CAPÍTULO 5 Diecisiete minutos
Diecisiete minutos
Despierto a Rodrigo a las seis y nueve de la mañana poniéndole el teléfono delante de la cara.
No es una forma de comunicación que recomienden los terapeutas de pareja, pero los terapeutas de pareja tampoco suelen incluir amenazas impresas entre sus variables.
Rodrigo abre los ojos. Necesita un segundo para enfocar la pantalla y ninguno para notar mi expresión.
—¿Qué ha pasado?
—Faltan diecisiete minutos.
Se incorpora. La sábana cae hasta su cintura y el pelo le cruza la frente. Incluso recién despertado parece el resultado de una campaña que intentara vender descanso a personas que no lo conocen.
—Enséñame.
Le doy el teléfono. Reproduce el tramo anterior, amplía la hora y busca la cámara de servicio. Yo observo sus manos porque no sé qué otra cosa hacer con las mías.
—No es un fallo de reproducción —dice.
—Ya lo sé.
—Podría ser un problema de sincronización.
—También podría ser que alguien lo borrara.
—También.
No me discute. Se levanta, se pone el pantalón del pijama y baja descalzo al despacho. Yo lo sigo.
La casa todavía está oscura. Desde la cocina llega el zumbido del frigorífico; desde arriba, la tos leve de Alma.
Rodrigo enciende una lámpara del despacho y abre el ordenador principal.
El sistema le pide reconocimiento facial.
Durante un instante absurdo pienso que hasta la casa se alegra de verlo.
—Siéntate —dice.
—Prefiero estar de pie.
—Eva, no voy a ocultarte la pantalla.
—No he dicho que fueras a hacerlo.
—Llevas cinco minutos mirando mis dedos en lugar de los registros.
Me siento.
Rodrigo abre el panel de propietario. No gira el portátil ni tapa una contraseña.
Me explica cada columna: las aperturas, los dispositivos conectados, las automatizaciones y las peticiones de la consola exterior.
Su voz se vuelve especialmente tranquila cuando habla de algo que domina.
Antes esa calma me parecía atractiva. Ahora también, lo cual resulta bastante inconveniente para mi miedo.
—Aquí —dice.
Entre las dos y ocho y las dos y veinticinco aparece una franja sin vídeo. Hay, sin embargo, tres eventos: pérdida de conexión, recuperación manual y reasignación de almacenamiento.
—¿Qué significa recuperación manual?
—Que alguien reinició la transmisión desde una cuenta con permisos.
—¿Quién?
—El evento viene de la consola exterior.
—Gabriel.
—O alguien con acceso a su terminal.
—Gabriel.
Rodrigo no repite el nombre.
Pulsa sobre la reasignación. En la columna de autorización figura PROPIETARIO .
El corazón me da un golpe que no tiene sentido. Rodrigo ve la palabra al mismo tiempo que yo.
—Esa etiqueta es mía —dice.
Lo dice antes de que pregunte.
—¿Tú borraste el vídeo?
—No.
No vacila. Tampoco se ofende.
—Las automatizaciones que creó mi estudio heredan el permiso de propietario —explica—. Mira.
Abre otros días. El riego, el cierre nocturno y una copia de seguridad aparecen autorizados de la misma forma.
—¿Por qué la casa necesita fingir que eres tú para regar las plantas?
—Porque diseñé el sistema con un exceso de autoestima.
Consigue que sonría, pero no cierra la ventana. Sigue revisando.
—La orden de almacenamiento está vinculada a la recuperación exterior —dice—. Puede ser automática. Puede no serlo. Necesitamos el registro de Gabriel.
—Ayer evitó enseñármelo.
—Ayer dijo que necesitaba autorización.
—Es una forma más cara de evitar enseñármelo.
Rodrigo coge el teléfono y llama. Son las seis y treinta y cuatro. Gabriel responde al quinto tono con voz de haber envejecido durante la noche.
—Necesito el historial completo de la consola —dice Rodrigo—. Desde el viernes a las seis hasta ahora. Sin filtrar.
Escucha.
—No, un resumen no sirve.
Otra pausa.
—Entonces despierta a quien tenga que autorizarlo.
No grita. No amenaza. Aun así, puedo imaginar a Gabriel sentado al otro lado de la llamada.
—A las nueve —concluye Rodrigo—. En casa.
Cuelga y se vuelve hacia mí.
—Vamos a cambiar tu acceso.
—¿Por qué?
—Porque Sofía conocía contraseñas antiguas y no sabemos qué se ha copiado. Tú vas a elegir la nueva. Yo no necesito verla.
Aparta la silla mientras escribo. Introduzco una combinación que no guarda relación con cumpleaños, perros que tuve de niña ni frases que mi hermana pueda recordar. Rodrigo activa la verificación adicional y me entrega un pequeño código de recuperación impreso.
—Guárdalo fuera de la casa —dice.
—¿Dónde?
—En una caja del banco. Con tu abogada. Donde solo tú decidas.
—No tengo abogada.
—Entonces es un buen momento para conseguir una.
—Eso suena a divorcio.
La broma sale peor de lo que esperaba.
Rodrigo me mira. Durante un segundo hay algo cansado en su cara, algo que no puedo relacionar con la fotografía.
—Suena a que alguien ha entrado en nuestra casa —dice—. No voy a pedirte que confíes en un sistema que está fallando. Voy a enseñarte todo lo que pueda enseñarte.
Arriba, Alma vuelve a toser. Rodrigo cierra el panel sin desconectarse y sube.
Lo sigo hasta su habitación. La niña duerme atravesada sobre la cama, con una pierna fuera de la manta y el conejo sin oreja bajo el cuello.
Rodrigo se sienta junto a ella, cuenta las respiraciones durante un minuto y apoya dos dedos en su espalda.
—No tiene fiebre —susurra.
—¿Cómo lo sabes sin termómetro?
—Porque soy el padre perfecto de internet.
Lo dice para burlarse de mí, pero le sale cansado. Va a buscar el termómetro, mide la temperatura y anota la hora en el teléfono. Después programa una alarma para el jarabe y deja un vaso de agua en la mesilla.
—¿También registras a qué hora respiran? —pregunto.
—Cuando están enfermos, sí.
La respuesta es razonable. Todo en Rodrigo lo es. Incluso sus manías vienen con una utilidad y un manual de mantenimiento.
En la cocina prepara tostadas mientras yo vuelvo a abrir el panel desde mi nueva cuenta. La contraseña funciona. Puedo ver las cámaras, exportar imágenes y consultar accesos, pero la configuración profunda sigue exigiendo el permiso de propietario.
—Quiero el mismo nivel que tú.
Rodrigo deja el cuchillo de untar.
—Te lo doy.
No pregunta para qué. Acerca el portátil, añade mi usuario como administradora y me hace leer cada permiso antes de aceptarlo. A las seis y cincuenta y dos tengo, en apariencia, todas las llaves digitales de la casa.
—¿Contenta?
—Un poco.
—Qué derroche.
Me besa la sien y sube a despertar a Hugo. No puedo decidir si su transparencia demuestra que no tiene nada que ocultar o que sabe esconderlo en un lugar al que ningún menú conduce.
A las nueve y trece, Gabriel se presenta con una carpeta, una tableta y la camisa mal abotonada junto al cuello.
Rodrigo ya ha llevado a Hugo al entrenamiento y ha vuelto. Una madre lo retuvo diez minutos en la puerta para preguntarle por una reforma que no necesita; me lo cuenta sin notar por qué sé que fueron diez minutos.
Nos sentamos en la cocina. Gabriel deja la carpeta sobre la isla.
—Este es el registro solicitado.
Rodrigo lo abre.
—Falta el historial de exportaciones.
—No hubo exportaciones.
—Entonces el historial estará vacío.
Gabriel une las manos.
—Esa parte contiene datos de otras viviendas.
—Puedes aislar la nuestra.
—Necesito más tiempo.
—Has tenido dos horas y media.
Yo no aparto los ojos de Gabriel. Tiene una vena marcada junto a la sien. Evita mirar la pantalla cuando Rodrigo abre el tramo de diecisiete minutos.
—Hubo una caída —dice—. El almacenamiento redistribuye espacio cuando vuelve la señal.
—¿Y la recuperación manual?
—Pudo hacerla el turno de garita.
—¿Quién estaba?
—Yo.
—Entonces la hiciste tú.
—No lo recuerdo.
Sus palabras quedan en la cocina con un peso casi físico.
—¿Tu llave de servicio sigue precintada? —pregunto.
—Sí, señora Rivas.
—Quiero verla.
—Por supuesto.
—Ahora.
Gabriel mira a Rodrigo, no para pedir permiso, sino para calcular cuánto sabe.
—La traeré.
—Iremos contigo —dice Rodrigo.
En la garita, la llave está dentro de una caja transparente con un precinto numerado. Gabriel fotografía el número antes de abrir el armario. El plástico parece intacto. También podría haberse sustituido. A estas alturas hasta un precinto me parece una persona mintiendo.
Le pido que compare el número con la última revisión. Gabriel abre una carpeta física y encuentra una hoja firmada dos meses atrás. Coincide. La firma es suya y la del presidente de la comunidad.
—¿Existe otra copia? —pregunto.
—No debería.
—Eso no es no.
—Cuando reformaron la villa se entregaron dos llaves de obra al estudio del señor Lago. Consta que fueron devueltas y destruidas al cambiar el cilindro.
Rodrigo asiente.
—Yo firmé la devolución.
—¿Las destruiste tú?
—Las entregué al cerrajero.
Gabriel busca el certificado. Tarda demasiado en encontrarlo y, cuando aparece, solo prueba que alguien facturó un cambio de cilindro. En la práctica, una puerta conserva memoria de todas las personas que alguna vez pudieron abrirla.
Rodrigo solicita las grabaciones de la propia garita. Gabriel dice que las preparará.
—Hoy —contesta Rodrigo.
De vuelta en casa, guardo capturas de cada registro en una carpeta que no se sincroniza con el sistema familiar. Rodrigo me observa enviarme una copia a otra dirección de correo.
—Haz una tercera fuera de casa —dice.
—No quiero involucrar a nadie.
—Eso es exactamente lo que necesita alguien que puede entrar aquí.
Pienso en Sofía. En cómo reaccionaría si le mandara las pruebas después de acusarla. Pienso en Carla y en el precio que pondría a una historia así. En mi madre, que podría perder un teléfono dentro de su propio bolso y después jurar que se lo han robado.
—Todavía no —digo.
Rodrigo no insiste.
El resto del día transcurre con una normalidad ofensiva.
Hugo vuelve del entrenamiento. Alma pinta a toda la familia con cabezas redondas.
La mía es la única que tiene un rectángulo negro en la mano.
Nora pregunta si debe preparar cena. Yo reviso las capturas una y otra vez, esperando que la repetición produzca una línea nueva.
A las ocho y cuarenta y seis recibo una llamada de Gabriel.
Salgo a la terraza para contestar.
—Señora Rivas —dice—. Necesito pedirle algo antes de entregar el resto.
—¿Qué cosa?
Respira al otro lado.
—Que no lleven todavía esos registros a la policía.