Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 4
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V

No llevo armas cuando salgo a caminar, ya sea por la mañana o por la noche. Ni cuchillos, ni pistolas, ni siquiera el móvil. Solo las llaves del apartamento, metidas en el bolsillo interior de la chaqueta. Es lo más cerca que estoy de sentirme libre.

El Distrito Financiero es un barrio exclusivo en el que no venden café barato ni pan recién hecho.

Es muy conocido por sus lujosos rascacielos y las tiendas de grandes firmas, donde unas bragas pueden salirte por un ojo de la cara.

No me gusta vivir aquí, pero, de momento, mientras no consiga aquello que tanto ansío, no me queda más remedio que aguantarme y esperar.

Un tipo con sombrero elegante me saluda con la cabeza al pasar por mi lado. Le devuelvo el gesto. No sé su nombre, ni él el mío, y prefiero que siga siendo así. Hay algo tranquilizador en ser una desconocida.

Llego al semáforo y espero a que se ponga en verde.

Mi destino es el parque Millennium, conocido por todo aquel al que le guste disfrutar de zonas verdes en medio de la ciudad; punto de encuentro popular tanto para locales como para turistas.

Busco una zona tranquila para sentarme.

Elijo una que hay cerca de la enorme fuente; un banco semioculto en la penumbra de las farolas, al lado de unos árboles.

Detrás de mí, vislumbro a Jordan Blake, una mujer afroamericana que fue contratada para guardarme las espaldas.

Nacida en Detroit, Michigan, en un barrio demasiado duro.

Exsargento de los Marines. Sirvió en Afganistán e Irak, especializada en protección de altos mandos y operaciones tácticas.

Leal, pragmática, firme, con un humor seco.

No habla mucho, pero cuando lo hace, sus palabras no son huecas.

Cuando no está de servicio, es mi amiga. Y nadie lo sabe.

Miro al cielo, que empieza a oscurecerse.

A veces me imagino otra vida. No una mejor, solo otra.

Una en la que tengo un perro, un trabajo normal y una agenda con citas que no impliquen amenazas veladas o sobornos disfrazados de favores.

Hoy he pasado frente a una tienda de animales y me he quedado un minuto mirando a un cachorro que temblaba detrás del cristal.

Una señora ha dicho: «Parece que pide que lo saques de ahí».

He sonreído. No por el perro, sino por lo que me ha hecho pensar: ¿Y si soy yo la que está detrás del cristal?

Inhalo y exhalo.

Miro a mi alrededor. Me gusta observar a la gente.

Imaginar sus vidas. Hoy, hay una pareja discutiendo en voz baja, un chico fumando con los ojos perdidos y una madre que intenta calmar a un bebé que no deja de llorar.

Cada uno en su mundo. Cada uno con sus batallas.

Como yo. Solo que ellos no tienen que esconder lo que son.

Pasa un buen rato antes de que Jordan me haga una señal.

Me gustaría quedarme más tiempo. Ser solo esta mujer anónima que observa la vida de los demás pasar. Pero ya es hora. La libertad tiene un precio. Y, en mi caso, siempre se cobra con intereses.

Me calo la gorra y me pongo en pie.

—¿Alguna novedad? —le pregunto a Jordan.

Niega con la cabeza.

—Lo mismo de siempre.

—¿Seguro?

Asiente.

—Tendrás que entrar por la parte de atrás. Recuerda que todos creen que ya te has ido a descansar.

Acelero el paso.

Nadie sabe que hago esto: salir a caminar por los alrededores. De saberlo, no me dejarían hacerlo con total libertad. Todos tienen unas normas que cumplir. Y escaparme de ellos delante de sus narices, cuando piensan que estoy haciendo otra cosa, me encanta.

Sonrío para mis adentros.

Jordan comprueba que el callejón de la parte de atrás de uno de los mejores edificios del barrio está vacío.

Entramos en silencio y sin que nadie nos vea.

Una vez en mi habitación, respiro hondo y me pongo cómoda.

Escucho voces en el cuarto que hay al fondo del pasillo, a unos cuantos metros de mí. Voces que, por momentos, van subiendo de intensidad. No me preocupan. Silenciarlas es solo cuestión de tiempo. Y no lo digo por decir.

Son pasadas las doce de la noche cuando vuelvo a salir. Esta vez lo hago bajando hasta el aparcamiento, pero no para subirme al coche, sino para adentrarme en uno de los pasadizos que me lleva a donde quiero ir.

Es lo que tiene vivir en una ciudad que alberga túneles subterráneos y pasadizos secretos en lugares insospechados: puedes cruzarla de norte a sur y de este a oeste sin ser vista.

Fue lo primero que investigué cuando empecé con todo esto de la venganza. Casi se me salió el corazón del pecho cuando vi en aquel mapa que el edificio en el que vivo también tenía pasadizos. Varios, de hecho. No tardé en atar cabos.

Salgo cerca del edificio administrativo del Departamento de Policía. Llego al archivo de personal por la entrada trasera. Tengo diez minutos antes de que empiece el cambio de turno. Me aseguro de que la gorra me cubra bien el rostro.

Nadie se fija en una señora que lleva un café a alguien del turno de noche. Un café que me ha facilitado uno de mis hombres. Y eso soy: una sombra con un vaso de cartón en la mano.

Lucía está esperándome junto a la fotocopiadora, fingiendo que el maldito aparato se ha atascado otra vez. Lleva gafas nuevas y las uñas pintadas de rojo oscuro. Tiene estilo, la cabrona. Y agallas. Pocas personas se atreven a vender secretos en una comisaría infestada de ratas con placa.

Su motivación es su hijo Mateo, de dieciséis años. Robos menores, vandalismo, y hace poco fue interrogado por posesión de droga. Lucía ha hecho todo lo posible para mantenerlo alejado de las calles, pero está al límite.

Poseo información comprometedora sobre su hijo y le ofrecí un trato para ayudarle a evitar cargos más graves. A cambio, ella accedió a colaborar desde dentro del sistema, proporcionándome datos filtrados, movimientos policiales o desvíos de información.

—¿Lo tienes? —susurro, acercándome a ella.

—Claro que lo tengo —responde sin mirarme.

Mete unos folios en una carpeta y me la pasa como si fueran papeles de rutina. Siempre es así: limpia, directa.

Abro la carpeta justo lo suficiente para echar un vistazo. Lo reconozco de inmediato. Elliot Granger. Fiscal federal. El tipo lleva meses removiendo mierda donde no le llaman. Y quiere cargarse a Caruso. Pero eso me corresponde a mí, no a él.

—¿Desde cuándo? —inquiero, sin levantar la vista del papel.

—Hace tres semanas. Pero ayer solicitó vigilancia sobre dos de tus contactos. Está tirando del hilo.

Cierro la carpeta y respiro hondo. No es miedo lo que siento. Es otra cosa. Algo más frío. Como una punzada de hielo en el estómago. Granger no es como los demás. No quiere favores, no quiere dinero. Quiere limpiar. Y eso lo hace peligroso.

—¿Has tocado algo?

Resopla, impaciente.

—No. Me pediste que solo te avisara. Pero si quieres que desaparezca algo del sistema...

—No todavía —la corto—. Déjame pensar.

Ella asiente, profesional como siempre. Recoge el vaso de café y lo lanza al cubo de basura sin mirar. Luego se va, como si no hubiera pasado nada. Como si no acabara de entregarme el nombre del hombre que podría arruinarlo todo.

Granger. Qué curioso. Justo ahora, cuando todo empieza a encajar, aparece él. Limpio, testarudo, con cara de querer arreglar el mundo.

Tendré que conocerlo de cerca.

Meto la mano en el bolsillo del abrigo.

El teléfono prepago me quema en la mano. No tardo en marcar el número de Billy con calma. Dos tonos. Tres.

—¿Sí? —responde, nervioso, sin decir su nombre. No necesita hacerlo.

—Quiero verte —digo, sin rodeos. Sin saludos.

—¿Quién eres?

—Sabes quién soy.

Silencio. No se atreve a colgar, pero tampoco responde. Le doy cinco segundos.

Hablo de nuevo:

—Esta noche. No me hagas repetirlo.

—¿Dónde?

—En la esquina de Cermak con Wentworth. Hay una lavandería cerrada. La puerta trasera estará abierta. En media hora. Solo. Sin placa. Sin radio. Si vienes con alguien, lo sabré.

—¿Qué quieres?

—Te lo diré cuando estés allí. Y no tardes, Billy. No me gusta que me hagan esperar.

Cuelgo sin darle tiempo a replicar. Me quedo un segundo mirando la pantalla apagada. Luego saco la tarjeta SIM del móvil y la rompo por la mitad, tirándola al suelo.

Subo las escaleras metálicas y salgo al aparcamiento subterráneo, donde Gerard me espera ya con el coche en marcha.

Le doy la misma dirección que a Billy.

Estoy tensa. No me gustan los contratiempos. Y Elliot Granger lo es.

Vamos al sur del centro de la ciudad: al barrio de Chinatown.

Billy ya está aquí, en la trastienda de la lavandería. Un lugar sin ventanas, con las paredes pintadas de un blanco aséptico que da escalofríos. Ideal para planear cosas que no deben salir a la luz.

Ojea la carpeta que le he dado con interés.

El nombre de Granger aparece en negrita en el encabezado. El fiscal anticorrupción. Harvard. Expediente limpio. Carrera meteórica. Impecable. Pero lo que me interesa está más abajo: sus últimos movimientos.

Ha solicitado acceso a causas archivadas que involucran a Caruso. Declaraciones selladas. Registros de llamadas. Grabaciones de vigilancia de 2019. Está atando cabos. Cabos que nadie más se ha atrevido a tocar.

—¿Cómo cojones has conseguido esto? —exclama.

Entrecierro los ojos, cruzándome de brazos.

—No esperarás que te hable de mis contactos, ¿verdad? ¿Qué sabes de él?

—Poca cosa. No lleva mucho tiempo en el departamento. ¿Tú también piensas que será un problema?

—Quiere lo mismo que yo.

—¿Cargarse al Diablo? —cuestiona.

—Exacto. Y no pienso permitírselo.

—¿Por qué?

Lo miro con intensidad.

—Porque entonces mi venganza no tendría sentido.

Suspira, cerrando la carpeta de golpe.

—No entiendo cómo has acabado metida en esto, pero este mundo es peligroso, y lo sabes.

Encojo los hombros.

—Me obligaron a entrar…

—¿Cómo? —masculla.

—Pórtate bien y puede que algún día te lo cuente.

Tuerce la boca con un gesto extraño.

—¿Qué quieres que haga con esto? —Levanta la carpeta en el aire.

—Averigua todo lo que puedas. Busca un punto accesible. Puede que nos sirva de ayuda.

—¿Qué tienes en mente?

—Cada cosa a su tiempo, Billy.

Me dirijo a la puerta.

—Caruso quiere verme —anuncia.

Miro por encima del hombro.

—Pues ve a ver qué quiere. No metas la pata —advierto—, de lo contrario, ya sabes lo que pasará.

Traga saliva.

—¿Cómo puedo ponerme en contacto contigo? —murmura.

—Nos veremos el sábado en la gala benéfica que organiza la fundación de Ray Caruso.

Y salgo por la puerta sin mirar atrás.