CAPÍTULO 22 Las deudas
Las deudas
Mi madre debe veintiocho mil cuatrocientos euros.
La cifra aparece el jueves por la mañana, después de cuatro cafés, tres versiones y una amenaza de llamar a cada número de su teléfono. Adela la pronuncia mirando la mesa, como si el dinero se hubiera reunido allí sin su participación.
—Veintiocho mil cuatrocientos —repito.
—Aproximadamente.
—No se aproxima una deuda con cuatrocientos euros al final.
—Hay intereses.
Los niños han vuelto a casa. Hugo está en el colegio y Alma duerme la siesta en el sofá, con un dibujo animado sin sonido. Rodrigo trabaja en el despacho con la puerta abierta. No interviene, pero mi madre comprueba cada pocos minutos que puede verlo.
Sobre la mesa hay extractos, recibos de casas de apuestas, movimientos de bingo y dos préstamos rápidos. Los ocho mil que admitió eran la parte que aún podía contar sin verse como la mujer que es.
—¿Cuánto te dio Rodrigo?
—Ya lo sabes.
—Sé de cuatro mil.
—Fueron dos transferencias y algo en efectivo.
—¿Cuánto?
—Cuatro mil en total.
—¿Qué le dijiste?
—Que tenía gastos médicos.
—No tenías gastos médicos.
—La ansiedad es médica.
—¿Y los otros veinticuatro mil?
Adela enumera tarjetas, amigas, un adelanto contra su casa y el dinero del estudio.
Mil doscientos que ya conozco se convierten en dos mil cien cuando pregunto por las fechas.
La pulsera de oro iba a cubrir una cuota, no toda la deuda.
La segunda llave de la villa le permitía entrar para buscar más joyas si yo no descubría la primera.
Hacemos una tabla. A mi madre le molesta más la tabla que la deuda.
Cada cifra pierde la posibilidad de convertirse en una anécdota: siete mil ochocientos en dos tarjetas; cinco mil a una amiga llamada Marisa; nueve mil contra la casa; cuatro mil de Rodrigo; dos mil cien del estudio; quinientos que debe a la sala y que no había incluido porque «eso se paga el domingo».
—Suman veintiocho mil cuatrocientos —digo.
—Si incluyes lo de Rodrigo.
—¿Por qué no iba a incluirlo?
—Ha dicho que no se lo devuelva.
Todavía no lo ha dicho. Mi madre ya ensaya una generosidad futura como si le perteneciera.
—¿Cuánto perdiste la última vez?
—No sé.
—Mamá.
—Empecé con doscientos. Recuperé cuatrocientos. Luego tuve una mala racha.
—¿Cuánto?
—Mil trescientos.
—Eso no es una mala racha. Es la matrícula de un mes y medio.
—No utilicé dinero de los niños.
—Todo el dinero que pides a su familia termina afectándolos.
Adela separa los recibos por tamaño. No por fecha ni por acreedor.
De niña la veía hacer lo mismo con las facturas: las pequeñas delante, las grandes debajo, como si el orden físico alterara la urgencia.
Cuando empecé a cobrar campañas, pagué tres meses atrasados de su hipoteca y ella lo contó después como el primer regalo importante que le hice. Nunca mencionó las cartas de embargo.
—¿Cuánto tiempo llevas jugando así?
—Así, poco.
—¿Y de otra manera?
—El bingo no es jugar. Es mi vida social.
—Tu vida social tiene intereses de demora.
—¿Qué pensabas llevarte después de la pulsera?
—Nada.
—Has dicho que la llave te servía para entrar.
—He dicho que podía entrar. No que fuera a hacerlo.
—¿Mis pendientes? ¿El reloj de Rodrigo? ¿Las monedas que Hugo guarda en una caja?
Adela levanta la cabeza, ofendida de que incluya a su nieto en una posibilidad que ella misma creó.
—Jamás tocaría nada de los niños.
—La gente que vende cosas de su hija siempre tiene una frontera moral muy concreta.
Mi madre llora. No con el temblor calculado que utiliza cuando quiere dinero, sino con una respiración fea que le hincha los párpados.
Durante un segundo vuelvo a verla más joven, contando monedas en la cocina de nuestro piso y prometiendo que el viernes todo estaría arreglado.
Adela siempre ha vivido esperando un viernes que pague el lunes anterior.
—Yo también quería una vida buena —dice—. Tú la conseguiste y empezaste a mirarme como si no supiera lo que cuesta.
—Sé exactamente lo que cuesta. Por eso me importa que la hayas convertido en fichas.
El dinero no tiene el mismo tamaño en todas las manos. Esa verdad explica cosas. No perdona ninguna.
—¿Entraste alguna vez sin avisar? —pregunto.
—Para coger cosas mías.
—No tienes cosas en mi vestidor.
—Regalos. Cosas que me habías regalado.
—¿Fotografías?
—No.
—¿Notas?
—No sé de qué notas hablas.
Su indignación parece auténtica. También parecía auténtica cuando dijo que la pulsera se había perdido.
Rodrigo sale del despacho.
—¿Jugaste mientras tenías a los niños?
Adela levanta la cabeza de inmediato.
—No.
—¿Entraste en una sala, compraste cartones por internet o dejaste que otra persona los cuidara?
—Estuvieron conmigo todo el tiempo.
—Hugo vio un cartón en la mesa.
—Era antiguo.
—Eso dijo él.
Mi madre sonríe, aliviada por el testigo.
—¿Ves?
—Veo que tu nieto se preocupó por si debía protegerte —dice Rodrigo—. No volverá a hacerlo.
Adela pierde la sonrisa.
Rodrigo se sienta frente a ella. Sigue siendo hermoso cuando está enfadado, pero de una manera que no invita a acercarse. El pelo lacio le roza el cuello y sus manos permanecen abiertas sobre la mesa.
—Los cuatro mil no tienes que devolverlos —dice.
—¿Qué? —preguntamos las dos.
—Cancelo la deuda conmigo.
Adela se lleva una mano al pecho.
—Rodri, eres un santo.
—No. Escúchame. No volverás a quedarte sola con Hugo y Alma mientras sigas jugando. Si vuelves a mentir sobre ello, no te quedarás con ellos aunque dejes de jugar. Y no recibirás otro euro de mí.
Rodrigo coloca delante de ella el número de una asociación y el de una asesora de deudas. No los ha buscado durante la conversación. Los traía preparados.
—Hoy llamarás a los dos —dice—. Eva no va a pagar el resto sin un plan y yo tampoco.
Adela coge el papel y lo dobla hasta convertir los teléfonos en una línea invisible.
—Puedo vender la casa —dice.
—Tiene un préstamo por delante y necesitas vivir en algún sitio —respondo.
—Podría mudarme aquí una temporada.
La miro. En medio de una intervención por deudas, mi madre acaba de encontrar una forma de ascender a la villa.
—No.
—Hay seis habitaciones.
—Y ninguna resuelve que sigas jugando.
—Podría ayudar con los niños. Ahora que Nora se ha ido, os vendría bien alguien de confianza.
Rodrigo no sonríe.
—La ayuda no sustituye el tratamiento ni el plan de deuda.
—No necesito tratamiento por jugar al bingo.
—Has mentido sobre una enfermedad, robado dinero, empeñado regalos y conservado una llave para entrar a buscar más cosas —dice él—. Puedes discutir el nombre después de llamar.
Mi madre vuelve los ojos hacia mí. Espera que la dureza de Rodrigo me parezca desproporcionada. Lo que veo es al hombre que preparó recursos antes de sentarse y dejó abierta la puerta del despacho para que yo supiera que no conspiraba con ella. La organización, una vez más, parece cuidado.
Adela mira los números como si fueran otra forma de castigo. Un préstamo la habría tranquilizado. Un límite le exige cambiar.
—Pero tú sabes que jamás les haría daño.
—Sé que mentiste para conseguir dinero y conservaste una llave secreta de su casa. Quererlos no arregla eso.
Mi madre me mira, esperando que yo convierta el límite en una ofensa.
—Estoy de acuerdo —digo.
—Siempre consigues ponerla en mi contra —responde.
—Acabo de perdonarte cuatro mil euros —dice Rodrigo.
—Por eso digo que eres el único que resuelve las cosas sin montar un espectáculo.
La contradicción no la incomoda. Adela toma la mano de Rodrigo y la aprieta. Él no la retira, aunque tampoco corresponde al gesto.
—Si vosotros os separáis —dice ella—, quiero que sepas que yo siempre reconoceré lo buen padre que eres.
—Mamá.
—Solo digo la verdad.
Rodrigo aparta la mano.
—No estamos hablando de eso.
Pero ya se ha dicho.
Mi madre sale de la villa con veinticuatro mil euros de problemas y una gratitud nueva hacia mi marido. Yo me quedo mirando el asiento vacío.
—No tenías que perdonarle la deuda —digo.
—Cobrarla nos costaría más.
—A ti te mintió.
—A ti te roba. A los niños los utiliza para sentirse imprescindible. Prefiero que el límite sea lo único que recuerde de hoy.
Lo abrazo antes de pensar si tengo derecho. Rodrigo tarda un segundo, pero termina rodeándome con los brazos.
Mi teléfono suena entre los dos.
Es Gabriel.
—Quiero contarlo todo —dice—. Antes de que la policía abra mis cuentas.