propia arma. Movimiento limpio, directo. Pero el cabrón no cae. Le lanza un empujón brutal, y Billy pierde el equilibrio.

Disparo otra vez. Esta vez no fallo: el tipo cae con un grito y sangre en la pierna.

Justo cuando creo que el peligro está bajo control, un tercer disparo resuena en la oscuridad.

Y es Billy quien se tambalea.

—¡Joder! —maldigo, saliendo por fin de mi escondite.

Corro. No me importa quién más pueda estar mirando. No me importa si alguien más me va a reconocer. Lo único que veo es a Billy sujetándose la pierna, con la mandíbula apretada por el dolor.

—¿Puedes andar? —pregunto, ya a su lado. Mis ojos revisan el entorno, el cuerpo de los ucranianos, las cajas. A él.

—Sí…, creo que sí. —Su voz es tensa, ronca. No se queja, pero le duele. Le duele de verdad.

Le hablo a la radio que ya tengo en la mano:

—Jordan, necesitamos ayuda. Entrad con el coche. Es urgente.

¡Maldita sea, sabía que algo olía a podrido!

«Y no te has equivocado».

Ojalá lo hubiera hecho.