Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 3
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BILLY

El aire es denso, frío. El suelo de cemento cruje cada vez que muevo los pies.

La luz de los focos me golpea en la cara, cegándome un poco, mientras miro a V, que está de pie frente a mí, como una sombra en la oscuridad del almacén.

La habitación está vacía, pero la presión en el aire hace que sienta como si el espacio estuviera a punto de colapsar sobre mí.

—¿Crees que puedes amenazarme? —digo, con rabia contenida—. Soy policía. Hazte una idea de lo que puedo hacer con todo eso que sabes.

Su risita irónica me pone los pelos de punta.

—¿Policía? —se burla, acercándose aún más—.

Eres un hombre muerto, Billy. Y lo sabes.

El Diablo ya no te va a proteger. Ni él, ni nadie.

Tienes una larga lista de trapos sucios, y me la sé de memoria.

Trapicheos con la mafia… El dinero que te pasan por debajo de la mesa…

—enumera, sonriendo con una frialdad que me corta la respiración.

Aprieto los dientes, incapaz de decir nada.

—Si no quieres que el mundo lo sepa, vas a hacer lo que te diga —susurra, a pocos centímetros—. Vas a trabajar para mí. Vas a eliminar a quien yo te diga. Y cuando yo lo diga, desaparecerás de este puto mapa.

El silencio en el almacén se vuelve aún más denso, como si la misma ciudad estuviera conteniendo la respiración. La presión se acumula entre nosotros, como si un solo paso en falso pudiera hacer que todo se derrumbara.

—Tú decides, Billy.

Siento las palmas de las manos sudorosas, las muñecas aún atadas, y se me acelera la respiración.

El miedo empieza a apoderarse de mí, y es raro.

No estoy acostumbrado a sentir miedo. He estado metido en este negocio durante mucho tiempo, he visto a tipos como Caruso partirse la cabeza por conseguir lo que quieren.

He sido el tipo duro. El tipo que controlaba la situación.

Pero ahora... ahora no tengo control de nada.

V no muestra ni un ápice de emoción. Solo una mirada calculadora, como si estuviera mirando una pieza de ajedrez que ya tiene encajada.

«¿Cómo es posible que ella sea…?».

—Tienes deudas, Billy —dice, casi como si estuviera recordándomelo—. Las deudas no se perdonan, ya lo sabes. Ni siquiera en este negocio. Y, por mucho que lo intentes, tampoco lo van a hacer esta vez. Ni El Diablo ni nadie —zanja.

Trago saliva.

La risa nerviosa se me escapa antes de que pueda evitarlo. El Diablo... La ironía no me la quito ni con agua. Llevo demasiado tiempo trabajando para él, creyendo que podría pagar lo que debo, pero todo es un ciclo vicioso. Una deuda se paga con otra, y la bola de nieve no deja de crecer.

«¿Qué me queda?».

—No me dejes en ridículo, V. —Mi voz sale rasposa, tensa—. Sabes bien que no tengo otra opción. Yo… yo... no puedo salir de esto.

Da un paso adelante, y el aire entre nosotros se espesa. La mirada que me lanza es gélida, llena de conocimiento. Todo lo que he estado haciendo en la sombra, para mi desgracia, lo sabe. Absolutamente todo.

—Claro que tienes opción —masculla, y su tono de voz es como un cuchillo, afilado, directo—. La pregunta es, ¿cuánto estás dispuesto a perder para salir de este agujero?

Se me cierra la garganta. Me siento más atrapado que nunca.

La presión en el pecho aumenta, y la angustia me empieza a roer por dentro.

Estoy entre la espada y la pared. Si no colaboro con ella, la venganza será la menor de mis problemas.

Si me pliego ante ella, estoy vendiendo mi alma de nuevo, pero esta vez no es Caruso quien tiene la sartén por el mango. Es ella.

«¿De qué lado estás?». Esa es la pregunta que siempre he evitado. La respuesta... es la que nunca he querido dar.

—No tengo elección, V. —La voz me tiembla, pero intento mantenerme firme, aunque sé que no hay forma de escapar. No ahora. Ni nunca. —Estoy metido hasta el cuello en esto. Si me niego, ya sabes lo que pasará. Caruso no perdona, y tú... tú no eres mejor que él, al parecer.

Su presencia me oprime el aire. Está tan cerca que puedo ver el destello de su mirada, ese brillo de control absoluto. Como si la habitación fuera un escenario y yo, un simple actor al que ella dirige a su voluntad.

—No te equivocas, Billy —responde, casi susurrando.

Cada palabra cae sobre mí como un martillo, dura, inquebrantable—.

No soy mejor que Caruso. Soy diferente. Mucho más peligrosa.

Porque cuando te digo que tus secretos no sirven de nada, que tus deudas no valen un puto centavo, lo hago sabiendo lo que eso significa.

Estoy tan inmóvil que ni siquiera me atrevo a respirar.

—Escucha bien, Billy —su voz suena más baja, pero cada sílaba me perfora como un cuchillo afilado—. Vas a trabajar para mí. Vas a traicionar a Caruso, a eliminarlo de la ecuación. Vas a borrar todo lo que has hecho por él. Porque créeme, los muertos no se levantan.

Estoy atado, acorralado, y no puedo escapar. Mi mente corre a mil por hora, buscando una salida, una respuesta, algo que me saque de esta pesadilla. Pero no la hay.

—¿Y si no lo hago? —Mi voz suena más débil de lo que quiero. Estoy jugándome la última carta, pero sé que ya he perdido. —¿Qué harás conmigo? ¿Me matarás?

Su sonrisa es tan fría, tan distante, que siento un escalofrío recorrerme el cuerpo. No es la sonrisa de alguien que disfruta, sino de alguien que tiene la certeza de que está resolviendo un trámite, como si ya lo hubiera hecho mil veces antes, y siempre con la misma facilidad.

—Te dejaré vivir —responde sin titubear—, pero vivirás bajo mis reglas. Y, créeme, Billy, eso será mucho peor que la muerte. Ya lo verás.

No hay vuelta atrás.

Ahora estoy entre la espada y la pared, y me temo que no hay forma de salir con vida de esto.

No me queda otra que aceptar lo que me ofrece.

No, si quiero seguir respirando.

Alcanzo a ver el asentimiento de cabeza que le dedica a uno de los hombres que me custodia.

Luego, nada. Solo oscuridad.

Abro los ojos de golpe.

Las sienes me taladran la cabeza con un dolor punzante, como si se me hubiera metido una apisonadora en el cráneo.

La luz entra a raudales por la ventana, y me encuentro tumbado en el sofá.

En mi propia casa. No sé cuánto tiempo llevo durmiendo como un ceporro, pero los huesos me dicen que han pasado varias horas.

«Todo ha sido una pesadilla… o no».

Suspiro, aliviado.

Y sonrío, solo por un momento. He creído que… he creído que esto era una mala pesadilla. Pero algo en mi estómago, un nudo apretado, me dice que no ha sido así.

Me paso la mano por la cara y noto la piel caliente, hinchada. El sabor metálico de la sangre me recorre la boca.

«Mierda, sí ocurrió de verdad».

Intento levantarme, pero el puto dolor me paraliza.

Las costillas me arden, y la pierna izquierda me cuesta moverla.

En cuanto me siento, una oleada de náuseas me sube desde el estómago.

Joder. ¿Cómo es posible que siga con vida después de la paliza que me dieron esos hombres? Ahora lo recuerdo con total claridad.

«Esa mujer… ¿Cómo? ¿Cuándo?».

Hay tantas preguntas para las que no encuentro respuesta, tantas cosas que no entiendo, que creo que se me van a fundir los plomos.

Ahora siento el peso del ultimátum, como si fuera una losa sobre el pecho: «Si no quieres que el mundo lo sepa, vas a hacer lo que te diga, Billy».

La voz de esa mujer, esa sombra que oculta su verdadera identidad, me retumba en los oídos.

Ella tiene poder, y no tengo ni idea de hasta dónde llega. Pero estoy jodido, no hay vuelta atrás.

Me pongo de pie, sintiendo el mareo golpearme de nuevo. La casa está en silencio. En la mesa de la cocina veo un bote de analgésicos, una botella de agua y una pequeña caja con mi nombre escrito. Dentro hay un teléfono móvil y un sobre. En el sobre, una nota: «Espera instrucciones».

Cierro los ojos.

¿Por qué no podía haber sido una pesadilla?

«Porque no eres bueno, tío. Y tienes que empezar a pagar por lo que hiciste».

¿Colaborando para otra mafiosa? ¿Nada más y nada menos que…? Dios, cada vez que pienso en ello, más perdido estoy.

Camino hasta el baño a trompicones, entrando en la ducha con bastante esfuerzo. El agua fría me corta la piel, pero no tarda en templarse y relajarme un poco los músculos de la espalda y el cuello. El jabón me escuece en el pómulo y en la boca.

Respiro hondo.

Tengo que acabar con todo esto de una jodida vez, o me quitaré del medio para siempre.

No puedo seguir así. Esta no es la vida con la que soñaba.

No es la vida que quería vivir. ¿Por qué tuve que dejarme llevar en aquella puta misión y complicarlo todo tanto?

La adicción te mata. Mata todo lo que hay a tu alrededor.

Y, cuando quieres darte cuenta, es demasiado tarde.

Nunca volverás a recuperar lo perdido, por mucho que te arrepientas. Puedo jurar eso.

Cierro el grifo y salgo de la ducha, enroscando una toalla a la cintura.

La imagen que me devuelve el espejo me da grima: tengo la cara hecha un cuadro. Y no uno bonito, precisamente.

Me visto y, antes de salir por la puerta, me tomo un par de esos analgésicos que tuvieron la amabilidad de dejar sobre la mesa.

«Hijos de puta».

Bebo un cuarto de la botella de agua con ellos.

Ni en mi peor resaca me dolió tanto la cabeza.

El teléfono, el mío, y no el que V me proporcionó, vibra al lado del sofá, en el suelo: Caruso. Y quiere verme de inmediato. ¿Cómo voy a hacer para jugar a dos bandas?

«Te las apañarás».

Sí, pero ¿a qué precio?

«El que sea. Más en la mierda no puedes estar…».

Cierto, aun así, no las tengo todas conmigo.

«Nunca las has tenido, aunque creyeras que sí».

No cierro con llave al salir. ¿Para qué, si en este apartamento todo el mundo entra como Pedro por su casa?

Una vez en la calle, me dirijo al bar de siempre, uno de esos sitios oscuros y mugrientos donde nadie te pregunta nada, no me atrevo a moverme cuando escucho lo que alguien dice en la mesa de al lado.

Las palabras me llegan nítidas:

—¿Has oído hablar del nuevo fiscal?

—No, ¿por?

La frase siguiente me congela.

—Dicen que el tal Elliot Granger va a por El Diablo. Se rumorea que tiene pruebas contra él.

¿Eso es verdad o están de broma?

«No se bromea con algo así».

Lo único que puedo hacer es mirar al suelo y dar un sorbo al café. No tengo ni idea de cómo voy a salir de esta. Si el rumor es cierto, Granger acaba de convertirse en un enemigo más. No solo para Caruso, sino para mí también. ¿O no?