Mi vida de instagram CAPÍTULO 21 La copia
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CAPÍTULO 21 La copia

La copia

Nora llega el miércoles a las nueve y doce.

He anotado la hora antes de abrirle.

Viene sin maquillaje, con una sudadera gris y el pelo recogido. Parece más joven que en las fotografías donde se pone mi ropa. También parece más peligrosa porque ya sé lo bien que puede ensayar una versión de sí misma.

Rodrigo permanece en el salón. Le he pedido que esté presente y ahora me molesta que lo esté.

Dejo la fotografía sobre la mesa.

—¿Qué hacía esto en tu habitación?

Nora se detiene.

—No lo sé.

—Estaba dentro de uno de tus libros.

—¿Qué libro?

—No importa.

—Sí importa. ¿Era mío?

—Estaba en tu habitación.

Nora mira a Rodrigo. No a mí. El movimiento basta para que todos mis celos regresen con pruebas nuevas.

—No la había visto —dice.

—Te fotografiaste en mi dormitorio, con mi vestido y junto a mi marido dormido.

—Rodrigo no estaba dormido conmigo.

—No he dicho eso.

—Lo dices cada vez que me miras.

Rodrigo interviene.

—Nora, responde solo a lo que Eva te pregunta.

Ella baja la vista.

—No conozco esa puerta.

—Es una suite de hotel.

—Ya lo veo.

—La misma noche que cambió mi carrera.

—No sé nada de tu carrera de hace doce años. Tenía doce.

La edad debería hacer absurda mi acusación. Solo consigue recordarme cuánto tiempo ha conservado alguien la imagen.

—Podías descargarla de la nube —digo.

—No tenía acceso a tus carpetas antiguas.

—Tenías mi ropa, mi habitación y cuarenta y siete minutos sin permiso. ¿Qué más tenías?

Nora se abraza a sí misma.

—Quería hacerme fotos aquí.

—Querías ser yo.

—A veces.

La honestidad me descoloca.

—¿Qué significa «a veces»?

Nora mira la piscina a través del cristal. La misma que utilizó sin permiso y que casi se lleva a Alma.

—Significa que en mi casa nadie terminaba nada.

Mi madre empezaba trabajos, cursos, relaciones.

Mi padre empezaba a volver y siempre dejaba de hacerlo.

Cuando llegué aquí, había una hora para las cenas, una cesta para cada tipo de ropa y un hombre que sabía dónde estaban las medicinas de sus hijos.

Tú podías ganar dinero hablando a una cámara y hacer que todo pareciera elegido.

—No elegí que entraras en mi dormitorio.

—Ya lo sé.

—Ni que te pusieras mi ropa.

—Lo sé.

—Entonces no era admiración. Era apropiarte de algo.

Nora asiente. No se defiende con su infancia.

—Sí. Cuando estaba sola, me probaba una versión en la que yo también podía llegar a una vida que funcionara. Luego guardaba todo y volvía a ser la persona que trabajaba aquí.

—Excepto que hiciste fotografías.

—Porque si no las hacía, esa versión no existía.

La explicación me resulta demasiado familiar. La diferencia es que yo convertí esa necesidad en una profesión y ella la ejerció dentro de mi intimidad.

—¿Y Rodrigo formaba parte del disfraz?

—Formaba parte de la casa. Igual que la piscina y la terraza. Nunca pensé que pudiera ser mío.

—Te tumbaste a su lado.

—Me tumbé a distancia y utilicé el ángulo para que pareciera otra cosa. Eso está mal. Pero lo que quería era la foto, no a tu marido.

Por primera vez comprendo que puede haber deseado una imagen de Rodrigo sin desear a Rodrigo. Debería saber mejor que nadie que las dos cosas no son iguales.

—¿A veces?

—Cuando empecé a trabajar contigo pensé que habías construido todo lo que una mujer podía querer. La casa, los viajes, los niños… Rodrigo.

Su nombre cambia el aire.

—¿Estás enamorada de él?

—No.

—Escribiste que era el hombre perfecto.

—Porque lo parecía.

Rodrigo no reacciona al pasado de lo dicho.

—¿Y ahora? —pregunto.

Nora me mira por fin.

—Ahora parece un hombre que no duerme porque su familia está en peligro.

—Qué generosa.

—No está intentando quitarte nada, Eva —dice Rodrigo.

Me vuelvo hacia él.

—¿La estás defendiendo?

—Estoy diciendo que una fotografía encontrada entre sus cosas no demuestra quién la puso allí. Ya hemos cometido ese error con tu madre y con Sofía.

—Mi madre tenía una llave. Sofía sabía lo de Aurelio. Nora tiene la foto.

—Y alguien lleva semanas dejando objetos en lugares donde no deberían estar.

La lógica de Rodrigo protege a Nora. Debería tranquilizarme. En cambio, me hace sentir que los dos ocupan el lado razonable de una mesa en la que yo vuelvo a ser el problema.

—¿Cuándo entraste por última vez en esta casa? —pregunto.

—Cuando vine con la policía.

—¿Trajiste ese libro?

—No.

—¿Quién sabía dónde guardabas tus cosas?

—Todos. Nunca cerraba la puerta.

—Porque era mi casa.

—Porque cuidaba a tus hijos y pensaba que confiabas en mí.

—Confiaba hasta que te encontré vestida con mi vida.

Nora empieza a llorar. No de forma bonita. Se limpia la nariz con la manga y respira por la boca.

—Sé que lo que hice está mal. Entré para grabarme. Me puse tus vestidos. Nadé en tu piscina. Me tumbé en tu cama. Fue patético y lo siento. Pero no dejé notas, no fotografié a Hugo y nunca llevaría a Alma hacia el agua.

—¿Y la fotografía?

—Me la han puesto.

—Claro.

—Porque es fácil que parezca yo. Soy la chica que quiere tu casa y mira a tu marido. Ya has contado esa historia antes de preguntarme.

Rodrigo da un paso hacia la mesa.

—Deberíamos entregar la foto y dejar que Santana compruebe huellas.

—Después —digo.

—Eva.

—Está despedida.

Nora cierra la boca. Rodrigo no.

—Sigue suspendida durante una investigación.

—Ya no. Está despedida.

—Hazlo por escrito y con la asesora laboral. No conviertas esto en algo que puedan usar contra ti.

Incluso cuando me contradice, me protege.

—Lo haré por escrito.

Nora se quita la llave electrónica del llavero. La deja junto a la fotografía.

—Ya no abre nada —dice.

—Lo sé.

—Y la llave física la entregué el primer día.

—También lo sé.

—Entonces sabes que alguien no necesita mis llaves para hacerme culpable.

Recoge la mochila. Rodrigo se aparta para dejarla pasar. Nora se detiene ante él.

—Gracias por no mentir —dice.

Siento esas palabras como una intimidad.

—No te estoy dando la razón —responde Rodrigo—. Solo digo que deben comprobarlo.

—Es más de lo que está haciendo ella.

—Ella tiene miedo.

Nora me mira por encima del hombro.

—Yo también.

Camina hasta la puerta. Antes de salir se vuelve.

—Voy a descargar mis ubicaciones, los mensajes de trabajo y todos los horarios. Puedo demostrar dónde estaba casi siempre.

—Casi —repito.

—También tengo las listas que me pidió Rodrigo.

Él frunce el ceño.

—¿Qué listas?

—Las horas de pantalla de Eva. Me dijiste que apuntara cuándo empezaba a grabar, cuánto tardaba y si miraba el teléfono mientras estaba con los niños.

El silencio dura un segundo más de lo normal.

—Fue después de que el colegio llamara porque Eva olvidó firmar la autorización de Hugo —dice Rodrigo—. Queríamos reorganizar los horarios.

—Eso fue hace meses —responde Nora.

—Precisamente.

—Al principio apuntaba solo horarios —dice Nora—. Después me pediste que incluyera ejemplos.

—Porque un número sin contexto no significa nada —responde Rodrigo.

—También anoté los días buenos.

Él asiente.

—Te dije que anotaras hechos, no solo problemas.

—Después de que yo preguntara si debía escribirlos.

La corrección no suena a acusación. Nora parece esforzarse por ser exacta porque acaba de descubrir lo caro que sale recordar de manera aproximada.

—¿Dónde están esas listas? —pregunto.

—En mis notas de trabajo y en una conversación familiar —dice ella—. Pensaba que las tenías.

Rodrigo abre la boca.

—No —digo—. Ahora no.

No quiero descubrir otra cosa delante de Nora. Tampoco quiero darle a Rodrigo la oportunidad de mostrarme una versión ordenada antes de buscarla sola. Él acepta el límite.

—Cuando quieras —dice.

La explicación es razonable. Recuerdo la autorización dentro de mi bolso durante cuatro días. Recuerdo a Rodrigo diciendo que trabajaba demasiado y a mí contestando que mi trabajo ocurría en el mismo teléfono con el que todos esperaban que organizara la familia.

—¿Por qué no me dijiste que la vigilabas? —pregunto a Nora.

—Pensé que lo sabías.

—¿Y conservaste las listas?

—Rodrigo dijo que duplicara todo por escrito.

Él asiente.

—Para detectar un patrón y ayudarte.

Nora abre la puerta.

—Pues ahora me van a ayudar a mí.

Se marcha.

A través del cristal la veo detenerse en la acera, sacar el teléfono y activar la grabadora antes de empezar a hablar. Fecha. Hora. Lugar. Describe la fotografía, la conversación y las llaves entregadas.

Está construyendo una versión de los hechos que pueda defenderla.

Por primera vez no me parece imitación.

Me parece aprendizaje.

Rodrigo entrega la fotografía a Santana esa misma mañana.

La agente viene a recogerla porque se niega a que la traslademos de nuevo.

La funda conserva mis huellas, las de Rodrigo y una impresión parcial que podría ser de cualquiera que haya manipulado el libro.

El papel es del mismo gramaje que las copias anteriores, pero se vende en cualquier tienda de fotografía.

Nora envía sus ubicaciones. El día en que apareció la primera nota estaba en la villa. El de la foto de Hugo, en una farmacia a ocho kilómetros durante once de los diecisiete minutos sin cámara. Los seis restantes bastan para alimentar una sospecha y no para conducir, imprimir, entrar y regresar.

—La cronología la favorece —dice Santana—. No la descarta en todos los hechos.

—¿Y la foto en su habitación?

—Demuestra que alguien tuvo acceso a una estancia que no se cerraba con llave.

Rodrigo pide que conste que Nora devolvió sus credenciales y que la puerta permaneció abierta desde su suspensión. La precisión la protege a ella, pero también me protege a mí de una acusación laboral sin pruebas.

Cuando Santana se marcha, él deja sobre la mesa su teléfono desbloqueado.

—Puedo enseñarte ahora las listas.

—He dicho que no.

—Y lo respeto. Pero no quiero que parezca que intento ocultarlas.

—Ya las ocultaste cuando las pediste.

Rodrigo recibe el golpe sin excusa.

—Sí.

—¿Por qué Nora creyó que yo lo sabía?

—Porque le dije que quería ayudarte a ordenar el trabajo. Ella supuso que lo habíamos hablado.

—Dejaste que lo supusiera.

—Sí.

La segunda admisión me inquieta más que una defensa. Un mentiroso puede utilizar la verdad en cantidades exactas para que todo lo demás parezca igual de limpio.

Aparto el teléfono.

—Más tarde.

Rodrigo lo recoge sin abrir la conversación. Me besa el pelo al pasar, un gesto doméstico que mi cuerpo todavía reconoce antes que mi cabeza.