Mi vida de instagram CAPÍTULO 7 Fuera de plano
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CAPÍTULO 7 Fuera de plano

Fuera de plano

Rodrigo no entra en el vestidor.

Se queda en el dormitorio, al otro lado del umbral, consciente de que acercarse podría asustarme más.

—No he dicho que lo estés —responde.

Cierro el sobre y lo devuelvo al bolso.

—Estaba comprobando una cosa.

—¿La has comprobado?

—Sí.

—¿Y te ha tranquilizado?

Miro el cabello intacto sobre la cremallera.

—No.

Rodrigo asiente. No intenta abrazarme. No pregunta qué hay dentro del sobre ni por qué hablo sola. Se limita a sentarse en el borde de la cama y a esperar.

Esa paciencia acaba siendo la razón por la que me acerco.

—Las cosas no estaban como las dejé —digo.

—¿Qué cosas?

—Unas fotografías.

—¿La que me enseñaste?

—Y otra antigua.

Es la primera parte de la verdad que le doy desde el viernes.

—¿Dónde apareció?

—En el armario de Alma.

Rodrigo cierra los ojos un instante. Cuando vuelve a abrirlos, no hay enfado hacia mí. Hay miedo.

—Eso cambia todo.

—No la tocaron. Solo cambiaron el orden después.

—Entraron en la habitación de nuestra hija.

—Todos entraron ayer.

—¿Había algo escrito?

La puerta vuelve a abrirse.

Puedo atravesarla o cerrarla por tercera vez.

—Nada que entienda todavía —digo.

Rodrigo recibe la respuesta sin moverse. Si sabe que miento, me concede la dignidad de hacerlo mal.

—No hagas el directo del miércoles —dice.

—No tiene relación.

—Todo tiene relación si alguien está utilizando tus archivos y conoce tus horarios.

—Cancelar demostraría que ha funcionado.

—Esto no es una discusión con un comentario anónimo.

—Es una campaña firmada hace tres meses.

—Paga la penalización.

—No se trata del dinero.

Rodrigo levanta una ceja.

—Eso es exactamente lo que dices cuando se trata de algo peor que el dinero.

El miércoles hago el directo.

Durante los dos días anteriores no aparece ninguna fotografía.

La cinta del armario de Alma permanece intacta.

Gabriel entrega parte de los registros, no todos, y afirma que necesita separar datos de otras viviendas.

No volvemos a hablar de su llamada porque, cuando le pregunto qué teme que encuentre la policía, responde que prefiere explicarlo con su abogado.

Una frase así debería resolver una sospecha. Solo consigue añadirle traje.

Sofía cumple su amenaza. Todos sus correos llegan con copia a una asesora externa y ninguna llamada dura más de tres minutos.

La marca del miércoles pregunta por qué mi representante ya no coordina la producción.

Digo que está enferma. Después borro el mensaje, con la esperanza absurda de impedir que la mentira haya existido.

El directo es para una colección de fragancias de hogar. Debo hablar de calma, memoria y de la importancia de convertir cada habitación en un refugio.

El universo no tiene sentido del humor. Tiene una escopeta y mala puntería.

Preparo el estudio con Nora. Colocamos una vela, una bandeja de piedra y un libro grande de arquitectura debajo del difusor para elevarlo cuatro centímetros. El libro pertenece a Rodrigo: Casas frente al mar . Lo he utilizado en decenas de fotografías porque la cubierta no tiene letras brillantes.

—Podemos cambiarlo —dice Nora.

—¿Por qué?

—Rodrigo ha dicho que quizá no deberías hacerlo.

—Rodrigo dice muchas cosas cuando está preocupado.

—También ha dicho que no te lo repita.

La miro.

Nora se concentra en enderezar la vela.

—Entonces has fallado en dos encargos.

—Lo sé.

—¿Te pidió algo más?

—Que no dejara a Alma entrar mientras grabas y que llamara si te mareabas.

—No me mareo.

—Ya se lo dije.

—¿Y?

—Me dijo que llamara igual.

Me molesta. También me enternece. La mezcla es una especialidad de Rodrigo.

A las seis en punto activo el directo.

La cifra de espectadores sube más deprisa de lo normal.

Desde el vídeo de la cafetera, varias cuentas han analizado mis pausas, mis ojeras y el momento en que Rodrigo me preguntó cómo estaba.

Hay teorías sobre un embarazo, un divorcio, una enfermedad y una operación estética que al parecer me ha cambiado la forma de parpadear.

Sonrío.

—Hoy vamos a hablar de cómo conseguir que una casa huela a casa —digo—. Parece una frase sencilla hasta que intentas explicársela a alguien que vende perfume a noventa euros.

Los comentarios celebran que esté de vuelta. Algunos preguntan por Rodrigo. Otros escriben que me ven cansada. Una persona recomienda descanso con la generosidad de quien no tendría que pagar la penalización.

Sigo el guion.

Cedro para el estudio. Sal marina para espacios abiertos. Azahar en el dormitorio, aunque la marca prefería que dijera zonas de descanso . Explico que los olores fijan recuerdos con mayor fuerza que las imágenes.

La mentira comercial del día resulta ser científicamente plausible y personalmente insoportable.

Al mover el difusor, golpeo el libro.

Algo blanco asoma entre las páginas.

Lo veo antes de que caiga.

La fotografía aterriza boca arriba junto a la vela.

Tengo veintitrés años. Estoy sentada en el suelo de un baño con la espalda contra la bañera, las rodillas dobladas y el maquillaje extendido bajo los ojos.

Llevo el vestido plateado de la fiesta de lanzamiento.

Sofía tomó la imagen la madrugada en que regresé a casa porque dijo que algún día necesitaría recordar que no todo lo que parecía una oportunidad lo era.

La borré delante de ella.

La cámara del directo la enfoca durante menos de dos segundos.

Suficiente.

Mi mano entra en plano y la cubre. Dejo de oír el zumbido de la luz. Los comentarios siguen subiendo, pero ya no puedo leer palabras individuales. Solo una corriente blanca sobre la pantalla.

—Eva —dice Nora fuera de plano.

Miro hacia ella.

—Corta —susurro.

—Tienes que hacerlo tú.

El botón está delante de mí. Sé dónde. Lo he pulsado miles de veces. Mi dedo toca dos lugares equivocados antes de encontrarlo.

La transmisión termina.

Durante un instante nadie se mueve.

Después cojo el teléfono.

—No —dice Nora.

—Necesito ver qué se ha visto.

—Se ha visto una foto.

—Necesito saber cuánto.

El primer recorte ya está publicado. Una cuenta ha detenido la imagen, la ha ampliado y le ha subido el contraste. Mi cara joven parece la de una desconocida detenida en una redada. El texto pregunta: ¿QUÉ LE PASABA A EVA RIVAS ANTES DE SER FAMOSA?

Actualizo.

Otra cuenta asegura que estaba drogada. Una dice que la fotografía demuestra que Rodrigo me salvó de una vida oscura, aunque todavía no lo conocía cuando se tomó. Una tercera identifica el vestido y encuentra imágenes de la fiesta.

Actualizo.

Los espectadores del directo superan los de la campaña anterior. Mi nombre empieza a subir entre las búsquedas. Gano seguidores.

El miedo y el éxito aparecen en el mismo color verde.

—Eva, para —dice Nora.

—Tengo que guardar pruebas.

—Llevas veinte minutos guardando la misma prueba.

No la escucho. O la escucho y continúo, que es peor.

Abro los comentarios de mi última publicación. La mayoría pregunta por la fotografía. Algunos me defienden. Otros dejan emojis de jeringuillas y copas. Una cuenta sin imagen, creada esa misma semana, ha escrito una sola frase.

Dormida pareces más sincera.

El teléfono se me resbala.

Nora lo recoge antes de que golpee el suelo.

—Haz una captura —le digo.

—¿De qué?

—Ese comentario.

Le señalo la pantalla. Nora palidece sin entender del todo.

—¿Lo conoces?

—Hazla.

Cuando intenta abrir el perfil, la cuenta ya no existe. El comentario desaparece al actualizar. Por suerte, la grabación de pantalla estaba activa desde el directo y conserva los últimos minutos.

Oigo la puerta principal.

Rodrigo entra en el estudio. Ha dejado a Hugo en casa de un compañero y llega con las llaves todavía en la mano. Mira la vela encendida, la fotografía sobre la mesa y mi cara.

No pregunta si tenía razón al aconsejarme cancelar.

—¿Están los niños aquí? —dice.

—Alma duerme —responde Nora.

—Sácala al jardín cuando se despierte. Quédate con ella, por favor.

Nora asiente. Antes de salir, me ofrece el teléfono.

Lo cojo.

Rodrigo se sienta a mi lado.

—Dime qué necesitas.

—Que esto pare.

—Va a parar.

—No digas cosas que no puedes saber.

—Entonces dime una que pueda hacer.

Miro la pantalla. Una nueva notificación cubre el mensaje desaparecido.

—Quítamelo.

Rodrigo espera.

—¿Estás segura?

—Sí.

Solo entonces toma el teléfono. No se lo guarda. Lo deja en una balda a dos metros, con la pantalla hacia abajo y al alcance de mi vista.

—Ahora enséñame la foto —dice.

Se la doy. La observa sin preguntar todavía quién la hizo. Después revisa la grabación del directo desde la cámara secundaria, la que conserva el plano completo del estudio aunque la transmisión termine.

En ella se ve mi cuerpo inmóvil frente a una corriente de comentarios. Se ven mis tres intentos de pulsar el botón. Se ve cómo actualizo la pantalla una vez, otra y otra.

—Tenemos que guardar el archivo sin editar —dice.

—¿Para qué? Ya está en todas partes.

—Para la policía. Para demostrar cómo apareció.

Asiento.

Le enseño la grabación del comentario.

—¿Qué significa? —pregunta.

—La primera foto era de mí dormida.

Rodrigo vuelve a verla. Su rostro no cambia, pero coloca una mano en mi rodilla.

—¿Publicaste esa fotografía alguna vez?

—Nunca.

—¿Se la enviaste a alguien?

—No.

—Entonces quien ha escrito esto la ha visto.

—Eso ya lo sé.

—Lo sé.

No me pide que me calme. No pregunta si pude interpretar mal la frase. Guarda una copia de la grabación y llama a su abogado para conseguir el contacto de una especialista en delitos digitales.

Mientras habla, mi teléfono vibra en la balda.

Lo miro.

Rodrigo también.

No se mueve para impedir que lo coja.

Eso es lo que consigue que lo haga.

La cifra de seguidores vuelve a subir.