Mía es la venganza (Hijas del dolor 1) 2
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V

La ciudad habla demasiado. Es ruidosa, impaciente, maleducada. Pero si sabes escuchar, de verdad escuchar, hay silencios que gritan más que cualquier titular.

Me he pasado la mañana en mi apartamento, leyendo entre líneas: columnas de opinión, foros, redes. Todo el mundo habla de la rueda de prensa. De Billy. De mí.

De «él».

Porque eso es lo que creen que soy: «un hombre». Un mito con mandíbula cuadrada y voz de trueno. Un capo más, de esos que se llenan los bolsillos y el ego con la sangre ajena.

Y, mientras ellos inventan un rostro, el mío, yo bebo el café en bata, con las uñas recién pintadas.

—Han mordido el anzuelo —digo en voz baja.

El gato me salta al regazo, indiferente al caos que se cuece ahí fuera. Le acaricio el lomo con la misma delicadeza con la que ordené la muerte de tres hombres la semana pasada. Tres hombres muy, muy malos. Todo depende del contexto.

Billy ha hecho su jugada. Le ha dado al Diablo lo que quería: una cortina de humo. Un enemigo común. Un objetivo claro.

Y yo le he dejado hacerlo.

Porque a veces hay que ser la villana para mover las piezas correctas.

—Qué predecible eres, William —susurro, mirando la pantalla donde reproducen su discurso una y otra vez.

«Billy para los amigos», como él mismo se ha encargado de decir en la rueda de prensa, es un hombre que hace demasiado tiempo que ha perdido el control de su vida.

Una marioneta bien vestida en las manos equivocadas.

Lo peor es que lo hace bien. Tiene esa arrogancia americana que hipnotiza a las cámaras.

Esa rabia falsa que sabe a whisky barato y traumas mal digeridos.

Le odio, pero no del todo. Me resulta útil. Y un poco divertido.

No sabe a quién se ha enfrentado.

No sabe nada de mí. O eso cree.

Y esa es mi ventaja. Por ahora.

Apago la televisión. Me levanto. El gato maúlla en protesta. No le hago caso.

Hay llamadas que hacer, movimientos que no pueden esperar. Esto ha dejado de ser un juego. Esto ha empezado justo como yo quería.

Billy ha abierto la boca creyendo que me enterraba con palabras. Pero no sabe que soy yo quien sostiene la pala.

La lealtad no existe. Solo hay intereses que coinciden durante un tiempo limitado.

Eso es lo primero que aprendí de este mundo, oscuro y cruel, en el que entré a la fuerza.

Un mundo en el que se me ha hecho mucho daño, físico y psicológico.

Un mundo que empiezo a dominar con mis propias reglas.

Un mundo en el que no estoy sola: hay infinidad de mujeres como yo. Y, juntas, haremos mucho ruido.

Salgo de la habitación media hora después, vestida de punta en blanco, como siempre. Soy una mujer que no aparenta ser lo que es. Una mujer decidida, con carácter, aunque muchos piensen todo lo contrario. Ese es un as que guardo bajo la manga: las apariencias, a veces, no son lo que parecen.

El coche me lleva al Distrito Financiero de Chicago, donde tengo mi sede en un lujoso edificio de varias plantas. Justo aquí al lado. Un edificio que me pertenece desde hace unos meses, cuando empecé a llevar a cabo mi venganza.

Entro en el despacho y me pongo manos a la obra.

A mediodía llaman a la enorme puerta de roble.

Tres golpes. Secos. Contundentes.

—Pasa —ordeno, lacónica.

Estoy sentada frente a la mesa, una copa de vino en la mano. No bebo. El vino está ahí como parte del decorado. Una imagen construida con precisión. El lugar también: mármol blanco, silencio absoluto, muebles italianos. Aquí no hay estridencias. Solo decisiones.

—¿Está confirmado? —pregunto sin mirarle.

El hombre frente a mí asiente. Delgado, discreto, sin nombre. No le hace falta.

—Billy se reunió con Caruso anoche. Solo estuvieron ellos dos. Como sabe, uno de los camareros del club es de los nuestros.

—¿Y?

—Maletín, dinero, una llave. Un regalo. El Diablo está contento.

Sonrío muy levemente. No por satisfacción. Por previsión cumplida.

Asiento.

Abro una carpeta. Dentro, una fotografía: una mujer de unos cuarenta, pelo recogido, rostro de esos que no dicen mucho. Secretaria del Departamento de Policía. Nadie importante. O eso creen.

—Quiero que esta mujer reciba una llamada. Nada violento. Solo un empujón. Un recordatorio de que su hijo adolescente ya tiene antecedentes. Y de que nosotros tenemos memoria.

El hombre asiente. No pregunta por qué ella. Tampoco pregunta qué quiero conseguir. Me gusta rodearme de personas que entienden que el silencio es más útil que la inteligencia.

Solo ella y yo sabemos de qué va todo esto.

—Y después —añado, dejando la copa en la mesa sin una sola huella—, filtra el nombre del fiscal que ha estado investigando a Caruso. Solo el nombre. Sin contexto. Que parezca un descuido. Que parezca una filtración del propio departamento.

—¿Eso no puede volverse contra nosotros?

Le miro por primera vez. Firme. Inmutable.

—Precisamente por eso.

Un pequeño incendio en el sitio adecuado es más efectivo que una bomba en el lugar equivocado. Quiero tensión entre ellos. Sospechas. Quiero que Billy y Caruso empiecen a mirar a su alrededor y no sepan en quién confiar.

La guerra no se gana con balas. Se gana con miedo.

Y, a partir de hoy, ellos van a empezar a sentirlo.

No hay más que decir.

El teléfono vibra en la mesa, interrumpiendo el silencio del despacho. Sonido bajo, casi una caricia.

Miro el reloj. La hora exacta.

Levanto la mano y acepto la llamada, escuchando con atención:

—En marcha, jefa.

—Hazlo. Que lo traigan.

Hago una señal hacia el hombre que tengo enfrente. No hace falta que diga nada más.

Asiente. Sabe qué hacer, cómo hacerlo. Los hombres como él están ahí para que yo no tenga que mover un dedo.

Me recuesto en la silla, mirando por la ventana. La ciudad sigue siendo la misma, pero las piezas que movemos debajo de su superficie están a un paso de cambiarlo todo.

Billy no sabe que estoy a punto de darle la oportunidad de hacer lo que siempre debió hacer: elegir de qué lado está. Pero antes de que haga su elección, quiero que sepa que sus secretos son míos. Que puedo romperle la vida con solo mencionar unos pocos nombres.

Sus trapos sucios, sus colaboraciones con la mafia, sus pequeñas traiciones… No hace falta que los saque uno por uno. Con un solo gesto, puedo hacer que todos esos fantasmas se materialicen frente a él, hasta que se ahogue en su propia culpa.

Unos minutos después, uno de los hombres entra en la habitación. En su rostro no hay emoción. Solo eficiencia.

—Está hecho. Lo tenemos.

Asiento, pero no me muevo. No tengo prisa.

—Llevadlo al almacén. No lo maltratéis demasiado, pero dejadle claro lo que puede perder.

Es lo que hace falta. Que entienda que no hay salida. Que todo lo que le queda es colaborar conmigo. Eso, o ser aplastado por todo lo que sé de él.

En esta ciudad, si no eres quien controla los secretos, entonces los secretos te controlan a ti. Y Billy se va a enterar de eso muy pronto.

La puerta se cierra con suavidad. La habitación vuelve a quedar en silencio, pero ya no es el mismo silencio. Este es uno cargado de presión.

Espero.

No habrá más juegos. Solo él, yo, y las decisiones que debe tomar para seguir respirando.

Me pongo en marcha.

El almacén está oscuro, salvo por las luces amarillas de los focos colgados, que lanzan sombras largas sobre las cajas y los barriles.

El suelo de cemento está frío, sucio. Con un fuerte olor a aceite y a polvo.

Ningún lugar es más adecuado para una conversación como esta.

Aquí, la vida de cualquiera vale lo mismo que el precio de una caja de mercancía.

El sonido de pasos rompe el silencio. Me doy la vuelta justo cuando Billy entra, rodeado de tres hombres que lo sujetan sin decir nada.

Su cara está tensa, manchada de sangre seca en las comisuras de la boca y el pómulo derecho; el sudor le corre por la frente, aunque intenta disimularlo.

Billy es bueno actuando, pero no lo suficiente como para ocultar su miedo.

Lo miro, sin prisa. No me hace falta. Sé lo que voy a hacer.

—¿Qué cojones…? —exclama al verme.

Me acerco un poco más, por si aún no le ha quedado claro.

Sonrío de medio lado en cuanto sus ojos se agrandan.

—Tú… Tú… —balbucea—. Eres… Eres…

Dejo de sonreír.

—Billy —digo, con voz baja, que resuena como un eco en la habitación vacía—. Bonita charla la que diste ayer sobre mí delante de las cámaras. ¿Te sentiste bien al mentirle a toda esa gente?

—Tú eres… Tú…

—Deja que me presente, por si aún no lo tienes claro. Soy V, para los amigos y para los enemigos, da igual.

—Pero tú…

—Pareces sorprendido de no ver al hombre que describiste —interrumpo.

—¡Joder! —masculla.

Chasqueo la lengua.

—Has jugado con fuego y ahora estás aquí, con la esperanza de que todo esto sea solo una pesadilla. ¿Me equivoco?

Intenta sonreír. Es una sonrisa tensa, forzada, como si aún pensara que puede controlar la situación. Pero sus ojos… Sus ojos me dicen todo lo que necesito saber. Está asustado.

—V… —Su voz suena rasposa, como si intentara encontrar algo de poder en la garganta—. No sabes en lo que te has metido. Esto no es un juego.

—¿No? —me río con suavidad, avanzando hacia él con paso lento. Puedo ver cómo su cuerpo se tensa. Como un perro acorralado—. Creí que eso lo sabías tú. Sabías a qué te exponías cuando decidiste trabajar para El Diablo. Sabías a qué tipo de hombre estabas vendiendo tu alma.

Me detengo frente a él, lo suficiente cerca para que pueda olerme el perfume, lo suficiente lejos para que siga pensando que tiene alguna opción.

Su rostro se vuelve más rojo, los músculos de la mandíbula se le contraen.

—¿Qué quieres de mí? —pregunta.

Inspiro hondo como si nada, y suelto:

—Te he dejado vivir. —Mi tono ahora tan afilado como un cuchillo—. He dejado que sigas respirando porque me resultas útil. Pero todo tiene un precio. Y, ahora, el precio es que vas a trabajar para mí. O te haré desaparecer tan rápido…—Chasqueo los dedos—, que ni siquiera El Diablo podrá salvarte.

No dice nada. No tiene nada que decir. Porque lo sé todo sobre él. Lo sé todo sobre El Diablo.

Está atrapado en su propio juego. Y soy yo quien mueve las piezas.

No tiene escapatoria.