Mi vida de instagram CAPÍTULO 19 Lo que Sofía quería
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CAPÍTULO 19 Lo que Sofía quería

Lo que Sofía quería

Sofía elige una cafetería sin terraza y se sienta de espaldas a la pared.

Es la clase de precaución que antes me habría parecido profesional. Ahora parece culpabilidad con buena postura.

—¿Qué parte negaste? —pregunto.

—No has pedido café.

—No he venido a beber.

Sofía sostiene la taza con ambas manos. Lleva el pelo recogido, gafas oscuras aunque estamos dentro y una camisa que yo le regalé después de mi primera campaña grande.

Durante años hemos compartido ropa, contraseñas y una versión de la infancia en la que las dos sobrevivíamos a Adela de la misma manera.

Ahora cada objeto entre nosotras parece pendiente de reparto.

—El mensaje a Rodrigo no fue una broma —dice.

—Eso ya lo sé.

—Sabes que estaba borracha. No sabes que llevaba años sintiéndolo.

La cafetería sigue haciendo ruido. Una máquina expulsa vapor. Alguien ríe junto a la puerta. El mundo nunca tiene la cortesía de quedarse quieto cuando una hermana admite que deseaba a tu marido.

—¿Años?

—No planeaba hacer nada.

—Le escribiste de madrugada.

—Una vez. Me rechazó y no volví a cruzar esa línea.

—¿Cuántas veces pensaste en cruzarla?

—No puedes interrogar los pensamientos.

—Puedo intentarlo.

Sofía se quita las gafas. Tiene los ojos cansados.

—Rodrigo nunca me dio motivos. Nunca hubo una mirada, una conversación escondida ni un roce que yo pudiera convertir en otra cosa. Precisamente por eso me gustaba.

—Qué romántico.

—Me gustaba cómo te miraba a ti.

Me golpea en un lugar distinto.

—¿Cuándo empezó?

Sofía tarda tanto que comprendo que existe una fecha.

—La noche en que rompí con Marcos. Tú estabas en Madrid y mamá no contestaba. Rodrigo vino a buscarme a la estación porque se lo pediste.

Lo recuerdo. Yo terminaba una campaña de tres días y Sofía me llamó llorando desde un banco. Desperté a Rodrigo. Él condujo cuarenta minutos, la llevó a casa y me envió una fotografía de una taza de té junto a su mano para que supiera que había llegado.

—¿Pasó algo?

—Me preparó café. Me dejó tu pijama. Durmió en el sofá porque yo no quería quedarme sola.

—Eso ya lo sabía.

—No sabías que, cuando se quedó dormido, me senté en el suelo y pensé que ojalá fueras tú quien hubiera desaparecido de viaje y no Marcos de mi vida.

La confesión carece de seducción. Es más fea por eso: una fantasía alimentada con la bondad de Rodrigo y mi ausencia.

—Podías haberme llamado a la mañana siguiente.

—¿Para decirte que tu marido se había portado de manera impecable y yo había conseguido ensuciarlo sin que se despertara?

—Para dejar de trabajar a mi lado fingiendo que no pasaba nada.

—Trabajaba a tu lado antes de Rodrigo y seguí haciéndolo después. No toda mi vida es una función secundaria de la tuya, aunque la hayas presentado así durante años.

—No querías a Rodrigo. Querías mi vida.

—Quería que alguien entrara en una habitación y me buscara primero.

—Así que elegiste al hombre que me buscaba a mí.

—Elegí a nadie, Eva. Sentí algo vergonzoso, me emborraché, cometí un error y él hizo exactamente lo correcto. Al día siguiente enterré el tema porque perderte me importaba más.

—Pero no más que copiar el archivo.

Sofía saca una carpeta y la coloca sobre la mesa.

—Aquí están las claves de las campañas activas, los contratos, las facturas y la cesión de administración de las cuentas. Me voy de la empresa.

Abro la carpeta. En la primera página hay un inventario de ciento ochenta y siete accesos.

Sofía ha separado los personales, los familiares y los comerciales, ha marcado los que deben cambiarse y ha incluido un calendario de entregas para que ninguna marca pueda alegar abandono.

También ha calculado lo que la empresa le debe por vacaciones y lo que ella debe devolver por un portátil.

Así ha querido siempre: haciendo el trabajo que permite a los demás vivir la escena importante.

—¿Desde cuándo preparas esto?

—Desde que me acusaste por primera vez. Esperaba no necesitarlo.

—Podías haberte defendido enseñándomelo.

—Habrías dicho que una inocente no prepara una salida.

No puedo negar que lo habría pensado.

—He construido la mitad de esta empresa —continúa—.

Contesté tus primeros comentarios haciéndome pasar por ti porque estabas en la tienda.

Negocié el contrato de Vértice cuando tú querías aceptar la mitad.

Aprendí a leer estadísticas, derechos de imagen y cláusulas de exclusividad para que pudieras seguir diciendo que todo era intuición.

—Te pagaba.

—Sí. Y yo hacía bien mi trabajo. No estoy reclamando que me regales tu carrera. Estoy pidiendo que dejes de tratar todo lo que aporté como acceso privilegiado a tu vida.

La diferencia debería ser evidente. Hasta ese momento no lo es.

—¿Con una copia?

—Con una copia del trabajo que hice durante once años. Legal, inventariada y entregada a mi abogada. No contiene tus fotos personales ni nada de los niños.

—También dijiste que nunca contarías lo de Aurelio.

—Y no lo conté.

—Solo tú lo sabías.

—Y ahora lo sabe alguien más. Eso no convierte automáticamente a la única persona que te escuchó en la persona que te amenaza.

—Tenías las fotografías, las contraseñas y motivos para odiarme.

—Tenía motivos para dejar de trabajar contigo. No para acercar a Alma a una piscina.

La oigo, pero mi cabeza ya está ordenando pruebas. Sofía hizo la foto del baño. Sofía conocía la suite. Sofía tenía acceso a la nube. Sofía quería que Rodrigo la mirase. Cada frase que ofrece para defenderse tiene la forma de otra acusación.

—¿Querías que me dejara? —pregunto.

—No.

—¿Querías que descubriera lo de su padre?

—Durante años pensé que debías decírselo. No así.

—Pero querías que lo supiera.

—Sí. Porque lo amabas y porque él tenía derecho. Eso no significa que imprimiera una nota.

—¿Cómo sé que no fuiste tú?

Sofía inclina la cabeza.

—No lo sabes. Igual que no sabes que fue Nora, mamá, Carla o Gabriel.

—Rodrigo no.

La respuesta sale antes de que termine la lista.

—¿Por qué no?

—Porque las amenazas empezaron antes de que lo supiera. Porque lo vi romperse. Porque salvó a Alma.

—No estoy diciendo que sea él.

—Lo acabas de insinuar.

—Te estoy preguntando por qué necesitas que todos seamos culpables salvo tu marido.

—Porque es el único que no me ha mentido.

Sofía me mira durante varios segundos.

—Eva, te mintió sobre el dinero que daba a mamá.

—Para ayudarla.

—Revisó mi mensaje durante cuatro años y lo sacó justo cuando era útil.

—Porque yo lo acusé de esconder algo.

—Guarda registros de todo.

—Es arquitecto. Trabaja así.

—¿Ves lo que haces?

—Veo que intentas ensuciarlo después de admitir que estabas enamorada de él.

Sofía cierra los ojos.

—No estaba enamorada. Estaba sola y era lo bastante estúpida para confundir la bondad de un hombre guapo con una salida. Él no hizo nada. ¿Te sirve o necesitas que también confiese una aventura para poder odiarme sin dudas?

—Necesito saber quién quiere destruirme.

—No. Necesitas que sea alguien a quien ya estabas preparada para perder.

La acusación se queda entre nosotras.

—¿Y tú necesitas que mire mi matrimonio para no mirar lo que hiciste?

—Quizá las dos estamos haciendo lo mismo.

Me levanto.

Sofía empuja la carpeta hacia mí.

—Llévatela. Desde hoy no represento tu imagen, no negocio tus campañas y no respondo en tu nombre. Mi abogada enviará el cierre.

—Perfecto.

—No, Eva. No lo es.

Salgo sin despedirme.

En el coche abro la carpeta. Todo está ordenado por colores. Sofía ha preparado incluso una lista de las marcas que probablemente rescindirán si el acoso se hace público. En la última página hay una nota manuscrita.

No conté lo de Aurelio. Nunca habría usado a los niños. Cuando estés preparada para creer una de esas dos cosas, llámame.

Rompo la nota por la mitad.

Luego guardo las dos partes.

Al llegar a casa, Rodrigo está en la cocina con Hugo. Han construido un volcán de bicarbonato dentro de una bandeja. Alma aplaude cada vez que la espuma roja desborda el cráter.

—¿Cómo ha ido? —pregunta él.

—Sofía se va.

Rodrigo mira a los niños antes de responder.

—Lo siento.

—Admitió que llevaba años sintiendo algo por ti.

La cuchara se detiene en su mano.

—Yo no lo sabía.

—Dice que nunca hiciste nada.

—No hice nada.

—Te creo.

Es la primera vez desde la confesión que nuestros ojos se encuentran sin que uno de los dos aparte la mirada. Durante un segundo, la distancia se reduce.

—¿Quieres que hable con ella? —pregunta.

—¿Para decirle qué?

—Que lamento que lo pasara mal, que nunca interpreté sus gestos de esa manera y que la salida de la empresa no tiene por qué destruir vuestra relación.

No hay vanidad en él. Cualquier otro hombre convertiría la confesión de Sofía en una confirmación. Rodrigo la trata como una herida que debe cerrarse sin tocarla.

—No quiero que la llames.

—Entonces no la llamaré.

—¿De verdad nunca lo notaste?

Piensa antes de responder.

—Noté que a veces buscaba mi aprobación. Pensé que era porque tú y ella competíais por todo y yo estaba fuera de eso. Si hubiera entendido otra cosa, te lo habría dicho.

—Guardaste su mensaje cuatro años.

—Guardo las conversaciones de trabajo, las facturas y las garantías de una tostadora que ya no tenemos. No lo conservé para sentirme deseado.

Me sonríe apenas. Es una broma pequeña, ofrecida sin exigir que la acepte. Yo casi sonrío también.

Hugo vierte vinagre en el volcán y la espuma sube. Rodrigo aparta la carpeta de Sofía antes de que se moje. Siempre llega a tiempo para proteger lo que yo estoy a punto de perder.

Después Rodrigo observa las cámaras nuevas apiladas junto a la puerta de la terraza.

—Los niños no deberían dormir aquí hasta que terminemos de asegurar la casa —dice—. Solo dos noches.