28
V
Amanezco antes que Jordan. El sol se cuela a través de las cortinas del hotel, pintando la habitación de un tono cálido que no me resulta familiar. Estoy acostumbrada al gris de Chicago, al murmullo contenido de los bajos fondos, al eco de las decisiones que pesan.
Pero aquí… aquí todo va más lento. Suena más lejano. Es más humano.
Me levanto en silencio, cruzo la habitación y preparo un café en la pequeña cafetera de cápsulas. No es gran cosa, pero el ritual me centra. Mientras espero, pienso en anoche. En Billy. En sus manos. En su forma de mirarme.
Y, sobre todo, en cómo me sentí: libre. Por primera vez en mucho tiempo, libre de ser solo yo. Adorada. Deseada. Y querida.
Jordan se despereza entre las sábanas y abre un ojo sin mucha gana.
—¿Qué hora es?
—Temprano. Tengo algo en mente —anuncio.
Se incorpora con el ceño fruncido, oliéndose que hay algo más detrás del tono neutro de mis palabras.
—¿Qué pasa?
—He decidido que no nos vamos hoy.
—¿Perdona? —Se frota la cara, confusa—. ¿Cómo que no?
—Quiero aprovechar para ver un par de cosas. Respirar otro poco de aire antes de volver a la basura que tenemos entre manos.
—¿Ver cosas o ver a alguien? —murmura, dedicándome esa mirada suya que no se pierde nada.
—Un día más no va a marcar la diferencia —replico, dando un sorbo al café.
—Ya. Un día más... o un paso más.
No respondo. Me acerco a la ventana y observo el movimiento en la calle. Gente que no me conoce. Coches que no me siguen. Nadie que me espere con una orden o una amenaza.
Solo un día más.
Un día con él.
—Avisa a Gerard. Dile que cambie los billetes. De Billy me encargo yo.
—¿Y qué le digo?
—Lo de siempre. Que surgió algo que me interesa.
Jordan sonríe, ya de pie, mientras busca su móvil.
—Claro, jefa. Lo que tú digas.
Lo dicho, nunca se le escapa nada.
Entro en el baño y me doy una ducha larga. Me enjabono el pelo y lo enjuago con abundante agua. Igual que hago con el cuerpo. Enrosco una toalla debajo de las axilas y otra en la cabeza.
Una nube de vapor me acompaña cuando salgo del baño a buscar el teléfono.
Jordan parece estar a lo suyo; sin embargo, sé que está pendiente de cada uno de los movimientos que hago.
Escribo un mensaje y lo envío.
—Imagino que tanto Gerard como yo iremos por libre, ¿no?
—Imaginas bien.
—¿No vas a hablarme de ello?
—En cuanto lleguemos a Chicago.
—Vale. Cualquier cosa, ya sabes.
—Sí, te llamaré. Prometido.
No tardo en ponerme unos pantalones elásticos y un grueso jersey de lana. Y para cuando salgo del baño con el pelo seco y recogido en una cola de caballo, Jordan ya se ha ido.
Cojo algunas cosas y cierro la puerta de la habitación detrás de mí.
Una vez en el vestíbulo, saludo a la recepcionista y le doy las gracias al hombre que me abre la puerta.
Llegar al punto de encuentro es cuestión de diez minutos andando.
El local está casi vacío. Paredes de ladrillo visto, plantas colgantes en las ventanas, mesas pequeñas de madera sin mantel. El tipo de sitio que pasa desapercibido. Perfecto.
Le di la dirección a Billy antes, cuando le envié el mensaje: «Si tienes hambre, ven», le puse. Y añadí el enlace con la ubicación.
Y ahí está. En la puerta. Con esa chaqueta que le queda demasiado bien, las manos en los bolsillos, los ojos clavados en mí antes de que siquiera le salude.
Sonríe al verme. Una de esas sonrisas pequeñas, contenidas y sinceras. De las que se quedan dando vueltas en la cabeza durante horas, haciéndote suspirar.
—¿Esto es parte de la desconexión o una trampa? —murmura mientras se sienta frente a mí.
—Depende de si estás dispuesto a que te atrapen —respondo, y le acerco el café que ya le he pedido.
—¿Y tú? ¿Estás dispuesta?
—No lo estaría si no fuera esa la idea.
Nos quedamos en silencio un momento. Hay algo raro en esta pausa. No es incómoda. Es… todo lo contrario.
Como si estuviéramos empezando a reconocernos, sin los papeles asignados por los clanes, por la rabia y por el pasado.
—¿Por qué nos quedamos un día más? —pregunta al fin.
Lo miro. Podría mentir. Podría inventarme cualquier excusa.
Juego a enroscar la servilleta de papel con la punta de los dedos.
—Porque no quería volver aún. Porque aquí puedo respirar. Porque tú estás aquí.
Sus ojos no se apartan de los míos. No sonríe, no bromea. Solo asiente.
—Vale —dice al fin, con esa voz grave que se me mete bajo la piel—. Entonces respiremos juntos un día más.
Y lo hacemos.
Desayunamos sin prisas. Sin vigilancia. Sin guerra. Solo nosotros.
Un paréntesis en mitad del caos. Solo uno, pero nuestro.
El cielo se ha cubierto de nubes grises mientras estábamos en esa cafetería. Como si fuera a ponerse a diluviar de un momento a otro.
La ciudad tiene ese aire de película antigua: calles empedradas, luces cálidas en los escaparates y gente que pasa a nuestro lado sin fijarse en nada en concreto.
Aquí nadie nos conoce. Y eso, por una vez, me da paz.
Billy se detiene de pronto, frente a una verja de hierro forjado. La reconozco. Estamos frente al edificio del Flatiron.
—Siempre me ha gustado este sitio —dice. Y luego, como si no quisiera sonar sentimental—: Tiene pinta de aguantarlo todo, aunque sople fuerte el viento.
Le sonrío. Me apoyo en la verja, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.
—No sabía que tenías debilidad por la arquitectura.
—Tengo debilidades que no conoces —murmura, y me mira de lado. La forma en que lo hace me desarma un poco.
El cosquilleo en la boca del estómago es intenso.
Me echo a andar otra vez. Él me sigue.
No hablamos mucho. No hace falta.
El tiempo no se detiene.
Paseamos de nuevo por Central Park, comemos en un coqueto restaurante de la Quinta Avenida y tomamos café en uno de esos locales que, sin ser bibliotecas, están llenos de libros.
Caminamos hasta el puente de Brooklyn. Allí, entre las luces y el rumor del agua, me detengo.
Me giro para mirarle. La brisa me revuelve el pelo. Él me lo aparta con una mano suave, como si no se diera cuenta de que lo está haciendo. Lo dejo. Por un segundo, quiero quedarme aquí para siempre. Con él. Con ese gesto. Con su voz.
—¿Y si este momento fuera real? —pronuncio, bajito.
—Lo es.
Y entonces no digo nada más. Ni él. Solo miramos las luces reflejadas en el río. Y nos quedamos así. Juntos. En una ciudad que no nos debe nada. En un instante que, aunque sea prestado, nos pertenece.
—¿Te parece bien que reserve una habitación para los dos en el hotel? —tanteo.
—¿Lo dudas? —responde en voz baja.
Sonrío.
Y entrelazamos los dedos al cogernos de la mano y desandamos nuestros pasos para volver al que será nuestro refugio por unas cuantas horas más.
Cierro la puerta despacio.
Billy me mira.
No encendemos la luz. No hace falta. La ciudad entra por la ventana en forma de neón y sombras, proyectando siluetas azules y doradas sobre la alfombra.
Me acerco. Paso junto a él y dejo el abrigo sobre la silla más cercana. Me doy la vuelta. Está quieto, como si esperara a que yo decidiera el siguiente paso. No lo hago.
Se acerca y me aparta un mechón de la cara. Su mano es grande, cálida. Sus dedos tiemblan un poco cuando me tocan la piel. Esa mínima duda me desarma.
Me besa. Despacio. Como si no tuviera prisa. Como si besarme fuera la única forma que tiene de entender qué está sintiendo.
Respiro contra su boca y le sujeto de la camisa, tirando de él hacia la cama. Me dejo caer primero, con el pulso acelerado, los sentidos a flor de piel. Me sigue.
Se desviste con la misma calma con la que me mira. No hay prisa. No esta vez. No cuando los dos sabemos que esta noche es toda nuestra.
Sus labios bajan por mi cuello, por las clavículas. Recorro con las manos su espalda. No hablamos. Solo nos escuchamos respirar. Solo sentimos.
Y cuando por fin lo tengo dentro, no es solo cuerpo. Es algo más. Algo que no quiero nombrar porque todavía me asusta.
Jadeo su nombre:
—Billy…
El movimiento de nuestros cuerpos es lento. Acompasado. El tacto de su lengua: húmedo, caliente.
Se me eriza el vello de todo el cuerpo cada vez que me dibuja sobre la piel círculos de saliva. Cada recoveco de mi cuerpo suspira por una de sus caricias. Me enardece el calor que desprenden las yemas de sus dedos cuando me toca por todas partes.
Su gemido me desata. Me descontrola.
Enrosco las piernas alrededor de su cintura y lo insto a ir más rápido. Más profundo. Más intenso. Más. Siempre más.
Sé que está a punto de llegar cuando gruñe mi nombre como si le doliera.
Y me dejo ir. Solo unos segundos antes de que lo haga él.
Me aferro a su abrazo como si pudiera protegerme de todo lo que nos espera al volver.
Me besa el hombro. Me pregunta si estoy bien sin necesidad de decirlo en voz alta.
Y, por un instante, mientras el murmullo lejano del tráfico neoyorquino se mezcla con nuestros silencios y las respiraciones se van ralentizando, pienso que sí. Que estoy bien. Con él.
Siento su respiración en la nuca. Regular. Tranquila. Duerme, aunque no profundamente. Lo sé porque, cuando me muevo, su brazo me rodea con más fuerza. Como si temiera que me desvaneciera si me suelta.
La habitación está en penumbra. El ruido de la ciudad llega atenuado por los cristales, como un eco lejano.
No puedo dormir. Hay algo que me revuelve por dentro.
No es culpa. Ni siquiera miedo.
Es esa maldita sensación de querer más.
Más momentos así.
Más noches como esta.
Más de él.
Giro la cabeza despacio.
Billy abre los ojos. Me mira sin decir nada.
Su expresión no es la de un hombre que se arrepiente. Es otra. Algo más complicado.
—¿Estás bien? —Quiere saber.
Asiento. Podría mentir. Podría fingir que esto no me toca el corazón. Que solo ha sido sexo.
No obstante, sería mentirme a mí misma. Y ya no tengo fuerzas para eso.
—No sabía que necesitaba esto —le digo. Y me doy cuenta de que es cierto.
No sonríe. No hace bromas. Solo me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos.
—Me he quedado porque quería quedarme —dice—. Y porque sabía que no te irías si yo no lo hacía.
Le miro. Él también lo sabía.
Sabía que esta noche sería distinta. Que, después, algo se rompería.
O se construiría.
—¿Te arrepientes? —le pregunto.
—¿Tú?
Niego con la cabeza.
Él tampoco.
Nos quedamos así. Juntos. Abrazados.
No hay promesas, pero sí una certeza muda en el aire: esto ha cambiado las reglas.
Ya no somos solo aliados.
No somos solo cómplices.
Somos algo más.
Y eso, en nuestro mundo, puede costarnos caro.