5
BILLY
La puerta se cierra tras esa mujer y me quedo contemplando el espacio vacío unos cuantos minutos. Conque así van a ser las cosas, ¿eh? Ella chasquea los dedos y yo aparezco como un perro faldero, poniéndome a su servicio y a sus pies. Tócate los cojones.
Me pinzo el puente de la nariz.
No sé cómo acabará todo esto, pero no me gusta un pelo. Todo parece complicarse a pasos agigantados. Y, ahora, con la aparición de Granger, metiendo los tentáculos donde nadie le manda, pues…
«Mierda».
Compruebo que no hay nadie en los alrededores cuando salgo al callejón y enfilo la acera hasta llegar al coche, aparcado a un par de calles, por si las moscas.
No tengo certeza de que Caruso me haya mandado seguir alguna vez; posiblemente así sea, pero no está de más ser precavido con ese tipo de personas.
No les cuesta nada sacar la pistola y pegarte un tiro entre las cejas si descubren que no les estás siendo fiel.
Supongo que esa será la forma en la que yo muera uno de estos días.
Es lo que tiene jugar a dos putas bandas.
Subo al coche y guardo en la guantera el portafolio con la información del nuevo fiscal anticorrupción.
«Otro que se la está jugando y al que no le importa lo que pueda perder en el proceso».
Sí, no sabe a lo que se enfrenta.
Admiro su dedicación y su entrega para con el cargo que ostenta. Ojalá le sirva de algo y no solo para perder la vida o la de alguno de sus seres queridos. La mafia funciona así: va a por todo lo que aprecies sin despeinarse.
Conduzco hasta el barrio exclusivo donde El Diablo tiene su guarida: un edificio de lujo en el que se gastó una millonada.
En él, en las plantas más inferiores, están las oficinas de su organización, disfrazadas de algo mucho más legal; como si todo el mundo no supiera a lo que se dedica en realidad.
Las plantas de arriba, unificadas en una sola, conforman su núcleo familiar: una fortaleza inquebrantable y apabullante.
Bajo al aparcamiento subterráneo, donde uno de sus hombres me recibe.
—Callaham está aquí —informa a través del aparatito que lleva pegado al hombro.
No escucho respuesta alguna, pero me sigue hasta el ascensor y se despide con un gesto de cabeza.
Inspiro hondo ocho plantas más arriba, antes de que se abran las puertas de nuevo.
Recorro el pasillo y llego a su despacho. Llamo a la puerta antes de entrar y sentarme frente a él.
La oficina de Caruso huele a cuero caro y a miedo.
No el mío, claro. El de todos los que han tenido que esperar aquí antes de ser borrados del mapa.
Yo me limito a apoyarme en el respaldo de la silla, aparentando una calma que no siento, con las manos cruzadas sobre el vientre.
Él me observa desde el otro lado del escritorio, como si pudiera ver más allá.
—El sábado hay una gala benéfica en el Fairmont —dice, sin levantar apenas la voz.
Asiento. No es una invitación.
—Va mi esposa —añade, y entonces su tono cambia, se vuelve más afilado—. Quiero que estés pendiente de ella.
—¿Pendiente de qué?
—De todo. Quién se le acerca, qué dice, cuánto bebe, si desaparece en algún rincón oscuro. No la pierdas de vista. Ni un segundo.
Me muerdo la lengua antes de hacer la pregunta:
—¿Hay algún problema? —Intento no sonar demasiado curioso.
—No. Pero ya sabes que no me gusta que se le acerquen —responde, y se sirve un trago de licor sin apartar los ojos de mí—. Es tan delicada… No quiero que nada la perturbe esa noche mientras yo me dedico a hacer negocios, ya me entiendes.
«Negocios, claro».
Asiento.
Hace un par de semanas, o incluso días, su orden me hubiera molestado: no soy la puta niñera de nadie. Sin embargo, ahora, hasta me siento agradecido; aunque también un poco inquieto, no voy a negarlo.
Guardo silencio. Lo conozco lo suficiente como para entender que lo de vigilar a su mujer no es solo una paranoia. Es control. Puro y duro. Y si alguien le da motivos para sospechar, no le temblará el pulso.
—Quiero un informe detallado de todo lo que veas y oigas —añade.
Me levanto, volviendo a asentir con la cabeza. Camino hacia la puerta, pero antes de salir, escucho su voz otra vez, más baja.
—Sé su puta sombra, ¿entendido?
Cierro la puerta tras de mí y me la imagino, vestida para matar, entre copas de champán y sonrisas de plástico. Despampanante. Preciosa. Delicada. Como siempre.
Sonrío para mis adentros.
Debería sentirme halagado de que ese cabronazo confíe tanto en mí, pero, no, no me halaga en absoluto.
No he llegado ni al ascensor cuando la voz de Caruso me alcanza otra vez, seca, autoritaria:
—Billy. Vuelve.
Me doy la vuelta despacio, como si no tuviera prisa por regresar al matadero. Entro de nuevo en su oficina y él ya está encendiendo un puro. No me ofrece asiento esta vez.
—El asunto del sábado es importante, pero hay algo más —suelta, entre caladas lentas—. Y esto no puede salir de aquí.
Cruzo los brazos, esperando.
—Un cargamento va a entrar por los túneles del metro viejo. Entrada 37. La del callejón de Roosevelt, detrás del taller abandonado.
—¿Cuándo? —pregunto, ya en modo operativo y alerta.
—Miércoles de la próxima semana, por la noche. Dos camiones. Armas potentes, material ruso. No quiero errores. Ni interrupciones.
Siento cómo la presión sube. No es un simple negocio. Si Caruso lo gestiona en los túneles, es porque no quiere que nadie lo vea. Ni siquiera sus propios hombres.
—¿Quién lo supervisa?
—Tú.
Me quedo callado un segundo. No esperaba eso. Normalmente estos movimientos los maneja Luca o alguno de sus matones de confianza. Que me lo encargue a mí... es nuevo.
«¿Sospechará algo?».
No tengo ni idea. Y eso me aterra, joder.
—¿Con quién hago el contacto? —Quiero saber.
—Con los ucranianos. El tipo se llama Mikhailo. No intentes hacerte el simpático. Solo asegúrate de que el intercambio vaya limpio.
—¿Y si no va?
—Entonces los muertos los pones tú.
Asiento. Sin más. No hay espacio para dudas con El Diablo. Él no las permite. No las perdona.
—Y una cosa más —continúa antes de que me gire—. Si ves a alguien husmeando por allí... no preguntes. Lo eliminas.
No me gusta el tono. Ni el brillo en sus ojos. Demasiado hielo. Demasiada calma. Me marcho con una sensación en el estómago que no es miedo, aunque se le parece.
Esta ciudad tiene demasiadas ratas y muy poca luz. Y yo acabo de convertirme, una vez más, en el hombre con la linterna.
«Qué suerte la mía».
A veces, cuando todo es ruido y caos a mi alrededor, me doy el lujo de ser otra persona. No un policía en la nómina de un mafioso, ni el perro fiel de Caruso, ni el tipo que hace preguntas solo cuando sabe que puede soportar las respuestas.
A veces, simplemente conduzco.
Hoy, como cada día que no termina en sangre, dejo el coche en el mismo aparcamiento junto al lago Michigan.
Compro un café con más azúcar de la que debería tomar y me siento en el maletero abierto, mirando el agua.
Chicago es otra bestia de noche. Más sincera.
Más fea, sí, pero sin máscaras. Como yo.
Saco el cuaderno de bocetos del asiento del copiloto.
Nadie lo sabe. Nunca lo sabrán. Pero dibujo.
Desde niño. Caricaturas, rostros, cosas que me vienen a la cabeza cuando intento no pensar en todo lo demás.
Hoy me da por dibujar las manos de alguien sujetando una copa de vino.
No sé por qué. Tal vez sea por la gala del sábado.
O por el encargo que se me acaba de hacer.
No puedo dejar de pensar en ella. Y, justo eso, es lo que me gustaría: dejar de pensar de una jodida vez.
«Imposible, amigo».
Lo sé.
Dibujo en silencio. Aunque, cuando no quiero sentirme tan solo, me pongo música, jazz antiguo: Miles Davis, Chet Baker… Hoy solo escucho el crujido del lápiz sobre el papel. Suena a libertad.
Cuando el reloj marca las dos y media de la madrugada, cierro el cuaderno y lo meto en la guantera, debajo del revólver. Ironías de mi vida: arte y muerte compartiendo espacio.
Subo al coche. Enciendo el motor. Y vuelvo a ser Billy. El de verdad. El que trabaja para El Diablo con corbata.
Una vez en casa, voy a la cocina y saco del congelador una bolsa de guisantes que me pongo en el pómulo amoratado, aún algo hinchado.
Es extraño que Caruso no me haya preguntado cómo o cuándo me han golpeado.
Si me he metido en algún lío… Es raro de cojones que no haya dicho nada al respecto, sí. Muy, muy raro.
Una sensación extraña se me aloja en la boca del estómago.
No es miedo. Solo incertidumbre.
Me tumbo en el sofá y cierro los ojos con una exhalación larga y profunda.
A pesar de todo, no tardo en quedarme dormido.
El Departamento de Policía es un caos cuando entro a las ocho y media de la mañana.
Hacía bastante tiempo que no cruzaba esas puertas tan temprano, la verdad.
Pero he dormido del tirón esas pocas horas y me siento algo mejor, como revitalizado, y con ganas de hacer algo más que codearme con la chusma de esta ciudad.
Sé que no voy a salir del embrollo en el que estoy metido, por decirlo de manera suave, aunque sería más honesto decir que estoy atrapado hasta el cuello. A pesar de todo, haré lo posible por no dejarme arrastrar por la desesperanza. Sigo aquí. Sigo vivo. Nada más que añadir.
Mi oficina está llena de polvo y caos. La única ventana que hay, pequeña y sucia, está atascada y no puede abrirse. Es imposible trabajar aquí, así que decido darle un lavado de cara; aunque solo sea para sentirme un poco mejor y evitar que la mierda me devore.
A media mañana, me seco el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Sonrío satisfecho, mirando la pequeña estancia.
Antes, Lucía Herrera, una de las secretarias del departamento, se quedó paralizada al pasar por aquí y ver lo que estaba haciendo con la puerta abierta. No me extraña. A mí me pasaría lo mismo si estuviera en su lugar.
El teléfono de prepago que V me dio vibra en el interior del bolsillo del abrigo.
Es un mensaje.
V : «Recuerda que mañana tenemos una cita, Billy. No me falles».
—Como si eso fuera posible —refunfuño al teléfono.