7
V
Me desplomo en el sofá, los músculos tensos de todo el día, al fin relajándose.
Me arde la planta de los pies por culpa de los puñeteros zapatos de tacón.
Odio los paripés como el de esta noche: las galas benéficas, las comidas elegantes y los bailes de salón que Caruso regala a sus «amigos». ¡Menuda pantomima!
La luz tenue de la lámpara de pie ilumina la estancia, creando sombras suaves que hacen que todo parezca más tranquilo, más acogedor.
Jordan está sentada en una silla cerca de la ventana, mirando hacia la ciudad, pero no parece perdida. Su mirada es como siempre: alerta, aunque sin tensión.
—¿Te apetece tomar algo? —le pregunto, estirando las piernas y acomodándome en el sofá. No necesito que me responda; sé que no beberá nada, solo es la costumbre.
Me lanza una mirada fugaz antes de sonreír.
—¿No estás cansada de todo esto? —dice, haciendo un gesto con la cabeza hacia la calle, como si el mundo fuera una extensión de lo que hacemos.
Sonrío levemente. ¿Cansada? Claro, pero eso no lo cambia todo.
Mi mirada va hacia el ventanal, también contemplando la ciudad, que parece tan distante, tan ajena a lo que de verdad ocurre aquí dentro, que me relaja.
—No. No todavía —respondo con sinceridad, sin necesidad de justificarlo. Con Jordan no tengo que dar explicaciones.
Ella entiende a la perfección de qué va todo esto.
Como ya dije en una ocasión, fue contratada para guardarme las espaldas y tenerme controlada.
Me costó lo mío llegar a ella y ganarme su amistad.
Es una mujer que no lo ha tenido fácil, como la mayoría de las mujeres que piden a gritos entrar en la organización.
Suspiro.
Las cosas de palacio van despacio. Todo a su debido tiempo.
Ella es ahora una de mis aliadas. Igual que Gerard.
Personas que llegaron a mi vida por obligación y que, ahora que me las he ganado, no me gustaría perder por nada del mundo.
Me son leales. Me son fieles. Nos mantenemos con vida los unos a los otros.
Me quedo en silencio un momento, pensando en lo que viene, en lo que he planeado, en lo que vendrá. Hay un punto en el que todo esto deja de ser una estrategia y pasa a ser una necesidad.
Jordan suspira y se reclina, cruzando las piernas.
Es guapa, la tía. Llena de curvas. Despampanante.
—¿Sabes? —habla, con esa voz suya que tiene la mezcla justa de calma y advertencia—. A veces me pregunto si todo esto nos llevará a algún sitio que merezca la pena. No es que dude de ti, V… Es solo que… nunca se sabe.
Me echo hacia atrás en el sofá, la cabeza descansando en el respaldo, mirando al techo por un momento.
—¿Y si no lo hace? —digo con una ligera sonrisa que no tiene mucho de humor—. No somos buenas personas, Jordan. Y lo sabemos.
Asiente, sin juicio, como si lo entendiera, como si ya lo hubiera dicho miles de veces antes.
—No, no lo somos. Pero, aun así, aquí estamos, haciendo justicia. Juntas.
Lo dice con una seguridad rotunda, como si esa simple verdad fuera todo lo que necesitáramos. Y, por un momento, siento esa conexión. No estamos solas en esto. Lo que sea que nos espera, lo enfrentaremos juntas.
Me levanto, estirando los brazos hacia el techo.
—Te prometo que lo que venga, lo controlaremos. Y, si no podemos..., lo intentaremos de nuevo. Pero, por ahora, basta de pensar. Hay cosas que solo se hacen. Sin más.
Suelta una pequeña risa y me lanza una mirada de complicidad.
—Tienes razón. A veces solo hay que seguir adelante.
Me acerco a la ventana y la abro un poco, dejando que entre algo de aire frío. El silencio entre las dos es cómodo, un reflejo de lo que no necesitamos decir.
—Mañana seguimos con todo. Pero ahora, vamos a descansar —musito sin dudas, porque sé que, si lo hacemos bien, mañana será otro día más para acercarnos a lo que realmente queremos.
Jordan asiente, su cuerpo relajado, aunque su mente nunca lo está del todo. Y yo, por una vez, me permito un respiro.
—Por cierto —suelta de pronto, como si acabara de acordarse de algo—. Hemos vuelto a saber de la turca.
Levanto una ceja, sin girarme del todo.
—¿Gül? —pregunto.
Asiente, cruzándose de brazos.
—La misma. Ha dejado un paquete en el piso franco del este. Sin nota. No obstante, sabemos que ha sido ella.
Me giro del todo, mirándola con interés. Gül no se mueve sin motivo. Y si ha dejado algo, es porque quiere que lo veamos.
—¿Lo has abierto?
—Claro —dice, con una media sonrisa—. Fotos. De uno de los hombres de Caruso en la frontera. Sucias. Muy sucias. Drogas, niñas, sobornos... Lo típico. Pero bien documentado. Muy bien.
Respiro hondo. No es la primera vez que Gül nos hace llegar algo así desde las sombras. No pide nada a cambio. Nunca aparece en persona. Solo deja piezas. Pruebas. Grietas.
Nos conocimos en una reunión de organizaciones que celebraban el ascenso de uno de los integrantes a capo; creo que era su hermano o su primo, no estoy muy segura, la verdad sea dicha. Lo único que sé es que eran familia.
Al principio, cuando nuestros ojos se cruzaron, lo hicieron con recelo.
Con el paso de las horas, nos fuimos dando cuenta de que no estábamos allí por placer, sino por obligación.
Coincidimos en el aseo. Charlamos un poco.
No tengo ni idea de cómo supo que yo estaba planeando algo, pero así fue.
Y, varias semanas después, me hizo llegar cierta información que aproveché muy bien.
Desde entonces, está dentro de la organización, aunque no se deje ver demasiado.
Jordan carraspea.
—Nos está ayudando a su manera —murmuro, más para mí que para ella.
Se encoge de hombros.
—O está jugando a su propio juego y nos viene bien mientras tanto. Pero, sí, ayuda. Y eso, a estas alturas, es oro.
Asiento despacio, sintiendo cómo el aire frío de la ventana abierta me despeja la cabeza. Gül. Siempre un paso más allá. Siempre en silencio. No sé por qué lo hace, pero empiezo a sospechar que sus motivos se parecen demasiado a los míos.
—¿Quieres que haga algo con esa información? —inquiere.
—Sí. Que los hombres busquen a ese cerdo y me lo traigan. Si ha abusado de niñas, merece un buen escarmiento.
—¿Vas a matarlo?
—No, pero sí que haremos que sufra, ya sabes…
Tuerce la boca con un gesto un poco sádico para tratarse de una sonrisa.
La oscuridad se hace más densa en la habitación, pero no me incomoda. Porque sé que no estoy sola. Ni aquí… ni allá afuera.
Se despide poco después, cuando hemos terminado de ultimar ciertas cosas.
A solas, por fin, me deshago del peso del día.
Enciendo una vela pequeña en la mesita, más por costumbre que por estética.
El silencio me envuelve como un abrigo, pero no es incómodo.
Me recuesto en el sofá con las piernas cruzadas, una copa de vino en la mano y la ciudad ahí fuera, rugiendo a lo lejos.
Dejo que mi cabeza vague adonde quiere ir desde hace rato.
Billy.
Cierro los ojos y aparece su imagen. No como el informante, ni como el poli corrupto.
No. Lo veo como es cuando se queda quieto, cuando no finge y tiene ese porte...
contenido. Como si llevara dentro algo que se niega a mostrar.
Siempre ha tenido esa forma de moverse, de entrar en una habitación sin pedir permiso, pero sin hacer ruido.
Ese tipo de hombre que no necesita hablar para hacerse notar.
Que impone solo con su presencia. El Diablo sabía lo que se hacía cuando lo cautivó con su dinero, atrapándolo en su red de porquería.
No es guapo en el sentido clásico. Pero tiene algo.
Su presencia. La mirada. Esos ojos suyos que no bajan nunca, ni siquiera frente a mí.
No hay miedo, tampoco desafío. Es otra cosa.
Un respeto difícil de encontrar. Y esa voz suya, cuando está cansado, cuando se le nota que arrastra el día... joder.
No sé en qué momento empecé a verlo así. Puede que fuera en una de esas reuniones clandestinas. O cuando se quedó conmigo en silencio, sin preguntar nada, sin esperar nada, solo estando ahí. Siempre alerta. Siempre cerca.
Y me atrae, claro.
No me incomoda esta atracción. Porque no estoy hablando de amor, ni de cuentos de hadas. Lo que hay es deseo. Crudo, directo e inevitable. Porque, en medio de toda esta mierda, de las mentiras y las balas, él sigue siendo... él. Real. Firme. Humano.
Y eso, en este mundo, es una puta rareza.
Mantengo los ojos cerrados y me masajeo las sienes.
No sé si alguna vez haré algo al respecto. Tal vez no. Tal vez nunca lo haga. Porque esto es una guerra. Y, en la guerra, el deseo es peligroso.
Pero eso no me impide pensar en ello.
Y desearlo.
Cierro los ojos y dejo que me venza el sueño.
Me despierto de madrugada. El sudor recorriéndome la espalda. Algo me hace abrir los ojos de golpe y…
«¿El túnel 37?».
Eso es. Me incorporo y enciendo el portátil. Ese túnel no aparece en ninguno de los últimos informes de Caruso. Y, sin embargo, ha decidido usarlo justo ahora. ¿Por qué?
No me gusta. No me gusta nada.
La voz de Billy resuena en mi cabeza: «Alta gama, rusas, código del Este». Va a ir solo. A supervisarlo todo él mismo. Porque Caruso así lo quiere. Porque no confía ni en su sombra. Y eso significa que algo apesta a podrido.
Me levanto del sofá y camino por la habitación mientras mis pensamientos encajan como piezas de metal frío. No me fío del Diablo, ni de su entorno. Pero tampoco me fío del azar. Y el azar tiene demasiadas ganas de joder últimamente.
Quedan unas noches para el intercambio.
Agarro el móvil y marco un número que no uso a menudo.
—Gerard —digo cuando responde—. Necesito que estés preparado para la noche del miércoles. Vamos a ir a dar una vuelta. Discreta. Sin equipaje.
No hace preguntas. Nunca las hace.
Cuelgo.
Afuera, la ciudad parece respirar con dificultad. En el fondo, sé que lo que me empuja a ir no es solo la operación. Es él. Billy.
No puedo permitir que se meta en esa cueva sin saber qué le espera. No, mientras yo pueda estar cerca. No, mientras algo dentro de mí me arrastre hasta él.
Voy a ver con mis propios ojos lo que el Diablo está tramando. Y, si hay que ensuciarse las manos, que así sea.