CAPÍTULO 6 Las hermanas
Las hermanas
El antiguo estudio de Sofía y mío está encima de una academia de uñas y debajo de una gestoría que nunca aprendió a cerrar las puertas sin dar un portazo.
Cuando empezamos, el alquiler costaba cuatrocientos euros al mes y nos parecía una imprudencia financiera.
Carla hacía las fotos. Sofía negociaba con marcas que todavía podían colgarnos el teléfono sin consecuencias.
Yo grababa frente a una pared blanca que ella pintaba cada seis meses porque las luces acababan revelando hasta las huellas de los mosquitos.
Ahora utilizamos el local para almacenar contratos y recuerdos que ninguna quiere llevarse a casa.
Sofía me espera de pie frente a aquella pared.
—Has tardado —dice.
—Son las diez en punto.
—Has tardado doce años.
No pregunta por qué la he citado. Sobre la mesa hay dos cafés y la carpeta que llevaba al almuerzo. Junto a ella, un sobre con mi nombre.
Yo dejo delante de mi hermana las copias de las dos notas.
Primero lee la del suegro.
Su cara pierde color antes de llegar al final.
—¿Dónde has encontrado esto?
—En mi vestidor.
Lee la segunda.
—No.
—No te he preguntado nada.
—No he escrito esto.
—Solo tú sabías lo de Aurelio.
—Y Aurelio.
—Está muerto.
—Eso no significa que no dejara documentos, empleados, cámaras o una colección de hombres pagados para recordar sus porquerías.
—La nota dice “tu hermana”.
—Precisamente.
—Estuviste arriba.
—Buscaba un cargador.
—Copiaste los archivos.
—Mis archivos.
—Entraste el martes sin que nadie te viera.
—Dejé contratos.
—Conoces la casa.
—Porque llevo media vida ayudándote a fingir que la mantienes sola.
La voz le sube por primera vez. En la planta de arriba alguien cierra una puerta y las dos esperamos el golpe. Llega tarde, como siempre.
—¿Por qué copiaste todo? —pregunto.
Sofía señala el sobre que ha preparado.
—Ahí está mi propuesta de salida. Quiero mi parte de la empresa o una compensación por los años que no figuran en tu relato. Copié contratos, campañas y facturas para que no puedas borrar mi trabajo cuando tu abogado decida que solo fui “apoyo familiar”.
—No iba a borrarte.
—Me borras cada vez que cuentas cómo empezaste.
—Mi cara estaba delante de la cámara.
—Y mi voz detrás diciéndote que dejaras de pedir perdón por cobrar.
—Así que es dinero.
—Claro que es dinero. Somos adultas. El cariño no paga autónomos.
—Mamá también necesita dinero. Carla quiere vender fotos. Gabriel oculta registros. Todos tenéis una razón para apretar donde más duele.
—¿Y Nora? —pregunta—. ¿Cuál es su crimen? ¿Ser joven cerca de tu marido?
La miro.
Sofía entiende que ha tocado el lugar exacto.
—No metas a Rodrigo.
—Lo metes tú en cada habitación antes de que él entre. Vas contando qué mujer lo mira, quién se arregla cuando vuelve, quién baja la voz. Como si todas estuviéramos esperando a que te descuides para robártelo.
—Tú lo miras.
—Sí, Eva. Miro a Rodrigo. También miro el mar y no estoy planeando llevármelo a mi casa.
—No es lo mismo.
—No, el mar ocupa menos espacio en tus publicaciones.
Cojo el teléfono y busco una fotografía antigua. Sofía y Rodrigo aparecen detrás de mí en una fiesta de hace cuatro años. Él está escuchando algo que ella dice. Sofía sonríe con la cabeza ligeramente inclinada.
—¿Esto qué demuestra? —pregunta.
—Sabes perfectamente cómo lo miras.
—¿Y tú sabes cómo lo enseñas? Tu marido no puede comprar pan sin que conviertas los comentarios en una encuesta sobre si es el hombre más guapo de España. Luego una camarera le sonríe y tú actúas como si hubiera atacado la propiedad privada.
—¿Estás enamorada de él?
La pregunta le borra la rabia durante un instante.
Ahí está otra vez. Ese parpadeo. La pausa que mi hermana cree que nadie puede fotografiar.
—No —dice.
—Has tardado.
—Porque estoy intentando decidir cuánto odio hace falta para preguntarle eso a tu hermana.
—Enséñame el teléfono.
Sofía se ríe, incrédula.
—No.
—Si no has hecho nada…
—No termines esa frase. Es la favorita de los hombres que quieren revisar el móvil de sus parejas.
—No eres mi pareja.
—Últimamente tampoco parezco tu hermana.
—Quiero ver si tienes esas fotografías.
—Y yo quiero que leas mi propuesta, pero ninguna va a conseguir hoy lo que quiere.
Rodeo la mesa.
—Alguien entró en la habitación de mi hija.
—Y yo estoy asustada por ti.
—No lo pareces.
—Porque cada vez que intento ayudarte me acusas de querer tu casa, tu empresa o tu marido. ¿Qué expresión te vendría bien? Dímela y la pongo.
—La verdad me vendría bien.
—La verdad es que envidio tu dinero. Envidio que puedas decir que no a una campaña y seguir pagando nóminas.
Envidio la casa algunos días, sobre todo cuando el aire de mi piso deja de funcionar en agosto.
He envidiado que mamá te perdone cosas que en mí convertiría en un defecto de carácter. ¿Quieres más?
—Quiero saber desde cuándo me odias.
Sofía abre la boca y la cierra. La pregunta es injusta y las dos lo sabemos. También es eficaz.
—No te odio. Estoy cansada de que solo reconozcas el amor cuando se parece a admiración.
Señala la pared blanca.
—El primer invierno aquí se filtró agua por esa esquina.
Tú tenías una colaboración de ciento veinte euros y llorabas porque el fondo parecía gris.
Yo vine a las cinco de la mañana con un secador y mantuve el enchufe levantado mientras grababas para que no te electrocutaras.
No salgo en aquel vídeo. Tampoco necesito salir.
Pero cuando lo cuentas dices que aprendiste sola a trabajar con pocos recursos.
Recuerdo el secador. Recuerdo sus manos rojas por el frío y mi miedo a que la marca cancelara. En mi versión, Sofía aparece al principio y luego se desenfoca porque la historia funciona mejor cuando una sola mujer vence al mundo.
—Podías haberme dicho que te sentías así.
—Te lo dije. Me ofreciste subir mi porcentaje en una campaña de maquillaje y después publicaste un texto sobre lo difícil que es emprender con la familia.
—No hablaba de ti.
—Claro que no. Nunca hablas de nosotros. Hablas de personajes que se parecen muchísimo.
Miro las notas sobre la mesa. Una persona ha entrado en mi casa y Sofía está reclamando autoría. Las dos cosas no deberían competir. Dentro de mí lo hacen.
—Si no fuiste tú, ayúdame.
—Te estoy ayudando al decirte que dejes de buscar al culpable que más te conviene.
—¿Quién me conviene?
—Yo. Porque puedes perderme y conservar la fotografía familiar. Si fuera otra persona, tendrías que cambiar algo más grande.
No contesto.
—No envidio vivir con un teléfono en la mano —continúa—. No envidio que Hugo tenga que negociar si su propia muñeca puede salir en una foto. No envidio que mires a tu marido y pienses antes cuántas personas guardarían su cara. Y jamás, ¿me oyes?, jamás utilizaría aquello para hacerte esto.
—Solo tú lo sabías.
—Entonces averigua quién lo sabe ahora.
—Empieza por enseñarme tus dispositivos.
Sofía cierra la carpeta.
—Se acabó.
—¿La conversación?
—La campaña del miércoles. La reunión de la semana que viene. Las llamadas de hoy. Todo lo que siga gestionando hasta que acordemos mi salida será por escrito y con otra persona presente.
—No puedes abandonar en medio de una campaña.
—Acabas de llamarme acosadora, ladrona y enamorada de tu marido. Me sorprende que quieras que siga respondiendo correos en tu nombre.
Toma el bolso. Al pasar junto a mí se detiene.
—Rodrigo te quiere —dice—. No necesito desearlo para saber que es lo único de tu vida que no has tenido que vender. No lo conviertas también en contenido.
Se marcha antes de que pueda responder.
La puerta de abajo se cierra. Un minuto después su coche arranca en la calle. Yo sigo frente a la pared, esperando sentir la satisfacción de haber descubierto una mentira. Solo noto el aire acondicionado demasiado fuerte y el olor de dos cafés enfriándose.
Abro el sobre que lleva mi nombre.
La propuesta no es una amenaza. Tiene diecisiete páginas, una valoración de campañas, facturas antiguas y una lista de tareas que Sofía ha realizado sin cobrar aparte: contratos, crisis, impuestos, noches respondiendo mensajes, llamadas a marcas cuando yo acababa de dar a luz. Pide una cantidad alta. No absurda.
En el anexo hay una cronología del crecimiento de la cuenta.
Cada año incluye una columna para mí y otra para ella.
En la primera, seguidores, campañas, apariciones.
En la segunda, negociaciones, horas, sistemas, contactos.
Mi carrera se ve distinta cuando alguien fotografía la parte que siempre quedó detrás.
Encuentro un recibo de la primera pintura de este estudio. Lo pagó Sofía. En el reverso escribió: Cuando seamos ricas compraremos una pared que no se manche.
Le hago una foto.
Estoy a punto de enviársela con una frase que podría empezar una disculpa. Entonces veo, en la última página, la relación de archivos copiados: campañas completas, contratos, material bruto, copias de seguridad privadas.
También figura COSTA VALDÉS — ORIGINAL .
Cierro el documento.
La disculpa se convierte otra vez en sospecha antes de llegar al teclado.
El café que trajo para mí sigue intacto. Miro la superficie oscura hasta que mi teléfono vibra. Una notificación me informa de que la historia de anoche está funcionando un treinta y ocho por ciento mejor que la media.
La abro.
Me odio mientras lo hago. Eso no impide que vuelva a actualizar.
Cuando regreso a la villa, Rodrigo trabaja en el despacho. Nora ha llevado a Alma a dormir la siesta y Hugo está en el jardín intentando reforzar su puente con piedras, una decisión arquitectónica que su padre desaprobará por motivos personales.
Subo sin avisar.
La cinta del armario de Alma sigue intacta. Las fotografías de referencia coinciden: el abrigo, el vestido, las cajas. Nadie ha abierto la puerta.
Voy al vestidor.
El cabello continúa pegado a la cremallera del bolso. Las gotas de laca no se han roto. Las cajas naranjas están en el mismo ángulo.
Saco el sobre.
Dentro, las pruebas han cambiado de orden.
Anoche guardé primero la fotografía de mí dormida, después la del hotel y, encima, las dos notas. Lo sé porque hice una imagen antes de cerrar. Ahora la fotografía del hotel está arriba. Debajo aparece la primera nota. La de mi hermana está al fondo.
Compruebo la foto de referencia.
No estoy confundida.
Alguien ha abierto el bolso sin romper el cabello o ha reorganizado el contenido antes de que yo colocara la marca.
La segunda posibilidad significa que no puedo confiar en mi memoria de anoche.
La primera significa que no puedo confiar en una puerta cerrada.
Detrás de mí, el suelo del dormitorio cruje.
—Eva —dice Rodrigo—. ¿Con quién hablas?
Solo entonces comprendo que he estado repitiendo en voz alta:
—No estoy confundida.