6
V
Las luces del Fairmont se reflejan en las paredes de mármol como si también ellas quisieran formar parte de esta pantomima. Todo es champán, lentejuelas y mentiras. Me paseo entre la gente como si no llevara un cuchillo pegado entre las costillas. Nadie sabe quién soy realmente. Nadie, excepto él.
Billy.
Aún no le he visto, pero sé que pronto se dejará caer por aquí. No tiene más remedio. Se le ha dado una orden y sabe que solo obedecer lo mantendrá con vida.
Entonces lo veo.
Justo ahí. Apoyado junto a una de las columnas, vestido con un traje negro perfectamente ajustado, camisa blanca, corbata estrecha.
Se ha peinado hacia atrás, pero un mechón rebelde le cae sobre la frente.
La mandíbula tensa, los ojos atentos, como si todo esto le escociera por dentro.
No es su mundo. Nunca lo ha sido. Y, sin embargo, encaja. Como una bala en la recámara.
Se gira y me ve.
Por un instante, el ruido de la gala se apaga. No hay música, no hay brindis, no hay risas fingidas. Nada más que él y yo. Solo esa mirada rápida, afilada, como si supiera lo que pienso. Como si también él estuviera jugando a ser otro esta noche.
Camina despacio hacia mí. Cada paso suyo me arranca un latido. Se detiene a un par de metros, lo justo para que nadie sospeche, lo justo para que yo pueda oler su colonia, discreta, cálida. Me sonríe de lado. El cabrón lo sabe.
—¿Me he pasado de elegante? —murmura, solo para mí.
Levanto la copa y bebo un sorbo sin apartar la vista de sus ojos. No necesito responder.
Sí, me gusta lo que veo.
Más de lo que debería.
—Ten cuidado, ¿vale? —musita.
—Lo mismo digo. Hoy no es un buen día para morir.
Alza una ceja.
—¿Lo es alguno?
Encojo los hombros y doy media vuelta, dejándolo atrás.
Aún no es el momento de charlar, solo de fingir.
Camino hasta llegar a ese rincón que tanto me gusta de este lujoso hotel. Estoy en lo alto, en las sombras, entre las cristaleras del salón principal del Fairmont.
Desde aquí puedo verlo todo: la pista de baile, las mesas de los patrocinadores, los invitados que ríen y charlan, todo flotando en una neblina de alcohol y sonrisas forzadas. Pero mis ojos no se desvían de él.
Ray Caruso.
Lo reconozco a kilómetros de distancia, aunque no lo mirara directamente. La forma en que camina, cómo la gente se aparta a su paso, cómo su risa retumba más fuerte que las demás. Es el centro de este teatro, el rey de su propio escenario. Y yo soy la sombra que lo sigue.
Esta no es una gala benéfica porque ese hijo de perra sea altruista y humano. Esta es una gala benéfica para blanquear su sucio dinero. Algo ayuda en el proceso, claro, pero él nunca da puntada sin hilo. Es un costurero nato. Uno que remienda cadáveres sin despeinarse.
Bebo de la copa y sonrío para mis adentros.
«Vas a caer, querido Ray. Vas a caer».
Desde donde estoy, solo un leve movimiento de cabeza me permite seguirlo con la mirada.
Sus ojos brillan como los de un depredador que sabe que tiene el control, que esta gala es solo un juego para él, una distracción mientras mantiene todo bajo su dominio.
A veces, su sonrisa se alarga más de lo normal, pero esa es la máscara.
La cara oculta de un hombre que no confía en nadie, que siempre está esperando la siguiente jugada.
3
Billy
Las galas no son lo mío.
El nudo de la corbata me aprieta el cuello como si supiera que no pertenezco aquí. El agua con gas y lima me raspa la garganta, y cada sonrisa falsa que cruzo me da más ganas de salir corriendo que de quedarme a mirar cómo estos cabrones se reparten el mundo a sorbos de champán.
Me doy una vuelta por la maldita estancia, buscándola.
Ray me ha recordado antes, cuando se acercó a saludarme, para qué estoy en esta gala.
«Como si eso hiciera falta, vaya».
—¿Qué haces plantado aquí como un pasmarote? Te di una orden y espero que la cumplas, Billy.
No respondí, solo asentí y me dirigí a las enormes puertas que dan a la terraza. Y aquí me encuentro, inspirando con lentitud el poco aire que me llega de fuera. Un aire gélido y cortante, que me aviva los pulmones.
Y entonces, la veo.
Ella.
La esposa de Ray Caruso.
No hace falta que nadie me la presente. La he visto en fotos, informes, escuchado su nombre entre murmullos de policía y rumores de callejón. Y nos hemos encontrado alguna que otra vez por los pasillos del piso que comparte con El Diablo. Pero nada de eso le hace justicia. Nada.
Está de espaldas al salón, apoyada en la barandilla de la terraza, con una copa en la mano y una postura que grita poder aunque no se mueva.
El vestido negro le abraza las curvas como si hubiera sido cosido sobre su piel.
El cuello largo, la nuca despejada, el pelo recogido con una precisión que da miedo.
No parece una víctima. No parece una rehén.
Parece una reina.
Y, sin embargo, sé por qué estoy aquí. Sé lo que me han ordenado: vigilarla. Observar a la mujer florero que Caruso exhibe como un trofeo.
«¿Por qué una mujer como ella está casada con un hombre como ese?
», es una pregunta que siempre me hago. No solo yo, sino todo aquel que los ve juntos.
Son tan dispares, tan opuestos, que cuesta imaginar que haya sido por amor.
Además, me consta que Caruso le es infiel, que tiene a varias mujeres que beben los vientos por él y no tienen escrúpulos a la hora de darle placer.
«¿Lo sabrá ella?».
Sonrío para mis adentros mientras le doy un sorbo al agua con gas.
Por supuesto que sí. No tengo ni la menor duda al respecto.
Si yo tuviera a una mujer como ella, no querría estar con ninguna otra.
Me pongo tenso cuando se gira, despacio.
Nuestros ojos se cruzan.
Fríos, calculadores. Pero hay algo más. Una chispa. Un mensaje en clave que no sé descifrar todavía. Me aguanta la mirada. No parpadea.
Y, por un segundo, olvido quién soy y qué hago aquí.
Por un segundo, me pregunto si la que me está vigilando es ella.
Llega un mensaje al teléfono prepago.
Miro a mi alrededor antes de leerlo.
Caruso me está observando.
«Hijo de puta».
Abro el chat.
V : «Ve al despacho que hay en la tercera planta, al final del pasillo».
Guardo el teléfono y espero diez minutos para obedecer la orden. Justo cuando Caruso no me presta atención.
No me cuesta dar con la ubicación indicada.
La puerta se cierra tras de mí con un clic suave. No pregunto si puedo pasar. Ya no hace falta. Sé que está ahí, sentada en el sofá de piel, envuelta en sombras. No hay luces encendidas, salvo el resplandor lejano que se cuela por la ventana.
Me quito la chaqueta y la dejo en el respaldo de una silla. Me acerco sin decir nada. Espero. No porque me lo imponga, sino porque sé cómo funciona esto. Ella tiene el control. Pero eso no significa que me doblegue. Nunca lo he hecho. Y ella lo sabe.
—¿Cómo ha ido la reunión con Caruso? —pregunta, directa.
—Como se esperaba. Va a recibir dos camiones de armas la próxima semana. Metro viejo. Entrada 37. La del callejón de Roosevelt, detrás del taller abandonado. —Me detengo un segundo, me paso una mano por la nuca—. Quiere que sea yo quien supervise el intercambio.
Lo suelto con neutralidad, pero ambos sabemos que no es tan simple. Estar cerca del Diablo me revuelve el estómago. Cada vez más. Y, aun así, sigo ahí. Jugando a doble banda.
—¿Túnel 37? —repite, inclinándose hacia delante.
—Supongo que es más discreto. No confiará en el recorrido habitual. Alguien le habrá metido miedo en el cuerpo —respondo.
—¿Qué tipo de cargamento?
Exhalo.
—Fusiles automáticos. Lote nuevo. Alta gama. Material ruso. No es mercancía local.
Guarda silencio. La veo mirar hacia la ventana cerrada, pensativa. La ciudad arde ahí afuera, llena de luces que no alumbran nada. Aquí dentro todo está quieto. Tenso. Como antes de una tormenta.
—¿Vas a hacerlo? —pregunta.
—Sí. Si tú quieres, claro. Estoy dentro. ¿O prefieres sabotearlo?
Cada paso que doy al lado de esa basura de Caruso es una cuerda más al cuello. Pero eso no importa. No ahora. Si esto sirve para hundirlo, vale la pena.
Se levanta. Da un solo paso en mi dirección. Lo suficiente para que note el peso de su mirada.
—Por ahora, dejaremos que se salga con la suya. Quiero saber cada detalle. Quién, cuándo, cuánto. Si hay una fisura, por mínima que sea, la necesito antes de que explote. ¿Entendido?
—Entendido —respondo. Firme—. Hay una cosa más.
—Dime.
—Me ha pedido que esta noche no le quite el ojo de encima a su esposa.
Sonríe de medio lado, como si le gustara la idea.
Asiente. Breve. No rompe el contacto visual. Nunca lo hace.
—Pues hazlo.
«Confía en ti».
Eso parece.
Y no sé si eso es bueno o malo.