CAPÍTULO 20 Estabilidad
Estabilidad
El martes llevo a Hugo al colegio una hora antes.
No diez minutos. No el margen razonable de una madre organizada. Una hora completa.
Me doy cuenta cuando el aparcamiento está vacío y Hugo pregunta si hoy hay excursión. He leído las ocho en el calendario y mi cabeza ha decidido que significaba estar allí a las ocho, no salir de casa a las ocho.
—Podemos desayunar fuera —digo.
—Ya he desayunado.
—Puedes desayunar dos veces.
—Eso no arregla que te hayas equivocado.
Mi hijo tiene diez años y la desagradable costumbre de preferir los hechos al consuelo.
Rodrigo llega quince minutos después. No le he llamado, pero la aplicación del coche le ha avisado de que estamos detenidos fuera del horario habitual.
Trae una sudadera sobre la camiseta y el pelo todavía húmedo.
Dos madres que dejan a sus hijos en actividades tempranas lo miran cruzar el aparcamiento.
Una reduce el paso hasta convertirlo en una decisión.
Rodrigo abre mi puerta.
—¿Estáis bien?
—He confundido la hora.
—Vale.
—No digas «vale» como si fueras médico.
—No sé cómo hablan los médicos cuando alguien llega pronto al colegio.
Hugo se ríe desde atrás. Rodrigo le propone ir a desayunar los tres. No convierte mi error en un síntoma hasta que el niño está sentado frente a un zumo y no puede oírnos.
En la cafetería, una pareja me reconoce. La mujer levanta el teléfono hacia nosotros y finge fotografiar su tostada. Rodrigo cambia de asiento para tapar a Hugo. Lo hace sin mirar a la cámara y sin interrumpir la conversación sobre volcanes.
—¿Mamá está enferma? —pregunta Hugo.
La pregunta obliga a Rodrigo a dejar la taza.
—¿Por qué piensas eso?
—La abuela dice que necesita descansar. La seño preguntó si había alguien ayudándonos. Y mamá ha borrado el vídeo del helado.
Tres hechos que un niño ha unido mejor que nosotros.
—Estoy muy cansada y preocupada —digo—. Eso hace que me equivoque con algunas cosas. Pero tengo ayuda.
—Papá lo apunta todo.
Rodrigo y yo lo miramos.
—¿Qué apunto? —pregunta él.
—Los horarios. En la nevera. Y cuando me olvido de educación física me dices que apuntar sirve para que no vuelva a pasar.
La respuesta es inocente. Aun así, queda junto a lo que Sofía dijo sobre sus registros.
—Apuntar no convierte a nadie en malo —explica Rodrigo—. Sirve para entender qué ha ocurrido. Tu madre se ha equivocado de hora una vez. Yo olvidé pagar tu comedor el trimestre pasado. ¿Te acuerdas?
Hugo sonríe.
—Me dieron una carta roja.
—Exacto. Y sobrevivimos.
—Pero tú no estabas enfermo.
—Tu madre tampoco. Si algún médico nos dice otra cosa, te lo contaremos de una forma que puedas entender.
No promete que todo está bien. Le ofrece una verdad proporcionada a su edad. Cuando Hugo vuelve al zumo, Rodrigo me pregunta con los ojos si la respuesta me sirve. Asiento.
—No has dormido —dice.
—Tú tampoco.
—Yo no conduzco a los niños sin saber qué hora es.
—Llegué pronto, no crucé una autopista en dirección contraria.
—No te estoy acusando.
—Todo el mundo dice eso justo antes de acusarme.
Rodrigo baja la voz.
—La casa todavía no es segura. Tú estás agotada. Yo también. Hugo comprueba las cerraduras antes de acostarse y Alma no quiere acercarse a la terraza. Dos noches fuera pueden devolverles una rutina.
—Con mi madre.
—Con tu madre, sin tarjetas y sin bingo. He hablado con ella.
—Qué tranquilizador.
—Podemos pedirle a Sofía que los tenga.
—Sofía acaba de abandonar la empresa y probablemente también a mí.
—Entonces elige tú a otra persona.
No impone. Eso vuelve mis objeciones menos sólidas.
—¿Tú te vas con ellos? —pregunto.
—No. Me quedo contigo.
La respuesta me alivia antes de que pueda preguntarme por qué.
Adela recoge a los niños esa tarde. Rodrigo escribe en el grupo familiar:
Dos noches con la abuela mientras terminan cámaras y cerraduras. Rutina habitual: colegio, deberes, cena a las ocho y media. Adela, anota cualquier cambio para que no se despisten.
Mi madre responde con tres corazones y una pregunta sobre si puede pedir comida. Rodrigo le envía dinero antes de que yo vea el mensaje.
—No tenías que hacerlo.
—No quiero que use el dinero del bingo como excusa para salir.
—Eso ha sonado como si confiaras muchísimo en ella.
—Confío en que quiere a sus nietos. El resto lo verifico.
Cuando el coche de Adela desaparece, la villa queda tan silenciosa que oigo el motor de la piscina a través del cristal.
Subo a las habitaciones por costumbre. La cama de Hugo está hecha y sobre la almohada ha dejado el dinosaurio acusado de robar galletas. En la de Alma faltan el cocodrilo y la manta verde. Dos noches caben en una mochila, pero la ausencia modifica el tamaño de todas las habitaciones.
En la nevera encuentro el calendario que mencionó Hugo.
Rodrigo lo diseñó a principio de curso: colegio, guardería, pediatra, entregas, viajes y turnos de Nora.
Mi nombre aparece en azul; el suyo, en negro.
Hay correcciones, flechas y dos citas que olvidé.
También hay una reunión de Rodrigo que canceló para quedarse con Alma y una visita de obra a la que llegó tarde porque Hugo perdió las gafas.
Fotografiado de cerca, el calendario podría demostrar que yo fallo más.
Visto completo, demuestra que una familia es un sistema donde todos fallan y alguien mueve las piezas.
Le hago una foto entera. Después fotografío cada corrección. Me descubro pensando qué versión creería Santana, una marca o una jueza a la que todavía no conozco.
—¿Qué haces? —pregunta Rodrigo desde la puerta.
—Lo mismo que tú. Registro.
Mira el teléfono y luego el calendario.
—¿Quieres que lo guarde?
—¿Por qué ibas a tirarlo?
—Porque termina el mes.
—No tires nada.
—De acuerdo.
No pregunta para qué lo necesito. Despega el papel con cuidado, escribe la fecha en la parte trasera y lo guarda en una carpeta transparente. El gesto puede ser respeto o la costumbre de un hombre que nunca permite que un documento deje de existir.
—También quiero que tengamos por escrito que los niños se han ido dos noches con mi consentimiento —digo.
—Ya está en el grupo familiar y en el mensaje a Santana.
—Quiero una copia mía.
Rodrigo me reenvía ambos archivos sin cambiar de expresión.
—Todo lo que necesites.
La facilidad con la que abre sus registros debería avergonzarme. En vez de eso, me pregunto cuántos existen que no sé pedir.
Los instaladores trabajan hasta las siete. Añaden dos cámaras, cambian el cuadro y entregan a Rodrigo un informe que él escanea delante de mí. Cada dispositivo aparece con número de serie, ángulo y permiso. Rodrigo me da la contraseña de administrador escrita en una hoja.
—Cámbiala tú —dice.
—Puedes verla mientras la escribo.
Se vuelve de espaldas.
La confianza debería parecerse a eso. Sin embargo, pienso en Sofía diciendo que él guarda registros de todo.
Esa noche cenamos solos por primera vez desde que nació Alma. Rodrigo cocina pasta porque ya había comprado para cuatro. Hay dos platos infantiles junto al fregadero y la ausencia de los niños ocupa sus sillas.
—Hugo ha enviado una foto —dice.
Está haciendo los deberes en la mesa de mi madre. En la esquina aparece un cartón de bingo que Adela no se molestó en retirar.
—Voy a buscarlo.
—Está en casa —responde Rodrigo—. Dice que es de la semana pasada. He hablado con él a solas.
—¿Y le crees?
—Creo que no debemos trasladarle nuestra ansiedad.
Siempre encuentra las palabras sensatas medio segundo antes que yo.
Después de cenar, recogemos juntos. Mi mano roza la suya dentro del fregadero. Rodrigo no se aparta. El contacto dura lo que tarda un plato en dejar de tener espuma.
—Te echo de menos —digo.
Él cierra el grifo.
—Estoy aquí.
—No es lo mismo.
—No puedo darte más ahora.
—No te lo estoy exigiendo.
—Llevas doce años queriendo que no te exija una verdad. No hagamos lo mismo con el perdón.
Asiento. Rodrigo seca mis manos con el paño, una por una. El gesto es íntimo y distante a la vez. Cuando levanta la cara, estamos tan cerca que puedo contar las vetas verdes de sus ojos.
No me besa.
Apoya la frente contra la mía.
—Quiero que esto se acabe —dice.
—Yo también.
Durante unos segundos creo que habla del acoso y del matrimonio como si todavía pudieran salvarse juntos.
Más tarde, la agente Santana llama para preguntar quién ha autorizado que los niños duerman fuera. Rodrigo pone el altavoz.
—Los dos —respondo.
—¿Fue recomendación policial?
—No —dice él—. Una decisión familiar mientras se instala el nuevo sistema.
—¿Dónde están?
Le damos la dirección de Adela, los teléfonos y las horas escolares. Rodrigo envía una copia del mensaje del grupo para que quede registrado que son dos noches.
—Eres muy organizado —digo al terminar.
—Ahora mismo necesitamos estabilidad.
La palabra me tranquiliza.
No pienso en cómo sonaría si alguien tuviera que decidir cuál de los dos puede ofrecerla.
Antes de acostarme, entro en la antigua habitación de Nora. Sigue suspendida y solo volvió una vez, acompañada por Santana, para recoger ropa. Quedan libros, unas zapatillas y una caja de cosméticos que dijo no necesitar.
Busco una crema de Alma que Nora guardaba en el armario para las noches de fiebre. Al sacar una manta, un libro cae detrás de la cómoda.
Dentro hay una fotografía.
La puerta de la suite de Aurelio.
No una imagen parecida.
Una copia exacta de la que dejaron en nuestro dormitorio.