Mía es la venganza (Hijas del dolor 1)
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1
BILLY
Las paredes blancas de la estancia parecen estrecharse a medida que el tiempo avanza y el reloj en la pared hace tic-tac con una precisión abrumadora.
Cada segundo que pasa es más pesado, más insoportable.
Estoy sentado en la silla de la oficina, los dedos tamborileando sobre la mesa en una especie de ritmo frenético que no puedo detener.
El teléfono sobre la mesa vibra, interrumpiendo mis pensamientos.
Lo miro sin ganas, pero al final lo cojo.
Es Caruso; ahí fuera, en las calles, tiene un apodo brutal: «El Diablo».
Es uno de los mayores capos que alberga la ciudad de Chicago y se codea con la élite de todo el mundo.
La pantalla parpadea con su nombre y me siento como un niño atrapado.
¿Cómo vas a decirle a un monstruo como él, al que le debes un montón de pasta, que estás hasta las pelotas de todo?
—Billy, ¿listo para la rueda de prensa? —Su voz es grave, cargada de una amenaza soterrada que no tiene necesidad de enfatizar.
—Sí, claro, todo bajo control. —La mía sale más calmada de lo que realmente siento. Estoy tratando de convencerme a mí mismo de que puedo seguir con este maldito juego.
Puedo oír el silencio al otro lado de la línea, como si estuviera esperando algo más.
—Recuerda lo que te dije, Billy. Esta rueda de prensa es crucial. Tienes que hacer que crean que V es el villano. Que piensen que es el culpable de todo el desorden que hay en la ciudad.
Aprieto los dientes. Lo sé. Caruso no necesita repetírmelo. No soy tonto. Pero, cuanto más pienso en ello, más me doy cuenta de que esto es un maldito laberinto, y no tengo ni puta idea de cómo salir de él.
Exhalo despacio.
—Lo tengo claro. Nada va a fallar. —Cuelgo antes de que pueda añadir algo más.
Dejo el teléfono sobre la mesa y, por un momento, solo me quedo ahí, mirando el reflejo de mi cara en el cristal de la ventana. La luz que entra por ella hace que todo parezca más gris. Las sombras bajo mis ojos no desaparecen, solo se hacen más grandes.
Sé lo que tengo que hacer. La rueda de prensa es mi última oportunidad de ganar un poco más de tiempo, de mantener a este cabrón satisfecho.
Me paso una mano por el rostro, enjugando el sudor de la frente. La ansiedad me aplasta, y noto cómo las paredes se acercan un poco más. Tengo que prepararme para la rueda de prensa, pero me siento como un hombre que se dirige a su propia ejecución.
No importa lo que diga, no importa lo que haga. Este juego ya lo he perdido. Ya he decidido que no hay vuelta atrás. Pero, a medida que me levanto, la sensación de que estoy a punto de cagarla del todo me consume.
El reloj sigue avanzando, implacable. Solo espero que, cuando llegue el momento, no me quede sin aliento.
Siempre quise ser un policía de los buenos, de los que cogen a los malos y los encierran tras las rejas.
Un policía que no se deja intimidar y que tiene las cosas claras: la ley está hecha para cumplirse.
Fin de la historia. Pero me corrompí. Sí, lo hice.
Y no lo vi venir. Me infiltraron en una banda de crimen organizado durante más de un año, y mi vida se fue a la mierda.
Drogas. Alcohol. Prostitutas. Había que encajar.
Fui cavando mi propio agujero. Un agujero que se hizo enorme y en el que me metí por voluntad propia.
Las deudas me llevaron a buscar ayuda de la única persona que podía brindármela: El Diablo.
Por eso ahora me encuentro trabajando para él, encubriendo su mierda y vertiéndosela a otros. Por eso ahora soy un policía corrupto. Aunque ya no me drogo ni bebo, y las mujeres están de más para mí; estoy limpio desde hace muchos tiempo. Ojalá pudiera decir lo mismo de mi expediente.
El bullicio de ahí fuera me levanta dolor de cabeza, pero tengo que dar la cara y asegurarle a toda esa gente que me espera que ese V, al que ni siquiera conozco, pronto estará donde debe estar: en la puta cárcel.
Los flashes me ciegan un segundo. Es curioso cómo la luz puede doler más que las balas.
Me aclaro la garganta, dejo que el murmullo se apague. El jefe me lanza una mirada; quiere que diga lo justo, lo correcto. Pero yo tengo mi propio guion. Siempre lo he tenido.
Me froto las manos, no por frío, sino por costumbre. Manos inquietas. Manos sucias. El tipo de manos que no se lavan con una rueda de prensa.
—Detective Callaham, estamos listos —dice alguien, pero yo ya estoy caminando hacia el podio.
El micrófono devuelve un leve zumbido. Los periodistas se acomodan. Quieren sangre. Y yo se la voy a dar.
—Buenas noches. Soy William Callaham. Billy, para los amigos. Detective del Departamento de Policía de Chicago. nueve años de servicio. O eso dice mi placa.
Algunas risas tímidas. Los más nuevos. Los que aún creen que esto va en serio.
—Estoy aquí para hablar de V. Ese fantasma con trajes italianos. Ese hombre al que todos parecen temer... y admirar.
Dejo que las palabras floten unos segundos en el aire. Hay algo divertido en pronunciarlas. Algo casi cruel.
—Pero déjenme decirles algo: V no es un mito. No es un redentor. Es una plaga. Una sombra que se alimenta del silencio.
Un parpadeo. Dos. Nadie escucha de verdad cuando ya decidieron a quién aplaudir.
Continúo con la charada:
—Ese hombre ha corrompido barrios enteros. Ha puesto escuelas a traficar. Ha borrado familias completas con una sonrisa y una copa de vino. Pero eso se acabó. V, donde sea que estés, donde sea que te escondas... —miro a las cámaras como si pudiera atravesarlas—, vas a caer.
Al fondo de la sala, una figura se recuesta con elegancia en la sombra de la última fila. Lleva un abrigo largo, una mirada afilada y un gesto apenas curvado en los labios. Nadie la mira. Nadie la ve.
Bajo del podio.
La guerra ha comenzado.
Y yo no tengo ni puta idea de a quién acabo de declarar enemigo.
Horas más tarde conduzco por la ciudad.
Chicago huele diferente cuando vas a ver al Diablo.
No es la contaminación ni los cubos del callejón trasero del club. Es otra cosa. Algo espeso, metálico. Como si la ciudad supiera que uno está bajando a una especie de infierno elegante.
El portero me abre con un gesto. No me registra. Nadie registra al perro del mandamás.
«Qué suerte la mía».
Subo. Piso privado. Música de jazz, luces bajas, una botella de licor que vale más que mi coche. Ray está de espaldas, mirando por la ventana como si le preocupara el cielo. A este desgraciado no le preocupa una mierda.
—Billy —dice sin volverse, con esa voz que suena a misa negra y bebida cara—. Qué discurso el tuyo. Me has hecho llorar, joder.
—¿Sí? No me había dado cuenta de que tenías corazón.
Se ríe. No de verdad, claro. Es una carcajada mecánica, de esas que dice «me diviertes, pero no olvides que puedo matarte con una servilleta».
Se gira por fin. Impecable. Traje negro, camisa roja como el pecado. En el pecho, un alfiler dorado con forma de cruz rota. Un símbolo. O una advertencia. Quién sabe.
—Hiciste lo que te pedí y pusiste a V en la picadora. Delante de las cámaras, sin pestañear. Eso ha sido… precioso.
—Solo dije lo que todos piensan.
—Sí. Pero lo dijiste con rabia. Y eso… —Chasquea los dedos— eso mueve masas.
Se acerca. Me ofrece un vaso. Acepto. No es por sed. Es por respeto. O por miedo. O porque decir «no» aquí es como firmar tu epitafio. Pero no bebo ni un sorbo. Ni siquiera acerco el vaso a los labios.
—¿Sabes qué me gusta de ti, Billy? —pregunta, bebiendo lento—. Que te ensucias sin llorar. Que entiendes que este mundo no se limpia con leyes ni con placas.
—Lo único que entiendo es que te debo un montón de pasta. No me confundas con un fan.
Sonríe. Esa sonrisa suya que no le llega a los ojos.
—Te he traído un regalo —suelta, como si nada.
Chasquea los dedos otra vez. Entra uno de sus hombres con un maletín. Lo deja sobre la mesa sin decir palabra. Caruso lo abre. Dentro, fajos de billetes y algo más: una llave.
—¿Qué es esto? —pregunto.
—La llave de un apartamento frente al río. Nuevo, limpio, sin cucarachas ni fantasmas. Un sitio donde puedas dormir tranquilo… por ahora.
Lo miro. Luego al maletín. Es un «gracias». Pero también es una correa. Un recordatorio de a quién pertenezco.
—¿Y si digo que no?
Se ríe otra vez. Más bajo. Más frío.
—Entonces te respeto. Y le regalo el apartamento al fiscal que quiere verte muerto. ¿Ves? Siempre tengo a alguien que diga que sí.
Me quedo callado.
Ray se acerca, despacio. Me pone una mano en el hombro. Cálida. Pesada.
—Gracias por el show , Billy. La ciudad necesitaba un enemigo. Ahora lo tiene gracias a ti.
Salgo del club con la llave en el bolsillo y un nudo en el pecho.
En cuanto doblo la esquina del edificio, no puedo contenerme más y vomito.
Creo que echo hasta la primera papilla. Soy un ser despreciable.
Un cobarde que no tiene pelotas para enfrentarse a la realidad de su miseria.
Ojalá supiera cómo salir de esta. Ojalá me pusieran el cañón de una pistola en la cabeza y dispararan. Muerto el perro, se acabó la rabia.
Escupo y me limpio con la manga de la chaqueta.
«Doy asco, joder».
Enfilo la acera y cruzo la carretera hasta donde tengo el coche estacionado. Una cerveza bien fría y un par de ibuprofenos me vendrían de perlas para este puñetero dolor de cabeza. La cerveza sin alcohol, por supuesto.
Conduzco, dejando atrás el South Side, una zona peligrosa, con calles oscuras, casas antiguas y abandonadas, donde la ley no se atreve a entrar, aunque hagamos un paripé de la hostia y todo el mundo crea que lo tenemos controlado. Pobre ilusos.
Algunos de los puentes están levantados cuando paso a toda velocidad cerca del río Chicago.
No tardo en llegar a casa: un cuchitril en un barrio modesto.
Estoy introduciendo la llave en el portal cuando alguien me da un golpe en la nuca, dejándolo todo a oscuras.